ONE SHOT
El amanecer después - Terraza de la suite
La primera luz del alba tiñe el cielo de un azul pálido y rosado, un lienzo suave después de la tormenta de la noche. Charlie está de pie, apoyado en la barandilla de la terraza, con un batín de seda oscura abierto sobre su torso desnudo. Lleva una taza de café humeante que no ha probado. Sus ojos, ahora libres de la fría furia, están fijos en el horizonte, pero su mente está en la cama, en el hombre que duerme envuelto en sábanas arrugadas y el aroma a ellos dos.
Dentro, Babe se mueve entre las sábanas. Su mano busca el espacio vacío, frío. Abre los ojos, lentamente, sintiendo cada marca, cada moretón como un mapa de la pasión de la noche. Una sonrisa lenta, satisfecha, se curva en sus labios hinchados. Se envuelve en la sábana y se levanta, caminando descalzo y con cierta rigidez hacia la terraza.
Babe se apoya en el marco de la puerta, la sábana arrastrándose como un manto. Su voz es ronca por la noche de gritos.
—¿Ya estás haciendo tu imitación de estatua pensativa, Cachorro? Es muy temprano.
Charlie no se vuelve, pero su postura se suaviza. Su voz es grave, introspectiva.
—No podía dormir. Estaba pensando.
Babe se acerca, deslizándose detrás de él y rodeando su torso con los brazos, apoyando la mejilla en la espalda desnuda, sobre las marcas de sus propias uñas.
—Pensamientos peligrosos. ¿Celos otra vez? Porque debo advertirte, mi cuerpo no está listo para otra ronda…todavía.
Una risa baja, real, le sacude el pecho.
Finalmente gira dentro del abrazo, dejando la taza a un lado. Sus manos se posan en la cintura de Babe, sobre la sábana.
—No. No celos.— Lo mira a los ojos, su expresión es seria, vulnerable.— Arrepentimiento.
Babe frunce el ceño, la sonrisa desvaneciéndose.
—¿Arrepentimiento? ¿Por…lo de anoche?
Charlie negó con fuerza, sus manos se aprietan.
—No. Por eso, jamás.— Suspira, buscando las palabras.— Me arrepiento…de los años en los que no puse mis manos sobre ti. De las noches en las que no pude escuchar esos gemidos. De cada sonrisa que le diste a otro, incluso por cortesía, porque yo no estaba allí para verla y reclamarla como mía. Anoche…esa furia…no era solo por ese idiota en la fiesta. Era por todos los idiotas, todas las sonrisas, todos los años perdidos en los que no fui yo quien te hizo sonreír así.
Babe lo mira, comprendiendo. Levanta una mano y acaricia la línea de la mandíbula de Charlie, sintiendo la tensión allí.
—Esos años también fueron míos, Charlie. Yo también los perdí. Pero no pienses en ellos como una deuda.— Se estira para besarlo suavemente.— Piensa en ellos como…la oscuridad necesaria para apreciar este amanecer.— Señala el cielo con la barbilla.— Yo no quiero tu arrepentimiento. Quiero esto. Tu mirada en la mía cada mañana. Tu furia cuando alguien se atreve a mirarme. Tu posesión, salvaje y total, cuando la necesito. Lo tenemos todo ahora. Eso borra todo lo demás.
Charlie cierra los ojos, hundiendo el rostro en el cuello de Babe, inhalando su esencia.
—¿Cómo puedes ser tan sabio después de la noche que te di?
Babe ríe, un sonido cálido y áspero.
—Porque la noche que me diste me recordó quién soy. Tuyo. Y porque el hombre que me la dio es el amor de mi vida. Un hombre celoso, posesivo y maravillosamente imperfecto. Mi Cachorro.
Charlie lo besa entonces, un beso lento y profundo, muy diferente a los de la noche anterior. Es un beso de gratitud, de pacto renovado. Cuando se separan, el sol ha empezado a dorar sus perfiles.
Charlie susurra, sus labios rozando los de Babe.
—Entonces, ¿qué hacemos hoy, mi sabio salvaje?
Babe sonríe, con un brillo travieso en los ojos.
—Bueno, primero, un baño largo y caliente. Tú me debes unos masajes por esos moretones prometedores. Luego…— su sonrisa se amplía.— creo que deberías enseñarme más portugués. Frases útiles. Como "Aléjese de mi hombre o le rompo la cara".
Charlie ríe de verdad esta vez, una carcajada que llena la terraza y ahuyenta los últimos vestigios de su sombría introspección.
—Eso no es portugués, es un lenguaje universal. Pero te lo enseñaré. Y luego…quizás una siesta. En la hamaca.
Babe asiente, entrelazando sus dedos con los de Charlie.
—Suena perfecto. Pero una advertencia: si en esa siesta empiezas a pensar otra vez en años perdidos…
Charlie lo interrumpe, llevando su mano entrelazada a sus labios para besarla.
—No lo haré. Porque estaré demasiado ocupado haciendo planes para todos los años que nos quedan. Y, créeme.— su mirada se oscurece con una promesa gozosa.— en esos planes hay muchas más noches como la de ayer. Y muchas más mañanas como esta.
Babe sonríe, esa sonrisa completa, despreocupada y feliz que es el mayor triunfo de Charlie. Juntos, vuelven a entrar en la suite, dejando atrás el amanecer, caminando hacia el día que les pertenece, un día tejido con la urdimbre de una pasión que quema y la trama de un amor que, después de todo, ha aprendido a no dar nada por sentado.
El Estudio de Sonido - Atardecer
Charlie ha convertido una habitación acústicamente aislada en un pequeño estudio. Hay un piano de media cola, una guitarra acústica y equipos de grabación sencillos. Babe está sentado en el taburete del piano, tocando distraídamente una melodía que Charlie no reconoce. Charlie se apoya en el marco de la puerta, cruzando los brazos, simplemente observando. La luz del atardecer entra por un tragaluz, iluminando las manos ágiles de Babe sobre las teclas.
Su voz es suave, para no romper el hechizo.
—Nunca me dijiste que sabías tocar.
Babe no deja de tocar, una sonrisa juguetona en sus labios.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Cachorro. Ocho años dan para mucho.— La melodía se vuelve más compleja, melancólica y hermosa.
Charlie se acerca, se sienta en el borde del piano, mirando sus dedos.
—Esa canción…duele.
Babe asiente, sin mirarlo.
—La compuse el primer año que estuviste fuera. Cuando todavía creía que me habías dejado. Se llama "La Azotea Vacía".— Hace una pausa, un acorde disonante.— Nunca la terminé.
Charlie extiende una mano y la coloca sobre la de Babe, deteniendo la música. El silencio repentino es profundo.
—Termínala ahora.
Babe levanta la vista, sus ojos verdes buscan los de Charlie.
—¿Cómo?
Charlie le da la vuelta a la mano y entrelaza sus dedos con los de Babe, luego coloca la otra mano de Babe sobre una tecla blanca.
—Así.— Guía su mano para tocar un acorde mayor, simple y luminoso.— Porque la azotea ya no está vacía. Estoy aquí. Y esa canción ya no es sobre pérdida. Es sobre lo que se encontró.
Babe mira sus manos entrelazadas sobre las teclas, luego a Charlie. Un nudo se le forma en la garganta. Con su mano libre, comienza a tocar de nuevo, la misma melodía, pero ahora Charlie, con su mano sobre la de Babe, añade una armonía más baja, más cálida, que transforma la tristeza en algo esperanzado, en una conversación a cuatro manos. No hablan más. La música lo hace por ellos, tejiendo los hilos rotos del pasado en una nueva canción, compartida, en tiempo real.
La Cueva de la Isla - Día de Exploración
Han descubierto una pequeña cueva en un acantilado, accesible solo con marea baja. El interior es fresco, húmedo, iluminado por un haz de luz solar que se filtra por una grieta superior, iluminando un charco de agua turquesa. Están sentados en una roca plana, comiendo fruta.
Babe mojando los pies en el agua, suspira.
—Es como nuestra burbuja privada. Ni siquiera el mar puede entrar cuando quiere.
Charlie observa cómo la luz juega en el cabello de Babe.
—Me recuerda al escondite que teníamos detrás de los casilleros del colegio. Donde nos besamos por segunda vez.
Babe sonríe, arrojándole suavemente un trozo de mango.
—Lo recuerdas todo, ¿verdad?
Charlie atrapa el mango y se lo come, sosteniendo su mirada.
—Solo los momentos que valían la pena. Como este.— Se inclina y le quita un poco de jugo de mango de la comisura de los labios de Babe con el pulgar, luego se lame el dedo.— Eres un desastre.
Babe se acerca, sus labios a centímetros de los de Charlie.
—Y tú eres un maniático del orden. Equilibrio perfecto.— Besa el pulgar de Charlie antes de que lo retire.— ¿Crees qué alguien más ha estado aquí?
Charlie mira a su alrededor, la cueva.
—No. Esto es solo nuestro. Como esa azotea. Como el escondite de los casilleros.— Su voz se vuelve grave.— Podemos ponerle un nombre.
Babe arquea una ceja, divertido.
—¿Bautizar una cueva?
Charlie asiente, serio.
—"A Gruta do Reencontro". La Cueva del Reencuentro.
Babe se queda quieto, la broma muriendo en sus labios. La emoción lo golpea, simple y directa. Se abalanza sobre Charlie, no para besarlo, sino para abrazarlo con una fuerza que exprime el aire de ambos, enterrando su rostro en su cuello.
Su voz está ahogada contra su piel.
—Joder, Charlie… sí. Ese es un nombre perfecto.
Permanecen abrazados en la penumbra fresca, el sonido del goteo de agua y la respiración del otro como la única música necesaria. No hacen el amor allí. Lo que comparten es más íntimo: la consagración de un nuevo santuario, un nuevo capítulo de su geografía privada.
La Sala de Mapas - Noche de tormenta eléctrica
Charlie ha dedicado una pared entera a un mapamundi físico, de esos antiguos, con papel pergamino y marcos de madera oscura.
Chinchetas de colores marcan lugares. Babe está de pie frente a él, con un cáliz de brandy en la mano, observando una nueva chincheta roja clavada en un archipiélago remoto del Pacífico. Charlie llega a su lado, descalzo, con las manos en los bolsillos del pantalón de pijama.
Babe señala la chincheta roja con el borde de su copa.
—¿Y este? No lo reconozco.
Charlie sonríe, un poco tímido, un gesto raro en él.
—Es un atolón. Privado. Lo compré la semana pasada.
Babe baja la copa, girándose hacia él con los ojos muy abiertos.
—¿Compraste una isla? ¿Una isla entera?
Charlie encoge los hombros, como si hubiera comprado un cuaderno nuevo.
—Es más pequeña que esta. Tiene una laguna interior perfecta, aguas termales y cero registros de propiedad anteriores. Es…una pizarra en blanco.— Su voz se suaviza.— Pensé que podríamos diseñarla juntos. Desde cero. Sin recuerdos ajenos. Solo los nuestros, desde el primer ladrillo.
Babe deja la copa sobre una mesa cercana.
Se acerca a Charlie y coloca sus manos sobre su pecho, sintiendo el latido firme y rápido bajo la seda.
—¿Estás construyendo un imperio de refugios para nosotros, Cachorro?
Charlie cubre las manos de Babe con las suyas.
—Estoy asegurando que, pase lo que pase en el mundo, siempre tengamos un lugar donde solo se hable nuestro idioma. Donde el único sonido sea el mar y tu respiración.— Hace una pausa.— ¿Te gusta la idea?
Babe sacude la cabeza, no en negación, sino en asombro.
—No me "gusta". Me…aterroriza de felicidad.— Se estira para besarlo, un beso lento y con sabor a brandy y a futuro.— Entonces, arquitecto jefe, ¿cuándo empezamos los planos?
El Taller de Carpintería - Media tarde
En un cobertizo junto a la casa, Charlie ha montado un taller básico. El olor a madera de cedro recién cortada llena el aire. Babe está sentado en un banco, observando cómo Charlie pasa una lijadora una y otra vez sobre la superficie curva de lo que parece ser…un caballo de balancín.
Babe no puede contener una sonrisa.
—Déjame adivinar. Para el niño hipotético que nunca tendremos porque somos demasiado egoístas compartiendo nuestra atención.
Charlie apaga la lijadora y lo mira, serio.
—Es para ti.
La sonrisa de Babe se congela.
—¿Para…mí?
Charlie asiente, acariciando la madera suave.
—Cuando tenías siete años, rompiste tu caballo de balancín. Tu padre nunca lo reparó. Me lo contaste una vez, en la azotea. Dijiste que fue el día que dejaste de pedir cosas.— Levanta la vista.— Esto no es un juguete. Es una reparación. De algo que se rompió hace mucho tiempo.
Babe se queda completamente quieto. El aire parece haberse espesado con el serrín. Se levanta y camina lentamente hacia el caballo de madera, tocando la curva del cuello, pulida a mano.
Su voz es un hilillo de aire.
—No sabía que recordabas eso.
Charlie se acerca, dejando la lijadora a un lado.
—Recuerdo todo lo que te hizo daño. Y ahora tengo el tiempo, las herramientas y el derecho de intentar repararlo.— Pausa.— No es perfecto.
Babe lo mira, y sus ojos verdes brillan con una humedad que no derrama.
—Es la cosa más perfecta que me han dado en la vida.— Abraza a Charlie allí, entre virutas de madera y el aroma a cedro, aferrándose como si fuera el propio caballo de balancín, encontrando un equilibrio que nunca creyó posible.— Mi salvaje, romántico, imposible Cachorro.
La Biblioteca - Amanecer después de una noche sin dormir
No han podido dormir. Una energía nerviosa los recorría a ambos. En lugar de quedarse en la cama, han bajado a la biblioteca. Babe está hurgando en los estantes más altos con una escalera de mano. Charlie, desde el sofá, lee un libro de astronomía, pero su mirada se desvía constantemente hacia la línea de la pantorrilla de Babe, expuesta por el short de dormir.
Babe desde lo alto, sosteniendo un libro viejo y polvoriento.
—¡Aquí está! ¡El bestiario mitológico portugués que te mencionó el viejo del mercado!— Baja con cuidado, triunfante.
Charlie deja su libro a un lado.
—Ah. El que hablaba del Cão da Garou, el perro lobo que protegía a los amantes separados.
Babe se sienta en el suelo, frente a las piernas de Charlie, abriendo el libro con reverencia en una página iluminada.
—Mira. Dice que si los amantes se reunían, el Cão se transformaba en una constelación que los vigilaba para siempre.— Levanta la vista, sus ojos brillan con emoción infantil.— ¿Crees qué nuestra azotea tiene un perro lobo celestial?
Charlie lo mira, este hombre hermoso y complejo, emocionándose por un cuento de hadas. Un amor tan profundo que duele le llena el pecho.
—No necesitamos un perro lobo, Babe.— Se desliza del sofá al suelo, frente a él, tomando el libro y cerrándolo suavemente.— Nos tenemos el uno al otro. Y eso es más fuerte que cualquier mito.
Babe sonríe, un poco avergonzado.
—Lo sé. Pero es bonito pensarlo.— Su sonrisa se desvaneció, volviéndose contemplativa.— A veces me pregunto…si el universo no nos estuvo preparando un lugar todo este tiempo. Como este. Como esa isla nueva. Como esta vida.
Charlie le toma la cara entre las manos.
—El universo es caótico e indiferente, mi amor. Nosotros no. Nosotros elegimos este lugar. Nosotros creamos esta vida. Cada día. A cada momento.— Se inclina y le da un beso suave, un sello en los labios.— No le des crédito a un cuento. Dáselo a nosotros. A nuestra terquedad. A nuestro amor de perros lobos que se negó a morir.
Babe ríe, un sonido claro y feliz en la biblioteca silenciosa. Tira de Charlie para que se acueste con él en la alfombra gruesa, entre pilas de libros. Se quedan allí, entrelazados, mirando el techo de madera mientras el amanecer pinta lentamente las estanterías de oro, inventando sus propios mitos, escribiendo su propia leyenda, un capítulo doméstico y sagrado a la vez.
La Terraza - Crepúsculo
La discusión había sido estúpida. Un malentendido sobre un compromiso olvidado, palabras afiladas por el cansancio y viejos miedos que asomaron la cabeza: Charlie, temiendo que Babe pudiera sentir que lo daba todo por sentado; Babe, sintiendo la sombra de la presión por ser "el perfecto nuevo comienzo". Charlie había salido de la habitación con un silencio gélido, la puerta cerrada no con un portazo, sino con un clic definitivo que resonó más fuerte en el corazón de Babe.
Babe había pasado horas sintiéndose como una casa arrasada. La culpa, ese viejo conocido, le roían las entrañas. Había esperado, limpiando obsesivamente cosas que ya estaban limpias, hasta que la necesidad de reparar, de tocar, de reconectar, fue más fuerte que el miedo.
Ahora, en la terraza bañada por el último resplandor violáceo del crepúsculo, Charlie está sentado en un sillón de mimbre ancho, de espaldas a la puerta. No duerme. Sus ojos están cerrados, pero su respiración no es la de un hombre en paz. Los nudillos de sus manos, apoyadas en los brazos del sillón, están blancos. Es una estatua de furia contenida y dolor.
Babe se detiene en el umbral, su corazón golpeando su caja torácica. Lleva solo una de las largas camisas de algodón de Charlie, que le llega a mitad de los muslos. El cuello ancho se ha deslizado, dejando al descubierto la curva de un hombro y la marca de un beso de la noche anterior, ya desvanecida. Respira hondo y avanza, descalzo, sobre las losas frías.
Sin decir una palabra, se acerca al sillón.
Charlie no se mueve, pero Babe sabe que lo ha sentido. Con un movimiento fluido, Babe se sube a su regazo, de rodillas, a horcajadas sobre sus muslos. El peso familiar, la calidez, hacen que Charlie inhale bruscamente, pero sus ojos permanecen cerrados.
Babe no busca su mirada. En cambio, se inclina y entierra su rostro en el hueco del cuello de Charlie, inhalando su esencia, esa mezcla de jabón de cedro y rabia. Sus brazos se enroscaron alrededor de sus hombros.
Su voz es un susurro áspero, directamente contra su piel.
—Lo siento. Lo siento tanto, Cachorro. Fui un idiota. Un idiota egoísta y temeroso.
Charlie no responde, pero su cuerpo, antes de piedra, parece ceder un milímetro. Babe aprovecha la rendija. Comienza a dejar besos. No son besos apasionados, son besos de disculpa, puntuaciones suaves y húmedas a lo largo de su mandíbula apretada, sobre el latido acelerado en su cuello, en la línea tensa de sus labios.
—No quería herirte. Nunca. Eres…eres mi mundo. Y a veces ese mundo me da tanto miedo que digo tonterías.— Otro beso, esta vez en la comisura de su boca.— Perdóname. Por favor.
Charlie exhala, un sonido largo y tembloroso.
Finalmente abre los ojos. No miran a Babe.
Están fijos en el horizonte, pero ya no son de hielo, son de una tormenta interna. Su mano se eleva lentamente, casi con reluctancia, y se posa en la cintura de Babe, sobre la fina tela de la camisa. Es un contacto eléctrico.
Su voz es áspera, como grava.
—Me dijiste que te sentías atrapado. En esta vida. Conmigo.
Babe niega con fuerza, su nariz rozando la de Charlie.
—No. No, nunca. Dije que a veces me asusta lo perfecto que es. Que temo no estar a la altura. Que temo…— su voz se quiebra.—…que un día despiertes y veas que no soy suficiente para justificar todo el infierno que pasamos para llegar aquí.
Charlie por fin lo mira. Sus ojos oscuros están llenos de una incredulidad dolorosa.
—¿De verdad crees eso? ¿Después de todo? ¿Después de cada maldita célula de mi cuerpo qué te grita que eres todo?
Babe no tiene respuesta. Solo sacude la cabeza, las lágrimas asomando ahora. La camisa se ha deslizado más, revelando la suave piel de su muslo, la curva de su trasero. Charlie lo ve. Y algo se rompe en su control.
Su mano en la cintura de Babe se aprieta, tirando de él más cerca, hasta que sus cuerpos se presionan sin espacio para el aire o el malentendido.
—¿Quieres saber lo qué me enciende de verdad, Babe? No es tu sonrisa, ni tu mente, ni siquiera este cuerpo que me vuelve loco.
Babe jadeó, sintiendo la erección de Charlie, dura e insistente, a través de sus propios pantalones de lino.
Charlie susurra, su boca a un centímetro de la de él.
—Es esto. Esta vulnerabilidad. Esta manera en que vienes a mí, roto y arrepentido, ofreciéndome tu cuello, tus disculpas, tu verdad. Es el privilegio más grande que tengo. Que me pertenece. Que confía en que yo lo arreglaré. Que yo lo sostendré.
Antes de que Babe pueda responder, Charlie lo captura en un beso. No es un beso suave de la disculpa de Babe. Es un beso de reclamación, de hambre y de una ira que se transforma en lujuria pura. Es profundo, dominante, húmedo. Su otra mano se entierra en el cabello de Babe, sosteniendo su cabeza en su lugar.
Charlie al separarse, jadeando.
—Y ahora voy a recordarte. De la única manera que tu cuerpo olvida cómo dudar.
Con movimientos bruscos y eficientes, Charlie empuja la camisa de Babe hacia arriba, por encima de su cabeza, dejándolo completamente desnudo y expuesto en su regazo, bajo el cielo crepuscular. No se la quita; la deja colgando de sus muñecas, una sutil forma de restricción. Su propia ropa es un obstáculo que resuelve abriéndose el pantalón y liberando su erección.
No hay preparación. No hay cuidado. Hay necesidad cruda. Charlie levanta a Babe por las caderas, lo alinea y lo deja caer sobre su miembro, penetrándolo en una sola embestida profunda y brutal que arranca un grito ahogado de ambos. Babe se desploma hacia adelante, sus manos ahora libres aferrándose a los hombros de Charlie, sus uñas clavándose.
Charlie gimiendo, su cabeza cayendo hacia atrás.
—Así…Así es como perteneces. Aquí. Conmigo dentro. Sintiendo esto. ¿Sientes lo qué me haces? ¿Sientes esta locura?
Babe no puede hablar, solo asiente, jadeando, moviéndose sobre él con una urgencia desesperada, buscando la fricción, el castigo, la conexión que borre las palabras hirientes.
Charlie comienza a empujar hacia arriba, encontrando el ritmo de Babe, pero imponiendo el suyo, más fuerte, más profundo. Es un sexo de reconciliación, sí, pero también de reafirmación. Cada embestida es un "mío", un "aquí", un "siempre". Charlie capturó sus labios, luego descendió por su cuello, mordiendo y chupando la piel del hombro expuesto, marcando de nuevo lo que es suyo. Su mano agarra la nuca de Babe, guiando el ángulo, dominando el movimiento.
Charlie entre dientes, contra su piel.
—Nunca…nunca vuelvas a decir que no eres suficiente. Eres el aire. Eres la razón. Eres el exceso en mi vida ordenada. El hermoso, perfecto, desordenado exceso.
Babe grita, un sonido alto y desgarrado, cuando el orgasmo lo golpea, intensificado por la crudeza, por la emoción, por las palabras de Charlie. Se derrama entre ellos, su cuerpo convulsionando, apretando a Charlie como un puño.
Es la rendición total que Charlie necesitaba.
Con un gruñido gutural, lo sostiene con fuerza y se hunde hasta el fondo, su propio orgasmo sacudiéndolo con una fuerza que parece robarle el alma para depositarla en Babe. Se queda allí, inmóvil, temblando, enterrado en el calor y la aceptación de su amor.
El silencio vuelve, ahora cálido y pesado. La brisa nocturna enfría el sudor en sus pieles.
Babe, agotado y limpio, se derrumba contra el pecho de Charlie, su rostro escondido de nuevo en su cuello. Charlie lo sostiene, sus brazos rodeándolo con una fuerza que ya no es de furia, sino de posesión absoluta y paz recuperada.
Charlie después de un largo rato, susurra, su voz ronca pero suave.
—Te amo. Incluso cuando discuto. Especialmente cuando discuto. Porque incluso entonces, solo eres tú.
Babe levanta la cabeza lo suficiente para besarlo, un beso suave, agotado, salado.
—Y yo te amo a ti, mi salvaje, celoso, perfecto Cachorro. Nunca lo dudes.
Se quedan entrelazados en el sillón, bajo las primeras estrellas, la disputa disuelta en el sudor y el susurro del mar, recordándose mutuamente, sin lugar a dudas, que su hogar no era la mansión, ni la isla, sino este espacio feroz y tierno que existía justo aquí, en el cruce de sus cuerpos y sus almas.
La Tarde del Barco de Pesca
Charlie había alquilado un pequeño barco de pesca tradicional, no un yate. Están en mar abierto, el motor apagado, meciéndose suavemente. Babe, con una gorra hacia atrás y los hombros al sol, sostiene una caña de pescar con concentración exagerada. Charlie observa, recostado contra la borda, una sonrisa en los labios.
Babe susurrando, como si el pez pudiera oírlo.
—Creo que hay uno grande. Sentí un tirón.
Charlie sin apartar la mirada de él.
—Lo más grande en este barco ya lo atrapé. Y no tiene intención de escaparse.
Babe le lanza una mirada de reojo, una sonrisa asomando.
—Cállate, me vas a espantar la captura. Necesito demostrar que puedo alimentarnos con mis propias manos.
Charlie se acerca, agachándose detrás de él, rodeando su torso con los brazos para "ayudar" a sostener la caña. Su barbilla se apoya en el hombro de Babe.
—Tus manos ya me alimentan todos los días, mi amor. Con tu toque, con tu forma de arreglar las cosas, con tu manera de acariciar mi espalda cuando crees que estoy dormido.— Besó su hombro, justo donde termina la camiseta.— Esto es solo un juego.
Babe se relaja contra él, abandonando la pretensión de pescar seriamente.
—¿Y si nunca pica nada?
Charlie señala el horizonte donde saltan delfines.
—Tenemos ese espectáculo. Tenemos el sol. Tenemos este barco y el mar para nosotros solos. Y tenemos…— su mano se desliza bajo la camiseta de Babe, palmeando su estómago plano.—…provisiones para semanas. No necesitamos pescar nada.
Babe ríe, girando la cabeza para besarlo, un beso salado y lento.
—Siempre tienes razón.
Charlie niega, su rostro serio de repente.
—No. No la tuve durante ocho años. Ahora, cada día que te veo sonreír así, es un día en el que acerté. Es todo lo que quiero.
Se quedan abrazados en la popa, la caña olvidada, viendo cómo los delfines pintan arcos plateados en el agua, saboreando la sal en los labios del otro y la verdad simple y enorme de su existencia compartida.
El Rincón del Piano - Noche de lluvia
Babe ha estado practicando. La melodía de "La Azotea Vacía" ahora tiene un puente nuevo, una secuencia de acordes que suenan a esperanza redimida. Charlie llega a la puerta, trayendo dos tazones de chocolate caliente. Se detiene a escuchar, los ojos cerrados. Cuando Babe termina, hay un silencio cargado.
Babe sin mirarlo, sus dedos acarician las teclas.
—Es el final. Lo terminé.
Charlie deja los tazones y se acerca. Se arrodilla junto al banco del piano, a la altura de Babe. Toma una de sus manos y la lleva a sus labios, besando cada nudillo.
—No es un final. Es un nuevo comienzo en la misma canción.— Mira la partitura, garabateada con notas y correcciones.— ¿Cómo se llama ahora?
Sus ojos verdes encuentran los de él, brillando con una luz suave.
—"La Azotea Llena". Porque ya no está vacía. Nunca lo estará otra vez.
Charlie siente que el aire le falta. Se levanta y se sienta en el banco, al lado de Babe. No dice nada. Extiende su mano sobre el teclado y, con el índice, toca una nota simple, clara.
Babe sonríe y añade un acorde por encima.
Luego otro. Charlie responde con una línea de bajo sencilla. No es una canción compleja; es un diálogo. Notas que se buscan, se responden, se entrelazan. Como sus vidas.
Tocan hasta que la lluvia contra las ventanas es el único acompañamiento que necesitan, construyendo algo nuevo, juntos, nota a nota, en el rincón cálido y dorado de la habitación.
El Mercado de las Pulgas - Domingo por la mañana
Es un mercado caótico y lleno de vida, bajo un toldo gigante. Puestos de antigüedades, libros viejos, muebles destartalados. Babe está absorto en una caja de fotografías antiguas en blanco y negro. Charlie, a su lado, examina una brújula de latón del siglo XIX.
El vendedor a Charlie, señalando la brújula.
—Siempre apunta al norte verdadero. Fiable.
Charlie sonríe, sin apartar los ojos del instrumento.
—Ya tengo mi norte verdadero.— Su mirada se desvía hacia Babe, que sostiene una foto de una pareja joven, tomada de la mano en lo que parece ser un carrusel en los años 50.— Pero me gusta su mecanismo. Es hermoso.
Babe levanta la foto.
—Míralos. Se veían tan…esperanzados. Tan enamorados en ese instante.
Charlie se acerca y mira la foto sobre su hombro.
—¿Crees qué duraron?
Babe encoge los hombros.
—No lo sé. Pero este momento, el que el fotógrafo capturó…fue real. Eso es lo que queda.— Deja la foto con cuidado y mira a Charlie.— Como nuestros momentos. Los que tenemos ahora.
Charlie paga al vendedor por la brújula y la guarda. Luego, toma la mano de Babe.
—Entonces hagamos uno más. Ahora.
Lo guía fuera del bullicio del mercado, a un pequeño callejón lateral donde crece una buganvilla silvestre contra un muro de ladrillo.
La luz del sol filtra a través de las hojas en forma de corazón, moteando el suelo. Charlie se detiene y se vuelve hacia Babe.
Charlie saca su teléfono, no para hacer una llamada, sino para activar la cámara.
—No tenemos un carrusel de los años 50. Pero tenemos esto.— Extiende el brazo, enmarcándolos a ambos contra el millo violeta.— Sonríe por nuestro momento, mi amor.
Babe se ríe, sorprendido, pero se inclina hacia Charlie, su cabeza apoyada en su hombro. Sonríe, no para la cámara, sino para Charlie, una sonrisa amplia, despreocupada, llena del presente.
—Así.
Charlie toma la foto. El clic es suave. Baja el teléfono y en vez de revisar la imagen, besa a Babe allí, en el callejón perfumado, bajo la buganvilla. Es un beso que sabe a café de la mañana y a futuro.
Charlie susurró contra sus labios.
—Ese instante ya es real. Y durará. Porque lo vivimos juntos. Y tengo la prueba.— Le muestra la pantalla: los dos, sonriendo, enmarcados por el amor silvestre, la brújula antigua asomando del bolsillo de Charlie.— Nuestro norte verdadero, capturado.
Regresan al mercado, las manos entrelazadas, la brújula antigua en un bolsillo, el momento nuevo guardado en otro, y la certeza de que están coleccionando, no objetos, sino el mapa infinito y hermoso de su vida compartida, un tesoro a la vez.
El Loft de Jeff y Alan - Bangkok, Noche de Reencuentro
El loft es un espacio abierto, moderno, lleno de plantas y luz de neón suave. El aire vibra con música baja, risas y el chocar de vasos.
Jeffcon la misma energía desenfadada, abraza a Charlie con fuerza, golpeándole la espalda. Alan, su novio, sereno y observador, da la bienvenida a Babe con una sonrisa cálida y un apretón de manos que se convierte en un breve abrazo. North, extravagante y ruidoso, ya está contando una historia animada a Sonic, quien lo mira con una mezcla de exasperación y adoración.
Dean y Way, unos amigos más tranquilos pero con miradas cómplices, sirven bebidas desde la barra.
Jeff sostiene a Charlie a distancia de los brazos.
—¡Míralo! El fantasma del pasado convertido en el magnate feliz. Te sienta bien, hermano. ¡La paz mundial, o algo así!
Charlie ríe, la tensión habitual de su cuerpo ausente.
—No es paz mundial. Es paz personal. Y vale más.
Su mirada busca y encuentra a Babe, que está siendo arrastrado por North hacia un sofá grande.
North a Babe, señalándolo con su copa.
—¡Tú! ¡El prófugo del amor! ¡Nos dejaste plantados en el drama más épico de la década y te fuiste a jugar a Robinson Crusoe con Tarzán aquí!— Le guiña un ojo a Charlie.— ¡Hay que compensarnos con todos los detalles! ¿Sexo en la playa? ¿Entre las palmeras? ¡Dímelo todo!
Babe se sonroja pero ríe, cómodo entre estos amigos que fueron testigos de su dolor y ahora celebran su alegría.
—North, por favor. Hay niños presentes.— Señala a Sonic, que levanta las manos en inocencia.
Sonic sacudiendo la cabeza.
—No me incluyas en su locura. Pero…— sonríe tímidamente a Babe.— me alegra mucho verte así. Brillante.
Way se acerca, ofreciéndole una bebida a Babe.
—Lo que Sonic quiere decir es que te ves…completo. Es bueno verlo.
Babe acepta la bebida y su mirada se encuentra con la de Charlie a través de la habitación. Un silencio momentáneo cae entre ellos, un mundo entero de entendimiento que excluye a todos los demás. Charlie asiente ligeramente, una sonrisa privada en sus labios.
Alan acercándose a Charlie, con voz baja.
—Jeff me contó…lo que pasó. Lo de tu padre. Lo de todo.— Pausa.— Has hecho algo extraordinario. No solo por volver, sino por construir esto.— Asiente hacia Babe.— Se le nota en la mirada. La felicidad.
Charlie mira a Alan, apreciando su perspicacia.
—Fue lo único que importaba. Él lo es.
La noche avanza entre risas, historias exageradas de North, preguntas genuinas de Dean y Way sobre Brasil, y la tranquilidad cómplice de Sonic observándolo todo. Jeff pone música más movida y arrastra a Alan a bailar. North hace lo propio con Sonic, quien protesta pero termina sonriendo.
Charlie se desliza en el sofá junto a Babe, su brazo extendido sobre el respaldo, los dedos acariciando su hombro. Babe se recuesta contra él, un movimiento natural, como respirar.
Babe susurrando, para Charlie solo.
—Es raro. Verlos a todos…y no sentir ese hueco en el pecho. El que solía aparecer cuando estaba con gente que conocía "al Charlie y a Babe de antes". Porque ahora…somos los mismos, pero no. ¿Tiene sentido?
Charlie besó su sien.
—Todo el sentido. El "antes" era un prólogo torpemente escrito. Esto, nosotros aquí, con ellos celebrando…este es el primer capítulo del libro verdadero.
De repente, North se planta frente a ellos con una botella y varios vasos pequeños.
—¡Alto ahí, nidos de amor! ¡Un brindis no negociable!— Llena los vasos y reparte.— ¡Por los idiotas que se extrañaron durante ocho años!
Jeff gritando desde la pista de baile.
—¡Y por el hijo de puta que los separó y ahora probablemente está comiendo sopa solo en una mansión vacía!
Todos ríen, incluso Charlie, que alza su vaso.
Su tono se vuelve inusualmente serio, mirando directamente a Charlie y Babe.
—Y por la terquedad. Por la terquedad de un amor que se negó a aceptar un "no" como respuesta.— Alza su vaso más alto.— ¡Por Charlie y Babe! ¡Los más cabezotas y maravillosos de todos nosotros!
—¡Salud!— corean todos, y el sonido de los vasos al chocar es como el punto final perfecto a un capítulo doloroso y el inicio festivo de otro.
Más tarde, cuando la noche se calma y los amigos comienzan a despedirse con abrazos y promesas de verse al día siguiente, Charlie y Babe se quedan un momento en el balcón del loft, mirando las luces de Bangkok, una ciudad que una vez fue una prisión y ahora es solo un escenario de amistad recuperada.
Babe con la espalda apoyada en el pecho de Charlie.
—¿Sabes qué es lo más loco? No quiero irme de aquí. Pero tampoco quiero quedarme. Porque nuestro hogar ya no está en un lugar. Está en esto. En este sentirme seguro a tu lado, aquí, en Río, o en medio del océano.
Charlie lo abraza más fuerte, sellando la verdad entre ellos contra el cielo lleno de humo y luz de la ciudad.
—Exactamente. Así que disfrutemos estas semanas. De los amigos, de los recuerdos buenos que podemos rescatar, de la comida callejera que extrañabas.— Gira a Babe para que lo enfrente.— Y luego, volvamos a nuestra isla. A nuestro verdadero norte.
Babe sonríe, ese mismo brillo de la foto del callejón de la buganvilla iluminando sus ojos, aquí, en el corazón de su pasado transformado. Y cuando se besan, bajo el cielo de Bangkok, no hay fantasmas, solo el presente vibrante y el futuro infinito que han reclamado, juntos, rodeados por el eco amistoso de un "¡Salud!" que resonará para siempre en sus memorias.
Oficina del Director Ejecutivo - Edificio Phattanakarn, Bangkok
La oficina es un cubo de vidrio y acero, con vistas panorámicas a la ciudad. Charlie, detrás de un escritorio de líneas limpias, revisa un informe financiero. Frente a él, una mujer joven, Lilia, la nueva analista junior, espera de pie. Lleva un traje chaqueta ajustado y una sonrisa que pretende ser profesional pero que no llega a sus ojos.
Charlie ha estado señalando cifras con un bolígrafo de titanio, su voz es un monótono profesional.
—…los márgenes del tercer trimestre son insostenibles en este sector. Necesito un desglose por región antes del viernes. ¿Alguna pregunta sobre los datos?
Lilia en lugar de responder al contenido, se inclina levemente hacia adelante, colocando las manos sobre el escritorio, un movimiento calculado para ofrecer una vista generosa de su escote.
—Las únicas preguntas que tengo, jefe, son más…personales.— Su voz baja, se vuelve melosa.— Este ambiente es tan…frío. Quizás podríamos encontrar una manera más…divertida de revisar estos números. Sin necesidad de tanto papel.
Charlie no levanta la vista del informe. Su bolígrafo se detiene. Cuando habla, su voz es plana, cortante como el filo de un cristal.
—No me interesa. Enfócate en tu trabajo o busca uno donde tu distracción sea valorada. Esa es la única personalización que ofrezco aquí.
Lilia palidece ligeramente, pero la arrogancia y el deseo de conquistar lo que percibe como un trofeo la ciegan. Con un movimiento audaz, se endereza y comienza a desabrochar los botones de su blusa, uno, dos, tres, revelando un sostén de encaje negro y la generosa piel de sus pechos.
Su tono es ahora un desafío burlón.
—Tal vez no ha visto lo que puedo ofrecer. Puede ser mucho más de lo que crees, jefe. No solo cifras. Experiencia.
En ese preciso instante, la puerta de la oficina se abre sin ceremonias. Babe entra, con un aire despreocupado, llevando una bolsa de mango sticky rice de un puesto callejero que sabe que Charlie anhela. Se detiene en seco.
Sus ojos verdes recorren la escena: la mujer semidesnuda, la expresión impasible de Charlie, la tensión cargada en el aire.
Lilia sin volverse, molesta por la interrupción, lanza con sorna.
—¿No sabes tocar la puerta? Los adultos estamos en un momento íntimo.
Charlie abre la boca, una tormenta en sus ojos, pero Babe es un relámpago. Una sonrisa fría, casi divertida, se curva en sus labios. Camina hacia el centro de la oficina, dejando la bolsa de comida sobre una mesa auxiliar.
Su voz es clara, como cristal quebrado, dirigida a Lilia.
—Sí, se nota. Íntimo y profundamente patético.— Ahora mira a Charlie, un destello de humor travieso en la mirada.— Cariño, ¿contratamos a una representante de lencería o a una analista? Se me confunden los roles.
Lilia se da la vuelta, abrochándose torpemente la blusa, su rostro enrojeciendo de ira y vergüenza.
—¿Quién diablos eres tú? ¡Esto es una reunión privada!
Babe da un paso más, su elegancia natural haciéndola parecer más pequeña y vulgar.
—Soy la persona cuyo nombre probablemente viste en la placa de ‘Contacto de Emergencia’ que firmaste, pero claramente no lees los documentos con atención.— Hace una pausa dramática, disfrutando.— Soy Babe. Y el hombre detrás de ese escritorio, a quien intentas desesperadamente seducir con tácticas de televisión barata, no es solo tu jefe. Es mi novio. Mi futuro esposo. El amor de mi vida.— Sonríe, una sonrisa que no llega a sus ojos.— Así que, te sugiero, por tu propio bienestar mental y profesional, que recojas lo poco que queda de tu dignidad, salgas por esa puerta, y vayas a tocar un poco de pasto. Cultiva algo de amor propio. Es más productivo.
Lilia, ahora furiosa y acorralada, suelta una risa forzada.
—¡No puedes hablarme así! ¡Yo…!
Babe la interrumpe, avanzando otro paso. Su voz es ahora un susurro filoso y peligroso.
—¿Yo, qué? ¿Tienes alguna habilidad real qué aportar? ¿O solo confías en qué tus pechos hagan las presentaciones por ti? Porque déjame decirte algo, cariño: en este mundo, el que Charlie y yo hemos construido a golpes, la carne es barata. La inteligencia, la lealtad, la integridad…eso es lo que vale. Y tú, querida, llegaste al mercado con el producto equivocado.
Antes de que Lilia pueda reaccionar, Babe extiende la mano y, con un movimiento rápido y deliberado, agarra la tela ya desabrochada de su blusa y la rasga hacia abajo con un sonido crujiente. La tela cede, dejando su torso completamente al descubierto. Babe no la toca. Solo mira, con una expresión de curiosidad clínica.
Babe ríe, un sonido bajo y sin alegría.
—Ahí. Ya que tanto te gusta exhibirte, te ayudo. Más eficiente.— Su tono se vuelve glacial.— Ahora, escúchame bien. Estás despedida. No solo de esta oficina, sino de cualquier filial de esta empresa. La gente como tú, que confunde una sala de juntas con un burdel, es una plaga que no toleraremos. Necesitamos mentes capaces y serias, no perras en celo con una tarjeta de presentación.
Charlie se levanta finalmente. Su mirada, fija en Lilia, podría congelar el fuego. Cruza la habitación en tres zancadas silenciosas y agarra a la mujer del brazo con una fuerza que la hace gritar.
Su voz es tan fría y cortante que hace que las palabras de Babe parezcan cálidas.
—Ya lo escuchaste. Recoge tus cosas de Recursos Humanos y desaparece de mi vista.— La acerca a su rostro, sus ojos oscuros son pozos de una promesa aterradora.— Y que esta sea la última vez que abres la boca para insultar a mi novio. Porque si alguna vez vuelvo a ver tu rostro o escucho tu nombre cerca de lo que es mío, las consecuencias no serán laborales. Serán personales. Y te garantizo que no tendrás un vestido bonito para llorar. ¿Entendido?
La empuja suavemente pero con firmeza hacia la puerta. Lilia, ahora pálida como la muerte, completamente humillada y aterrorizada, huye sin mirar atrás. Charlie cierra la puerta con el pestillo.
El silencio llena la oficina. Charlie se gira lentamente. Babe está de pie junto al escritorio, arreglándose un mechón de cabello con dedos que apenas tiemblan, una amplia sonrisa juguetona en su rostro.
Babe mira a Charlie con picardía.
—¿Qué? Nunca había despedido a nadie antes. Es…catártico.
Charlie lo mira, la tensión de su cuerpo se derrite, reemplazada por una mezcla de asombro, orgullo y un deseo feroz. Avanza hacia él.
—«Catártico».— Repite la palabra, saboreándola.— Mi salvaje, mi protector, mi abogado oficioso con muy malos modales.
Babe se cuelga de su cuello, su cuerpo vibrando con energía nerviosa y excitación.
—Fue divertido. Quiero volver a hacerlo. ¿Tenemos más empleadas insolentes?
Charlie ríe, un sonido ronco y genuino, y lo agarra por la cintura, levantándolo del suelo y sentándolo sobre el borde de su pulcro escritorio, barriendo los informes al suelo con un movimiento de brazo.
—No, por suerte para la plantilla, solo hay una. Pero la forma en que la destrozaste…— Su voz se vuelve áspera, sus manos bajan a la cintura de Babe, desabrochando su pantalón.— Fue la cosa más sexy que he visto en mi vida.
Babe jadea cuando las manos de Charlie se deslizan dentro de su ropa interior, palmeando y apretando su trasero desnudo, los dedos fríos contra su piel caliente.
—¿Más sexy qué cuando…?
Charlie lo interrumpe con un beso brutal, devorador, que es respuesta suficiente. Sus manos exploran, posesivas, marcando la piel que es solo suya.
—Mucho más. Verte usar esa inteligencia afilada, esa elegancia letal…por mí. Para defender lo que es tuyo.— Separa sus labios un centímetro, sus alientos mezclados.— Me vuelves loco.
Babe se ríe contra su boca, moviendo sus caderas contra el creciente bulto en el pantalón de Charlie.
—Solo estaba limpiando nuestro espacio. Tu oficina huele a perfume barato ahora. Necesitaba aire fresco.
Charlie gime, enterrando su rostro en el cuello de Babe, mordiendo suavemente la piel mientras sus dedos continúan su exploración implacable.
—Eres perfecto. Un demonio hermoso y celoso. Y ahora, mi amor, vas a quedarte muy quieto mientras te muestro exactamente lo que le pasa a quien defiende su territorio tan…efectivamente.
Babe obedece, con la cabeza ladeada hacia atrás, una sonrisa de triunfo y puro placer en sus labios, mientras Charlie reescribe, con manos y besos, el contrato no escrito de su posesión mutua, allí, sobre el escritorio del poder, convertido en un altar para la única devoción que cualquiera de ellos reconocería jamás.
El Apartamento de Jeff y Alan - Noche de Juegos de Mesa
El loft está lleno de desorden alegre. Platos de comida tailandesa por todas partes. North y Sonic están enfrascados en un feroz duelo de un juego de cartas estratégico. Dean y Way discuten una jugada en un tablero de ajedrez. Jeff y Alan sirven más cervezas.
Charlie y Babe están en el sofá grande, Babe recostado sobre el regazo de Charlie, quien le masajea distraídamente el cuero cabelludo.
North gritó, lanzando una carta.
—¡Jaque mate emocional, Sonic! ¡Tu estrategia es tan predecible como tu gusto en calcetines!
Sonic frunce el ceño, examinando su mano.
—Mis calcetines tienen dinosaurios. Son superiores. Y te voy a arruinar en el próximo turno.
Babe observa la escena con una sonrisa suave.
—Esto es…ruidoso. Y perfecto.
Sus dedos se detienen en su cabello.
—¿Echas de menos el silencio de la isla?
Babe niega, girándose para mirarlo.
—No. Echo de menos nuestro silencio. Pero esto…el caos de ellos…es el sonido de la vida que perdimos. Es bueno tenerlo de vuelta, aunque sea de visita.— Hace una pausa.— ¿Crees qué nos hemos vuelto demasiado herméticos, Cachorro?
Charlie lo mira con intensidad.
—Nos volvimos lo que necesitábamos ser para sobrevivir. Un universo de dos.— Una sonrisa juguetona aparece en sus labios.— Pero no me opongo a dejar que este ruido entre, de vez en cuando. Siempre que al final del día, siga siendo solo tu respiración la que escuche al dormir.
Jeff se acerca con dos botellas de cervez.
—¡Ey! ¡Nada de susurros empalagosos en mi sofá! Esto es una zona libre de cursis.— Les ofrece las cervezas.— A menos que estén planeando otro escape internacional. En ese caso, necesito un adelanto.
Todos ríen. Babe se sienta y acepta la cerveza, su pie rozando el de Charlie. La noche continúa, llena de camaradería sencilla, de amistad que ha resistido el tiempo y la distancia, y de la certeza silenciosa de que, en medio de este ruido, la conexión entre ellos dos sigue siendo el eje más sólido y silencioso.
La Habitación del Hotel - Madrugada
Han vuelto a su suite, después de la noche con los amigos. Está oscuro, solo la luz de la ciudad entra por las persianas. Babe está de pie frente al ventanal, en calzoncillos, viendo cómo Bangkok nunca duerme. Charlie se acerca por detrás, desnudo de cintura para arriba, y lo envuelve en sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro.
—¿Qué ves?
—La ciudad que me crió. Que me rompió. Que me devolvió a ti.— Señala hacia la zona donde estaba su antigua casa.— Allá…está mi infancia.— Señala otra dirección, hacia los distritos de negocios.— Allá está la jaula de oro.— Aprieta las manos de Charlie sobre su estómago.— Y aquí…aquí estás tú. El único punto fijo.
Charlie lo gira suavemente.
—Yo no soy un punto. Soy una línea. Una línea que te conecta a todo lo que fuiste con todo lo que eres y serás.— Le acaricia la mejilla.— Esta ciudad es parte de tu texto, Babe. Pero no es toda la historia. La historia la escribimos nosotros ahora, y el escenario puede cambiar.
Babe sonríe, un poco triste, un poco libre.
—Lo sé. Es solo…raro estar de vuelta y no sentir que me ahogo.— Se aferra a los brazos de Charlie.— Siento que floto. Y tú eres mi ancla.
Su expresión se oscurece con una emoción profunda.
—Siempre.— Lo besa, un beso lento y profundo que no busca encender pasión, sino afirmar presencia.— ¿Quieres ir mañana? ¿A tu antigua azotea? ¿A nuestro antiguo escondite en el colegio?
Babe piensa, luego niega.
—No. Los fantasmas ya están en paz.— Mira a su alrededor, la suite lujosa e impersonal.— Nuestros lugares ya no están aquí. Nuestro lugar es donde estamos juntos.— Se estira para besarlo de nuevo.— Así que llevame a la cama, Cachorro. Y hazme sentir que nuestro lugar es exactamente aquí, ahora, en esta habitación anónima, porque estamos tú y yo.
Charlie no necesita que se lo digan dos veces. Lo lleva a la cama no con urgencia salvaje, sino con una solemnidad tierna, reclamando cada centímetro de su cuerpo no como un territorio, sino como un hogar, en la ciudad que una vez los separó, y que ahora es solo el telón de fondo de su reunión perpetua.
Suite Presidencial - Hotel The Peninsula, Bangkok
La habitación está en penumbra, solo iluminada por la pantalla de un iPad que descansa sobre la cama de seda. En ella, se ven dos series de fotografías claramente tomadas con teleobjetivo y recortadas para malinterpretar. A la izquierda, Charlie en una terraza de un restaurante, hablando con una mujer elegantemente vestida; en una, ella se inclina, su mano parece rozar la suya sobre la mesa. A la derecha, Babe en la obra de un edificio, discutiendo planos con un arquitecto colaborador, un hombre atractivo y sonriente; en una toma, Babe señala algo y su brazo parece pasar cerca del hombro del otro hombre. El ángulo y el recorte los hacen parecer íntimos, cómplices.
Charlie está de pie junto a la ventana, con un vaso de agua en la mano que no ha probado.
Su perfil está tallado en una concentración gélida. Babe está sentado al borde de la cama, pasando las fotos en la pantalla con un dedo, una expresión divertida y exasperada en su rostro.
Babe suspira, no con angustia, sino con fastidio.
—Bueno, esto es nuevo. ¿Ciber-acoso romántico? ¿Quién demonios se tomó la molestia?— Amplía una foto de Charlie.— Oye, mira, a Ella Chen ni siquiera le gustan los hombres. Es la CEO de la firma de biotecnología con la que estás asociándote.— Cambia a su foto.— Y a P’Krit lo único que le interesa son mis cálculos estructurales, no mi trasero, aunque no lo culpo.
Charlie sin girarse, su voz es baja y peligrosa.
—No importa quiénes sean. Importa la intención. Alguien está observando. Alguien quiere sembrar dudas.— Finalmente mira a Babe, sus ojos son pedernal.— Quieren lastimarnos. A ti.
Babe deja el iPad y se recuesta sobre los codos, mirando a Charlie con una sonrisa traviesa que no encaja con la gravedad del momento.
—¿Sabes qué? La verdad…— hace una pausa dramática.— me hubiera gustado hacerte una escena de celos épica. Un drama total. Gritos, lágrimas falsas, acusaciones ridículas…— sus ojos verdes brillaban con malicia.— … solo para que luego, cuando se aclarara todo, me folles contra la pared, o sobre este ridículamente caro escritorio de madera de teca, o en la bañera con vistas al río.
Charlie se queda inmóvil por un segundo, procesando el giro absurdo y perfectamente Babe de la situación. Luego, un gruñido ronco se le escapa. Deja el vaso con un golpe seco y cruza la habitación en tres zancadas.
Charlie lo agarra de la cintura con ambas manos y lo levanta de la cama como si pesara nada, sentándolo sobre la cómoda alta que hay frente a un espejo. Los frascos de perfume tintinean. Su rostro está a centímetros del de Babe, sus ojos oscuros ardiendo ahora con un fuego muy diferente al de la furia de hace un instante.
—Tú y tus ganas de pelear, mi amor. ¿De verdad estás usando un intento patético de sabotaje cómo excusa para fantasear con que te castigue?
Babe no se inmuta, se envuelve con las piernas alrededor de la cintura de Charlie, atrayéndolo más cerca. Su sonrisa es desafiante y encantadora.
—¿Y qué si lo estoy? Es una fantasía muy específica y con muchos beneficios. Yo gano un drama divertido, tú ganas la oportunidad de ponerte todo posesivo y salvaje…— roza sus labios contra los de Charlie.—…y al final, los dos ganamos un orgasmo espectacular. Es win-win.
Charlie ríe, un sonido corto y admirado, y capturó sus labios en un beso que es más una mordida de afirmación.
—Eres imposible. Completamente imposible.— Se separa, mirándolo como si fuera un tesoro absurdo y precioso.— Aquí estoy, analizando amenazas y perfiles de seguridad, y tú estás planeando el guión de tu siguiente…¿cómo lo llamaste? ¿"Reconciliación"?
Babe asiente, jugueteando con el cuello de la camisa de Charlie.
—¡Exacto! Las reconciliaciones son tan divertidas, Cachorro. Toda esa tensión…que se convierte en otra cosa. Es pura química. Dramaturgia básica.
Su mirada se oscurece, la broma dando paso a algo más profundo y posesivo.
—Entonces, por lógica, si alguien está tratando de crear tensión…— sus manos bajan a las botoneras del fino pantalón de lino de Babe.—…estamos en deuda con ellos. Están, sin saberlo, facilitando tu fantasía.
Babe jadea cuando los dedos de Charlie encuentran su erección a través de la tela.
—¿Ves? Hasta los enemigos imaginarios son útiles. Deberíamos enviarles una nota de agradecimiento…ah… después.
Charlie no desperdicia más tiempo en palabras. Desabrocha su pantalón con movimientos bruscos y lo empuja hacia abajo, junto con su ropa interior. Con la misma eficiencia, libera su propia erección. El frío de la superficie de mármol de la cómoda contrasta con el calor que emana de sus cuerpos.
Charlie lo levanta ligeramente, lo alinea, y con un empuje potente y sin preámbulos, lo penetra. Babe grita, un sonido de sorpresa y placer absoluto que se estrella contra el espejo.
—¿Así? ¿Contra esta superficie? ¿Es esto lo qué querías que pasara cuando viste esas fotos estúpidas?
Babe se aferra a sus hombros, la cabeza ladeada hacia atrás, riendo entre jadeos.
—¡Sí! ¡Joder, sí, Cachorro! ¡Exactamente así!
Charlie establece un ritmo brutal, deliberado, cada embestida una puntuación en su argumento silencioso: esto es real, esto es nuestro, ninguna foto de mierda puede tocar esto. Las fotos del iPad, ahora olvidadas en la cama, son el chiste más lejano. El único espectáculo aquí es el de ellos, reflejados a medias en el espejo empañado: dos cuerpos entrelazados, moviéndose con una sincronía salvaje y gozosa.
Charlie entre dientes, su boca contra el sudoroso cuello de Babe.
—La próxima vez que quieras una reconciliación…— una embestida particularmente profunda.—…solo tienes que decírmelo. No necesitamos un villano de pacotilla.
Babe gime, sus uñas clavándose en la espalda de Charlie.
—¿Y…ah…dónde está la diversión en eso? ¡La intriga! ¡El peligro inventado!
Charlie ríe, un sonido ronco y amoroso, y acelera el ritmo, llevando a Babe al borde con una precisión devastadora.
—El único peligro real aquí, mi amor, es que me vuelvas tan loco de placer que olvide investigar quién tomó esas fotos.
Su risa se convierte en un grito cuando el orgasmo lo golpea, sacudiéndolo contra el frío mármol y el cuerpo caliente de Charlie.
—¡Que…las investigue…Jeff! ¡Yo…estoy… ocupado!
Charlie lo sigue con su propia liberación, un gruñido gutural que es tanto triunfó como rendición, hundiéndose profundamente en él.
—Eso…eso haré. Mañana.— Se desploma sobre Babe, jadeando, sosteniéndolo contra el espejo.— Pero ahora…ahora estoy ocupado confirmando que ninguna foto del mundo podría capturar ni la mitad de lo que esto es.
Se quedan allí, entrelazados y jadeantes, la amenaza externa reducida a una anécdota absurda, una excusa más en el catálogo privado de pretextos que utilizan para celebrar, una y otra vez, la feroz, divertida e indestructible realidad de su unión.
El Estudio Temporal - Edificio de Oficinas, Bangkok
La habitación no es la de antes. Es un war room improvisado. Las pantallas muestran informes financieros y perfiles profundos.
Charlie está de pie frente a una pared donde se han pegado dos fotografías impresas en tamaño A4: una de su padre, Sr. Wan, frío y pulcro en un evento benéfico; otra de Ton Srisuwan, sonriendo con arrogancia en la apertura de un club. Bajo sus imágenes, líneas rojas conectan empresas fantasma, transferencias bancarias cifradas y los nombres de los investigadores privados que tomaron las fotos. Babe está sentado en el borde de la mesa, su postura es relajada, pero sus ojos verdes, fijos en la foto del padre de Charlie, son glaciares.
Charlie sin girarse, su voz es el sonido metálico de un cuchillo siendo afilado.
—Dos mentes pequeñas, unidas por el rencor y la impotencia. Mi padre no podía tolerar que yo fuera feliz, libre y lejos de su control. Ton no podía tolerar que lo humillaras y que lo que él consideraba su propiedad, terminará siendo mía.— Da un golpe seco con el dedo en la foto de Ton.— Él proporcionó el acceso, los movimientos dentro de Tailandia. Mi padre…el financiamiento y la intención estratégica. Querían que dudáramos. Que peleáramos. Que su fracaso no fuera absoluto.
Babe no mira la foto de Ton. Su mirada no se despega de la del Sr. Wan. Cuando habla, su voz es suave, casi contemplativa, pero cada palabra está cargada de un veneno letal.
—Hay que ponerle un fin a esos cabrones. Ya me hartaron.— Finalmente desvía la vista hacia Charlie.— Especialmente…a tu padre.
Charlie gira entonces, captando el tono, la intensidad inusual en los ojos de Babe.
—Él es mi responsabilidad. Yo lo manejo.
Babe se levanta de un salto, suavemente.
Camina hacia la pared, se detiene frente a la foto del Sr. Wan. Extiende la mano y, con la uña del pulgar, rasga lentamente el papel, partiendo la imagen desde la frente hasta la boca.
—No.— La palabra es simple, final.— No esta vez, Cachorro. No con esto.
Charlie se acerca, alerta ante una furia en Babe que rara vez ve dirigida de esta manera, tan fría y dirigida.
—Babe…
Babe se vuelve, y ahora Charlie puede verlo: no es ira por lo que le hicieron a él. Es algo más profundo, más oscuro, más protector.
—Él te agarró.— Sus palabras son cuchillas de hielo.— Te sacudió. Te arrancó de mí. Te mandó a un exilio y te vigiló como a un prisionero. Te obligó a construir una armadura a los dieciocho años cuando deberías haber estado construyendo sueños.— Su voz tiembla, no con miedo, sino con una rabia contenida que hierve.— Lo odio. No por las mentiras que me dijo a mí. Las superé.— Da un paso al frente, su mirada clavada en la de Charlie.— Lo odio por cada marca de dedos que dejó en tus brazos de adolescente. Por cada noche que pasaste solo, pensando que me habías perdido. Por los años que le robó a tu sonrisa. A nuestra sonrisa.
Charlie se queda sin aliento. Había asumido el resentimiento de Babe hacia su padre, pero nunca lo había escuchado articularlo así, desnudo y dirigido únicamente al daño infligido a Charlie.
—Mi amor…eso ya pasó.
Babe niega con violencia.
—¡No mientras él todavía respire y crea que puede tocarte! ¡No mientras tenga un baht para financiar una sombra que se atreva a acecharnos!— Su respiración se acelera.— Tú quieres manejarlo con elegancia. Quemando sus barcos desde lejos. Yo…— una sonrisa terrible y hermosa se curva en sus labios.— quiero verle los ojos cuando se dé cuenta de que perdió. No solo el negocio o la reputación. Que perdió para siempre cualquier hilo que creyó tener sobre ti. Sobre nosotros.
Charlie lo estudia, viendo al hombre feroz que rompió una pierna para defender su integridad, ahora convertido en un hombre dispuesto a derribar un imperio para vengar su dolor. Un orgullo inmenso, feroz, lo inunda.
—¿Qué propones?
Su sonrisa se vuelve estratégica, brillante y peligrosa.
—Tu padre se desvive por las apariencias, ¿verdad? Por el respeto de sus pares. Por la ilusión de control.— Señala las pantallas.— Tenemos todo. Las pruebas de sus intentos de sabotaje, las transferencias a Ton, las órdenes a los detectives. Es sucio, es bajo, es…patético.
Charlie asiente, empezando a ver el contorno del plan.
—Público. Quieres humillarlo públicamente.
Sus ojos verdes brillan con una luz cruel y justa.
—No un escándalo en los medios. Eso es para gente como Ton.— Desprecia la otra foto con un gesto.— Para tu padre…algo más íntimo. Más quirúrgico. Una reunión de su junta directiva. O mejor, ese ridículo club de "filántropos" del que es presidente vitalicio. Donde están todos sus "pares".— Se acerca a Charlie, bajando la voz a un susurro conspirativo y letal.— Nos presentamos. Tú, impecable, exitoso, feliz. Conmigo a tu lado. Y luego…le entregamos un dossier. No a la prensa. A cada uno de los hombres y mujeres en esa sala. Para que lean, en silencio, cómo el gran Sr. Wan gastó su fortuna y su tiempo tratando de destruir la felicidad de su propio hijo. Por envidia. Por impotencia. Por pura maldad pequeña.
Charlie imagina la escena: el aire helado de la sala de juntas, el rostro de su padre descomponiéndose mientras el silencio más elocuente lo rodea. La caída no sería financiera, sería social, humana. Sería su núcleo de identidad hecho trizas frente a los únicos ojos que le importan.
—Sería su ruina total.
Babe asiente, su mano encontrando la de Charlie, entrelazando sus dedos con una fuerza feroz.
—Exacto. Y Ton…— una mueca de desprecio.— para él, un paquete a la prensa de deportes y farándula. Con fotos de sus denuncias antiguas, sus negocios turbios. Que sea el hazmerreír de los círculos que tanto aspira a pertenecer. Que se pudra en la irrelevancia escandalosa.
Charlie mira a Babe, a este hombre que es su amor, su salvaje, y ahora, su general en esta batalla final.
—Es despiadado.
Babe alza la barbilla, desafiante.
—Es justicia. Y es nuestra. No lo hagamos por venganza, Cachorro.— Su voz se suaviza, se llena de una certeza absoluta.— Hagámoslo por paz. Para que nunca, nunca más, tengamos que mirar por encima del hombro. Para que nuestro mundo, el que construimos con cicatrices y esperanza, sea verdaderamente, irrevocablemente, nuestro.
Charlie lo atrae y lo besa. No es un beso de pasión, sino de pacto. Un sello de sangre y acero entre generales.
—Está bien.— Se separa, su mirada ahora compartiendo el mismo brillo letal.— Lo haremos. Juntos.
Babe sonríe, la primera sonrisa genuinamente ligera desde que entraron a la habitación.
—Eso suena a un plan perfecto. Ahora.— señala las pantallas.— ¿empezamos a preparar las invitaciones para la…fiesta de despedida de tu padre?
Charlie ríe, un sonido oscuro y satisfecho.
—Empecemos. Por fin, mi amor, vamos a cerrar este círculo de una vez por todas. Y lo haremos viéndolos caer, sabiendo que fue nuestro amor, no su odio, la fuerza más poderosa en la sala.
Salón de Juntas del Club Privado "The Celadon" - Día posterior a la junta
La reunión ha terminado. El aire, antes cargado de perfume caro y murmullos educados, ahora está impregnado de un silencio sepulcral y la electricidad de un escándalo que ya está comenzando a extenderse en susurros consternados. Charlie y Babe permanecen de pie al frente de la larga mesa de caoba. Los dossieres, impresos en papel grueso, yacen abiertos frente a cada una de las sillas vacías, sus contenidos —transferencias, órdenes escritas, fotos comprometedoras del padre de Charlie conspirando con Ton— habiendo sido absorbidos en un incómodo y revelador mutismo por los demás miembros.
El SR. Wan está al otro extremo de la mesa, junto a la puerta, como si intentara retener un último vestigio de control sobre la salida. Su rostro, normalmente una máscara de serena arrogancia, es una obra de grietas: la piel está pálida, la boca torcida en un rictus de odio puro, sus ojos inyectados en sangre clavan a Charlie, luego a Babe, con una intensidad que podría perforar acero.
Su voz, por primera vez que Charlie recuerda, no es el tono controlado del patriarca. Es un silbido ronco, cargado de veneno.
—¿Estás satisfecho? ¿Has terminado de escupir sobre el nombre que te dio todo?— Señala a Babe con un dedo tembloroso.— ¿Te rebajaste a ser el perro rabioso de este…esta aberración? ¡Has destruido tu legado! ¡Lo he destruido todo por ti y esto es como me pagas!
Charlie no se mueve. Su postura es de una calma glacial, las manos en los bolsillos del impecable traje azul marino. Cuando habla, es con un desapego que hiere más que un grito.
—No destruiste nada por mí. Construiste una prisión. Y hoy solo he abierto las puertas para que todos vean los barrotes. El legado que manchaste fue el tuyo, no el mío. El mío comienza hoy, lejos de ti.
Babe hasta ahora, había permanecido en silencio, observando con sus ojos verdes, esa frialdad calculadora que solo aparece cuando el peligro es real. Pero las palabras "aberración" y el tono de absoluto desprecio hacia Charlie parecen cruzar una línea. No es el insulto hacia él. Es la gota que colma el vaso de ocho años de rabia contenida por el dolor ajeno.
Con una serenidad aterradora, Babe se separa del lado de Charlie y comienza a caminar lentamente hacia el extremo de la mesa donde está el Sr. Wan. Sus pasos son silenciosos sobre la alfombra gruesa. Charlie hace un movimiento leve, pero Babe le lanza una mirada: déjame. Es una orden silenciosa, y Charlie, confiando en él hasta el final, se queda donde está.
Sr. Wan al verlo acercarse, esboza una sonrisa torcida de desdén.
—¿Qué? ¿El juguete de mi hijo viene a ladrar? ¿A pedir más migajas de la fortuna que nunca tendrás?
Babe se detiene a un metro de él. No dice nada. Solo lo mira, como un cirujano observa un tumor. Luego, con una velocidad y una fuerza que toman a todos por sorpresa —incluso a Charlie, que conoce su ferocidad—, Babe lanza su puño derecho directamente al centro del rostro del Sr. Wan.
CRACK.
El sonido del hueso nasal quebrado es nítido y satisfactoriamente brutal en la habitación silenciosa. El Sr. Wan emite un gruñido ahogado y se tambalea hacia atrás, chocando contra la pared, las manos volando hacia su rostro ahora chorreante de sangre.
Antes de que pueda recuperarse, Babe lo agarra del cuello de la costosa camisa, lo endereza con una fuerza despiadada, y le clava un gancho izquierdo en la mandíbula. El segundo impacto es más sordo, más profundo. El Sr. Wan cae de rodillas, aturdido, la sangre manchando su traje gris perla y la alfombra beige.
Babe se yergue sobre él, respirando con fuerza, no por el esfuerzo, sino por la furia que finalmente ha liberado. Su voz, cuando sale, no es un grito. Es un susurro cargado de un odio tan denso y preciso que corta el aire como un escalpelo.
—Esos golpes…son una miseria. Una mísera fracción del dolor que le causaste.— Se agacha, agarrando el pelo del Sr. Wan para obligarlo a mirarlo. La sangre del hombre gotea sobre los dedos de Babe.— No le diste una paliza a un rival. Lastimaste a un adolescente. A un niño que solo amaba. Le arrancaste los brazos con moretones, lo exiliaste, le robaste su voz, su paz, sus años.— Cada palabra es un martillazo.— Eres un hijo de la gran puta. Un cobarde con traje de Armani. No mereces este club, ni tu dinero, ni el aire que respiras. Lo único que mereces es el desprecio absoluto de aquel a quien creíste poseer.
El Sr. Wan intenta farfullar algo, pero la sangre y la conmoción lo ahogan. Babe lo sacude con violencia.
—¡Cállate! ¿Qué clase de padre eres, eh? ¿La clase qué destruye lo que no puede controlar? ¿La qué envenena en lugar de nutrir?— Su voz sube un tono, llena de un desprecio abismal.— Charlie construyó un imperio a pesar de ti. Encontró el amor a pesar de ti. Es diez veces el hombre que tú serás en cien vidas. Y tú…tú solo eres un hombrecillo patético, lleno de rencor, que jugó su última carta y perdió. Perdió todo.
Lo suelta con desdén, dejando que el Sr. Wan se desplome sobre la alfombra manchada.
Babe se yergue, limpiándose los dedos ensangrentados en su propio pantalón como si tocara algo repugnante.
Babe ahora habla con una calma aterradora, final.
—Así que esto es lo que va a pasar. Te vas a levantar. Vas a salir por esa puerta. Y vas a pasar página. Porque si alguna vez, alguna vez, vuelves a acercarte a Charlie, a mirarlo siquiera, no serán golpes. Será el resto de esa evidencia que todos aquí leyeron, en cada periódico, en cada red social, en cada oído de cada persona que alguna vez te respetó. Te reduciré a menos que polvo.— Hace una pausa, su mirada es de puro hielo.— Se un hombre, por una vez en tu miserable vida, y acepta que has perdido. Pareces un puto crío llorando porque le quitaron su juguete roto. Madura. Y desaparece.
Hay un silencio absoluto. El Sr. Wan, gimiendo en el suelo, es la imagen misma de la ruina. Charlie observa, su corazón latiendo con una mezcla de horror, admiración y un amor tan vasto que duele. Babe se da la vuelta, su respiración aún agitada, y camina de regreso hacia Charlie. Sus ojos verdes se encuentran con los oscuros de su amor, y en ellos no hay arrepentimiento, solo la feroz certeza de un acto de justicia y protección largamente demorado.
Charlie le toma la mano, la que lanzó los puñetazos, y la examina. Los nudillos están enrojecidos, quizás agrietados. La lleva a sus labios y besa cada uno, saboreando la sal y el hierro.
—Vámonos, mi amor.
Babe asiente, la tensión abandonando su cuerpo ahora que la bestia ha sido enfrentada.
—Sí.Donde nadie nos volverá a lastimar.
Salen del salón de juntas, dejando atrás al hombre que una vez fue un gigante, ahora reducido a un gemido sangrante en el suelo, y la prueba tangible de que el amor, cuando se defiende con las uñas y los puños, puede ser la fuerza más destructiva y redentora de todas.
El Almacén Abandonado - Puerto de Bangkok
El lugar huele a salitre, aceite rancio y descomposición. La única luz entra por ventanas rotas, polvorientas, iluminando motas de polvo que danzan como espectros. Charlie llegó primero, impecable en un traje negro que parece absorber la penumbra.
Espera, de pie, junto a una pila de cajas mohosas. No hay guardaespaldas. No los necesita.
Ton llega minutos después, su entrada es torpe, furiosa. Su rostro, antes pulido y arrogante, está demacrado por la humillación pública y la rabia. Los rumores sobre su pasado, sus negocios turbios y su carácter violento ya circulan como pólvora en los círculos que tanto anhelaba. Ve a Charlie y su odio se materializa en un gruñido.
Su voz es un silbido rasgado.
—¿Tan valiente qué vienes solo, Wan? ¿O tu puto perro guardián está escondido, lamiéndose las heridas de su propio pasado sucio?
Charlie ni parpadea. Una sonrisa fría, apenas un levantamiento de la comisura de los labios, juega en su rostro.
—"Perro guardián" es un término interesante. Implica lealtad, protección, un instinto feroz por lo que ama. Cualidades que, claramente, te son ajenas. Vine solo porque lo que hay entre tú y yo no requiere testigos. Solo un verdugo y un condenado.
Ton da un paso al frente, inflando el pecho, una actitud que ya no impone.
—¡Condenado tú! ¡Tú y tu maricón de pacotilla! ¡Me arruinaste! ¡Destrozaste todo lo que construí!
Charlie ríe suavemente, un sonido seco que rebota en las paredes de cemento.
—No destrocé nada, Ton. Solo quité la laca barata para mostrar la podredumbre de la madera. Tú solo "construiste" castillos de naipes con el dinero de tu familia y la intimidación. Un soplo los derrumba. Y mi Babe…— pronuncia el nombre con una ternura deliberada que es un látigo.— fue ese soplo. Un huracán, en realidad.
Ton escupe al suelo, cerca de los pies de Charlie.
—¡No me hables de él! ¡Es un ingrato, una puta fina que se cree demasiado! ¡Yo le di lujo, estatus, protección!
Su sonrisa desaparece. Sus ojos se oscurecen.
—Le diste una celda dorada y la ilusión de control. Le diste una bofetada.— La palabra cae como un bloque de hielo.— Y por eso, él te rompió la pierna. Una transacción justa, diría yo. Aunque me hubiera gustado ser yo quien la reventara.
Su rostro se contrae con rabia impotente. Su última arma es la bajeza.
—¿Te crees tanto por tenerlo?— Una sonrisa obscena se dibuja en sus labios.— Igual ya lo probé. Lo folle y lo volvería a hacer otra vez. Al menos conmigo no tenía que esconderse.
Charlie no se altera. Al contrario, su sonrisa regresa, amplia ahora, llena de una diversión genuina y despiadada.
—Mientes. Con una facilidad patética. Si hubiera habido intimidad, lo sabría. Y no tendría problema con ello. Él tenía todo el derecho de buscar consuelo, placer, lo que fuera, en los años que no estuve.— Da un paso adelante, su voz se convierte en un susurro cargado de certeza absoluta.— Pero dudo mucho, Ton, que alguna vez le hayas provocado algo cercano a lo que yo le provocó. Un suspiro, tal vez. Un escalofrío de desagrado, probablemente. Pero volverlo loco…hacerlo gritar, llorar, arder…eso es un idioma que solo yo hablo. Y él solo me responde a mí.
Ton palidece, la bravuconería se agrieta.
—¡Tú…!
Charlie lo interrumpe, su tono es casi conversacional, humillante en su calma.
—Sé cuánto te gustaba, Ton. No te culpo. Siempre ha sido una belleza peligrosa en Tailandia. Una combinación rara de gracia y acero.— Hace una pausa, para que el elogio duela más.— Pero es una pena, una verdadera lástima, que no supieras valorarlo. Que confundieras su fuerza con sumisión, su corazón grande con debilidad. Ese…ese fue tu gran error. No la pierna rota. No el escándalo. Fue no ver el diamante que tenías en la mano y tratarlo como vidrio de mercadillo.
La humillación es total. Charlie no solo lo ha vencido, sino que ha diseccionado su fracaso con una precisión cruel. Ton ya no ve al rival; ve al juez que dicta sentencia sobre su insuficiencia. Con un grito de rabia animal, Ton se abalanza, un cuchillo corto que había escondido brillando en su mano.
Charlie se mueve. No es un movimiento de pelea callejera. Es eficiente, económico.
Esquiva la estocada, atrapa la muñeca de Ton con una mano y, con la otra, lo agarra por el cuello, impulsándolo con una fuerza brutal contra la pared de ladrillo. El impacto sacude el polvo. El cuchillo cae al suelo con un ruido metálico.
Charlie ahora, con Ton inmovilizado, su cara a centímetros de la del otro, su voz es el sonido del destino.
—Que esta sea la última vez. La última vez que abres la boca para mentir sobre él. La última vez que piensas en nuestra relación. La última vez que tu sombra se atreve a rozar su mundo.
Ton forcejea, los ojos desorbitados, pero la presión en su cuello es de acero.
—Voy a matarte si apareces ante él nuevamente. No es una metáfora. Es una promesa.— Sus ojos oscuros no muestran emoción, solo hecho.— Y no lo olvido, Ton. No me olvido que le pusiste una mano encima. Que tu mugre tocó su piel. Por eso, cada vez que cojees, cada vez que sientas ese dolor en los días fríos, quiero que recuerdes que fue él quien te lo dio. Bien merecido. Para que veas que mi flor, la que crees delicado…tiene espinas. Y son muy, muy filosos.
Aprieta. No para estrangularlo hasta la muerte, sino para llevarlo al borde, para que el pánico absoluto brille en los ojos de Ton. Lo deja justo en el límite de la inconsciencia, donde el mundo se desvanece en un túnel oscuro y la única realidad es la mano implacable de Charlie.
Charlie susurra, la última humillación.
—Tienes suerte de que fuera él, y no yo. Yo…no te habría mandado a emergencias. Te habría enviado directo al crematorio. Considera esta inconsciencia un regalo. Un último acto de misericordia que no mereces.
Ton se desploma, un fardo inerte en el suelo sucio. Charlie lo mira por un segundo, luego se sacude las manos como si se hubiera ensuciado. Da media vuelta y camina hacia la salida, sin mirar atrás. El eco de sus pasos es el único sonido en el almacén, el redoble final para un hombre que jugó con fuego y encontró una tormenta de acero.
Afuera, el aire húmedo de Bangkok le da la bienvenida. Charlie respira hondo, no por alivio, sino para expulsar el hedor del rencor ajeno. Saca su teléfono y envía un mensaje rápido a un contacto: "Limpien el almacén del muelle 7. Hay basura que sacar." Luego, otro mensaje, esta vez a Babe, su tono cambia por completo: "Listo. Vuelvo a ti. Espera por mí, mi amor."
Pone rumbo al hotel, a la suite donde su flor, su belleza peligrosa, su salvaje amor, lo espera. La guerra ha terminado. Los fantasmas, por fin, han sido enterrados.
Suite Presidencial - Hotel The Peninsula, Bangkok
Charlie abre la puerta de la suite con la llave magnética. El interior está en penumbra, solo la luz de la ciudad baña el espacio en azules y dorados. Babe está de pie en el centro de la sala, esperándolo. No dice nada. En dos pasos, cierra la distancia y se lanza a sus brazos, abrazándolo con una fuerza que le exprime el aire de los pulmones. Charlie lo sostiene, sus manos encontrando automáticamente su espalda, acariciando.
Siente algo húmedo y caliente en el hueco de su cuello.
Charlie susurra en su cabello.
—Ya está. Terminó.
Babe solo asiente, hundiendo más su rostro.
Charlie, preocupado por esa humedad silenciosa, lo separa suavemente. Con las manos en su rostro, obliga a Babe a mirarlo.
En sus ojos verdes, las lágrimas no han caído aún, pero brillan, haciendo que sus pestañas parezcan de cristal.
Su voz es suave, pero firme.
—¿Qué pasa, mi amor? ¿Qué es esto?
Babe intenta una sonrisa, torpe y tembloros.
—No es nada, Cachorro. Tonterías.
Charlie no cede, sus pulgares acariciaron sus pómulos.
—Babe.
Es una sola palabra, su nombre dicho con esa profundidad que no admite evasivas.
Babe cierra los ojos un instante, dejando escapar un largo suspiro.
Babe abre los ojos, mirándolo con una vulnerabilidad desnuda.
—¿No puedes dejarme ser dramático, como en esas telenovelas qué veía mi abuela? El alivio post-traumático, la emoción acumulada…— Su intento de broma se quiebra.
Su expresión no se suaviza.
—Babe. En serio.
La máscara se cae. Su voz es un hilo de sonido.
—Tenía miedo. Es estúpido, lo sé, después de todo lo que hemos pasado, después de…hoy. Pero mientras esperaba aquí, solo…el miedo a que algo saliera mal, a perderte en medio de esa basura, a que todo lo que hemos construido se…— traga seco.— Solo tenía miedo.
Charlie siente que algo se desgarra en su pecho. Atrae a Babe de nuevo contra él, abrazándolo con una ferocidad tranquilizadora.
—Eso jamás. Ni loco. Ni en mil vidas.— Separa sus cuerpos solo lo suficiente para mirarlo a los ojos, su voz es un voto solemne.— Perderte no es una opción en mi universo, Babe. Eres la única constante. Lo único que no negociaré, por lo que no habrá tregua. Lo de hoy…era limpiar el pasado. Para que nuestro futuro esté impecable.
Babe asiente, limpiándose una lágrima rebelde con el dorso de la mano. Una sonrisa más genuina asoma.
Charlie lo guía hacia el sofá, sentándose y atrayéndolo a su regazo.
—Y hablando de basura…Tuve una charla con Ton.
Charlie relata los hechos con una calma clínica: el almacén, los insultos, la bravuconería de Ton. Cuando llega al momento clave, una sonrisa divertida, casi traviesa, se curva en sus labios, anticipando la reacción de Babe.
—…y en un último y patético intento de humillación, soltó que te había follado y que lo volvería a hacer.
El efecto es instantáneo. Babe se queda inmóvil por un segundo. Luego, arquea una ceja con una expresión de asco tan profundo, tan divo, tan absolutamente exagerada, que Charlie no puede evitar soltar una carcajada.
Babe pone los ojos en blanco, con un gesto de exasperación teatral.
—¿Yo? ¿Con ese…intento de hombre? Por favor. Ni drogado, ni borracho, ni con una pistola en la sien.— Su tono se vuelve de una sorna elegante.— Además, claramente no es mi tipo. Creo que en retrospectiva, lo único que estuve con él fue por pura y simple…lástima. Pobre diablo.— Hace una pausa, su mirada se vuelve lasciva y desafiante.— Ya quisiera él haberse probado esto. Lo único que tuvo la dicha de probar fueron mis labios, una vez, y supo a derrota y a colonia barata. Más de eso…jamás.
Charlie lo mira, fascinado, el miedo de Babe disipado por este estallido de orgullo y desprecio. Babe, animado, se sube encima de él, a horcajadas sobre sus muslos, agarrando la cara de Charlie entre sus manos.
Su voz es un susurro intrigado.
—Y tú, mi feroz Cachorro…¿qué le hiciste?
Charlie encoge los hombros, como si hablara del clima.
—Lo agarré del cuello. Le dejé claro que si alguna vez cruzaba tu camino de nuevo, lo mataría. Le recordé que merecía la pierna rota por haberte tocado. Y lo dejé inconsciente. Nada artístico. Solo eficiente.
Babe no responde con palabras. Toma la mano de Charlie, la misma que estranguló a Ton, y la guía lentamente hacia su propio cuello, colocando los dedos fuertes alrededor de su garganta, con una presión sugerente, no dañina. Sus ojos verdes brillan con un fuego oscuro y prometedor.
Babe susurra, desafiante.
—Entonces sé rudo conmigo también. Pero aquí. En nuestra cama. Desquítate. Reclámame. Demuéstrame que lo que ese idiota quiso tocar…es solo tuyo para marcar.
Es una invitación que Charlie nunca podría rechazar. Captura sus labios en un beso que es devoración desde el primer instante. Se levanta con Babe aún envuelto alrededor de él y lo lleva hacia la cama, depositándolo no con suavidad, sino con un propósito posesivo.
Babe yace allí, vestido solo con una de las largas y finas camisas blancas de Charlie, que se ha abierto, revelando la línea de su torso. Se abre de piernas, una invitación obscena y gloriosa.
Charlie de pie al borde de la cama, desabrocha su pantalón y libera su erección, dura y palpitante. No hay preámbulos. Se coloca entre sus muslos, alinea su miembro y, con un solo empuje brutal y profundo, lo penetra, llenándolo por completo. Babe grita, un sonido agudo de sorpresa y placer absoluto.
—¿Así? ¿Así de rudo, mi amor? ¿Es esto lo qué querías?
Babe arquea la espalda, ofreciéndose más.
—¡Sí! ¡Joder, sí, Cachorro! ¡Más!
Charlie establece un ritmo implacable, cada embestida una afirmación de propiedad. Se inclina, agarrando la fina tela de la camisa de Babe y desgarrándola por completo con un solo movimiento brusco, dejando su pecho al descubierto.
Charlie entre dientes, mientras su boca desciende a morder un pezón, luego el otro, chupando y marcando la piel con su boca.
—Todo esto…este gemido que me rasga los oídos…este calor que me ahoga…esta piel que sabe a miedo superado y a deseo…todo es mío.— Agarra sus manos y las entrelaza sobre su cabeza, inmovilizándolo.— Mío para besar, para morder, para follar hasta que olvides cualquier otro nombre que no sea el mío.
Babe gime, liberando una serie de sonidos que son a la vez sumisión y desafío.
—¡Tuyo! ¡Todo tuyo, cariño! ¡Solo tuyo!
Charlie es un huracán de posesividad. Besa, chupa y muerde su boca, su cuello, sus hombros, sus pechos, dejando un mapa de marcas violáceas que proclaman su derecho.
Sus palabras son un torrente de obscenidades precisas y ardientes, describiendo lo que le hace, lo que siente, lo que es Babe para él: su cielo, su infierno, su adicción, su salvación.
—¿Lo sientes? ¿Sientes cómo te quemo por dentro? ¿Cómo borro cualquier otro tacto, cualquier otro aliento? Esto es lo que él nunca tuvo. Esto es lo que soy yo. Tu dueño. Tu amante. Tu verdugo y tu santuario.
Babe está más allá de las palabras. Sus gritos son agudos, desgarrados, cada embestida lo lleva más cerca del borde. Sus uñas se clavan en la espalda de Charlie, rasgando la piel, marcándolo como suyo a su vez, en un ciclo de posesión mutua y feroz.
El clímax, cuando llega, es un cataclismo conjunto. Babe se rompe primero, un grito prolongado que es el sonido de la rendición más dulce, su cuerpo convulsionando alrededor de Charlie. Este, con un gruñido gutural que es pura afirmación triunfal, se hunde hasta el fondo y se entrega, llenándolo, sellándolo, borrando cualquier rastro de miedo, de pasado, de cualquier cosa que no sea el ahora brutal y perfecto de sus cuerpos unidos.
Charlie se desploma sobre él, jadeando, todavía dentro, temblando con intensidad.
Babe lo abraza, débil, sudoroso, feliz.
Después de un largo momento, Charlie se separa lo justo para mirarlo.
Su voz es ronca, pero suave.
—¿Sin miedo ahora?
Babe sonríe, una sonrisa cansada, satisfecha, absolutamente enamorada.
—¿Miedo? Después de eso, lo único que temo es que tengas que ir a otra reunión de negocios mañana y me quede con las ganas.
Charlie ríe, un sonido profundo y real, y lo atrae contra su pecho, donde el latido de su corazón, rápido pero constante, es el único ritmo que cualquiera de ellos necesita escuchar.
Jardines Privados del Hotel Sukhothai - Atardecer
No es el mismo salón. Está bajo un sala tradicional tailandés abierta, decorada no con flores blancas impersonales, sino con orquídeas moradas, jazmín y anturios escarlata. Luces de papel de arroz cuelgan suavemente de las estructuras de teca. El aire es cálido y huele a frangipani y a la promesa de lluvia. Los invitados son pocos, escogidos: Jeff y Alan, North y Sonic, Dean y Way, algunos socios de negocios clave de Charlie, de esos que han demostrado lealtad más allá de las transacciones, y un puñado de antiguos compañeros de colegio de Babe que nunca lo juzgaron.
Babe está de pie bajo el dosel de flores, vistiendo un suea phraratchathan tradicional tailandés en seda color marfil, con bordados en hilo de oro que forman patrones geométricos modernos. No parece nervioso.
Parece anclado, sereno, sus ojos verdes recorriendo el pequeño círculo de rostros amados hasta que se posan en el camino de entrada. Charlie aparece entonces, no con un traje occidental, sino con un traje similar en un azul noche profundo, el mismo bordado de oro brillando sutilmente. Camina hacia él, y cada paso parece medido no por el protocolo, sino por la certeza.
No hay sacerdote. Un respetado anciano, un antiguo profesor de arquitectura de Babe que siempre lo apoyó, oficia. Su voz es suave pero llega a todos.
—Hoy no unimos a dos familias, porque la familia más importante ya se formó aquí, en sus corazones, hace mucho tiempo. Hoy celebramos el acto consciente y valiente de dos almas que eligieron reescribir su destino, encontrarse en las ruinas y construir, no solo un amor, sino un mundo entero a su imagen. ¿Charlie, Babe? ¿Tienen palabras para el otro, antes de los votos?
Charlie asiente. Toma las manos de Babe entre las suyas. No mira al público. Solo mira a Babe.
Su voz es clara, sin afectación.
—Hace ocho años, te prometí en una azotea, sin palabras, que eras mi todo. Luego, el mundo me arrebató la voz para decírtelo.— Una pausa, sus dedos aprietan los de Babe.— Cada día de esos ocho años fue una palabra de esa promesa que no pude pronunciar. Cada batalla, cada logro, cada noche en silencio, fue una sílaba. Hoy, por fin, puedo decir la frase completa: Eres mi pasado, mi presente y mi futuro. Mi caos y mi calma. Mi único y eterno hogar. Te elijo, no hasta que la muerte nos separe, sino más allá de cualquier línea que el universo pueda dibujar.
Hay un suspiro colectivo, un sonido ahogado de North. Babe sonríe, sus ojos brillan, pero su voz es firme cuando habla.
—Charlie…Cachorro.— La multitud sonríe ante el apodo.— Tú me enseñaste que el amor no es solo un sentimiento. Es un verbo. Es luchar. Es esperar. Es construir. Es proteger.— Su mirada recorre el rostro de Charlie, como si lo estuviera tallando en su memoria.— Tú luchaste por nosotros cuando yo no podía. Esperaste cuando todo decía que era inútil. Construiste un puente sobre un abismo de ocho años. Y me protegiste, incluso de mis propios demonios. Hoy, yo te elijo como mi verbo. Prometo luchar a tu lado, esperar contigo en cada tormenta, construir cada sueño que tengamos, y proteger este mundo nuestro con todo lo que soy. Eres mi hombre. Mi salvaje. Mi Cachorro. Para siempre.
El anciano sonríe, con lágrimas en sus ojos arrugados.
—Los anillos, por favor.
Jeff se adelanta, con una sonrisa de oreja a oreja, sosteniendo un cojín de terciopelo.
Sobre él, hay dos anillos sencillos, de titanio oscuro, pero con una fina incrustación interior de oro que forma, al unirse, la silueta de una azotea estilizada.
Charlie toma el anillo de Babe y, al deslizarlo en su dedo, dice:
—Con este anillo, te devuelvo tu cielo. Nuestra azotea. Para siempre.
Babe toma el otro anillo y, al colocarlo en el dedo de Charlie, responde:
—Con este anillo, te doy las llaves de mi mundo. Ya no hay exilio. Solo hogar.
—Por el poder del amor que los ha traído a través del fuego y del tiempo, y ante estos testigos de sus vidas, los declaro esposos. Pueden bes…
No termina la frase. Charlie ya ha cerrado la distancia y está besando a Babe, un beso que no es tímido ni protocolario. Es lento, profundo, un sellado de todo lo dicho y lo no dicho. El grupo estalla en aplausos y gritos de alegría. North lanza puñados de pétalos de jazmín al aire.
Más tarde, durante la cena al aire libre, con la música suave de un khim de fondo, los amigos se acercan.
North levantando su copa de champaña.
—¡Brindo porque su drama amoroso sea el más aburrido de ahora en adelante! ¡Que las únicas lágrimas sean de risa y los únicos gritos sean…bueno, ustedes saben!
Sonic dándole un codazo a North, pero sonriendo.
—Lo que North quiere decir es…brindamos por su felicidad cotidiana. La de verdad.
Jeff abrazando a Charlie por un lado.
—Hermano…lo lograste. De verdad.— Mira a Babe, al otro lado.— Los dos lo lograron.
Babe sonríe, recostándose en el hombro de Charlie.
—Teníamos un buen equipo de apoyo.
Charlie mira a su alrededor, a los rostros iluminados por las velas, a la comida compartida, a la música, y finalmente, a su esposo. No hay rastro del ejecutivo frío o del adolescente herido. Solo hay un hombre en paz, en casa.
Charlie susurra solo para Babe, mientras todos brindan.
—¿Sabes cuál es la mejor parte de nuestra boda?
Babe lo mira, arqueando una ceja.
—¿Que North no se cayó de la sala?
Charlie ríe y niega.
—No. Es que no es un final. Ni siquiera un nuevo comienzo.— Entrelaza sus dedos con los de Babe, los anillos rozándose.— Es solo…el prólogo oficial. La primera página del capítulo que ya estábamos viviendo. Y me emociona leerlo todo, contigo.
Babe no responde. Solo levanta su mano entrelazada con la de Charlie y besa su nudillo, justo sobre el anillo oscuro. Bajo el cielo tailandés, entre amigos y el eco de sus propias promesas, sellan no un contrato, sino la simple, gloriosa y duradera verdad que siempre fueron: cada uno, el único punto fijo en el universo del otro.
El Taller de Cerámica - Mañana lluviosa
Han convertido un pequeño estudio en la parte trasera de la mansión en un taller. Hay dos tornos de alfarero, cubiertos de arcilla seca. Babe, con un delantal manchado y concentración feroz en el rostro, intenta centrar un grumo de arcilla en su torno.
Charlie observa desde la puerta, una taza de té en la mano, una sonrisa en sus labios mientras ve cómo la masa marrón se desliza y se desmorona una y otra vez bajo las manos de Babe.
Babegruñendo.
—Es más difícil de lo que parece. Se supone que debe ser…cilíndrico. ¿Cilíndrico, no? Esto parece una papa triste.
Charlie deja su taza y se acerca, enjuagándose las manos en un balde de agua.
—La belleza no está en la perfección. Está en la intención.— Se coloca detrás de él, rodeando su cuerpo con los brazos para colocar sus propias manos sobre las de Babe, llenas de arcilla.— Deja que te guíe.
Sus manos, más grandes y seguras, cubren las temblorosas de Babe. Juntos, con una presión firme pero suave, empiezan a moldear la arcilla. El contacto es pegajoso, íntimo, sus dedos entrelazándose en el barro frío.
Babe susurra, olvidando la frustración, sintiendo el latido de Charlie contra su espalda.
—¿Tú sabías?
Charlie concentrado en el movimiento circular que empieza a elevar las paredes de la arcilla.
—Aprendí en Singapur. En una clase de terapia ocupacional que me obligaron a tomar.— Una sonrisa amarga y dulce.— Pasaba las horas haciendo tazas torcidas que nadie usaría. Pero soñaba que una, solo una, sería para ti.
Babe se queda quieto, dejando que Charlie tome el control completo.
—Esta será la nuestra, entonces.
Y la forma comienza a surgir. No es un cilindro perfecto. Es asimétrica, con una curva dulce y orgánica, como el cuenco de una mano. Cuando Charlie retira lentamente sus manos, la pieza gira, humilde y hermosa en su imperfección.
Charlie señala la curva.
—Aquí…es donde irá tu pulgar cuando tomes el café de la mañana. Y aquí…— señala una ondulación sutil.— es donde el sol de la mañana la golpeará primero. Es perfecta.
Babe gira la cabeza y besa a Charlie, un beso que sabe a té y a tierra húmeda.
—Solo porque la hicimos juntos.
El Mirador del Acantilado - Atardecer
Es un lugar al que han llegado tras una caminata. Una roca plana que se asoma al abismo, con el océano rugiendo abajo. Se sientan hombro con hombro, las piernas colgando sobre el vacío, compartiendo una naranja. El jugo les corre por los dedos, pegajoso y dulce.
Babe señalando el horizonte donde se hunde el sol.
—Algún día, cuando seamos viejos y canosos, ¿seguiremos viniendo aquí?
Charlie le da un gajo de naranja.
—A donde tú quieras. Si tú quieres venir aquí, yo te llevaré en brazos si es necesario.
Babe sonríe, apoyando la cabeza en su hombro.
—No. Para entonces quiero una casa más pequeña. Con un jardín lleno de buganvillas y una hamaca donde podamos leer. Y un gato gordo que nos odie a los dos por igual.
Charlie ríe, el sonido se pierde en la brisa marina.
—Un gato. ¿Después de todo esto, quieres un tirano con pelaje?
Babe asiente, serio.
—Para recordarnos que no somos los únicos con carácter.— Hace una pausa, su voz se suaviza.— En serio, Cachorro…¿crees qué seremos…aburridos? ¿Cuando ya no haya dramas, ni enemigos, ni nada qué superar?
Charlie lo mira, su expresión es de una ternura infinita.
—Babe, contigo, lo "aburrido" será un concepto relativo. Aburrido será despertar y ver tu rostro en la almohada, y saber que puedo besarte. Aburrido será discutir sobre qué plantar en el jardín. Aburrido será envejecer y que tus manos se sientan como la mía.— Le toma la mano, la cubierta de jugo de naranja secándose.— Ese es el tipo de "aburrimiento" por el que luché ocho años. Es mi cielo. Es mi recompensa.
Babe no dice nada. No necesita hacerlo. Giró la cara y besó el hombro de Charlie, dejando una mancha pegajosa y dulce sobre la tela. El sol se hunde, pintándolos de oro, dos siluetas contra el infinito, planeando un futuro de momentos comunes, extraordinarios solo porque serían compartidos. El viento se lleva las cáscaras de naranja, y ellos se quedan, anclados el uno al otro, en el borde del mundo que han hecho suyo.
Dormitorio Principal - Isla, Atardecer
La discusión comenzó por algo ridículo: si la escultura abstracta de la sala debía girar 15 grados a la izquierda para "capturar mejor la luz del atardecer". Babe, con los brazos cruzados y una ceja arqueada, llevaba diez minutos exponiendo su teoría con la seriedad de un curador del MOMA. Charlie, recostado en la cama con un libro de poesía que no estaba leyendo, lo observaba con una mezcla de fascinación y absoluta diversión.
—…es una cuestión de dinámica espacial, Charlie, no de gustos. El ángulo actual rompe el flujo visual del ventanal hacia la terraza. ¡Es obvio!
Charlie da vuelta una página, sin mirar el libro.
—Mi amor, si la girás, va a quedar mirando directamente al cuadro eléctrico. La "dinámica espacial" va a consistir en ver el medidor de luz cada vez que entremos.
Babe da un paso al frente, su exasperación subiendo de tono.
—¡Eso es porque no estás considerando la refracción de la luz a las 5:47 PM! ¡Tienes la sensibilidad estética de una tostadora!
Charlie no puede contener una sonrisa. La vehemencia de Babe, completamente concentrada en algo tan trivial y doméstico, es un lujo que nunca se cansará de saborear.
Es la prueba viviente de su paz.
Babe al ver la sonrisa, se indigna aún más.
Sus ojos verdes lanzan chispas. Y entonces, cambia de idioma. Su voz, antes elevada, se transforma en un torrente rápido, melódico y perfectamente articulado de francés, las palabras saliendo con una furia elegante y cortante.
— Et ton sourire niais n'arrange rien, espèce d'imbécile satisfait! Tu crois que c'est drôle? J'essaie de créer une harmonie dans notre maison, et toi, tu es là, allongé comme un phoque repu, à me regarder avec cet air de supériorité insupportable!
Charlie se queda completamente quieto. La sonrisa se congela en sus labios. Su cerebro procesa el sonido antes que el significado: la cadencia es impecable, el acento, parisino y culto. El libro se le cae de las manos.
Charlie se incorpora lentamente, sus ojos oscuros muy abiertos.
—¿Desde cuándo…carajo, desde cuándo sabes hablar francés?
Babe respira hondo, todavía en francés, pero ahora con un tono de rabia satisfecha.
—Je l'ai appris il y a des années. C'est la langue que j'utilise quand je suis vraiment, vraiment exaspéré. Ça fait plus mal.(Lo aprendí hace años. Es el idioma que uso cuando estoy realmente, realmente exasperado. Duele más.
Un suspiro de admiración y algo más, algo caliente y posesivo, se le escapa. Se levanta de la cama y se acerca a Babe, que retrocede un paso, manteniendo la fachada de enojo.
Su voz es un susurro ronco.
—Te ves…Dios, te ves tan hermoso cuando hablas así. Tan furioso y elegante. Es…intoxicante.
Antes de que Babe pueda lanzar otra andanada en francés, Charlie cierra la distancia y lo atrapa. Una mano se ciñe a su cintura, tirando de él contra su cuerpo. La otra se entierra en su cabello. Inclina la cabeza de Babe y desciende, no a sus labios, sino a su cuello, donde muerde, con una precisión deliberada, el punto justo donde el pulso late salvajemente.
Un quejido agudo, involuntario, se le escapa.
—Forcejea, sus manos empujando contra el pecho de Charlie.
—Lâche-moi, espèce de brute! Tu ne…ah!(¡Suéltame, bruto! ¡Tú no…ah!)
Charlie ignora el forcejeo y el francés. Sonríe contra su piel, sintiendo cómo el cuerpo de Babe, a pesar de las protestas, se arquea hacia él. Con un movimiento brusco, tira de su cabello para levantar su rostro y, finalmente, devora su boca. Es un beso de conquista, húmedo y profundo, que silencia cualquier otro idioma. Babe emite un sonido ahogado, y por un segundo, responde con igual ferocidad antes de intentar apartarse de nuevo.
Charlie rompe el beso, jadeando.
—¿Más francés? Dime más. Insúltame. Gritame que tengo el gusto de una tostadora. En esa lengua tan bonita.
Babe entre dientes, ahora en un francés jadeante y lleno de intención obscena.
—Va te faire foutre, sale chien. Tu crois que tu peux me réduire au silence avec tes baisers de plombier? (Vete a la mierda, perro sucio. ¿Crees qué puedes reducirme al silencio con tus besos de fontanero?)
Charlie ríe, un sonido oscuro y encantado, y de un solo y fluido movimiento, lo levanta.
Babe grita, sorprendido, sus pies dejando el suelo.
—¡Charlie, maldito, suéltame!
Pero Charlie no lo suelta. Lo lleva hacia la pared más cercana, de piedra blanca y fresca. Babe, instintivamente, enreda sus piernas alrededor de su cintura, anclándose.
Con la mano libre, Charlie desabrocha su propio pantalón y libera su erección, dura y palpitante. Babe solo lleva una remera holgada de algodón y nada más abajo.
Charlie no necesita quitarle nada. Solo levanta la tela, encuentra su entrada, ya húmeda y receptiva a pesar de la furia, y con un solo y potente empuje, lo penetra hasta el fondo contra la pared fría.
Un grito desgarrado, esta vez puro suelta.
—¡¡CHARLIE!!
Charlie lo inmoviliza. Su mano que no lo sostiene sube y se cierra alrededor del cuello de Babe, no con fuerza para ahogar, sino con una presión firme y dominante que lo clava contra la pared, controlando cada jadeo.
Comienza a moverse, un ritmo brutal, corto y profundo, cada embestida una respuesta física a cada palabra francesa.
Charlie jadeando contra su oreja, su voz es áspera, llena de lujuria y burla amorosa.
—¿Así? ¿Así es cómo te gusta cuando estás "exaspéré", mi amor? ¿Contra la pared, con mi mano en tu cuello, sintiendo cómo te abro en dos?— Una embestida particularmente profunda hace que Babe llore, un gemido agudo.— Ahí…ahí está. El llanto de placer. Eso no necesita traducción. Ese es mi idioma.
Babe ha perdido toda capacidad de hablar con coherencia. Un torrente de francésy sonidos guturales se mezclan.
—Arrête…non… plus fort…oui, là, mon Dieu, là…" Para…no…más fuerte…sí, ahí, Dios mío, ahí…
Charlie acelera, su mano en el cuello de Babe lo mantiene en su lugar mientras su cuerpo lo martilla.
—¿Ves? Tu próstata no habla francés, cariño. Grita mi nombre. Grita "Cachorro". Grita que eres mío. Que esta casa, esa maldita escultura, y este cuerpo que tiembla…todo es mío.
El primer orgasmo de Babe es violento, un espasmo que lo hace arquearse contra la pared, un grito prolongado que es puro "Charlie!" saliendo de sus labios. Charlie lo sostiene, sintiendo las contracciones internas, y continúa moviéndose, prolongando el placer hasta el borde del dolor, hasta que Babe es un temblor incontrolable en sus brazos.
Solo entonces permite su propia liberación, con un gruñido gutural que es la versión masculina del llanto, hundiéndose hasta la raíz y vaciándose en Babe con una posesividad que marca más que cualquier palabra.
Pero no termina allí. Antes de que Babe pueda recuperar el aliento, Charlie lo desprende de la pared y lo lleva, aún entrelazado, hacia la cama. Lo arroja sobre las sábanas, donde Babe aterriza, jadeante y deshecho.
Charlie está de pie al borde de la cama, despojándose del resto de su ropa, su mirada es de un depredador satisfecho pero aún hambriento.
—Ronda uno, terminó. Ahora…la ronda dos. Y esta vez.— se sube a la cama, colocándose sobre él.— quiero oírte suplicar en todos los idiomas que sepas.
Lo penetra de nuevo, más lento ahora, pero con una intensidad aún más profunda, dedicada a extraer cada jadeo, cada suspiro, cada confesión de placer en la lengua que sea, hasta que el único idioma que queda en la habitación es el de sus cuerpos sudorosos, sus corazones al unísono y la certeza silenciosa de que incluso sus discusiones más tontas terminan aquí: en esta conexión salvaje, perfecta y exclusivamente suya.
¡FIN!
Dedicado a @Edith992 la segunda parte que pediste…Espero te guste…Gracias por el apoyo…