Capítulo I
James estaba muerto. Esa frase resonaba en la cabeza de Amber. Muerto. Eso explicaba el vacío, el limbo en el que se encontraba. El problema era que no recordaba nada. Absolutamente nada. Ni siquiera quién era aquel. Su rostro, su voz, lo que llevaba ese día antes de morir, inclusive su historia… todo era un enigma.
Amber se encontraba en el cementerio, un tanto avejentado y desolado. Mucho campo, demasiadas lápidas, que algunas se hallaban cubiertas por el pastizal que llevaba tiempo sin cortar. Un terreno dividido por un solo camino sobre una calle solitaria. Vestía de negro, el uniforme del duelo. El olor a tierra húmeda, hojas secas del otoño y flores marchitas, llenaban el aire e intensificaban su desorientación.
Lo que había ocurrido, antes de estar donde estaban, fue que su madre había ido a despertar a su hija en la madrugada, con los ojos hinchados y el rostro desfigurado por el dolor, dándole así la terrible noticia. Cuando despertó, estaba perdida en el espacio y tiempo, tal y como a cualquiera le sucede, y más cuando intenta procesar lo dicho. Pero para ella fue diferente.
Se tocó la parte baja de la cabeza, el occipital para ser exactos. Tenía un dolor leve que le molestaba, y si se incorporaba, el dolor se extendía desde la zona cervical hasta la lumbar, acompañado de mareos debido al impulso de haberse levantado de golpe.
¿Por qué Amber sentía que ese despertar había sido como el de una siesta profunda, sin recordar absolutamente nada? ¿Por qué parecía como si se tratara de un pozo sin fin? ¿Qué había hecho antes? ¿Qué había sido tan grave como para borrar su memoria?
—Tienes que estar ahí, Amber —soltó la voz entrecortada de su madre por el llanto—. Es lo menos que puedes hacer. Era como otro miembro más de la familia. Acompáñame esta tarde.
En el funeral, Amber no sentía nada. Ni pena, ni tristeza, ni rabia. No sabía tampoco cómo estar o cómo se suponía que debía estarlo. Solo una fría constatación: pérdida de memoria y dolor en su cabeza. Un vacío y demasiadas preguntas. Y como si no fuera suficiente, los rostros a su alrededor eran vagamente familiares, pero sus nombres, sus conexiones… un misterio. Sus miradas, sobre todo las de dos personas, que se posaban en ella y no en la tumba.
En una esquina, la joven tenía una expresión dulce. Sus ojos, grandes y brillantes, marrones, transmitiendo calidez. Su cabello, lacio y fino, de un castaño claro, caía en cascada sobre sus hombros. Era delgada, casi frágil, y vestía un sencillo vestido negro, casi similar al de Amber. La mente de Amber, sin embargo, la mostraba de otra manera: un vestido floreado, sucio y roto; el pelo desordenado, una expresión de terror en el rostro, quizás bastante traumatizada.
A unos pasos, un joven alto y delgado, con el cabello rubio, corto y bien peinado. Tenía una cara de ángel, de esas que parecen esculpidas en mármol. Sus ojos, de un verde intenso, estaban ligeramente hundidos, como si llevara días sin dormir. Su piel pálida, translúcida, como si el sol le fuera ajeno en el pueblo. Vestía de negro, como todos los demás, pero en su atuendo se percibía una cierta elegancia, una pulcritud que lo diferenciaba del resto. Parecía serio, de pocas palabras, alguien que prefería observar en silencio. Su presencia era imponente, pero a la vez distante, como si una barrera invisible lo separara del mundo. ¿Quién era él? ¿Y por qué se sentía tan atraída por esa mirada tan profunda?
Amber dejó de mirar a su alrededor y se concentró en la lápida. James. La fecha. Todo muy reciente. ¿Qué había pasado? Recordaba estar en junio, a su madre y algunos vecinos. No todo estaba perdido, solo… lo importante, el hecho. Debajo de la fecha, la inscripción grabada en la piedra: “Descansa en paz, amigo, hijo, hermano. Siempre en nuestros corazones”.
Amigo. ¿Era James su amigo? ¿Lo había sido alguna vez? No lo sabía. Y entonces, un fragmento: una avenida, los dos jóvenes, James y ella, corriendo. El asfalto bajo sus pies, la sensación de sus pulmones quemándose, los pasos cada vez más cerca detrás de ellos… Estaban escapando o huyendo de algo, no lo sabía con certeza. Un olor a tierra húmeda de nuevo y a algo… podrido, se mezclaba con el miedo que inundaba sus sentidos. La figura de un hombre, su sombra, la tenía en la visión algo nublada. Todo estaba tan confuso, que el intentar recordar le provocaba un dolor punzante en la cabeza.
—Intenté comunicarme contigo toda la noche, nunca respondiste —expresó casi en un susurro la chica, que antes la observaba, apareciendo a su lado en medio del malestar—. Nunca debimos ir a aquel lugar, tampoco debiste seguirnos. Fue una mala decisión y ahora cargaremos con la culpa.
La madre de Amber, quién antes se hallaba a su lado, quiso darle las condolencias a Cara, la madre de James, y a sus dos hermanos, Tom y Emily. La dejó hablando a solas con Lili. Amber, en cambio, no supo qué responder ante el comentario. Solo la miró, tratando de entender a qué se refería.
—¿No te da ni un poco de pena su muerte? Pareces ajena a todo esto —continuó, cruzándose de brazos—. ¿Acaso no sientes culpa?
Unas horas más tarde, la gente había comenzado a dispersarse; muchos se marchaban. Ellas aún seguían junto a la tumba.
—¿Eres…? —preguntó Amber, todavía desconcertada.
—Lili Morton —respondió ella. Esa cara dulce que antes había visto ahora era distinta. Estaba visiblemente molesta, repiqueteaba el pie contra el suelo. Sus ojos, antes brillantes, estaban cargados de furia.
—Lili —repitió Amber tras una breve pausa—. Hay algo en ti que me resulta familiar.
Silencio.
Lili dejó caer sus brazos, a los costados de su cuerpo, y comenzó a apretar sus puños aún más molesta.
—¿Eso es todo? —dijo Lili—. James está muerto, Amber. ¿Eres consciente de eso? ¿Ves la gravedad? Quizás, si no te afecta tanto, es porque fuiste tú quien lo mató.
—¿Todo bien por acá? —Intervino el muchacho de ojos verdes—. ¿Qué estás haciendo, Lili? Deberías bajar el tono, estos no son lugares para discutir.
—Ella fue. Ya me di cuenta. Ella fue la culpable y ahora viene a su funeral pretendiendo como si no hubiera sucedido nada. Acabó con la vida de James anoche, sin piedad, y espera que uno se crea que no lo recuerda y ni siquiera sabe de lo que uno habla. ¿Lo entiendes? Ni siquiera podría fingir demencia tan bien como lo hace.
—Lili, Amber se golpeó la cabeza. Puede tener una contusión cerebral, ¿entiendes eso? —contestó aquel, frotándose la sien con la mano—. Y te dije que no levantaras la voz.
Amber, en serio, no recordaba nada, pero ahora sabía que ellos también estaban al tanto del golpe en la cabeza y de su amnesia. De todas formas, eso no era lo que le asustaba. Le aterraba que las acusaciones de Lili terminaran siendo verdaderas, que ella sí fuera culpable de la muerte de James y que el muchacho solo intentara cubrirla porque no recordaba nada. Esa idea le generó un nudo en el estómago con solo imaginarlo.
—Si se golpeó la cabeza… —agregó Lili, pero él la interrumpió.
—Ya, no sigas. Basta —le pidió, haciendo un alto con la mano.
El chico parecía ser el más tranquilo de los dos y, quizás, quien podía comprender mejor lo que le sucedía a Amber. Pero comenzaba a perder la paciencia con Lili. Y Amber esperaba que él pudiera ayudarla a entender lo que estaba pasando, a recordar quién era James y, sobre todo, a saber si realmente era culpable de algo.
La mirada de Amber se posó en él, buscando en sus ojos alguna señal de comprensión, de apoyo. Ella necesitaba que alguien le dijera algo, pero no lo hizo. Su mente era un caos, recuerdos fragmentados y emociones confusas. Y lo que él dijo no sirvió de nada, pues no negó lo que Lili afirmaba.
—Benjamín Anderson, me llamo —le tendió la mano y ella la estrechó—. Ya nos conocíamos. Lamento que hayas tenido que escuchar eso. De hecho, ya no te molestará más; ya se iba, y yo también.
Aquel le abrió paso para que se moviera y pudiera avanzar hacia la salida.—Las cosas no pueden quedar así. Para mí es una asesina. Una asesina —la acusó, resignada, señalándola con el dedo índice.
Pero Benjamín volvió a insistirle en que se moviera, algo que, por supuesto, no hizo. Por lo que se la llevó a la fuerza y ambos abandonaron el lugar justo cuando la madre de Amber regresaba. Benjamín en su auto y Lili con sus padres.
Madre e hija volvieron a su casa a pie, ya que el pueblo era pequeño y no les tomaría mucho llegar. Ahora, Amber recordaba muy bien que Foretson siempre había sido un tanto misterioso: por su gente y por sus actividades, su transporte, su ubicación casi inexistente y su límite con otros pueblos. Después del cartel de bienvenida, hacia los otros territorios, solo había verde, árboles y ni un alma en vida merodeando por las avenidas deshabitadas. Esto la llevaba a pensar que James había llegado al pueblo en algún momento. Tenía que haber sido así. De lo contrario, lo recordaría. En un lugar como Foretson, donde todos parecían conocerse desde siempre, su ausencia en la memoria resultaba demasiado evidente.
James estaba allí, pero no existía en sus recuerdos. No sabía cuándo había llegado, cómo se había integrado, ni en qué punto de su vida había comenzado a ocupar un espacio en ella. Simplemente, aparecía en ese vacío que no lograba llenar, como si hubiera entrado en su historia, en su cabeza, cuando ella ya no estaba del todo allí.
Eso era lo que más la inquietaba: no que James fuera un desconocido, sino que su memoria hubiera decidido borrarlo por completo, junto con todo lo que había ocurrido antes.
Extraño. Había vivido toda su vida en el mismo sitio y, aun así, sentía al pueblo como algo que nunca terminaba de conocer del todo. Amber no solía salir demasiado de casa; prefería quedarse en su cuarto, donde todo parecía mantenerse bajo control. Allí, al menos, nada podía ponerla en peligro.
Ni bien había llegado, se tomó algo para el dolor de cabeza y fue a su cuarto para revolver todo, cajones, estantes, debajo de su cama. Buscaba algo, aunque no sabía bien qué. Quizás cualquier objeto que le devolviera una sensación de continuidad. Algo que le dijera que sucedía antes de ese vacío. Pero nada parecía encajar. Todo le resultaba familiar y, al mismo tiempo, distante.
Para ella, desde la ventana de su habitación, el pueblo siempre le parecía tranquilo. Había aprendido, con el tiempo, que mantenerse al margen era una forma de protegerse. Por eso prefería resguardarse allí, lejos de las calles y de ese misterio que envuelve el pueblo y que los mismos habitantes se encargan de mantener. Tiene razones para observar por su ventana los acontecimientos y no exponerse a ellos.
—Cariño, olvidé decírtelo —dijo su madre desde la puerta, irrumpiendo lo que hacía—. Tu tutor me va a pasar tus nuevos horarios. Hizo un cambio, supongo que por lo ocupado que está… y también por lo de James.
Amber levantó la vista. Dejó lo que estaba haciendo y se sentó sobre su cama.
—¿Tutor?
—Sí, Benjamín, tu tutor —respondió, apoyándose en el marco—. Hoy estabas hablando con él. Me sorprendió que no te lo haya mencionado. Se supone que tomabas clases de lengua extranjera con él. Francés.
Amber negó despacio con la cabeza.
—No… no lo recuerdo.
Su madre soltó un suspiro breve, cargado de preocupación.
—Quizás el golpe fue más fuerte de lo que pensamos. Deberíamos revisarte con un médico. Anoche, cuando llegaste, él me dijo que estabas bien. No creí que fuera tan grave.
Amber frunció el ceño.
—¿Quién te dijo qué? ¿Salir? ¿Sabes quién me dejó en casa?
—No me dijiste a dónde ibas. Solo avisaste que volverías tarde. Estabas enojada… ¿te sientes bien?
—Mamá —insistió—, ¿quién me dejó en casa?
—Él fue. Benjamín.
Al escuchar de quien se trataba, Amber sintió algo extraño en el pecho. Una molestia, quizás indignación. ¿Por qué no se lo habia dicho?
—La verdad es un muchachito muy bueno y atento —continuó su madre—. Te trajo inconsciente entre sus brazos y me ayudó a llevarte a tu cuarto. Deberías agradecerle por haberte traído. Me estaba preocupando porque no regresabas.
—Sí… eso haré cuando lo vuelva a ver —respondió Amber, distante, como si hablara desde otro lugar—. Dime algo más, mamá. ¿Él también estaba lastimado? ¿Notaste algo raro cuando me trajo?
—Tenía el jean rasgado en la pierna derecha. Se lo veía cansado. Ah… y el brazo le estaba sangrando. Me ofrecí a ayudarlo, a curarle la herida, pero no quiso. Todo fue muy raro. Dijo que habías ido a verlo, que después fuiste al bosque y que tuvieron un percance.
—Sí… pienso lo mismo —murmuró Amber—. No tiene sentido.
Un escalofrío le recorrió por el cuerpo. Su mente se llenó de imágenes confusas sobre esa avenida que corría junto a esos chicos. Otra vez el mismo recuerdo. ¿Benjamín la había llevado a casa? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Y qué había pasado esa noche? ¿Por qué ambos estaban heridos? ¿Por qué ella había ido a verlo? ¿Qué hicieron en el bosque? ¿Lili también estaba con ellos? Si estaba, ¿por qué no fue ella quien se tomara la molestia? ¿Y James? ¿En qué momento de la persecución lo habían dejado atrás, si es lo que le sigue al recuerdo borroso de su mente? ¿Y si los tres eran culpables por haberlo abandonado, por haberlo dejado morir?
Luego de la charla con su madre, cenaron y más tarde fue a su cuarto, donde se dejó caer sobre la cama exhausta. Quedó acostada boca arriba, mirando un punto fijo en el techo, hasta que los párpados comenzaron a pesarle. El cansancio la envolvía como si llevara tiempo sin descansar, y la idea de que este pudiera devolverle la memoria la reconfortaba. Pero el sueño no trajo respuestas, solo vueltas en la cama e inquietudes que le impedían conciliarlo. Al rato, no tardó en despertarse sobresaltada por una pesadilla; el corazón le latía con fuerza en el pecho. Intentó calmarse, respirando profundamente, pero el miedo que sintió había sido tan fuerte que no pudo volver a cerrar los ojos. Algo se estaba moviendo en la oscuridad. Sombras danzaban en su ventana, alargándose y contrayéndose como si algo estuviera acechando tras el cristal.
Tragando saliva, se acercó cautelosamente y miró hacia afuera. La luna proyectaba largas sombras sobre la calle desierta, pero entre ellas, una figura se destacaba. Era alta y oscura, con el rostro oculto en la penumbra. Era el hombre de sus visiones borrosas, el que la perseguía en sus recuerdos fragmentados. Entonces, el miedo la impulsó a la acción. Sin pensarlo dos veces, salió corriendo de la casa, decidida a enfrentar a la misteriosa figura. Pero cuando llegó a la calle, no había nada. Solo una nota, doblada y arrugada, que estaba debajo de sus pies. La recogió con manos temblorosas y la desplegó. En ella, una frase, escrita con una letra elegante que la dejó helada: “No busques respuestas. Deja las cosas como están o serás las siguiente en la lista…”.
Con la respiración acelerada miró hacia ambos lados de su avenida, para comprobar si entre las sombras podía identificar al dueño de la nota. No había nadie. Volvió a su habitación, la nota apretada en su mano, otra frase que se le quedaría grabada en la mente.