Capítulo uno
La tarima se arma rápido cuando la necesidad apura; si queda bien o no, eso ya es un problema aparte. Dos tablones elegidos al azar, una cuerda que ya ha sido usada infinidad de veces para otras cosas —hasta carga con un ahorcado a cuestas—, una lona desteñida por el sol y la lluvia, con un dibujo pintado con prisa y con orgullo. El primer espectador llega antes de que el último clavo termine de entrar. Siempre hay alguien en el público que llega antes: quiere husmear, quiere saber apresuradamente si lo que pagó por el boleto merece o no la pena. Lo que no sabe es que la risa es un producto de consumo inmediato; no puede saber si valió lo que costó hasta que el payaso haga su primer acto, el que abrirá el resto: el primero siempre deja en claro a qué atenerse después.
Los asientos son tablas de madera vieja, en su mayoría sacadas de un barco pesquero que había encallado en el puerto de la ciudad años atrás. Sentados, sudando por el calor, el público es variado: niños comiendo pan duro con un cazo de agua, hombres con vino agrio que levantan las jarras en señal de que quieren que comience la función, mujeres con los labios pintados más allá de la comisura. La plaza se llena como los políticos se llenan los bolsillos con lo ajeno: sin pudor. Alguien levanta un billete arrugado y lo agita en el aire, apuesta cuánto tardará en aparecer la estrella de aquel circo decadente; otro le acepta la apuesta diciendo que hoy no vendrá, porque incluso la miseria, terca como es, aprende a dosificarse cuando sabe que el espectáculo es lo único que queda.
El payaso entra tarde a propósito. Lo ha hecho parte de su show. La demora eleva el valor percibido de la multitud, y él lo sabe de sobra. Lo sabe como se sabe una mentira útil, de esas a las que se les saca provecho y que no necesitan defensa. Cuando asoma su cara pintada de blanco, cuerpo esbelto y su estatura de casi un metro con noventa, la plaza ya se ha convertido en un enorme bar sin paredes: sudor, risas anticipadas, olor a cuerpos agitados y a expectativa, sobre todo entre las mujeres sin marido, y alguna que otra con marido, que lo ven más como un semental que como un payaso que se gana la vida haciendo chistes, maromas y cualquier artimaña aprendida o copiada de algún otro payaso de algún otro lado. Casi siempre se acomodaban de la misma manera: en la primera fila, mujeres de mala vida cuya paciencia se había hecho tan larga como sus años; más atrás, damas empolvadas que miran de reojo con asco y prejuicio, como quien evalúa una inversión arriesgada en lo que cree un mal negocio. Pero casi todas las que han venido antes saben lo mismo. Todas las que han venido por primera vez han oído lo mismo. Que es hermoso, que jamás ha habido un payaso como aquel. Las que se han acostado con él concuerdan en algo: que en la cama no negocia, que el payaso que saca risas en ese circo decadente, cuando se quita el disfraz, es la tentación que puso Satanás en la tierra para incitar a pecar.
Mientras desgrana una arenga tras otra, él no mira a nadie. Se concentra en lo que hace. Le gusta estar en esa tarima. Se siente otro. ¿Es que acaso no hemos querido ser otro alguna vez? Todos fantaseamos con ser otra persona; a él, un maquillaje y un sombrero de pelotas lo ayudaban a escapar de la convulsión cotidiana. Da una voltereta hacia atrás. Todos saben que es su señal de despedida. Luego se arrodilla, baja la cabeza y mira la tarima como quien revisa a un animal herido: ¿aguanta otra función pequeña?, ¿cuánto más puede soportar sin derrumbarse? Se ajusta el disfraz, que le aprieta un poco por su musculatura, sobre todo en los brazos y en la entrepierna. No usa uno más holgado porque no es tonto: sabe que son las mujeres, y no los niños, las que han obligado a maridos y novios a traerlas al circo. Tiene que comer y no le gusta que nadie lo mantenga; sabe que perdería su libertad, y no hay nada más aburrido ni más dañino para el hombre que una libertad condicionada. O eres libre como quieres, o mejor usas la siempre confiable soga al cuello. El maquillaje ya no resiste una gota más de sudor, un presagio mínimo que nadie nota. Todavía.
Se despide de la sofocada multitud, levanta ambos brazos y los agita enérgicamente. Ese gesto hace que todos comiencen a salir del circo, aunque salir sea más un verbo que otra cosa, porque no hay paredes: solo techo, tarima y asientos. Todavía se escuchan algunas risas aunque ya nadie esté haciendo chistes. Hay risas por hábito, risas por miedo al silencio y al fracaso, risas nerviosas y risas por nada. El payaso las registra todas y no se queda con ninguna; no le importan en lo más mínimo.
No todos se han ido. Siempre queda una cantidad considerable de personas que piden entretenimiento por un rato más. El payaso asiente. Intenta subir por una cuerda, pero esta se suelta y cae. Siempre una caída, literal y en metáfora; ambas funcionan casi igual. El cuerpo tirado de espaldas contra el piso inaugura una nueva oleada de risas. El público responde como un coro entrenado. A veces la exageración es clara, se siente fingida, pero a él no le importa: la orden está cumplida. La risa fluye, la moneda también.
Mientras se levanta, habla con el vacío; lo amenaza pasando el dedo pulgar por el cuello, de izquierda a derecha. Insulta a una silla mientras le propina una patada que la hace añicos. Discute con su sombra. Hace todo esto mientras se quita uno de sus grotescos zapatos rojos, lo lleva a la altura de su cara y le pide perdón, dándole un beso mientras grita que el zapato no está entendiendo nada, que se fabricó en otro país y no habla su idioma. El absurdo no es chiste: es método. Cuando el sentido se rompe y se da paso a lo inverosímil, la risa entra sola. Los que se quedaron agradecen con un aplauso. La incomprensión vende, y los artistas lo saben, hasta el más payaso de todos.
Por dentro, algo no termina de aparecer. ¿Dolor? No. No es dolor, todavía. Es un retraso, un desfase: hay dos donde hubo uno. El cuerpo obedece antes de que la mente termine de decidir. Se mueve por inercia. El payaso manda. En los bordes concurridos de la plaza, las tabernas se abren como bocas hambrientas. Desde las puertas y los interiores oscuros salen voces, apuestas, manos que llaman, y un olor a mezcla de licor, tabaco y deseos que terminarán muriendo. El escenario no termina en la escueta tarima: se expande hasta donde esté la última persona. La función tiene que seguir cuando hay demanda. El payaso sigue, aunque ya quiera largarse. Cae otra vez. Se levanta con una maroma. Se equivoca a propósito. La risa sube. El día es rentable.
Las tabernas funcionan como extensiones del escenario. Los prostíbulos también. Como si se tratara de una bestia multicéfala y de múltiples tentáculos. Todos estos lugares son bien conocidos por el payaso: cortinas cansadas y manchadas de vino, habitaciones que huelen a jabón viejo y a promesas repetidas en el fragor de un combate amoroso. Él ha recorrido todos estos espacios; se los sabe como quien conoce el camino del baño a la habitación. Sabe quién paga primero, quién paga después y quién no paga nunca. Su cuerpo es un activo circulante. No lo administra con orgullo; lo administra con método y eficiencia.
Las mujeres empolvadas no ríen igual que las demás. Se limitan a observar. Esperan el momento exacto en que el disfraz, apretado, resbala un centímetro y deja ver la piel del abdomen. Ese segundo es suficiente para confirmar el rumor que las ha traído hasta allí como moscas a la fruta. Es hermoso. Quizás más por exceso que por simetría. Por una belleza que no se acomoda como el resto, sino que va a contravía. Por una presencia que ocupa todo el espacio incluso cuando se encoge en sus malabares.
En escena, el absurdo escala, pero no deja de ser exquisito. Habla con su reflejo en una jarra de metal mientras se acusa a sí mismo de haberle robado el chiste. Se ríe, porque sabe que la risa es contagiosa; entonces el público, que observa aun sin entender muchas cosas, también se deja arrastrar por esa risa inicial. Los viejos espectadores ya se saben la rutina; los nuevos aprenden rápido qué es lo que han venido a comprar.
El payaso ajusta el ritmo, acelera, vuelve a caer. A esta altura está agotado. Ya no actúa: responde. Se mueve por inercia. Ni siquiera su cerebro le indica qué hacer; el cuerpo va primero, como si el oficio hubiera tomado el control y lo empujara escena tras escena, caída tras caída.
Por dentro, el saldo es otro. Hay un cansancio que no se ve desde la tarima, pero que él siente como si lo llevara a cuestas desde hace un siglo. Es un desgaste que no entra en el cálculo de las ganancias; quizá pierda más de lo que gana. Un torbellino de sensaciones lo atraviesa. Ahora sí: llegó el dolor, acompañado de algo más que todavía no sabe nombrar. No es culpa ni miedo. Es una fatiga vieja, una deuda que no prescribe.
La risa, que antes usaba a su favor, ahora solo posterga, le da fuerzas prestadas. Desea con todas las ansias de su corazón el silencio que lo espera tras la cortina, cuando por fin todos se hayan ido y él pueda hundirse en su entrañable soledad.
Al terminar, los aplausos caen en bloque y se extienden por varios minutos. Las caras que se veían fatigadas ahora se renuevan lo justo para abandonar el parapeto del circo. Él siente el aplauso como un cierre de caja.
El payaso saluda, exagera otra vez el agradecimiento, promete volver —aunque a veces odie hacerlo—, aunque siempre vuelve porque son muchas más las veces que lo ama. No promete nada más. Guiña un ojo y baja de la tarima. La plaza se le acerca como un mercado al final del día, cuando se rematan las cosas que van a pudrirse para la mañana siguiente. Manos, ojos, voces. Ofertas directas, miradas que calculan. Él se escabulle entre la gente, se quita el gorro y se pone un sombrero. Se coloca un abrigo alto para cubrir el disfraz y toma el mismo callejón de siempre.
Camina sin voltear. Siente que los zapatos le molestan; se los quita y continúa descalzo. En un pozo público se detiene y se limpia el maquillaje, aunque no sale del todo. Se endereza y sigue callejón abajo. Se baja el sombrero hasta la altura de los ojos y se arremanga más el abrigo. No quiere que lo detengan.
La habitación tiene el techo bajo, hecho de las mismas maderas del circo. La lámpara tiembla y titila, creando sombras danzantes en las paredes. Pareciera que el infierno hubiera enviado a sus demonios para recordarle quién es en verdad. El payaso se recuesta en la cama; los muelles chillan y luego dan un golpe seco. Enciende un cigarro y llena medio vaso de vino. Llega a la conclusión de que el mundo se reduce a superficies, así, sin más: piel, madera, tela, tierra. Todo está estúpidamente conectado. La piel se vuelve territorio de tránsito, como la tierra. En ese mundo de superficies no hacen falta las palabras.
Pensó que al fin iba a pasar una noche solo. Lo deseaba desde hacía tiempo.
Pero tocaron a su puerta con la premura de quien exige que le paguen el jornal trabajado.
La mira desnuda en la cama. No quiere besarla, pero ella le ruega mientras le pone la mano en la entrepierna. Aprieta. No hay ternura ni violencia. Hay eficacia. El cuerpo, provocador de los deseos más oscuros, cumple.
La besa mientras ella aprieta más. El deseo de la chica crece hasta volverse asfixiante; pide tregua. Pero una vez que el payaso queda atrás y David Silvano toma el control, no hay tregua para quien llega buscando cumplir sus impulsos más carnales. La máscara invisible sigue puesta: la del amante insaciable. Incluso ahí exagera los gestos, esta vez los del deseo.
Cuando terminan, ella se viste despacio. Quiere alargar el momento. Silvano solo quiere que se vaya.
Se levanta de la cama y se planta frente al espejo de cuerpo entero que hay a un lado. Se mira mientras la chica lo observa, todavía extasiada.
Funcional.
Después de dormir un par de horas, sin que nadie lo interrumpa, se siente renovado. Está listo para la próxima función. Se toca el rostro como quien revisa una herramienta antes de salir a trabajar. Enciende el cigarro que había dejado a medio fumar. Vuelve a la taberna caminando por uno de sus callejones habituales. Le gustan los más oscuros, donde nadie puede reconocer a nadie. Llega, toma un asiento en la barra y pide un jarro de vino. Alguien cuenta el chiste que él contó en su última función. La risa se corre de boca en boca. Eso también es éxito.
Se levanta de la barra y va a un lugar apartado. Se sienta y bebe como si nunca antes lo hubiera hecho. Habla consigo mismo en voz baja, como si negociara una pequeña tregua. Quiere alejarse de todo, pero sabe que es un círculo vicioso. Vendrán más. Sabe que mañana habrá otro como él. O el mismo. Da igual.
Afuera, el sol comienza a soltar sus primeros rayos en el horizonte. La plaza se vacía. Queda el polvo, que lo ensucia todo. Queda el olor, que hace doler las aletas de la nariz. Queda la tarima esperando el próximo día, con la esperanza muda de que algún día Silvano no se presente.
Él se levanta tambaleándose y paga. Camina. La ciudad duerme con un ojo abierto y el otro entrecerrado. Sabe que mañana volverá a caer para tener que levantarse de nuevo: una maldición convertida en chiste. Sabe que el absurdo es lo que mantiene el negocio.
Camina despacio. El cuerpo pesa más cuando no actúa. Se da cuenta de que no hay lugar para llorar donde la risa es obligatoria. No hay cuarto trasero para el cansancio, ni campo de rosas para descansar por la eternidad.
Ríe.