Renacer en tus brazos

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Summary

Eli es una mujer de rutina que siempre supo a donde se dirigía pero que en el fondo se pregunta qué pasaría si al menos una vez hubiera seguido su corazón. Llega un punto en el que cosas pequeñas de su vida cambian, y se dió cuenta que al romperse ese orden a ella no le quedaba nada. Pero no tiene tiempo de lamentarse, ya que a su vida llegará una joven alegre y despreocupada: Liza, una universitaria que se estará quedando en su casa debido a un programa de intercambio pero que pondráde cabeza la vida que Eli había construido.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

La llegada de Liza

La luz roja del “On Air” parpadeaba, y como cada vez que Eli la veía encendida, sintió esa pequeña descarga de felicidad. Ese pequeño estudio se sentía como su lugar en el mundo.

Mientras acomodaba el micrófono tomó una bocanada de aire y sonrió.

—Bienvenidas a Historias que nos hacen. Hoy tenemos una invitada muy especial. Sofía está aquí para contarnos una historia de amor que, estoy segura, nos va a inspirar.

La invitada de Eli sonrió, nerviosa, mientras jugueteaba con los dedos. Recordándole a la Eli que apenas empezaba a grabas sus primeros episodios.

—Gracias por invitarme —dijo, apenas un susurro.

Eli sonrió, alentándola. “No tengas miedo. Aquí celebramos el amor.” Pensó.

—¿Cómo comenzó tu historia con tu esposo Andrés? —preguntó Eli mientras ajustaba el volumen del chat en el monitor. Los mensajes empezaron a llegar como siempre: rápidos y llenos de emoción.

“Ya quiero llorar,”“El amor verdadero sí existe,” “Qué emoción esta historia.”

Sofía soltó una risa nerviosa.

—Nos conocimos cuando yo tenía diecinueve. Era... todo. Tierno, atento. Me escribía cartas. Me dejaba flores en el parabrisas. Una vez, después de pelear, pasó toda la noche afuera de mi casa, sólo para pedirme perdón.

Eli rió, encantada.

—¡Eso es amor de verdad!

El chat explotó en corazones y emojis felices. “Así es como debe ser el amor: lucha, esfuerzo, entrega.”

—Nos casamos jóvenes —continuó Sofía—. Vivíamos con muy poco, pero la verdad, no importaba. Nos teníamos el uno al otro.

Eli la miraba con una expresión de orgullo pintada por toda su cara. Ese brillo en sus ojos, esa luz... era lo que siempre había defendido. El verdadero compromiso. El amor maduro y bien trabajado.

—Qué hermoso escucharlo —le dijo.

Los comentarios lo confirmaban:

“Me recordó a mi abuelita y mi abuelo.”“Así sí se lucha por amor.”

Todo iba bien. Como siempre. Como debía ser.

Hasta que, de pronto, su tono cambió.

—Pero... los años pasaron. Y un día, llegó otra mujer.

Eli sintió un hilo de nerviosismo recorrer todo su cuerpo. Se acomodó en su silla, manteniendo la sonrisa, aunque los dedos se congelaron en el escritorio.

—¿Cómo lo descubriste? —preguntó Eli con cuidado.

—No había pruebas. Fue intuición —susurró ella—. Empecé a arreglarme más, a ser más cariñosa. Pensaba... quizá yo lo había descuidado.

Eli leyó rápido algunos comentarios:

“¿Por qué siempre creemos que es culpa nuestra?”“¿Y él qué hizo para recuperarte?” “Amiga, no te humilles.”

Eli estuvo a punto de fruncir el ceño “No entienden… —Pensó—. El amor también es sacrificio. No es orgullo, es entrega.”

—Y... ¿eso ayudó? — Intervino Eli, anhelando una respuesta, mientras sonreía como quien anima a un niño a seguir contando un cuento.

Sofía asintió.

—Con el tiempo, sí. Dejé de preguntar. Dejé de exigir. Simplemente... amé más.

Una luz se encendió dentro de Eli. La admiraba, de verdad la admiraba. Se necesita valor para quedarse. Para perdonar. Para luchar cuando todo el mundo dice que huyas.

El chat se dividió:

“Eres luz, eres amor puro,”“Te merecías más.” “Qué triste normalizar el engaño.” “Te admiro, mujer fuerte.”

Eli empezó a ignorar las críticas. Su comunidad verdadera entendía. Y con ellos era suficiente.

—¿Te arrepientes? —preguntó Eli, conteniendo el aliento.

Sofía titubeó. Muy breve. Un pestañeo apenas. Pero Eli lo vio. Una sombra cruzó su rostro.

—No —dijo, finalmente—. Porque sigo siendo su hogar. Aunque a veces se pierda, siempre vuelve a mí.

Eso conmovió a Eli profundamente. Casi sentía que quería llorar. Eso es amor, pensaba. Ser el hogar de alguien, aún en la tormenta.

Eso es, esa mujer era alguien fuerte y decidida. Ella realmente valoraba su matrimonio y lo que construyeron ella y su esposo a lo largo de los años.

Pero en el fondo había algo, una duda, diminuta, casi inexistente: “¿Qué clase de amor necesita ser reconstruido una y otra vez?”

Pero Eli decidió ignorarla, y esa pequeña duda desapareció en un instante.

—Eres increíble, Sofía. Gracias por recordarnos lo que es el amor real —dijo al micrófono, con la voz llena de emoción genuina... y de algo más que prefería no nombrar.

Mientras terminaban la grabación, mientras leía los últimos comentarios llenos de amor y de críticas que dejaba pasar como quien ignora una gotera en la pared, se juré a sí misma que estaba bien. Que este era el amor real. El único tipo de amor al que la gente puede aspirar.

Que esa mujer estaba viviendo su “felices para siempre” y que todo esto se lo había ganado gracias a su esfuerzo.

El sol comenzaba a caer, y Eli aún sentía el peso de un día largo de trabajo. El podcast de esa mañana había sido particularmente demandante, con varias entrevistas y llamadas pendientes que requerían su atención. A pesar de la sensación de cansancio, algo dentro de ella la mantenía alerta, recordando que algo importante estaba por ocurrir.

Al llegar a casa, la serenidad de su hogar la envolvió. Su esposo, Daniel, aún no había regresado de la oficina, y su hijo había quedado en la escuela, ah, no, en realidad su hijo ya se había ido. El gran salón de su casa, con ventanales que dejaban entrar la luz suave del atardecer, mostraba la calidez que siempre había querido para su familia. La casa era grande, sí, pero sin ser ostentosa. La decoración era elegante, sin lujos exagerados, pero todo reflejaba una vida cómoda. Mientras paseaba por el hall de entrada, Eli se detuvo frente al espejo y ajustó su cabello con una rapidez, sintiendo una ligera incomodidad, como si la llegada de esa chica estuviera por cambiar algo en su rutina diaria.

“Hoy es un día especial”, pensó Eli mientras subía al segundo piso. Le había dicho a Ana, la mujer que le ayuda con la limpieza, que lo dejara todo listo: la habitación para Liza debía ser acogedora, con detalles sencillos pero agradables. Unas flores frescas sobre la mesa, una manta suave en la cama y, por supuesto, la ropa más fina que había en su armario, lista para recibir a la joven estudiante.

Desde que fue acordado que recibirían a Liza para el intercambio, Eli había sentido una mezcla de curiosidad e inquietud. ¿Cómo sería esta chica? ¿Qué pensarían de ella cuando llegara? No es que tuviera dudas sobre el intercambio, pero algo en el aire le decía que las cosas no serían tan simples como parecían.

Mientras supervisaba los últimos detalles, Eli no podía evitar preguntarse sobre la joven que llegaría. Liza. Había leído su perfil y había hablado con sus padres, pero nunca había conocido a alguien tan joven, tan ajeno a su mundo, y la verdad, se sentía algo insegura. “¿Daniel también estará ancioso?“, se preguntó otra vez, mientras escuchaba el sonido del automóvil acercándose a la entrada de la casa. Un nudo apareció en su estómago. Ella sabía que Daniel era un hombre atractivo, y aunque confiaba en él, la juventud y belleza de Liza podrían ser algo que él notara más de lo que ella deseaba.

La puerta se abrió, y una figura joven, con una sonrisa amable y ojos llenos de curiosidad, apareció en el umbral. Liza estaba allí, de pie, con una elegante blusa blanca, pantalones bien cortados y un equipaje que parecía sacado de un catálogo de moda. Su postura erguida y su forma de mirar a su alrededor mostraban una confianza natural que Eli no pudo evitar notar. Su mirada era directa, franca, como si no tuviera miedo de enfrentarse a nada.

“Buenas tardes, señora Rivera. Muchas gracias por recibirme”, dijo Liza con una voz suave, pero decidida, mientras extendía la mano con cortesía.

Eli tomó la mano de Liza y notó la suavidad de su piel, la firmeza de su apretón. Era una joven que claramente había sido educada con buenos modales, pero algo en su actitud le decía a Eli que había más de lo que estaba mostrando. Había algo en su mirada, algo en el brillo en sus ojos, que parecía un poco... peculiar. Algo le decía que la chica escondía algo detrás de esa amable y gentil mirada, eso despertó curiosidad en Eli.

“Es un placer tenerte en casa, Liza. Estoy segura de que disfrutarás tu tiempo aquí“, respondió Eli, notando que la joven no solo era encantadora, sino también... impresionante de alguna manera. Esa belleza juvenil, esa seguridad en sí misma... algo en su interior despertó una leve incomodidad.

Liza sonrió, una sonrisa amplia y franca, y Eli no pudo evitar sentirse algo desconcertada. ¿Cómo podía alguien ser tan perfecta, tan encantadora? Su presencia parecía ocupar la habitación por completo, como si la energía de la joven envolviera todo lo que tocaba. Por un momento, Eli se quedó mirando cómo Liza entraba, llevando con ella una sensación extraña de inseguridad.

“Es mucho más hermosa de lo que esperaba. ¿Daniel pensará lo mismo cuando la vea?“, se repitió en su mente mientras cerraba la puerta detrás de ellas. Liza había pasado por alto la cuestión, pero Eli no podía dejar de imaginar la reacción de su esposo.

—Permíteme mostrarte tu habitación —dijo Eli, manteniendo una sonrisa cordial, aunque por dentro intentaba no parecer nerviosa.

La casa era amplia, de dos plantas. En la planta baja se encontraban la cocina, el comedor y una acogedora sala de estar. Arriba estaban las habitaciones. La decoración era minimalista, con un toque clásico que transmitía elegancia sin exagerar. Varias fotografías familiares adornaban las paredes, agregando calidez al espacio.

Mientras subían las escaleras, Eli no pudo evitar observar de reojo a Liza. Era imposible no hacerlo. Había algo en ella... una mezcla de juventud, frescura y una belleza casi hipnótica que descolocaba a Eli.

Entonces notó que Liza se había detenido frente a una vitrina.

—¿Esos trofeos son de Alex? —preguntó, con genuino interés.

—Sí —respondió Eli, agradecida por el cambio de foco—. Ya sabes que a Alex le encanta el deporte. El fútbol es su favorito, aunque últimamente le ha llamado la atención el levantamiento de pesas.

—Cierto. A mí también me encanta el deporte. De hecho, es de los temas de los que más hablamos. Él no dejaba de presumirme de su pared llena de trofeos, pero verlo en persona es otra cosa… —dijo Liza, girándose un poco— pero, esta pintura es más impresionante, ¿usted la hizo?

Se refería a un cuadro colgado justo al lado de los trofeos. Eli lo miró con una leve sorpresa; hacía tiempo que nadie lo mencionaba.

—La pintó mi esposo —respondió, en voz baja.

Durante un segundo, sus ojos se cruzaron, y Eli sintió que el pasillo se encogía. Solo era una mirada. Pero algo en ella se agitó.

Liza sonrió, y ese gesto —ligero, natural, encantador— hizo que Eli apartara la mirada.

“Le encanta el arte...” Pensó en su esposo y en sus charlas sobre pintura que siempre terminaba escuchando por compromiso. Al ver a Liza, notó la facilidad con la que ella sostenía la mirada frente a un lienzo. Le cruzó por la mente lo sencillo que sería para alguien con esa curiosidad genuina llenar los silencios que ella, por cansancio, prefería evitar. La idea se le clavó en el pecho como una espina.

Tenía ese brillo que llenaba habitaciones y, probablemente, vaciaba la paciencia de cualquier mujer en cinco kilómetros a la redonda. Era una de esas criaturas diseñadas para que las demás se pregunten qué hicieron mal en su última encarnación.

Eli sintió una punzada de incomodidad. Una especie de miedo que no supo nombrar del todo. No eran celos. O quizás sí, pero no de la manera habitual. Era como si algo en ella intuyera que Liza podía desestabilizar el delicado equilibrio de su vida, sin siquiera proponérselo.

—Bueno, sigamos —dijo Eli, retomando la marcha por el pasillo.

Mientras caminaba por el pasillo, su mente no dejaba de girar en círculos. “Es perfecta para cualquiera…”. Esa idea, aunque le parecía un poco absurda, se le quedó grabada y no pudo soltarla en todo el día.