Capítulo 1
La televisión permanecía encendida, aunque el sonido apenas se elevaba por encima del murmullo del tráfico matutino que se filtraba por la ventana abierta. Una voz robótica, neutra y clara, anunciaba la última novedad en el mundo de la tecnología:
—“El revolucionario chip de sueño compartido desarrollado por la compañía china LucidCore Technologies pronto estará disponible en América Latina. Capaz de inducir un estado onírico lúcido y compartido entre usuarios, el dispositivo promete transformar el descanso nocturno en una segunda vida, libre de limitaciones físicas o morales. Mientras sectores conservadores se oponen alegando riesgos éticos y psicológicos, millones de usuarios en Asia aseguran haber mejorado su calidad de vida y su felicidad general gracias al uso del chip.”
La cámara se movía entre imágenes brillantes de personas durmiendo plácidamente y paisajes de fantasía imposibles, como ciudades flotantes, cielos morados y océanos de cristal. Pero en la habitación de Camila, todo lo que se respiraba era sombra.
Sentada al borde de su cama, ella sostenía con ambas manos una fotografía enmarcada. Era una imagen de su madre sonriendo, aún joven, con los ojos llenos de vida. Camila tenía el rostro desencajado, los ojos vidriosos. Su piel pálida, casi translúcida, parecía no haber sentido la luz del sol en semanas.
Había silencio en el cuarto, salvo por el zumbido tenue del televisor. El retrato tembló entre sus dedos cuando una lágrima cayó sobre el cristal.
—Feliz cumpleaños, mamá —susurró con voz rota—. Perdón por todo. Perdón por no haber sido suficiente.
Sus piernas temblaban. Se puso de pie, tambaleándose. Caminó hacia el pequeño baño contiguo. El cuchillo ya estaba allí, junto al lavamanos. Lo había colocado horas antes. Como una decisión silenciosa que se iba asentando en la mente como la niebla en un valle.
Primero, con un movimiento lento, casi respetuoso, lo apoyó sobre su muñeca izquierda. Cerró los ojos. Cortó. No muy profundo, apenas una línea roja. Luego la derecha. Dolía, pero el dolor físico era un alivio frente al grito constante dentro de su pecho. Con manos ensangrentadas, levantó el cuchillo hacia su garganta, el filo apenas rozando la piel.
Y entonces, vibró el celular.
Era Ludmila.
Camila dudó. El cuchillo seguía temblando entre sus dedos. Contestó sin pensarlo, con la voz más débil que había usado en su vida.
—¿Hola?
—¡Cami! ¿Viste las noticias? Lo del chip chino... ¡es una locura! Dicen que puedes vivir otra vida en sueños, como... como un mundo donde todo es posible. Me encantaría probarlo, ¿a vos no?
Camila respiró, apenas.
—Sí... sí, estaría bueno —respondió con un hilo de voz.
—Bueno, te llamaba solo para eso. Y para decirte que te amo, amiga. Te amo mucho. Nunca lo olvides.
La llamada se cortó.
El cuchillo cayó al suelo. Luego el celular. Camila se dejó caer también, sobre sus rodillas, con un grito ahogado. No de dolor, sino de una angustia que le desbordaba el cuerpo entero. Lloró, tembló, se acurrucó sobre sí misma como si pudiera desaparecer.
Un rato después, la ducha caía sobre su cuerpo desnudo, tibia, casi imperceptible. El agua recorría su piel pálida y se teñía de rosado al tocar las heridas. En sus muñecas, los cortes recientes ardían. En su abdomen, caderas y muslos, otras cicatrices más antiguas marcaban un mapa caótico de dolor. Algunas aún rosadas, recientes. Otras ya cicatrizadas, pero visibles, como si su piel se negara a olvidar.
El vapor empañaba el espejo mientras se vestía con ropa limpia. Jeans gastados, una camiseta blanca sin forma. Se ató el cabello en un moño rápido, sin mirar su reflejo.
Antes de ir a la universidad, tomó una sola rosa roja, la misma que había comprado el día anterior en la florería de la esquina. Caminó hasta el cementerio, cruzando calles sin notar el paso de los autos ni las miradas ajenas. Frente a la tumba de su madre, se arrodilló.
—Perdón... por no haberte abrazado más. Por no haberte dicho que te amaba. Perdón por haberte gritado aquel día. Yo... no sé cómo seguir, mamá.
Su voz se quebró. Se quedó allí unos minutos, con la frente apoyada contra la fría lápida. El nombre de su madre brillaba con letras doradas. Hoy hubiera cumplido cuarenta años.
En la universidad, el bullicio estudiantil no alcanzaba a contagiarle vida. Apenas entrar, David la besó en los labios, rápido, como por obligación.
—Horrible te ves hoy —le dijo sin emoción.
Camila no respondió. Ya no lo hacía. Había aprendido que pelear no servía. Que quedarse callada dolía menos.
Entró al aula y se sentó junto a Ludmila, que la miró de reojo con inquietud. La clase avanzaba lenta, arrastrando palabras y fórmulas sin sentido. Ludmila le susurró:
—¿Estás bien?
Camila negó con la cabeza, casi imperceptible. La voz de Ludmila volvió, suave:
—Puedes confiar en mí, lo sabés.
El nudo en el pecho se hizo más fuerte. Camila no pudo más. Recogió sus cosas con manos temblorosas y salió del aula sin mirar atrás. Algunos compañeros protestaron, pero ella ya no escuchaba.
Ludmila se levantó enseguida, disculpándose con el profesor, y fue tras ella.
La encontró en el baño, apoyada contra el lavamanos, los ojos rojos y la respiración agitada. Se acercó, la tomó del brazo.
—Cami... ¿qué te pasa?
Camila se aferró a ella, temblando.
—Si no me hubieras llamado esta mañana, yo... me habría matado. Hoy era el cumpleaños de mi mamá. Y no puedo más con la culpa. No me lo perdono.
Ludmila la abrazó con fuerza, como si con ese abrazo pudiera mantenerla un poco más en pie.
—Estoy acá, amiga. No estás sola. Nunca vas a estar sola.
Pasaron solo unos días desde aquella mañana en que Camila, al borde del abismo, fue rescatada por una llamada. El dolor seguía ahí, presente en cada gesto, cada palabra, cada mirada vacía. David, cada vez más ausente. Las clases, eternas. Y Ludmila, siempre insistente, siempre dispuesta a hacerla sentir viva.
Fue un jueves por la tarde cuando Ludmila apareció en su casa sin previo aviso. Iba acompañada de un joven de sonrisa fácil, acento extranjero y ojos de un azul casi irreal.
—Cami, ábreme, te tengo una sorpresa —gritó desde la puerta. Su voz cargaba esa chispa que Camila conocía desde que eran niñas.
Cuando abrió, Ludmila entró como un torbellino.
—Él es Jon —dijo señalando al chico, que levantó una ceja en señal de saludo—. Vino de Europa. Y... trajo esto.
Del bolsillo de su chaqueta, Ludmila sacó una pequeña cajita metálica. Al abrirla, Camila vio dos objetos minúsculos, casi invisibles, brillando bajo la luz de la sala. Eran del tamaño de una miga de pan, pero tenían un aire sofisticado, como si contuvieran un universo dentro.
—¿Qué es eso?
—El chip de los sueños. Sí, el que vimos en las noticias. Jon tiene contactos. Nos consiguió dos. Son muestras de prueba, aún no están en venta acá... pero funcionan.
Camila retrocedió un paso, nerviosa.
—¿Estás loca? No sabemos si eso es seguro.
—Cami —interrumpió Jon, su voz suave, seductora—, no tienes idea de lo que te estás perdiendo. Imagínate una vida sin culpa, sin miedo, sin dolor. Un lugar donde puedes ser quien quieras. Sin reglas. Sin consecuencias. Es libertad... pura.
Ella lo miró con desconfianza. El corazón le latía más rápido, pero no sabía si era por temor o por curiosidad. Ludmila se acercó y le tomó la mano.
—Vamos juntas. Como siempre. Esto puede cambiarnos la vida.
Camila dudó. Durante un instante pensó en su madre, en el cuchillo, en su reflejo deshecho en el espejo. Y entonces, sin saber por qué, asintió.
Ese mismo atardecer, Ludmila preparó la inyección. Era como aplicar una insulina: simple, casi indoloro. El chip debía colocarse justo detrás de la oreja, y una vez en contacto con el sistema nervioso, se activaba solo.
Camila sintió un leve pinchazo, un cosquilleo eléctrico en el cuello... y luego, nada.
Jon se despidió con una sonrisa:
—Prepárense. Esta noche van a conocer lo imposible.
Durmieron juntas en la habitación de Camila, como en los viejos tiempos. Se tomaron de la mano antes de cerrar los ojos. No pasó ni un minuto y ya no estaban allí.
Camila abrió los ojos en medio de un pasillo de mármol blanco que parecía flotar entre nubes violetas. A su lado, Ludmila reía, deslumbrada.
Delante de ellas apareció una figura andrógina, elegante, con ojos completamente blancos y una voz sin género ni acento.
—Bienvenidas al mundo onírico compartido. Este es su nuevo hogar. Aquí no existen las reglas. Podran, correr, construir, amar, destruir... vivir. Pero recuerden: toda acción debe respetar el pacto moral. El sufrimiento no puede ser traído aquí. Y, sobre todo, lo que pasa en el sueño... no debe afectar la realidad.
Camila miraba todo con asombro. A su alrededor, otras personas caminaban vestidas de gala, algunas levitaban, otras conversaban en idiomas incomprensibles... pero todo se traducía automáticamente, como si sus cerebros procesaran cada palabra según su idioma natal.
Lujo, belleza, poder. Un universo sin límites.
Un grupo de jóvenes las interceptó con entusiasmo.
—¡Chicas nuevas! ¿Quieren venir a la fiesta?
Antes de poder responder, ya estaban flotando hacia una mansión gigantesca, con pilares dorados y un techo de cristal que mostraba un cielo lleno de constelaciones imaginarias. La música era envolvente. No existía cansancio, ni sed, ni sueño dentro del sueño.
Camila no podía dejar de sonreír. Por primera vez en semanas, sentía algo que se parecía a la paz.
Entonces alguien se acercó con una pequeña esfera luminosa en la mano. Era un chico de rasgos asiáticos, vestido como un dios de alguna mitología olvidada.
—Prueben esto —dijo—. Es una droga creada acá. No daña, no es real. Solo... hace ver el universo desde adentro.
Camila dudó, pero Ludmila no lo pensó dos veces. Rió, tomó una esfera y la tragó como si fuera un caramelo. Le guiñó el ojo a su amiga y le dijo:
—Vamos, no te quedes atrás.
Camila la imitó.
En segundos, sintió que su cuerpo se despegaba del suelo. Todo era color, música, piel erizada. El placer, la liviandad, la libertad total. Ludmila se alejó entre risas y se perdió entre la multitud. Cuando Camila volvió a verla, estaba abrazada a un joven musculoso, de sonrisa ladeada y mirada intensa.
Se llamaba Sebastián, español. Ludmila lo tomó de la mano y se lo llevó a una de las habitaciones de la mansión. Antes de desaparecer, Camila alcanzó a escuchar:
—Mi esposa me espera en la realidad, pero aquí... todo es distinto.
La puerta se cerró detrás de ellos.
Camila caminó por los pasillos, todavía flotando, sonriendo. Hasta que el estallido la detuvo.
Un estruendo seco. Luego un grito. Otro. La música se detuvo abruptamente. Todos comenzaron a correr hacia el patio.
Y entonces lo vio.
Un cuerpo inerte en el suelo. Un joven, desconocido. El rostro sin vida. Un agujero limpio en la frente. No era un truco. No era parte del juego.
Alguien murmuró cerca:
—Otra vez. No puede ser... otra vez.
La figura de la IA apareció sobre el cuerpo, silenciosa, sin reacción. Algunos comenzaron a gritar. Otros desaparecieron en flashes de luz: el sistema los estaba desconectando a la fuerza.
Camila sintió que el suelo se deshacía bajo sus pies. Una sacudida. Un frío helado.
Despertó de golpe en su cama. Empapada en sudor. Ludmila también se incorporó, agitada, con el corazón a mil.
—¿Lo viste? —susurró Camila.
Ludmila no dijo nada. Solo asintió, con el rostro pálido.