Unsatiably by Scarbie Quinn at Inkitt
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UNSATIABLY

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Summary

[LIBRO V] Savannah es cínica y astuta, una modelo internacional con un oscuro secreto, lleva una vida de lujos y placeres mientras oculta su verdadera naturaleza: es una demonio que escapó del Infierno por motivos que desea olvidar. Decidida a regresar a casa, pone su mira en Edric Hellprince, uno de los siete príncipes del Infierno y dueño del exclusivo club Inferno. Lo que comienza como un plan calculado para acercarse a Lucifer, pronto se complica cuando el deseo y el peligro se entrelazan. En un mundo lleno de focos y glamour, ¿sería posible que dos bombas de relojería colapsen sin explotar?

Status
Complete
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

Oops! I did it again

UNSATIABLY

Scarbie Quinn

Oops! I did it again

Los Ángeles, 2007

La iglesia estaba llena hasta los candelabros. Las luces de las cámaras de los paparazzi titilaban como estrellas falsas en las ventanas de los vitrales, intentando capturar cada centímetro cuadrado de la boda más esperada del año. Las risas elegantes, el susurro de las telas de diseñador y el murmullo de los reporteros apostados fuera de la capilla llenaban el ambiente con una vibración eléctrica que sabía tan bien como un pecado recién cometido.

Y yo, Savannah Smith, la novia de ensueño del hombre que los tabloides llamaban “el románticamente inalcanzable de Hollywood”, estaba de pie en el altar envuelta en un vestido de Vera Wang personalizado que costaba más que la casa promedio de cualquier mortal que estuviera viendo mi boda televisada en directo. Sentía las miradas clavadas en mí, una mezcla de adoración y envidia, y no podía evitar la pequeña sonrisa que se asomó a mis labios.

Él estaba allí, perfecto como una estatua griega esculpida por el capricho de un artista. El actor cuya sola presencia hacía que cualquier mujer del planeta suspirara, y aquí estaba, a punto de prometerme su vida. Los flashes de las cámaras capturaban cada centímetro de nosotros: el cuadro perfecto de una historia de amor que nadie pensó posible.

Excepto que yo nunca fui el tipo de mujer para un “y vivieron felices para siempre”.

El sacerdote habló, su voz resonó entre los muros de la capilla.

—Savannah Smith, ¿acepta usted a Alexander Crane como su legítimo esposo, para amarlo y respetarlo, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?

Las palabras flotaron en el aire, y el momento que toda la sala esperaba con la respiración contenida finalmente había llegado. Mi mirada se posó en Alexander, sus ojos brillaban con una confianza que parecía decir: “por supuesto que dirá que sí“. Y luego, en un instante, mi sonrisa vaciló.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Yo... —mi voz tembló, apenas un susurro.

El murmullo en la sala comenzó como un leve zumbido, creciendo en intensidad mientras los invitados intercambiaban miradas inquietas.

—Yo... no puedo hacerlo.

La reacción fue inmediata. Una exclamación colectiva llenó el aire, y las cámaras, aquellas voraces criaturas, dispararon como si fueran ametralladoras. El rostro de Alexander pasó de la adoración a la incredulidad en un abrir y cerrar de ojos.

Joder, adoraba esa sensación. Darles todo y, sin previo aviso, arrebatárselo sin vacilar.

Corrí a través del pasillo principal, sosteniéndome el dobladillo del vestido con ambas manos.

—¡Savannah! —gritó una voz desde la primera fila. Mi mejor amiga, Tatum, se levantó de su asiento con una actuación digna de un Oscar.

—¡Lo siento muchísimo! —grité, fingiendo desesperación mientras ella salía corriendo hacia la puerta principal.

Las cámaras giraron hacia nosotras como si fuéramos una obra de arte en movimiento. Alexander intentó alcanzarme, pero el estado de shock le hacía dudar entre ir detrás de mí o dar explicaciones a los invitados. Las lágrimas falsas ya corrían por mis mejillas, perfectas para la portada de mañana.

Cuando finalmente alcanzamos el coche de Tatum, ambas nos subimos apresuradas, y el motor rugió como un demonio ansioso de escapar del fuego eterno.

—¡Dios, Savannah, fue perfecto! —gritó Tatum, golpeando el volante mientras acelerábamos por las calles de Los Ángeles.

Una risa escapó de mis labios, más auténtica que cualquier otra cosa que había mostrado en semanas.

—¡Te lo dije! Nadie olvidará esto en años —respondí, quitándome el velo de un tirón y lanzándolo al asiento trasero.

Tatum encendió la radio, y los acordes inconfundibles de Oops! I Did It Again de Britney Spears llenaron el aire. Ambas comenzamos a cantar a gritos, desafinadas y eufóricas, mientras los flashes de los paparazzi intentaban seguirnos desde la distancia.

I’m not that innocent! —coreamos al unísono, entre risas y gritos.

“Adoro a esta tía”, pensé mientras la miraba con una sonrisa. Ella conducía despreocupadamente, tamborileando el volante con sus dedos al ritmo de la canción.

Para cualquier otra persona, este habría sido el comienzo de un escándalo. Para mí, era una obra maestra. Había asegurado mi lugar en las portadas de las revistas, consolidando mi nombre como la mujer más impredecible y fascinante del mundo de la moda.

Tatum no lo sabía, nadie lo sabía, pero esta era solo una jugada más en el tablero que yo dominaba desde hacía apenas un par de años.

Yo era una demonio.

Había escapado del Infierno, y el mundo mortal, con su miseria, su caos y su lujuria, era el refugio perfecto para alguien como yo. Claro, odiaba cada rincón de este lugar. Los mortales eran criaturas patéticas, obsesionadas con sus propias tragedias diminutas. Pero aquí, al menos, podía vivir entre ellos, alimentándome de su adoración y su envidia mientras esperaba el momento adecuado para regresar al lugar al que realmente pertenecía.

No era un simple capricho. Mi regreso al Infierno requería algo más que un simple deseo. Necesitaba una entrada, y esa entrada estaba custodiada por los Hellprince, los siete gobernantes del Infierno, cada uno más peligroso y despiadado que el anterior.

Hacía poco que se había corrido la voz de un nuevo local en el epicentro de Los Ángeles, un club que parecía exclusivo y cuyo acceso tenía un precio absurdamente desorbitado; el Inferno. Cuando Tatum y yo nos informamos, ambas contuvimos el aliento en el momento en el que un guardia nos dio la cifra para entrar. Sin embargo, no pensaba dejar escapar la oportunidad de acercarme a alguno de los príncipes del Infierno.

El dinero para mí era tan fácil de conseguir que no dudé en reservar una mesa en la zona VIP para celebrar mi huida. Tatum me regañó cuando se enteró de que había pagado por las dos, pero cuando le di a entender que estaríamos cerca de los Hellprince, alzó una ceja y su mirada se iluminó de manera descarada.

Era la mirada que me echaba cada vez que le contaba alguna de mis maquinaciones y a ella le gustaba la idea. Mi compañera de locuras y la única mortal a la que jamás le haría daño. Mi Tatum.

—Estoy deseando entrar en el Inferno y conocer a alguno de los hermanos Hellprince en persona —comentó aun con la respiración agitada por la adrenalina de la huida.

—Yo también, ¡esta noche va a ser inolvidable!

Y no mentía, estaba impaciente por entrar en aquel lugar. Los mortales no sabían que los Hellprince no eran como ellos, pero cada vez que pasábamos delante de su local, el aroma a azufre y maldad que emanaba de las paredes me embriagaba y debía luchar contra todos mis sentidos para ser paciente y no precipitarme.

Alguno de esos príncipes iba a ser mío, mi entrada para acercarme a Lucifer.

Entonces regresaría a mi hogar, costara lo que tuviera que costar.

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