The Temptress
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The Temptress

This story contains themes of: attempted rape

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Story Notes


Summary

CASSIEN Pensaba que solo era un sueño. Solo eso. Una mujer sin rostro, sin nombre, sin lógica. Una aparición cada noche, deslizándose entre mis sábanas con la piel ardiendo y los labios como un castigo. Me repetí que era el estrés, que no estaba durmiendo bien. Que nadie puede follarte con esa fuerza en una pesadilla y dejarte jadeando cuando despiertas como si hubieras pecado de verdad. Pero entonces la vi en el Delirium. Con su vestido corto, su sonrisa venenosa y esa maldita mirada que aseguraba a todo el que la miraba que le pertenecía el alma de cada persona que entraba en el local. Desde entonces no hubo descanso ni escapatoria para mí. Y lo peor no es que me esté ilusionando con cada momento de atención que me regala. Es que de verdad creo que me está eligiendo. SAPHYRA Los hombres son simples. Se excitan, se acercan a ti y te invitan a una copa. Piensan que tienen todo bajo control. Entonces suplican, se arrodillan, te miran con la devoción de un hombre desesperado que encuentra la luz al final de su sufrimiento. Y luego los olvidas y pasas al siguiente. Pero este no. Cassien tiene esa mirada limpia, esa voz suave, esa forma de hablarme como si no fuera el motivo de su agonía, sino un susurro que lo calma por dentro. Este incrédulo piensa que estoy hecha para calmar su dolor cuando en realidad estoy hecha para devorar sus entrañas y dejarle hecho cenizas. He estado en sus sueños tantas veces que su mente ya es mía. Pero hay algo roto en él, algo que me atrapa y hace que quiera quedarme. Por primera vez siento que soy yo la que está perdiendo la cordura.

Status
Complete
Chapters
26
Rating
5.0 (2 reviews)
Age Rating
18+

Acto I-El susurro

THE TEMPTRESS

Scarbie Quinn

ACTO I: El Susurro

Todos conocemos la historia de Caperucita Roja y el lobo.

La pequeña niña inocente que es interceptada en el bosque por una bestia feroz que busca hacerle daño, aprovechándose de su dulzura y su buen corazón.

Es un cuento popular que se utiliza para enseñar a los niños que no deben confiar en los extraños.

Mi padre solía contárnoslo a mi hermana y a mí a la hora de dormir, entre muchos otros. Infinidad de leyendas clásicas con distintas moralejas que utilizaba para educar a unas niñas desde la ignorancia de ser padre por primera vez en toda su eternidad.

Recuerdo a mi madre sonriendo desde el marco de la puerta de nuestra habitación, observando cómo sus pequeños tesoros caían dormidos bajo el embrujo de la grave voz de su padre cada noche antes de que pudieran escuchar el final de la historia.

También recuerdo a mi hermana despertar temprano todas las mañanas para preguntar a nuestros padres cómo terminaba la historia. Porque ella siempre había sido la niña que necesitaba una respuesta inmediata a las dudas de su pequeña cabeza impaciente.

Cuando ella corría fuera de nuestra habitación en busca de nuestros padres, yo cerraba la puerta para no escuchar el final de la historia.

Me sentaba en el suelo y cerraba los ojos, recordaba lo último que había escuchado y, a partir de ahí, yo misma escribía mi propia historia. Inventaba mis propias moralejas.

Una norma no escrita que teníamos mi hermana y yo era que ninguna de las dos teníamos permitido contar la versión de la historia de cada una. Era divertido verla correr de vuelta a nuestro cuarto y sonreírnos, compartiendo un mensaje claro en nuestras miradas:

“Sé cosas que tú no sabes ahora”.

Hubo un tiempo en el que creía que eso me hacía más inteligente que ella. Me preguntaba por qué se basaba en los patrones ya establecidos en las narrativas clásicas para aprender cuando podía destruirlos y recomponer los pedazos en el orden que ella quisiera. Un mundo de infinitas opciones residía en su mente y ella solo veía la línea recta que siguió toda su vida.

Cuando ocurrió el incidente con mi abuela, me enfadé con mi hermana. La escuché aquella noche suplicar, gritar de dolor, pedirle entre llantos a su abuela que le diera otra oportunidad. Ambas creían que las paredes del palacio impedían que el eco de los sonidos de agonía de mi hermana no llegarían a oídos de nadie.

Pero, desafortunadamente, llegaron a oídos de su hermana pequeña.

Quise detener todo aquello, pero mi abuela solo había necesitado dos días para aterrorizar a sus nietos lo suficiente como para que, al levantarme de la cama, mi cuerpo se paralizara en mitad de mi habitación.

Y entonces hice lo que solíamos hacer mi hermana y yo cuando una historia estaba escrita a medias.

Cerré la puerta, me senté en el suelo de aquel cuarto que era completamente distinto a nuestro hogar, y cerré los ojos.

Reescribí “Caperucita Roja” desde el inicio. La pequeña niña vulnerable no era devorada por el lobo feroz al final del cuento. Me cubrí los oídos cuando la agonía de mi hermana me sacaba de mi mente y forzaba mis pensamientos de vuelta.

Los escenarios se oscurecían, el campo de flores se volvieron la pesadilla del lobo feroz. La niña, su destino final, sería quien lo consumiría hasta no dejar nada más que el recuerdo de su mirada suplicante por piedad.

Una moraleja nueva fue reescrita, y por primera vez, ese aprendizaje se me quedó grabado a fuego en el corazón.

Domina y destruye antes de que otros lo hagan contigo.

Cuando mi hermana volvió a nuestro cuarto, nuestras miradas se encontraron. Sus ojos enrojecidos y sus párpados hinchados de llorar, me miraban mientras una sonrisa temblorosa curvaba sus labios partidos.

Tenía las manos ocultas tras su espalda, y el pijama que llevaba en ese momento no era con el que la había visto salir de la habitación horas antes.

Una ola de odio y rencor atravesó mis entrañas, el dolor de verla lastimada atravesó mi corazón, y la moraleja del cuento se marcó a fuego en mi mente en ese instante.

Ella sabía lo que estaba haciendo sin preguntarme, y yo sabía lo que había ocurrido sin necesidad de hablar de ello. El daño estaba hecho.

Le devolví la sonrisa, y volvimos a intercambiar ese mensaje silencioso en nuestras miradas como hacíamos cada mañana.

“Sé cosas que tú no sabes ahora”.

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