1: Burbuja de ilusión
Amber
Respiré profundamente mientras salía del taxi. Este era el año; todo se decidiría este año. La adrenalina corría por mis venas al pensar en la presión y el estrés que me esperaban.
—¡Amber! —gritó una voz familiar.
Sonreí al ver a Mason correr hacia mí, con una sonrisa radiante en su rostro, el pelo alborotado como siempre y esos ojos cafés que parecían iluminarlo todo.
—¡Mason!
—¿Lista para el último año? —preguntó frente a mí.
—Extasiada. ¿Y tú? —respondí sonriendo.
—Más que listo —dijo, guiñándome el ojo.
—¿Dónde está Brooke? No es posible que llegue tarde el primer día —dije haciendo un puchero.
—No llores —se burló—. Está en Cambridge, le dieron un recorrido o no sé qué.
—¿En Cambridge? —pregunté, un poco molesta.
—Sí. Le dieron la oportunidad de conocer las instalaciones. Ya sabes cómo es, no se lo iba a perder.
Aunque quería mucho a Brooke, no soportaba que le dieran oportunidades a ella y a mí no. Cambridge también era mi sueño y parecía que me lo estaba robando.
Mason me observaba con curiosidad, como si intentara averiguar qué pasaba por mi mente.
—Hey, no te preocupes. Tú también tendrás tus oportunidades —dijo, pasando su mano por mi hombro suavemente.
—Lo sé, solo que parece que me está haciendo a un lado.
—No es una competencia, Amber. Son amigas. Además, Cambridge puede dar más oportunidades.
—Eso de verdad lo dudo —dije, disgustada.
—No te compares. Eres única y tienes las mismas oportunidades que Brooke, o incluso más —añadió sonriendo.
Él siempre parecía saber qué decir para calmarme. Me comprendía como nadie más lo hacía.
Me sentí envuelta en su mirada cálida y en su tacto tranquilizador. Me hacía sentir vulnerable, pero también segura.
—Gracias, Mason —dije suavemente.
—No hay de qué, hermosa —respondió, dándome un pequeño beso en la frente antes de pasar su brazo por mi hombro.
—Vamos a clase —dije sonriendo.
—Como tú digas —contestó, guiñándome el ojo.
Al entrar en el prestigioso edificio me sentía confundida. Sabía que lo que sentía por Mason estaba mal. Existía la posibilidad de que no fuera correspondido, pero sus acciones decían todo lo contrario.
Al llegar a la puerta del salón, saludaba a cualquiera que se le pusiera enfrente, divertido por cómo lo miraban.
—¿Quieres sentarte conmigo? —me susurró al oído.
Mi corazón se aceleró. ¿Significaba algo más? ¿O solo era cosa de amigos?
—¿En el asiento de Brooke? —pregunté.
—Claro. Es obvio que no va a llegar a clase.
—Vale —respondí sonriendo.
—Tranquila, no va a llegar. Además, prefiero tu compañía —susurró de nuevo.
Me senté junto a él, sintiendo su calor, oliendo su perfume, consciente de su cercanía. Su pierna rozaba la mía constantemente, al igual que su mano, y mi corazón se aceleraba. ¿Era intencional?
Mientras el profesor daba las indicaciones para una actividad, Mason se inclinó hacia mi oído.
—¿Sabes? Me alegra que Brooke no esté aquí. Así podemos estar juntos.
—¿Juntos? —repetí, apenas audible.
Él solo asintió y volvió a poner atención al profesor. Esto estaba realmente mal. Tenía que contárselo a Brooke, pero no podía engañarme: yo sentía algo por él, y nunca le había puesto un límite.
De pronto, Brooke apareció en la puerta, agitada, como si hubiera estado corriendo.
—Señorita Miller, llega tarde —dijo el profesor.
—Lo lamento, ¿puedo pasar? —preguntó sin aliento.
Llevaba una sudadera que reconocí al instante: era de Mason. Ya la había visto en su habitación. Su cabello castaño estaba alborotado y esa sonrisa… la que encantaba a cualquiera.
Mason sonrió al verla, quitó la mochila del asiento de enfrente para que se sentara y le dio un pequeño beso en la comisura de los labios.
Sentí un nudo en la garganta, como si algo me hubiera golpeado el pecho.
—¡Hola! Me alegra verte, linda —me saludó Brooke, emocionada.
—Hola —respondí sin ganas.
La clase avanzó más lento de lo habitual. Solo quería que sonara la campana para salir corriendo. Escuchar los murmullos que Mason le dedicaba a Brooke era insoportable. Hace minutos era a mí a quien le susurraba… ¿y ahora parecía no existir?
Cuando la campana finalmente sonó, me levanté con rapidez, ansiosa por escapar.
—¡Amber! —gritó Mason.
—Amber, espera —dijo Brooke, saliendo detrás de mí.
—¿Qué pasa? —me giré con frialdad.
—¿Estás bien? Pareces enojada conmigo —preguntó suavemente.
—No, todo bien. Solo no me siento bien —mentí.
—Hoy conocí personas muy cool y me invitaron a una fiesta. Sé que estás en tu etapa de no alcohol ni fiestas, pero va a estar súper…
—Lo voy a pensar, Brooke —dije.
No me había dado cuenta de que Mason estaba justo a su lado escuchándolo todo. Se acercó un poco más a mí.
—¿Quieres que te acompañe a la fiesta? —me susurró.
Mi corazón se aceleró.
—Bien, iré. Mason, ¿me acompañas a la biblioteca? —pregunté sonriendo.
—Por supuesto.
—Yo estaré en la cafetería, los veo ahí —dijo Brooke.
Se despidió de Mason con un beso y se fue, dejándonos solos otra vez.
—Vamos —dijo extendiendo su brazo.
Estuve tentada a tomarlo, pero recordé que era el novio de Brooke. Me limité a sonreír y caminar a su lado.
La biblioteca estaba vacía, como siempre. Era nuestro lugar.
—Solos de nuevo —dijo, besándome la frente.
—No podemos seguir así —dije con la mirada baja.
—Yo tampoco quiero, pero aún no puedo terminarla.
—¿No puedes o no quieres? —pregunté, temiendo la respuesta.
Sabía que estaba mal. Le estaba pidiendo al novio de mi mejor amiga que la dejara. Pero lo que sentíamos no parecía algo falso… ¿o sí?
—Relájate —dijo, dándome un pequeño beso—. Mejor aprovechemos el tiempo que tenemos.
—¿Qué estamos haciendo? —pregunté, separándome.
—Solo sé que quiero estar contigo.
—Entonces, ¿por qué estás con ella? —pregunté, tratando de mantener la calma.
—Por Dios, Amber, ya tuvimos esta conversación. Si vas a seguir así, mejor me voy.
Salió de la biblioteca. Como siempre.
Corrí detrás de él.
—¡Espera!
Pero ya se había ido.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Me sentía desechable. ¿Quién dejaría a alguien como Brooke por alguien como yo?
Me quedé allí el resto del día, leyendo libro tras libro, evitando cruzarme con ellos. Al sonar la última campana, salí del edificio sin mirar atrás.
—Amber —gritó Mason.