Castigo Divino by Jade P at Inkitt
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Castigo Divino

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Summary

El Reino de los Santos, donde la fe y la sangre deciden el destino, Casta ha vivido siempre a la sombra de la familia imperial. Sirvienta del palacio desde niña, su lealtad es absoluta y su amor por el segundo príncipe, Theros, tan profundo como imposible. El regreso de Agares De la Cruz, el heredero al trono, altera el frágil equilibrio del palacio. Su mirada parece ver más de lo que debería, y su presencia despierta en Casta una inquietud que no logra comprender. Entre secretos, deseos prohibidos y un pasado que amenaza con salir a la luz, Casta se verá obligada a cuestionar su lugar, su fe y su corazón. Quienes quieran evitar el pecado, no deben discutir con la tentación.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

I

El Reino de los Santos. Un territorio forjado a base de conquistas, lealtades impuestas y reinos reducidos a cenizas. Un imperio que se alza bajo la luz de los Santos, una luz que no solo ilumina las calles al caer la noche, sino también las conciencias de su pueblo. Allí gobierna Eragon de la Cruz, uno de los hombres más poderosos de todo el Reino, un soberano que ha conquistado tres reinos caídos y ha sellado alianzas con cinco más, territorios en decadencia que prefirieron arrodillarse antes que desaparecer. Solo unos idiotas, o unos desesperados sin nada que perder, intentarían derrocarlo.

La familia Imperial despierta respeto en muchos y desprecio en otros. Yo, en cambio, solo siento admiración. En tierras Santinas, la verdad es ley, mentir es pecado y la palabra dada pesa más que el acero. Los Santos observan, dicen, y su luz castiga a quien se aparta del camino recto. Quizás por eso los De la Cruz gobiernan con firmeza, porque su poder no se sostiene solo en ejércitos, sino en la creencia de que su linaje camina bajo la mirada divina.

Daría la mano a torcer por ser leal a los De la Cruz. Haría lo que fuera por ellos, por el respeto casi sagrado que inspiran el Emperador y sus tres hijos legítimos al trono. No mienten, no se esconden, no retroceden. Y en un reino donde la verdad es venerada como un acto de fe, eso los vuelve casi intocables.

O quizá mi devoción nace de una esperanza mucho más egoísta. La de que alguno de ellos llegara a notar mi existencia. No como la de una simple sirvienta más bajo la luz de los faroles sagrados, sino como la de una dama que ama en silencio. Una mujer capaz de ofrecer lealtad, cuerpo y verdad a un solo hombre en estas tierras. Un hombre digno de amar, de respetar y de llamar esposo.

Nadie puede amar con la fuerza con la que yo amo al segundo príncipe de los De la Cruz. Y no es solo por su belleza, ni por el poder que porta su apellido, sino por algo más profundo, más antiguo, algo que se enlaza con la luz de los Santos y con una verdad que no me atrevo a pronunciar. Una razón que guardo en silencio, incluso dentro de mí.

—¡Casta!

La voz femenina me alcanza desde atrás y me vuelvo de inmediato.

—La emperatriz solicita verte.

No puedo evitar sonreír. Asiento a Sarah y ella se aleja por el mismo camino por el que llegó.

No es extraño que la emperatriz requiera mi presencia. Fue ella quien me cuidó desde pequeña, quien me trató como a una hija aun sabiendo que jamás podría ocupar ese lugar.

Ya era demasiado lo que habían hecho por mí. Desde que me encontraron a los ocho años en los barrios bajos del pueblo vecino. No conservo muchos recuerdos de entonces, solo la imagen borrosa de los copos de nieve cayendo lentamente y los brazos de la Emperatriz rodeándome para protegerme del frío del invierno.

Sacudo la cabeza al permitir que esos fragmentos regresen. Mis pasos continúan avanzando hacia el invernadero del palacio. Nunca he querido profundizar en aquellos recuerdos. Sé que fueron traumáticos para una niña tan pequeña. Prefiero dejarlos enterrados, como si ignorarlos fuera suficiente para mantenerlos lejos.

Sin darme cuenta, ya me encuentro frente a la gran puerta de cristal del invernadero. Tomo aire para calmar el pulso inquieto y empujo la puerta con suma delicadeza. Una brisa tibia, cargada con el anuncio de la primavera, me envuelve de inmediato. El aroma de las flores abiertas se desliza por el aire como un susurro vivo.

A lo lejos distingo a la Emperatriz avanzando con paso sereno, escoltada por su doncella y su caballero, uno a cada lado. Ella se detiene a disfrutar de la fragancia de sus lirios blancos. Su cabellera rubia cae como una cascada de oro sobre los hombros, brillando incluso más que la luz que atraviesa los vitrales.

Doy unos pasos hacia ella y, como si percibiera mi simple presencia, se vuelve a mirarme. Sus ojos, de un ámbar tan claro, parecen capaces de purificar el alma. Sonríe con una dulzura tal que disipa de inmediato los nervios que me atenazaban hacía apenas unos instantes.

—Casta… —murmura al acercarse, posando su mano con suavidad sobre mi mejilla—. Cuánto tiempo sin verte.

—Es un placer volver a verla, Su Majestad —respondo, devolviéndole la sonrisa.

Ella pone los ojos en blanco y apenas logro contener la risa.

—Por favor, Casta. No insistas en llamarme así. Sabes que puedes decirme madre —me reprende con afecto, retomando su andar por el sendero de flores—. Pueden retirarse. Estaré un momento a solas con Casta.

La doncella asiente con una reverencia y se encamina hacia la salida.

—Tú también, Lander —añade—. Cabalgas desde el reino vecino, debe haber sido agotador. Tómate un descanso, ¿sí?

—Como usted ordene, Su Majestad —responde él con voz grave y segura. Hace una breve reverencia antes de marcharse, no sin dedicarme una última mirada—. Señorita Casta.

—Sir Madea —me inclino ligeramente en señal de respeto, incorporándome cuando sus pasos se alejan.

Vuelvo la vista hacia la Emperatriz, quien me sonríe e invita a caminar a su lado. No dudo ni un segundo en hacerlo. Durante el breve trayecto me relata su experiencia en el reino del norte, aunque ya me había mencionado algunos detalles por carta. Aun así, escucharla hablar con tanta alegría es un privilegio que atesoro.

Nos detenemos ante una mesa dispuesta con bocadillos recién preparados. La ayudo a tomar asiento y ella, con un gesto cómplice, me invita a sentarme junto a ella. Obedezco.

—Y dime —pregunta sin rodeos—, ¿cómo has estado estos días en el palacio? ¿Ya encontraste prometido?

Casi me ahogo con mi propia saliva. Mis mejillas arden al instante, provocando la risa divertida de la Emperatriz. Niego con rapidez.

—¡No! Claro que no, Su Majestad. En este momento no pienso en relaciones. Estoy concentrada en mis deberes dentro del palacio.

Y porque estoy profundamente enamorada de su segundo hijo, a un punto en el que no existe nadie más para mí.

—¡Dios, Casta! Ya tienes dieciocho años —exclama—. ¿No piensas compartir tu vida con alguien algún día? Aunque sea un romance fugaz. No está mal divertirse un poco. No puedes vivir siempre entre estos muros. Algún día tendrás que casarte.

Tiene razón. Para una mujer, alcanzar la mayoría de edad suele significar pensar en el matrimonio. Pero ¿cómo hacerlo cuando el corazón ya pertenece a alguien que jamás podrá corresponderte?

Estoy a punto de responder cuando la expresión de la Emperatriz cambia. Sus ojos se iluminan al posarse sobre algo a mi espalda. Me giro sin dudar.

Avanza hacia nosotras con una elegancia natural. La leve brisa del invernadero hace ondular su cabello castaño a cada paso. Sus ojos, del mismo tono que los de su madre, brillan con calidez, y una sonrisa abierta se dibuja en su rostro. Me pongo de pie de inmediato y me inclino ante el tercer príncipe, Kellan de la Cruz.

—Saludos al tercer príncipe —digo con la cabeza inclinada.

—¡Casta! Basta de formalidades —responde, revolviendo mi cabello con familiaridad—. Levanta esa cabeza.

Al hacerlo, su sonrisa resplandeciente se muestra aún más cercana.

—Te he echado de menos, pequeña.

—Y yo a ti, Kellan… —murmuro en voz baja, consciente de que ese sentimiento jamás cruzará la línea de lo permitido.

Luego se dirige a su madre y la envuelve en un abrazo afectuoso.

Nuestra cercanía siempre ha sido natural. Crecimos prácticamente juntos. A veces me gustaría llamarlo hermano, pero sé que incluso ese deseo es demasiado para alguien como yo.

—Madre —dice—, vengo a informarte que los carruajes de mis hermanos ya han llegado. Todos esperan fuera.

Theros. Es lo único que cruza mi mente. Mi Theros.

—¿Tan pronto? Pensé que llegarían después de la tarde —responde la Emperatriz, sorprendida, mientras recoge su vestido y apresura el paso hacia la salida.

La sigo junto a Kellan por los amplios pasillos del palacio hasta alcanzar la entrada principal. Allí, los caballeros se encuentran formados a un lado de la alfombra roja, perfectamente alineados. Al otro costado, mucamas y sirvientas mantienen la misma disciplina. Distingo a Val entre ellas, una de mis amigas más cercanas, haciéndome señas para que ocupe mi lugar.

Me despido con una reverencia del príncipe Kellan y de la Emperatriz antes de retirarme y completar la formación.

—Hasta que llegas —bufa ella, sin apartar la vista del portón principal, por donde deberían aparecer los carruajes de los príncipes.

—Lo siento… la Emperatriz mandó a llamarme —me disculpo en voz baja.

Dirijo la mirada hacia ella. La Emperatriz permanece erguida, expectante, con los nervios apenas disimulados ante la llegada de sus hijos. A su lado se encuentra su esposo, el gran Emperador de los Santos, Eragon de la Cruz. Apoya las manos sobre los hombros de su mujer con un gesto sereno, casi protector. Es un hombre robusto, imponente incluso bajo las pesadas telas imperiales. Su cuerpo se percibe firme y esculpido, sus ojos de un verde esmeralda contrastan con el cabello azabache cuidadosamente peinado y la barba recortada que enmarca su rostro de piel tostada.

—¿Crees que venga el primer príncipe? —susurra una joven a mi lado.

—Por lo que he oído, sí vendrá… aunque jamás lo he visto —interviene Val.

—Dicen que es todo un galán —añade otra, emocionada—. Muero por verlo.

—Escuché a los cocineros hablar de él —dice una más—. Parece que se quedará toda la primavera. Querían saber hasta sus horarios de comida.

—¿Y tú qué dices, Casta? —pregunta la muchacha junto a mí—. Eres quien mejor conoce a la familia Imperial.

El silencio cae de golpe. Todas esperan mi respuesta.

—Es… —titubeo—. Imponente. Intimidante. Serio.

Sé que no es suficiente. Suspiro.

—Y sí —añado—. Es atractivo. Probablemente el hombre más apuesto de todo el Imperio.

El grupo estalla en murmullos, risas y chillidos ahogados. Ruedo los ojos con discreción y fijo la vista al frente, hacia la hilera de caballeros. Mis ojos se detienen en Demes, un gran amigo que he hecho durante todo este tiempo en el reino de los Santos y fiel caballero del Emperador, que se encuentra junto a Sir Lander Madea. Les dedico una sonrisa. Demes me la devuelve con entusiasmo. La de Lander es breve, tensa, cargada de una intensidad que me obliga a sostenerle la mirada un segundo más de lo debido.

—¡Ahí vienen! —grita alguien desde el otro extremo.

Todos se enderezan de inmediato. Mi corazón se acelera, latiendo con fuerza en el pecho. La ansiedad me oprime el estómago cuando el carruaje imperial se detiene frente a nosotros. El silencio se vuelve absoluto. Solo se escucha el aleteo de los pájaros y su canto suspendido en el aire.

—¡Con ustedes, el segundo príncipe! ¡Theros de la Cruz!

Los aplausos estallan. Los caballeros se yerguen firmes.

Mi respiración se corta. Siento el pulso desbocado, las manos húmedas, el calor subiéndome al rostro. Theros desciende del carruaje con una calma estudiada, como si cada movimiento estuviera medido. Su cabello azabache, idéntico al de su padre, cae con elegancia sobre su frente. De complexión delgada, pero firme, su porte impone respeto. Un mechón rebelde cubre parcialmente su ojo izquierdo, otorgándole ese aire de misterio del que todos murmuran.

Inclina la cabeza en una leve reverencia.

—Es un placer estar de vuelta —dice con voz grave.

Los vítores y alabanzas regresan con fuerza. Yo permanezco en silencio, observándolo avanzar sobre la alfombra roja. No me mira. Ni una sola vez.

Tras él camina su caballero leal, Eudor Lemonis. No es el más fuerte, pero su agilidad es legendaria. Dicen que podría vencer a una compañía entera si se lo propusiera.

—¿Y el primer príncipe? —susurra Val a mi lado.

La pregunta me atraviesa con más fuerza de la que debería.

Llegué a conocerlo una sola vez, cuando tenía doce años. Iba camino al jardín para reunirme con Kellan y jugar, cuando lo vi cruzar uno de los pasillos imperiales. Él tenía veintiún años entonces. Su semblante serio intimidaba a cualquiera que se atreviera a interponerse en su camino. Sus pasos resonaban con autoridad sobre el mármol, como si el propio palacio se doblegara ante su presencia.

Mi andar se detuvo sin que pudiera evitarlo. Mi mirada quedó atrapada en él. Su belleza era impecable, casi irreal. A la luz del día, su piel parecía de porcelana. Sus ojos, tan claros como un cielo libre de nubes, imponían un respeto silencioso. Y su cabello, brillante como oro recién pulido, caía con una perfección que no parecía humana.

Lo observé sin moverme.

Entonces, sus ojos se detuvieron en mí.

Sentí una corriente eléctrica recorrer cada rincón de mi cuerpo. Fue una mirada feroz, cargada de dominio y poder. No necesitó pronunciar palabra para hacerme sentir pequeña, expuesta, vulnerable. Él imponía presencia incluso en silencio.

Solo pude volver a respirar cuando desapareció de mi campo de visión. Mis piernas temblaban. Y aun ahora, al recordar aquellos ojos, semejantes a gemas de circón bajo la luz, mi respiración se acelera. Jamás había sentido algo así. Y, en ese entonces, rogué no volver a sentirlo nunca más.

Desde aquel día no volví a verlo. Siempre se encontraba lejos, liderando conquistas, expandiendo los territorios del Imperio.

—No lo sé… —respondo finalmente a Val, regresando al presente—. Quizá mañana aparezca.

La bienvenida concluye pronto. La pregunta queda flotando en el aire. ¿Dónde está el primer príncipe?

La noche cae y todos nos retiramos a nuestras recámaras.

—¿Qué crees que le haya pasado al primer príncipe? —pregunta Val desde su cama.

—No lo sé —respondo, apoyando la espalda contra la pared mientras sostengo un libro que no leo—. Nunca he hablado de él con la Emperatriz. Quizá mañana aparezca en el desayuno.

—Eso espero… —murmura, mirando al techo.

Mis pensamientos ya no están en las páginas. Regresan, una y otra vez, a Theros. A su presencia. A su indiferencia. Me duele admitir que no me haya visto ni una sola vez. Su único ojo visible, de un azul oscuro y brillante, su mandíbula tensa, su porte contenido.

El libro se cierra entre mis manos.

—Saldré a caminar un poco —digo, dejándolo sobre la mesilla—. Hace calor.

—Ten cuidado. Y si pasas por la cocina, tráeme un bollo —murmura Val, dándome la espalda, ya medio dormida.

Asiento aunque no pueda verme y salgo de la habitación, acomodando el abrigo sobre mis hombros. Camino con cuidado por los pasillos, procurando no hacer ruido mientras me dirijo al jardín del palacio. Las palabras de la Emperatriz regresan a mi mente una y otra vez. Tiene razón. Quizá debería permitirme sentir, aunque sea solo para mí.

Pero cada vez que pienso en otro hombre, una culpa silenciosa se instala en mi pecho. Como si traicionara a Theros, aun cuando él no sepa siquiera de mi existencia.

Me alejo hasta la fuente, situada en un rincón apartado del jardín. Árboles y arbustos la rodean, ocultándola de las ventanas del palacio. La noche es espesa, protectora. Dejo el candelabro sobre el borde de piedra de la fuente y me siento junto a él, oigo detrás como el agua fluye en la fuente. Suspiro. Mis pensamientos, inevitables, regresan a Theros.

Lo imagino. Por un momento me imagino como sus grandes manos pasan por mis muslos, acariciando y apretando estas haciéndome sentir vulnerable, y con solo eso de mis labios sale un suave jadeo el cual no pude ocultar. Mis finos dedos se deslizan por mis muslos, levantando el vestido de mi pijama y estos se pasan a mí ya húmeda intimidad, acarició con suma delicadeza mi pequeño botón débil al tacto. Echo mi cabeza hacia atrás ahogando mis gemidos, abro aún más mis piernas para que de este modo introducir uno de mis dedos, gimoteo mordiendo mi labio inferior por la dulce sensación que provoca en mi vientre.

Cierro los ojos y pienso que Theros me acaricia con sus agiles dedos, susurrándome cosas al oído, mis labios se entreabren soltando jadeos por la excitación del momento, acelero mi ritmo sintiendo una holeada de calor venir a mí, introduzco otro dedo y gimo con desesperación, mis dedos se mueven con apuro en mi interior, llevo mi mano disponible a mi seno, estrujando este con deseo. Sigo así unos minutos más hasta que llego al clímax, siento como en mi vientre quiere explotar y sin esperar más, mojo mis dedos con mis fluidos.

Theros…

—Vaya… —dice una voz grave desde la oscuridad—. Qué espectáculo. ¿Ya terminaste?

El sobresalto me devuelve de golpe a la realidad. Me pongo de pie con brusquedad, el corazón golpeándome el pecho, y busco desesperada el origen de esa voz.

Lo primero que veo es el blanco de una camisa entre las sombras. Luego, un torso amplio, firme, apenas contenido tras los botones tensos. Alzo la mirada con lentitud, encontrándome con una barba descuidada, una sonrisa ladeada cargada de burla y, finalmente, con unos ojos tan claros que parecen atravesarme sin esfuerzo.

Retrocedo un paso, presa del miedo y la vergüenza. Su sonrisa se ensancha al notar mi reacción.

Allí, frente a mí, observándome como si acabara de encontrar algo con el cual divertirse, se encuentra el primer príncipe.

Agares de la Cruz.

Chapters
1. I
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