You Are My Property《KookMin》+21 O.S

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Summary

Entre el dominio y la sumisión, las apariencias pueden enganar. #KookMin #Jimin #Jungkook #BTS #BDSM Escenas sexuales explícitas +21 JUNGKOOK TOP. JIMIN BOTTOM. ⚠️ Lo que leerás a continuación no tiene nada que ver con la realidad de los artistas antes mencionados, solo utilizo sus nombres para darle vida a los personajes por que me gusta su relación (Ship) asi que si no es de tu agrado NO LEEAS, no tolero el odio hacia ninguno de los miembros SIN EXCEPCIÓN. ⚠️

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1
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18+

ÚNICO:

El bullicio de la torre corporativa de JK’s Corporation, era un torbellino de eficiencia implacable, un ecosistema donde cada empleado se movía con la precisión de un reloj bajo la sombra imponente de su líder.

Jeon Jungkook, a sus veintiocho años, era el epicentro de ese imperio, un titán de los negocios, con una fortuna construida en inversiones audaces y adquisiciones agresivas que lo habían catapultado a la cima de la élite financiera de Seúl.

Su oficina en el piso superior era un santuario de poder puro, con paredes de vidrio templado que ofrecían vistas dominantes sobre el epicentro de la ciudad, un escritorio de ébano macizo cargado de pantallas múltiples que monitoreaban mercados globales en tiempo real y un aroma sutil a colonia amaderada que impregnaba el aire, reforzando su presencia como un perfume de autoridad.

Vestido en un traje negro entallado que acentuaba cada línea de su físico esculpido, hombros amplios como los de un atleta, cintura estrecha que se afinaba en caderas potentes, piernas largas y musculosas, Jungkook exudaba una autoridad que hacía que los directivos tartamudearan y los competidores retrocedieran.

Su cabello negro azabache, peinado con gel hacia atrás en un estilo impecable, revelaba una frente alta y cejas fruncidas en concentración perpetua; sus ojos oscuros, profundos como pozos sin fondo y enmarcados por pestañas espesas, perforaban a quien osara desafiarlo, dejando un rastro de intimidación.

Los tatuajes que asomaban sutilmente por el cuello de su camisa blanca, serpientes enredadas en dragones coreanos ancestrales, símbolos de fuerza indomable y astucia letal, eran un secreto a voces entre sus empleados, un toque rebelde que solo aumentaba su aura intocable, como si debajo de esa fachada de ejecutivo implacable latiera un depredador primordial.

Ese día en particular, una reunión de alto nivel con un consorcio de inversionistas japoneses había sido un despliegue magistral de su dominio absoluto.

Jungkook presidía la mesa de conferencias ovalada de caoba pulida, su voz grave retumbando como un decreto real que cortaba el aire acondicionado de la sala, desmenuzando propuestas con críticas afiladas y precisas que dejaban a los presentes en un silencio atónito y cargado de tensión.

Sentado en la cabecera, con las manos entrelazadas sobre la mesa, sus anillos de plata reluciendo bajo las luces LED, analizaba cada proyecto con una intensidad que hacía sudar a los expositores.

— ¡Esto es inaceptable! — Espetó con frialdad, señalando un gráfico proyectado en la pantalla gigante que dominaba la pared opuesta, su dedo índice extendido como una acusación. — Sus proyecciones de crecimiento son optimistas hasta el punto del ridículo, ignorando por completo las fluctuaciones del Yen y los riesgos geopolíticos en la región. — Mascullo. — Reestructuren todo o salgan de mi vista; no invierto en ilusiones.

Los inversionistas, un grupo de hombres trajeados con expresiones estoicas pero ahora visiblemente inquietas, asintieron con cabezas inclinadas, sudando bajo sus cuellos almidonados mientras intercambiaban miradas nerviosas.

Jungkook se reclinó en su silla ergonómica de cuero negro, cruzando los brazos sobre su pecho ancho y musculoso, dejando que el silencio se extendiera, su expresión era impasible pero con un atisbo de satisfacción depredadora en la comisura de sus labios.

A su derecha, Park Jimin, su asistente personal desde hacía tres años, tomaba notas en una tablet con dedos ágiles pero discretos, su lápiz digital deslizándose sobre la pantalla con una eficiencia silenciosa.

Jimin era la imagen viva de la obediencia perfecta, de treinta años, estatura pequeña comparada con la imponente figura de su jefe, complexión esbelta y casi frágil que contrastaba con la robustez del azabache, con piel pálida como porcelana y cabello rubio platino cayendo en mechones suaves y ondulados sobre su frente, dándole un aire de inocencia etérea.

Sus ojos azules, pequeños y expresivos como los de un animal alerta, evitaban el contacto directo con los de su jefe, y su sonrisa era siempre tímida, deferente, un gesto que suavizaba las aristas duras de las órdenes de Jungkook.

Vestía un traje gris perla ajustado pero conservador, con una corbata azul marino que hacía juego con el tono oceánico de sus iris, y su postura era ligeramente encorvada, como si cargara el peso invisible de las expectativas de su empleador, moviéndose con una gracia sutil que lo hacía parecer una extensión natural del entorno ejecutivo.

— Señor Jeon, ¿Desea que envíe el resumen revisado a los asistentes para su aprobación final? — Preguntó Jimin en voz baja, su tono suave y deferente como una brisa calmada, inclinando la cabeza en un gesto de respeto que rayaba en la reverencia, sus dedos deteniéndose sobre la tablet mientras esperaba la respuesta.

El pelinegro lo miró de reojo, su expresión impasible como una máscara de acero, pero internamente un fuego lento se encendía en su vientre, un recordatorio secreto de la dualidad que compartían.

En esa sala llena de testigos, Jimin era su sombra leal, el que anticipaba cafés humeantes, organizaba agendas con precisión milimétrica, absorbía reprimendas sin una sola queja o réplica.

Nadie en la empresa, ni los chismosos del departamento de recursos humanos, ni los ejecutivos envidiosos, sospechaba que ese asistente dócil, con su voz melodiosa y su actitud servil, era en privado un volcán de control absoluto, un amo que desataba en el azabache un torrente de sumisión que lo consumía por completo.

— Hazlo de una vez y asegúrate de que incluya todas mis correcciones punto por punto. — Ordenó. — No tolero errores Park, sabes que no perdono la mediocridad. — Respondió, su tono seco y autoritario como un latigo que cortaba el aire, sin un “Por favor” o “Gracias” que suavizara el mando, su mirada fija en la tablet de Jimin como si evaluara cada píxel.

El rubio asintió rápidamente, sus mejillas tiñéndose de un rubor fugaz y sutil que podía interpretarse como vergüenza por el reproche, recogiendo la carpeta con manos apresuradas pero controladas, sus uñas cortas y pulidas rozando el borde de la mesa.

— Por supuesto, señor Jeon. — Asintió. — Lo arregló inmediatamente y se lo envío para su revisión final, disculpe cualquier descuido en el borrador inicial. — Murmuró, retrocediendo hacía la puerta con pasos medidos y silenciosos, su obediencia impecable como siempre, sin una sola fisura en su fachada de asistente perfecto.

La reunión concluyó poco después con Jungkook sellando el trato en términos que favorecían abrumadoramente a su empresa, despidiendo a los inversionistas con un apretón de manos firme y frío que transmitía un mensaje claro: “No me crucen, o los aplastaré“.

Mientras el grupo salía de la sala, murmurando entre ellos en japonés, Jungkook se volvió hacia Jimin, quien recogía documentos dispersos con eficiencia, apilándolos en carpetas ordenadas.

— Prepara el informe completo para la junta de mañana a primera hora. — Le solicitó. — Incluye proyecciones alternativas basadas en mis notas y trae mi café doble espresso, sin azúcar ni leche. — Le ordenó, su tono seco y autoritario, levantándose de la silla con un movimiento fluido que hacía crujir el cuero, su altura imponente proyectando una sombra sobre el escritorio.

El rubio inclinó la cabeza una vez más, sus ojos azules bajados en sumisión aparente, pero con un brillo fugaz que solo el pelinegro podía detectar, un atisbo de la tormenta que se desataría más tarde.

— Sí, señor Jeon. — Murmuró. — El informe estará en su bandeja de entrada antes de las siete en punto y el café llegará en cinco minutos. — Le respondió, en un susurro sumiso que contrastaba con la resonancia de la de Jungkook, girándose para salir con pasos ligeros.

En la pausa para almuerzo que siguió, Jimin sirvió la comida de Jungkook, un plato de sushi premium importado, presentado con precisión en una bandeja de porcelana negra, colocándola en el escritorio con manos cuidadosas, ajustando el ángulo de los palillos para que estuvieran perfectamente alineados.

— Aquí tiene, señor. — Susurró con suavidad. — El salmón es fresco del mercado de Tsukiji, como solicitó. ¿Necesita algo más para acompañar? — Preguntó, retrocediendo un paso como si temiera invadir el espacio personal de su jefe.

Jungkook tomó un bocado con los palillos, masticando, su mirada fija en Jimin con una intensidad que podía interpretarse como escrutinio profesional, pero que en realidad era un pulso acelerado de anticipación.

— Eso es todo por ahora. — Espetó. —No me interrumpas a menos que sea una emergencia. — Replicó, su tono cortante, volviendo su atención a la pantalla, despidiendo a Jimin con un gesto de la mano.

Jimin se retiró sin una palabra, pero en el pasillo desierto, su expresión cambió por un instante.

Una sonrisa ladina y posesiva curvó sus labios, sus ojos azules centelleando con el conocimiento de que pronto sería Jungkook quien suplicaría, quien se arrodillaría, quien gemiría bajo su mando.

El resto del día transcurrió en una maratón agotadora de llamadas transpacíficas con socios en Tokio y Nueva York, revisiones meticulosas de contratos legales que involucraban cláusulas complejas y decisiones ejecutivas que movían millones de Wones en cuestión de segundos.

Jungkook dominaba cada interacción con maestría, regañó a un gerente por un retraso en un proyecto clave, su voz elevándose en un rugido controlado que dejó al hombre tartamudeando disculpas incoherentes, su rostro enrojecido de vergüenza.

Jimin, siempre a un paso atrás como una sombra fiel, manejaba las secuelas con sutileza, calmando al gerente con palabras suaves y conciliadoras en el pasillo, ajustando agendas digitales para minimizar los daños colaterales, asegurándose de que el flujo de trabajo no se interrumpiera.

Era el asistente ideal, el que absorbía el impacto de la ira del pelinegro sin resentimiento visible, el que anticipaba necesidades antes de que se verbalizaran.

Al atardecer, cuando el sol se hundía detrás de los rascacielos tiñendo el cielo de tonos anaranjados, abandonaron la oficina juntos, como era costumbre.

Jungkook al volante de su Lamborghini negro mate, el motor rugiendo con potencia contenida mientras aceleraba por las avenidas congestionadas de Seúl, Jimin en el asiento del copiloto, revisando correos entrantes en su teléfono con dedicación incansable, su perfil iluminado por la pantalla.

El silencio en el auto era tenso, cargado de una electricidad no dicha que crepitaba entre ellos como una tormenta inminente.

El azabache sentía el collar invisible apretando su cuello, un fantasma de cuero y metal que lo hacía tragar saliva, su mente divagando hacia la liberación que esperaba en casa.

El rubio, por su parte, planeaba en silencio, sus dedos pausando ocasionalmente sobre la pantalla mientras imaginaba las escenas que desataría, su pulso acelerándose con la anticipación de reclamar su dominio.

Llegaron al edificio de lujo, un rascacielos exclusivo con seguridad privada y vistas infinitas. El ascensor privado los elevó en un zumbido suave y discreto, el espejo interior reflejando sus figuras contrastantes.

Jungkook, alto y dominante en apariencia y Jimin, pequeño y aparentemente sumiso.

El pelinegro entró primero al penthouse, soltando su maletín con un golpe resonante contra la consola de la entrada de mármol blanco, quitándose los zapatos y colgando su chaqueta en el perchero.

El rubio cerró la puerta detrás de ellos, el clic del cerrojo electrónico marcando el fin de la fachada pública. El aire se espesó inmediatamente, la atmósfera cambiando como si una cortina invisible se hubiera corrido, revelando el verdadero escenario de su relación.

Jimin se acercó a Jungkook por detrás, sus manos pequeñas pero firmes posándose en los hombros anchos y tensos de su jefe, masajeando con una presión que rayaba en lo ridículo, sus dedos hundiendose en los músculos con una fuerza sorprendente para su complexión delgada.

El pelinegro se tensó al instante, pero no se movió, su respiración se aceleró en un ritmo irregular, su piel erizándose bajo la tela de la camisa.

— Quítate la camisa. — Le ordenó Jimin, su voz transformada en un instante, ya no el susurro sumiso y deferente de la oficina, si no un mando ronco, dominante y cargado de promesa oscura, un tono que hacía que el imponente CEO se derritiera internamente, su polla despertando con un pulso traicionero.

Jungkook se giró lentamente, sus ojos oscuros encontrando los azules del rubio, ahora llameantes de autoridad absoluta, una sonrisa lenta y depredadora curvó los labios carnosos del rubio.

Sus manos grandes, adornadas con anillos de plata que relucían bajo la luz tenue del vestíbulo, temblaron ligeramente de anticipación mientras desabotonaban la camisa blanca con deliberación, revelando centímetro a centímetro su torso esculpido y bronceado, cubierto de tatuajes intrincados que narraban historias de fuerza y rebeldía: lobos aullando en la clavícula, rosas espinosas trepando por los costados, un dragón coreano enroscado alrededor de su pectoral izquierdo.

La camisa cayó al suelo y Jungkook se arrodilló sin que se lo pidieran, su polla ya hinchándose visiblemente en los pantalones ajustados, su voz grave saliendo en un susurro rendido y anhelante.

— Sí, amo... — Murmuró. — Soy tu perro... Ordéname, por favor... — Suplicó. — Haz conmigo lo que desees.

El rubio sonrió con esa curva sádica que transformaba su rostro dulce en algo feroz y posesivo y sacó el collar de un cajón discreto en la consola de entrada, un aro de cuero negro reforzado con costuras dobles, púas internas suaves pero punzantes que rozaban la piel sensible, una placa de metal pulido grabada con “Propiedad del Amo Park” en letras grabadas a fuego, y una argolla delantera robusta para correa.

Lo colocó alrededor del cuello grueso y musculoso del pelinegro, ajustándolo hasta que mordiera la carne justo lo suficiente para recordarle su lugar, el clic del broche resonando como una sentencia final en el silencio del penthouse.

— Este collar te marca como mío. — Ronroneo. — Tu cuello fuerte, tu polla gorda, tu alma rota, todo me pertenece ahora. — Siseo. — Gatea al cuarto rojo, como un perro y muéstrame lo patético que eres.

Jungkook obedeció al instante, bajando a cuatro patas con un gruñido bajo de excitación contenida, su polla rozando contra la tela de los pantalones, la humillación ardiendo en su pecho como un fuego delicioso que lo consumía.

Jimin enganchó una correa de cadena fría y pesada a la argolla del collar, tirando con fuerza para guiarlo por el pasillo largo e iluminado por luces LED empotradas, los eslabones tintineando con cada paso gateado.

En el camino, el rubio azotaba sus nalgas con palmadas resonantes y brutales, golpes que dejaban huellas rosadas y ardientes en la piel bronceada, el sonido era ecos de su sumisión.

— ¡Uno! — Jadeó Jungkook al primer impacto, su voz ronca de deleite masoquista y crudo, el dolor irradiando placer puro por su espina dorsal. — ¡Gracias, amo! ¡Azota a tu perro... Lo merezco, soy tuyo!

Jimin tiró más fuerte de la correa, estrangulando ligeramente el cuello en una asfixia inicial y controlada, haciendo que Jungkook jadee con un vértigo placentero que nublaba su visión, su polla endureciéndose más con cada segundo.

— Camina más rápido, puto inútil. — Gruñó. — O te ahorcó aquí mismo hasta que supliques aire como el perro que eres.

— ¡Sí, amo! — Gimoteo. — ¡Ahorca a tu perro..! — Sollozó, gateando más rápido, su excitación palpable en el modo en que su cuerpo temblaba, el collar mordiendo su piel con cada tirón.

Llegaron al cuarto rojo, una habitación oculta detrás de una puerta blindada de acero pintada en un carmesí profundo y mate, sin picaporte visible; Jimin presionó su palma contra un panel biométrico oculto y la puerta se abrió con un siseo hidráulico suave.

Dentro, el espacio era un templo dedicado a la depravación y el poder invertido, paredes forradas de terciopelo carmesí que absorbían cualquier eco de gemidos o latigazos, piso de madera oscura acolchado con alfombras gruesas para amortiguar rodillas magulladas, iluminación ajustable desde un rojo infernal que bañaba todo en tonos sangrientos hasta una penumbra total que amplificaba los sentidos.

No había ventanas, solo ventilación discreta que mantenía el aire cargado con un aroma sutil a cuero y cera derretida.

Cadenas gruesas guindaban del techo reforzado, una silla de bondage de metal negro en una esquina con correas ajustables, armarios empotrados rebosantes de implementos meticulosamente organizados.

Látigos de cuero trenzado en diferentes longitudes y grosores, velas de parafina con punto de fusión bajo para minimizar quemaduras permanentes, pinzas metálicas con pesos graduados y cadenas conectadas, plugs anales vibratorios de silicona negra en diferentes tamaños, cuerdas teñidas para ataduras artísticas y restrictivas, esposas acolchadas con candados de combinación, mordazas de bola roja con correas ajustables, y un arnés para suspensión completo con poleas y ganchos.

Jimin tiró de la correa una última vez, obligando a Jungkook a pararse con un tirón brusco que lo dejó jadeando, luego lo empujó contra la pared fría y texturizada, abofeteando su rostro con una serie de palmadas nítidas y calculadas que dejaban mejillas enrojecidas y ardientes, el sonido seco rebotando en el espacio confinado.

— Mírate... — Ronroneo. — Imponente de día. — Se burló. — En la oficina mandas como un rey, pero aquí eres mi perro. — Gruño. — Desnúdate del todo, muéstrame esa polla que me pertenece y que usaré como mi juguete personal.

Jungkook se quitó los pantalones y boxers con manos temblorosas de anticipación, su miembro saltando libre como un resorte, grueso, con venas abultadas y palpitantes que serpenteaban por la longitud, la cabeza hinchada y reluciente de fluido preseminal que goteaba en hilos viscosos.

Jimin lo admiró con ojos hambrientos, trazando uñas afiladas y pintadas de negro por los abdominales definidos y marcados, rascando los tatuajes hasta dejar surcos rojos e inflamados que ardían como fuego lento.

— Esta polla es mía, tus bolas pesadas, tu culo virgen, todo es para mi placer exclusivo. — Murmuró.

— Sí, amo... — Asintió. — Soy tu lienzo, marcame más... ¡Por favor, clava tus uñas en mi piel!

Jimin lo guió con la correa a la cruz de San Andrés, una estructura de madera oscura en forma de X con argollas metálicas oxidadas para efecto dramático, atando sus extremidades con esposas forradas de cuero negro y reforzadas con hebillas de acero.

Con las muñecas arriba en las argollas superiores, los tobillos abajo en las inferiores, extendiéndolo como un sacrificio humano, su polla erecta apuntando al techo como una ofrenda, su cuerpo bronceado tenso contra la madera fría.

— Estirado como un animal en el matadero. — Sonrió con burla. — ¿Te excita sentirte tan expuesto, tan vulnerable ante mí?

— ¡Sí, amo! — Jadeo. — ¡Estírame más, tira de las cadenas... Soy tu sacrificio, tuyo para torturar... Por favor, castígame sin piedad! — Suplicaba el azabache.

Jimin sacó un látigo de nueve colas, cuero flexible y trenzado que silbaba amenazante en el aire al probarlo, comenzando con golpes medidos y precisos en los muslos internos, escalando gradualmente a latigazos furiosos y descontrolados en el torso ancho, las nalgas firmes y la espalda musculosa, cada impacto dejando verdugones inflamados y rojos que ardían como fuego, la piel tatuada enrojeciéndose bajo el asalto.

— Cuenta cada uno y suplica por el siguiente como el masoquista que eres. — Le ordenó el rubio.

— ¡Uno! — Chilló. — ¡Ah, amo... quema tan rico en mi piel! — Gimoteo. — ¡Dos! ¡Oh por Dios... por favor, más fuerte, destroza mi carne!

Los verdugones se multiplicaban como un mapa, el pelinegro contando entre sollozos extasiados y roncos, su polla chorreando en gotas constantes, disfrutando la agonía que se transformaba en una euforia abrumadora y adictiva, su cuerpo convulsionando contra las ataduras.

— ¡Quince! — Jadeo. — ¡Soy tu perro! — Ladro. — ¡Más, amo... Hasta que ruegue misericordia, pero no pares!

Jimin cambió a palmadas manuales para un toque más personal, golpes brutales y resonantes en las nalgas ya sensibles, alternando con bofetadas directas en la polla dura y venosa, haciendo que Jungkook aúlle como un animal herido, su miembro rebotando con cada impacto.

— Tu polla rebota como la de un perro en celo desesperado. — Siseo el rubio. — Pide más como el perro que finges no ser en la oficina.

— ¡Ah, amo! — Las lágrimas ya caían por sus mejillas. — ¡Golpea mi verga hinchada... abofeteame y humillame..! — Sollozaba. — ¡Por favor, haz que duela!

Luego, el rubio uso pinzas, colocó clamps metálicos dentados en sus pezones sensibles y oscuros, añadiendo pesos colgantes que tiraban hacia abajo con gravedad, un dolor punzante y constante que irradiaba oleadas de placer tortuoso por su pecho.

— Estas clamps te hacen saber tu verdadera posición.

— ¡Amo! — Chilló, con dolor. — ¡Pesan y tira de mis pezones con fuerza! — Se removió. — ¡Por favor!

Pero el rubio no paro, ya que la palabra de seguridad seguía sin salir de la boca del sumiso, así que aunque le dolía, significaba que lo estaba disfrutando.

Luego uso el bondaje para inmovilizarlo completamente, usó cuerdas de yute áspero para un shibari elaborado y restrictivo, comenzando con un nudo base en el cuello, conectado al collar, envolviendo el torso ancho en un patrón de diamante inverso que cruzaba el pecho para presionar y amplificar el dolor de los pinzones, bajando a las caderas en un nudo cereza que apretaba las bolas y la base de la polla como un torniquete natural, conectando todo a la cruz con nudos tensos y estratégicos, la yute mordiendo la carne bronceada, restringiendo el flujo sanguíneo en puntos clave para un plus de endorfinas vertiginoso, cada tirón amplificando las sensaciones hasta el borde de la sobrecarga.

— Estas ataduras te convierten en mi obra maestra rota y temblorosa. — Murmuró. — Cada nudo es mi firma en tu piel.

— ¡Amo! — Gimoteo. — ¡Las cuerdas estrangulan! — Chilló. — ¡A-aprieta más, haz que me duela, por favor!

El rubio envolvió una mano delicada alrededor de su garganta expuesta, apretando con fuerza controlada y progresiva, cortando el aire mientras masturbaba su polla con la otra mano en apretones rítmicos y brutales, el vértigo nublándole la visión a Jungkook, su mundo reduciéndose a la presión asfixiante y el placer palpitante.

— No respires sin mi permiso. — Le exigió. — Tu oxígeno, tu vida misma, es mía.

— ¡Oh Joder! — Se retorcío, sintiendo su mundo dar vueltas. — ¡A-amo, por favor! — Suplico. — ¡Maldición, más presión, hazme ver estrellas!

El rubio soltó justo antes del colapso, permitiendole bocanadas ásperas y desesperadas, repitiendo el ciclo varias veces, Jungkook estaba al borde del colapso placentero, su polla llorando en ríos de fluidos.

Luego el rubio encendió una vela, inclinándola para dejar gotas de cera ardiente caer sobre su polla expuesta, los testículos sensibles, el abdomen tatuado y tenso, cada salpicadura intensa se solidificaba en patrones blancos irregulares, el calor penetrando la piel.

— Siente cómo te marco cariño. — Siseo.

— ¡Joder! — Arqueo la espalda. — ¡Dios mío, no puedo más! — Chilló en gimoteos y sollozos bajos.

Jimin insertó un dildo pequeño, pasando sus límites ya que Jungkook jamas había recibido nada por allí, con lubricante, lo tomó empujándolo profundo hasta golpear su próstata con precisión, encendiéndolo en modo maximo.

— Siente eso. — Murmuró con algo de temor que fuera mucho.

— ¡Ah, joder! — Gruñó en un ladrido de rabia. — ¿Que mier..? ¡Oh mi Dios! — Se retorcio.

El rubio se desnudó con lentitud, revelando su cuerpo níveo y esbelto, con su miembro duro. Se arrodilló entre las piernas extendidas de Jungkook, chupando su extensión con ferocidad, garganta profunda hasta las arcadas, succionando como un insaciable, su lengua girando alrededor de la cabeza mientras sus dientes rozaban la base.

— ¡Ah, ah, ah! — Sollozo el azabache, moviendo las piernas. — ¡Ji-Jimin! — Rugió.

El rubio bajo y lamió su entrada expuesta con lengua insistente y húmeda, con giros voraces, mordisqueando el perineo.

— ¿Qué es esto? — Gimoteo el azabache, negando. — ¡M-me, voy a..!

El rubio no iba a permitir que eso pasara así que sin dudarlo montó a Jungkook con esa gracia felina, guiando la polla grande y venosa a su entrada apretada y lubricada, bajando con fuerza, empalándose hasta el fondo en un movimiento fluido que lo dejó jadeando, su culo contrayéndose alrededor de la intrusión gruesa.

— ¡Ah, joder! — Chilló el rubio. — ¡Si te vas a venir lo harás dentro de mí! — Le ordenó. — Recuerda que me perteneces.

Jungkook rugía desde abajo, empujando sus caderas arriba tanto como las ataduras permitían, su polla pulsando dentro del calor apretado.

— ¡Fóllate en mi polla! — Suplicó. — ¡Soy tuyo montame y usame!

El rubio aceleró el ritmo, saltando con saña, sus nalgas pálidas chocando contra las caderas bronceadas del pelinegro en impactos resonantes, tomando con fuerza los hombros y el pecho del pelinegro.

— ¡Soy una zorra insaciable! — Gimoteo. — ¡Dios bebé! — Negó el rubio, jadeando. — No puedo. — Sollozo. — ¡Siento que estoy hogándome en un placer que me quema las entrañas! — Siseo.

Mientras cabalgaba, azotaba el pecho tatuado de Jungkook con palmadas furiosas, tirando de los clamps con saña para arrancar gemidos, ahorcando su garganta intermitentemente, que lo dejaba al borde.

— ¡Amo, más rápido, por favor!

El clímax estalló en ondas cataclísmicas.

Jimin eyaculó chorros calientes y espesos sobre el torso sudoroso de Jungkook, su culo contrayéndose alrededor de su miembro en espasmos violentos, soltando alaridos ahogados.

— ¡Joder! — Se estremeció, sacudiendose con violencia. — ¡Jeon Jungkook! — Chilló.

Solo entonces permitió al pelinegro vaciarse dentro de él, un torrente espeso y caliente que llenaba su interior, que hicieron al azabache rugir como un animal recién liberado.

— ¡Maldición! – Siseo, temblando. — ¡Ji-Jimin! — Mascullo.

Quedaron exhaustos, el silencio descendió como una manta pesada, roto solo por respiraciones agitadas y entrecortadas que gradualmente se sincronizaban.

El rubio se levantó con las piernas temblando, el liquido escurriendo entre sus piernas de manera obsena y con las manos que momentos antes habían infligido tormento, ahora desataban todo con ternura.

Las cuerdas deshaciéndose nudo a nudo con dedos delicados, revelando surcos profundos en la piel; los clamps removidos uno por uno con besos suaves en los pezones inflamados; el collar quitado con un clic suave, masajeando el cuello enrojecido.

Ayudo a Jungkook a caminar al baño, una habitación con paredes de azulejos blancos y una bañera profunda ya llena de agua humeante perfumada con sales y aceites calmantes, diseñados para relajar músculos tensos y curar inflamaciones superficiales.

Bajó a Jungkook al agua con sumo cuidado, entrando detrás para reclinarlo contra su pecho pálido, sus brazos envolviéndolo como un escudo protector.

Con una esponja natural suave y empapada en jabón neutro, lavó cada centímetro de su cuerpo magullado, frotó gentilmente las nalgas violáceas por los azotes y latigazos, masajeó los muslos donde el látigo había dejado verdugones ardientes, limpió el semen seco y la cera endurecida con movimientos reverentes y circulares, susurrando afirmaciones bajas y melosas.

— Shhh, lo soportaste todo como el hombee fuerte que eres. — Murmuró. — Eres mío en el dolor y en la curación, así que ahora te reconstruyo.

Jungkook, aún vulnerable, murmuró incoherencias, las lágrimas frescas mezclándose con el agua, no de dolor si no de la descarga emocional.

— Amo... — Susurró. — Gracias...

El rubio lo sacó del baño cuando el agua se enfrió, secándolo con toallas calentadas en un calentador especial, envolviéndolo en una bata de felpa suave y gruesa.

Lo llevó a la cama principal del penthouse, fuera del cuarto rojo, donde las sábanas de algodón egipcio blanco estaban frescas y listas, el aroma a vainilla de un difusor calmando el ambiente.

Jimin trajo una botella de agua con electrolitos y una pajita flexible, haciendo que Jungkook bebiera sorbos lentos para rehidratarse, sus manos sosteniendo la cabeza del pelinegro con ternura.

— Bebe despacio, mi amor. — Le arrullo con dulzura. — Tu cuerpo necesita recuperarse de lo que te di.

Luego le dio trozos de chocolate negro amargo con almendras tostadas, para estabilizar el azúcar en sangre y liberar endorfinas suaves; frutas frescas como fresas jugosas y plátanos maduros, cortadas en pedazos pequeños, alimentaba al pelinegro directamente en la boca, besando sus labios después de cada bocado con dulzura.

— Come. — Le ordenó. — Eres fuerte, mi sumiso perfecto. — Sonrió con ternura. — Lo que hicimos fue intenso, pero fue nuestro.

El cuidado físico continuó con meticulosidad, sacó un frasco de crema personalizada con extractos de aloe vera, árnica y caléndula, calentándola entre sus palmas antes de aplicarla en círculos firmes pero suaves sobre cada marca visible, los verdugones del látigo, las quemaduras leves de la cera, las inflamaciones de los clamps y el ahorque que habían dejado su garganta ronca y sensible.

Masajeó las muñecas y tobillos donde las esposas habían mordido, besando cada punto enrojecido con labios suaves, lamiendo suavemente las mordidas para calmar el ardor residual con saliva tibia.

— Duele aún, lo sé, mi cielo. — Su corazónse dolió al ver a si am amor de su vida. — Pero estas marcas son nuestras medallas y las curaré con todo mi amor, como siempre. — Le prometió.

Emocionalmente, Jimin lo acurrucó contra su pecho, envolviéndolo en sus brazos delgados pero fuertes, dibujando círculos lentos y reconfortantes en su espalda tatuada con la yema de los dedos.

Habló en voz baja y melosa, reafirmando el consentimiento mutuo y la conexión profunda que los unía.

— ¿Estás conmigo ahora, mi cielo? Dime cómo te sientes en este momento. — Suplicó, con los ojos cristalizados. — ¿Fue demasiado el ahorque, el fuego de la cera? — Preguntó. — ¿Necesitas hablar de algo que te haya empujado al límite?

Jungkook, saliendo gradualmente del shock con temblores leves, sollozó suavemente contra su piel, aferrándose a él como un náufrago a un salvavidas.

— Fue perfecto, amor... — Murmuró. — Me sentí tan roto y vivo a la vez... Gracias por cuidarme siempre así...

Jimin lo mecía con gentileza, besando su frente sudorosa, sus orejas, su cuello marcado, susurrando palabras de afirmación que reconstruían su espíritu.

— Eres mío, siempre, en el dominio y en la sumisión, en el dolor y en esta calma sanadora. — Susurró. — Nadie te ama como yo, mi sumiso valiente.

El cuidado se extendió durante horas, Jimin puso una playlist suave de música ambiental con sonidos de lluvia y ondas para relajar la mente, difusores de aceites esenciales liberando aromas calmantes de manzanilla y menta.

Chequeó vitales sutilmente, su pulso en la muñeca, temperatura en la frente, para asegurarse de que no hubiera un shock severo o complicaciones físicas.

Horas después, cuando Jungkook tembló con un bajón leve de adrenalina residual, Jimin lo abrazó más fuerte, validando cada emoción con paciencia infinita.

— Llora si lo necesitas, mi amor. — Gimoteo, con lágrimas llenando sus ojos. — Es normal después de una intensidad como esa; deja que salga todo. — Su voz se quebró. — Estoy aquí, no te suelto nunca.

Al día siguiente, el cuidado continuó, como si el rubio tuviera miedo de que el pelinegro se desvaneciera, hubl una sesión ligera de masajes en los hombros tensos de Jungkook y una conversación profunda sobre límites, ajustando protocolos para futuras escenas.

Jimin, acurrucado contra el pecho tatuado de Jungkook en la cama, murmuró con voz suave:

— Estás a salvo conmigo siempre.

Jungkook, vulnerable pero reconfortado, respondió con un beso en su mano.

— Lo sé cariño. — Suspiró, cerrando los ojos. — Te juro que estoy bien.

El rubio levantó la cabeza para admirar el hermoso rostro de su marido y asintió, mordiéndose el labio inferior, sin poder evitar sentir su pecho oprimirse un poco, luego se volvió a recostar y esa noche, prometió que harían el amor de forma suave y dejaría a su hombre descansar de sus manos por un par de días.

Por que Jimin al final de día tal vez si era lo que reflejaba ser, pero solo con Jungkook...

Vulnerable...

Fin.


Ni para mi carrera estudie tanto como para estas historias que les he hecho de BDSM, decidí dejar esta versión aquí a ver que tal, pero de todas formas la mandare a Inkitt, al primer aviso la bajó y ya saben que la pueden encontrar por allá.

Espero les haya gustado este Jimin Dom ♡ por que a mi me encanto jijiji.

~Bye.