Un nuevo comienzo
Las lágrimas caen por mis mejillas mientras el dolor que siento en el pecho se mezcla con la sangre que brota de mi brazo. Y aunque parezca contradictorio, poco a poco el dolor que no es físico comienza a desaparecer.
Si mi padre viera esto, de seguro me ayudaría… no como Mariana, mi madre. A ella solo le importa perderse en el alcohol después del trabajo. Desde que murió papá, soy invisible para ella.
Podría acabar con mi vida ahora mismo y mi madre no lo notaría hasta que mi cuerpo comenzara a pudrirse. Y seguramente estaría tan borracha que ni siquiera reconocería a su hija muerta. Podría hundir un poco más la cuchilla sobre mi piel y dejar que la sangre se lleve todo el dolor que siento.
La idea permanece allí, dando vueltas en mi cabeza. Al final tomo valor, mientras susurro el nombre de mi padre y el de mi mejor amiga, como si con ese gesto pudiera unirme a ellos en la muerte. Justo cuando estoy dispuesta a acabar con todo, tres golpes resuenan en la ventana de la sala.
Dejo caer la cuchilla. Me levanto del suelo y me cubro los brazos con un suéter para que nadie vea los cortes sobre mi piel. Los golpes vuelven a escucharse. Me acerco a la ventana y lanzo un grito al ver su rostro del otro lado del vidrio. Sus ojos me miran fijamente. Me restriego los ojos, esperando que esta ilusión desaparezca, pero sigue allí. Grita, y de su boca brota sangre.
Me tapo los oídos para no escucharla y le pido perdón por haberla dejado sola aquella noche.
—Lo siento tanto, Tania… en verdad lo siento. No debí dejarte sola esa noche, debí quedarme contigo.
Tao se acerca a mí maullando, como si preguntara qué me pasa. Se acuesta en mi regazo y lo abrazo con fuerza.
De repente, el silencio invade toda la casa. Abro los ojos y ella ya no está.
Desde niña cargo con un don… o quizá una maldición que me persigue: puedo ver fantasmas y seres que no pertenecen a este mundo. Por eso no me resulta indiferente que Tania se me aparezca. Seco mis lágrimas justo cuando mi teléfono comienza a sonar. Tao salta al suelo y contesto la llamada.
—Hola, Ángel.
—Hola, bonita. Quería saber si vas a ir al cementerio conmigo a visitar la tumba de mi hermana. Hoy se cumple un año de su muerte.
Miro el calendario y me sorprendo al descubrir que quizás esa sea la razón de la visión que tuve minutos antes.
—¿Lizz? ¿Estás ahí?
—Sí, aquí estoy.
—¿Te pasa algo?
—No, estoy bien. Iré al cementerio. Nos vemos a las diez de la mañana, no llegues tarde, por favor.
—¿Estuviste llorando?
Cuelgo el teléfono, evadiendo su pregunta. Vuelve a llamar, pero lo ignoro. Subo a mi cuarto para arreglarme un poco; estoy hecha un desastre. Recojo mi cabello rebelde en un moño alto y me pongo unos vaqueros rotos, una blusa rosa y un gran saco negro que pertenecía a Tania. Ya ha perdido el olor de su fragancia. La extraño tanto.
No puedo evitar recordarla. La amaba demasiado. Era mi mejor amiga desde el jardín; mi única amiga, para ser realista. Nadie se acercaba a mí por mi don. Para ellos yo solo era una loca, quizá una esquizofrénica o una mentirosa. Pero lo que veía era tan real…
Me pongo los zapatos y bajo las escaleras. Tomo el móvil y veo que tengo siete llamadas perdidas de Adrián. Decido ignorarlo; es un imbécil. Se supone que es mi novio, pero siempre me es infiel cuando tiene la oportunidad y ya me tiene cansada.
Busco las llaves del coche y, después de darle comida a Tao y acariciar su lomo, me dirijo al garaje. Conduzco hasta el cementerio. Allí está Ángel, con un gesto triste en el rostro. Al parecer, no fui la única que estuvo llorando. Me bajo del auto y lo abrazo.
—Por fin llegaste.
—Lo dices como si hubiera llegado tarde —respondo, besándolo en la mejilla.
Sonríe y engancho mi brazo al suyo. Caminamos juntos hasta la tumba de Tania. Me arrodillo frente a ella y Ángel hace lo mismo. Ambos lloramos en silencio.
—La extraño tanto —digo entre sollozos, hundiéndome en su pecho mientras él acaricia mi rostro.
—Lo sé… yo también la extraño. Y siento tanta rabia porque nunca encontraron a su asesino.
—Pensar que ella está aquí, sepultada en esta tumba, sin vida, mientras ese infeliz sigue libre… y seguramente asesinando a otras mujeres como Tania.
—¿Crees que Tania no fue la única?
—He estado investigando. Hay casos parecidos en otros pueblos y ciudades cercanas. Siempre es el mismo patrón. Incluso han encontrado la misma marca que él dejó en su espalda.
—¿Por qué no me habías dicho nada, Lizz? —dice sorprendido y molesto.
—No sabía cómo decírtelo.
—¿Dónde fue el último caso?
—¿Para qué quieres saber, Ángel?
—Para investigar y dar con ese imbécil que mató a mi hermana.
Su rostro pasa de la tristeza al dolor y la rabia. Su respiración se vuelve agitada y su mirada, cargada de odio, se clava en la mía, reclamando justicia.
—Hace dos días, en la entrada de la ciudad, encontraron a una chica de unos diecisiete años. Estaba en una cabaña; al parecer llevaba varios días allí.
—Iremos ahora mismo —dice, tomándome del brazo con brusquedad.
—Ángel, cálmate. Suéltame.
—Iré contigo o sin ti, Lizz. Tú decides.
—Iré contigo —exclamo.
Nos subimos al auto, pero antes pasamos por casa para recoger ropa, comida y dinero para la gasolina. Luego viajamos hasta la cabaña donde encontraron a la chica. El lugar está rodeado de árboles.