fuzzy pink [jenlisa]

Summary

lisa llega tarde a casa, jennie no está feliz. [lisa g!p]

Genre
Erotica
Author
peaches
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

handcuffs

Eran casi las diez de la noche cuando Lisa entró al departamento. El silencio era absoluto, solo roto por el suave zumbido del aire acondicionado. Dejó las llaves en la entrada y caminó hacia la sala, sintiendo una mezcla de culpa y nerviosismo. En sus manos apretaba un ramo de flores y la caja de bombones.

—¿Jen? Amor, ya llegué... —susurró Lisa, intentando distinguir algo en la oscuridad.

—Llegas tarde, Lalisa.

La voz de Jennie vino desde el comedor. Estaba sentada a la cabecera de la mesa, con una pierna cruzada y una copa de vino tinto que apenas rozaba sus labios. Llevaba una bata de seda negra entreabierta y su mirada era tan afilada que Lisa sintió un escalofrío recorrerle la columna.

—Lo siento, amor, de verdad. Mira, te traje esto... —Lisa se acercó, intentando dejar las flores sobre la mesa, pero Jennie levantó una mano, deteniéndola.

—No quiero flores. Quiero que me expliques por qué tardaste tanto —dijo Jennie, poniéndose de pie con esa elegancia felina. Se acercó a Lisa y, con un movimiento lento, le quitó el ramo y los bombones, dejándolos caer al suelo sin dejar de mirarla a los ojos—. Deja la mochila en el suelo. Quítate la camisa y el pantalón.

Lisa tragó saliva. Conocía ese tono. Era el tono de la Jennie enojada, la que no aceptaba disculpas baratas, la que quería ser complacida. Obedeció en silencio, dejando su torso bronceado y sus brazos al descubierto bajo la luz tenue de la lámpara.

—Ahora, siéntate en esa silla —ordenó Jennie, señalando la silla del comedor.

Lisa se sentó, sintiendo el corazón martilleando contra sus costillas. Jennie caminó detrás de ella. Lisa sintió las manos pequeñas y frías de su mujer acariciarle los hombros, bajando por sus brazos tensos hasta llegar a sus muñecas. Entonces, escuchó el sonido metálico.

La pelinegra sacó unas esposas rosadas de peluche. Con una lentitud desesperante, llevó los brazos de Lisa hacia atrás, rodeando el respaldo de la silla.

Click. Click.

El metal se cerró firmemente sobre las muñecas de Lisa. La posición obligaba a Lisa a sacar el pecho hacia adelante, dejando sus abdominales estirados y marcados, y su verga presionando peligrosamente contra el bóxer.

—Así me gustas más —susurró Jennie al oído de Lisa, rodeando la silla para quedar frente a ella—. Inmovilizada. Sin poder tocar nada de lo que mami te va a ofrecer ahora.

Jennie se sentó a horcajadas sobre los muslos de Lisa, pero sin darle contacto total todavía. Se dedicó a observar el cuerpo de su novia con una sonrisa de suficiencia.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta de que llegues tarde? —preguntó Jennie, pasando la punta de su uña por la línea del abdomen de Lisa, bajando muy, muy lento—. Que me dejas con toda esta energía acumulada... y ahora vas a tener que ser una niña muy paciente mientras yo decido qué hacer contigo.

Lisa cerró los ojos, jadeando. El simple hecho de estar atada a la silla mientras Jennie la devoraba con la mirada era suficiente para volverla loca.

—Mírame cuando te hablo, bebé —le ordenó Jennie, sujetándole la barbilla con firmeza—. ¿Estás lista para que me divierta un rato?

La mayor se acomodó sobre los muslos de Lisa, moviendo sus caderas, torturando a la castaña. No tenía ninguna prisa por llegar al final; para ella, el placer estaba en ver cómo su imponente novia se deshacía bajo su mando, atada a esa silla de madera que ahora crujía ante cada intento desesperado de Lisa por acercarse.

—¿Sabes qué hice mientras tú estabas tan "ocupada" en la oficina? —susurró Jennie, pasando sus dedos por los bíceps de Lisa, delineando cada vena que se marcaba por la tensión de las esposas—. Me di un baño largo. El agua estaba caliente, pero no tanto como yo. Me puse este conjunto de seda pensando en cómo me lo ibas a quitar... y luego pasaron las horas.

Jennie soltó una pequeña risa cínica, una que solo Lisa conocía, y le dio un tirón suave al cabello castaño de su novia para obligarla a echar la cabeza hacia atrás.

—Mami se puso de muy mal humor, Lisa. Tuve que tomarme una copa de vino para calmarme —continuó, bajando el rostro para rozar su nariz con la de Lisa—. Y ahora que estás aquí, me parece que lo más justo es que tú sientas exactamente lo que yo sentí: una espera eterna.

Jennie empezó a trazar círculos con la punta de su lengua por el cuello de Lisa, bajando muy lento hacia sus clavículas, pero deteniéndose justo antes de llegar a sus pezones, que estaban duros por el frío y la excitación.

—Dime una cosa, baby... —ronroneó Jennie, bajando la mano para acariciar la tela del bóxer de Lisa, rozando apenas la punta de su pene con la palma—. ¿Te gusta que te hable así? ¿Te gusta saber que estuve toda la noche imaginando cómo te verías aquí, esposada y suplicando?

—Jen... por favor, mami... tócame—jadeó Lisa, cerrando los ojos mientras sus abdominales se contraían violentamente bajo el toque de Jennie.

—¿Que te toque? —Jennie se alejó un poco, fingiendo ofensa, y le dio una cachetadita suave en la mejilla—. Las buenas niñas no dan órdenes. Las buenas niñas escuchan. Y yo todavía no he terminado de contarte lo mucho que me dolió que me ignoraras por estar trabajando.

Jennie se puso de pie un momento, rodeando la silla como una depredadora. Lisa intentaba seguirla con la mirada, pero las esposas la mantenían fija en su sitio. De repente, Jennie volvió a aparecer frente a ella con un bombón de la caja que Lisa había traído. Lo mordió a la mitad, dejando que un poco del relleno de licor y chocolate escurriera por su labio.

—¿Quieres un premio, Lisa? —preguntó Jennie con voz ronca, acercando el chocolate a los labios de Lisa, pero retirándolo justo cuando ella intentó morderlo—. No, no. Primero tienes que demostrarme que eres toda mía. Que no hay nada en ese trabajo, ni en este mundo, que te importe más que complacer a mami.

Jennie se inclinó y, con una mirada cargada de una suciedad deliciosa, le pasó la lengua por el labio inferior, saboreando el chocolate y el deseo de Lisa al mismo tiempo.

—Dilo —ordenó Jennie, volviendo a presionar su cuerpo contra el de Lisa—. Dime quién te manda. Dime quien es tu dueña.

Lisa bajó la cabeza por un segundo, completamente rendida ante la voz de Jennie. El sonido de las esposas contra la madera era el único acompañamiento para su confesión. Su respiración era un desastre, un caos de jadeos que chocaban contra la piel de Jennie.

—Lo siento, mami... de verdad lo siento —susurró Lisa, levantando la vista con esos ojos de cachorro que siempre lograban ablandar el corazón de Jennie, aunque ahora estuvieran oscurecidos por la necesidad—. Solo tú me mandas. Nadie más. Todo lo que soy es tuyo... por favor.

Lisa intentó inclinarse hacia adelante, estirando el cuello lo más que podía, buscando desesperadamente el contacto.

—Por favor, Jen... dame un beso. Solo un beso —suplicó Lisa, con la voz quebrada—. Necesito sentirte.

Jennie la observó desde arriba, disfrutando de la vulnerabilidad de su novia. Se tomó su tiempo, acariciando con el pulgar el labio inferior de Lisa, que temblaba por la anticipación. Jennie sonrió, una sonrisa de gata satisfecha, y se acercó lentamente, rozando sus labios con los de Lisa, dejando que sintiera el sabor del chocolate y el vino, pero sin llegar a profundizar el beso.

—¿Quieres un beso? —murmuró Jennie contra su boca, su aliento cálido volviendo loca a Lisa—. Las niñas que llegan tarde no reciben besos dulces, Lisa. Reciben esto.

En un movimiento brusco y cargado de dominio, Jennie le agarró el cabello con fuerza para mantener su cabeza fija y, en lugar del beso tierno que Lisa esperaba, le escupió directamente en la boca abierta.

Lisa dio un respingo, se tensó al máximo contra el respaldo de la silla y sus ojos se abrieron de par en par, pero no se apartó. Al contrario, tragó con avidez, aceptando la marca de posesión de Jennie como si fuera el regalo más preciado del mundo. Antes de que Lisa pudiera reaccionar, Jennie hundió sus dientes en su labio inferior, mordiéndola con una fuerza que le arrancó un gemido ronco de dolor y placer mezclados.

—Eso es lo que mami tiene para ti hoy —siseó Jennie, separándose apenas unos milímetros, con los labios brillando por la saliva y el rastro del chocolate—. Ahora, mami va a encargarse de que no olvides nunca a quien le perteneces.

Jennie bajó la mirada hacia los bóxers de Lisa, que estaban a punto de romperse por la presión. Sacó la verga de Lisa de sus bóxers y con una mano, empezó a masturbarla muy, muy lento, casi con pereza, mientras que con la otra se deslizó más abajo para empezar a jugar con sus bolas, apretándolas rítmicamente.

—¿Te gusta así? —preguntó Jennie, volviendo a su tono mimado pero cruel—. ¿Te gusta que mami te escupa y te muerda mientras te toca tan rico? Dime qué quieres que te haga, Lisa. Dilo.

—Sí. Chúpamela, mami. Por favor.

Jennie soltó una carcajada nasal, una mezcla de incredulidad y fascinación por la audacia de su novia. Se alejó apenas unos centímetros de la cara de Lisa, lo suficiente para ver cómo el pecho de la castaña subía y bajaba frenéticamente, con los abdominales marcándose en cada inhalación.

—¿Que mami haga qué? —preguntó Jennie, arqueando una ceja con una sonrisa de pura malicia—. Qué atrevida te pones cuando estás esposada, Manobal. Me hablas como si tú tuvieras el control aquí.

Jennie bajó la mano de nuevo, pero en lugar de darle lo que pedía, empezó a jugar con la punta de Lisa, apenas rozándola con la yema de su dedo índice, trazando círculos lentos y húmedos. Con la otra mano, aumentó la presión sobre sus bolas, apretándolas con un ritmo constante que hacía que Lisa soltara pequeños gruñidos de frustración.

—Mami lo hará cuando mami quiera —siseó la mayor, inclinándose para morderle el cuello justo donde se siente el pulso—. Por ahora, vas a disfrutar de cómo te toco. Vas a sentir cómo mis dedos te vuelven loca mientras tú no puedes mover ni un solo músculo para detenerme o para alcanzarme.

Jennie se deslizó de la silla y se arrodilló entre las piernas de Lisa, pero no se la llevó a la boca todavía. Se quedó allí, observando la verga de Lisa con una devoción casi religiosa. Sopló aire caliente sobre la punta, solo para ver cómo Lisa tiraba de las esposas con una fuerza que hacía crujir la madera de la silla.

—Mírate... estás goteando para mí —murmuró Jennie, estirando un dedo para recoger una gota del líquido preseminal y llevársela a su propia boca, saboreándola frente a Lisa—. Estás tan desesperada. Dime, ¿qué tan fuerte quieres que mami te la chupe? ¿Quieres que sea suave o quieres que sea tan sucia que te haga llorar?

Lisa tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos en blanco y los bíceps hinchados por la tensión de estar atrapada.

—¡Como quieras, Jen! ¡Solo hazlo! —rugió Lisa, su voz sonando más como una súplica que como una orden—. ¡Por favor, chúpamela ya!

Jennie sonrió, satisfecha por haberla llevado al límite de la cordura. Sin previo aviso, envolvió la base con su mano firme y, con una mirada cargada de posesividad, abrió la boca para tomarla por completo de un solo golpe.

El sonido de la succión llenó el silencio de la sala, mezclándose con los gemidos roncos de Lisa y el tintineo violento del metal contra la silla. Jennie la miró desde abajo, con sus ojos gatunos fijos en los de Lisa, mientras trabajaba con una voracidad que prometía.

Mientras su boca trabajaba rítmicamente, succionando y recorriendo cada vena de Lisa, Jennie llevó sus propias manos hacia su pecho. Con una lentitud tortuosa, deslizó los tirantes de su bata de seda hasta que sus hombros quedaron al descubierto, dejando que la tela cayera lo suficiente para exponer sus tetas ante los ojos hambrientos de Lisa.

Jennie empezó a jugar con sus propias tetas, apretándolas y moldeándolas mientras seguía chupándosela a Lisa. Gemía contra la piel de la castaña, un sonido húmedo y profundo, mientras sus propios dedos pellizcaban sus pezones, endureciéndolos.

Lisa, atrapada en la silla, sentía que el cerebro se le iba a derretir. Ver a Jennie así, con los ojos entornados, disfrutando de su propio cuerpo mientras la devoraba a ella, era una imagen demasiado poderosa. Lisa intentaba tirar de las esposas, queriendo liberarse solo para poder apretar esas tetas ella misma.

—Mmm... —Jennie se separó un segundo, dejando un hilo de saliva conectando su boca con la punta de Lisa. Se pasó una mano por su propio escote, humedeciendo su piel con su propia excitación—. Mírame, baby. Mira lo que me haces sentir. Me encanta que estés ahí, atadita, viendo cómo mami se toca para ti mientras te deja seca.

Jennie volvió a bajar, pero esta vez fue más agresiva. Mordisqueó la base y luego volvió a subir para juguetear con la punta usando solo la punta de su lengua, todo esto mientras seguía amasando sus propias tetas con una mano y usando la otra para apretar las bolas de Lisa.

—¿Te gusta ver a mami así de sucia? —le preguntó con voz ronca, sin soltarla del todo—. ¿Quieres preñar a mami ahora que está tan excitada por tu culpa?

Lisa estaba al borde del colapso. Sus abdominales eran rocas y su respiración se había convertido en un rugido constante de súplica.

—¡Jen, por favor! ¡Si! —rogó Lisa, con los ojos inyectados en deseo—. ¡Quiero llenarte! ¡Quiero que dártelo todo!

Jennie se detuvo solo un instante, dejando que la punta de la menor rozara su mejilla, húmeda por la saliva y el chocolate. Se quedó ahí, arrodillada entre las piernas de su novia, observando con una devoción casi obsesiva esa anatomía que la volvía loca. Pasó su mano por todo el eje, apretándolo con una posesión que hizo que Lisa soltara un gemido que retumbó en todo el comedor.

—Dios, Lisa... —susurró Jennie, con la voz cargada de una lujuria profunda—. Me encanta esta verga grandota. Es increíble lo perfecta que es para mí.

Jennie volvió a rodearla con sus dedos, admirando el contraste de su piel pálida contra la de Lisa, mientras su otra mano seguía amasando sus tetas, pellizcando sus pezones con una urgencia que delataba lo mucho que ella también estaba disfrutando del espectáculo.

—Soy una adicta... —continuó Jennie, inclinándose para lamer la base con una lentitud tortuosa—. Soy adicta a cómo te pones de dura, a cómo goteas cuando mami te habla así, y a cómo me llenas por completo. Eres mi juguete favorito, ¿lo sabías?

Lisa tiró de las esposas con tanta fuerza que la silla se tambaleó. Sus brazos estaban al límite, las venas marcadas por el esfuerzo de querer soltarse y devorar a Jennie ahí mismo. El hecho de escuchar a su mujer admitir su adicción, de verla tocándose a sí misma mientras idolatraba su cuerpo, era el combustible final para su cordura.

—Soy tuya, Jen, soy toda tuya…—rugió Lisa, con la frente llena de sudor y los ojos desenfocados.

Jennie soltó una risita burlona, encantada con la desesperación de su novia. Volvió a jugar con la punta, dándole mordisquitos suaves que hacían que Lisa soltara pequeños espasmos, y luego volvió a envolverla con su boca, esta vez mucho más profundo, usando su garganta mientras seguía apretando sus propias tetas con fuerza, gimiendo contra la carne de Lisa.

—Mmm... —se separó apenas un milímetro, con los labios brillando—. ¿Quieres que mami se tome hasta la última gota? ¿Quieres ver cómo me lo trago todo mientras me toco para ti?

Jennie no le dio ni un segundo de tregua. Al ver que Lisa estaba en el punto de no retorno, con los ojos en blanco y los abdominales contraídos en un espasmo eterno, Jennie succionó con una fuerza abrumadora, usando su lengua para presionar el frenillo mientras sus propias manos seguían apretando sus pechos con violencia.

—¡Jen! ¡Mami! ¡Me voy a...! —el grito de Lisa se rompió en un rugido ronco cuando finalmente colapsó.

Bajo el mando de las esposas, el cuerpo de Lisa se arqueó violentamente mientras descargaba todo directamente en la garganta de Jennie. Fue una explosión prolongada, potente, cargada de toda la frustración y el deseo acumulado de la noche. Jennie no se apartó; al contrario, lo recibió todo con una devoción hambrienta, sus mejillas hundiéndose mientras se lo tragaba todo, gota a gota, sin desperdiciar nada del premio de su adicción.

Cuando Lisa finalmente se desplomó contra el respaldo de la silla, jadeando y con los músculos temblando por el post-orgasmo, Jennie se separó con un sonido húmedo. Tenía los labios brillantes y una mirada de triunfo absoluto.

Pero el juego no había terminado.

Jennie estiró su mano y recogió el excedente que aún quedaba en la punta de Lisa, dejando que el fluido espeso y blanquecino cubriera sus dedos. Miró a Lisa a los ojos, con una sonrisa pecaminosa, y bajó su mano lentamente hacia su propio cuerpo.

—Mira, mi amor... mira lo que mami hace con lo que es suyo —susurró Jennie con voz ronca.

Frente a los ojos desenfocados de Lisa, Jennie deslizó sus dedos bañados en el semen de su novia hacia abajo, perdiéndose entre sus propios labios. Se lo llevó directamente a su centro, untándose con la marca de Lisa, gimiendo al sentir el calor del fluido mezclándose con su propia humedad.

—Mmm... —Jennie cerró los ojos, introduciendo un dedo lentamente mientras se acariciaba con el resto—. Me encanta estar llena de ti. Me encanta estar marcada por ti.

Lisa solo podía observar, con el corazón latiendo desbocado, cómo su mujer se masturbaba frente a ella usando lo que acababa de salir de su cuerpo. La imagen de Jennie, hermosa y dominante, reclamando su semilla de esa forma tan sucia y posesiva, era el final perfecto para su rendición.

—Eres increíble…

Jennie soltó una risita baja, cargada de una ternura oscura, mientras observaba a Lisa completamente agotada, con los músculos todavía vibrando bajo el efecto del orgasmo. Con una lentitud felina, Jennie se puso de pie, relamiéndose los labios para saborear hasta el último rastro de su novia.

—Qué hermosa se ve mi bebé deslechada —susurró Jennie, pasando sus dedos por la mejilla sudada de Lisa—. Tan fuerte, tan grande, y mami te ha dejado vacía en un segundo.

Jennie se acomodó de nuevo, sentándose en las piernas de Lisa. Al estar Lisa atada a la silla, Jennie tenía el control total del movimiento. Empezó a frotar su intimidad, ahora empapada en la propia esencia de Lisa, contra los muslos tonificados de la castaña y contra su verga, que empezaba a relajarse pero seguía sensible al extremo.

El roce de la seda de Jennie y su humedad mezclada hizo que Lisa soltara un sollozo de puro sentimiento.

Jennie se inclinó y, esta vez, no hubo juegos de saliva ni mordiscos crueles. La besó con una pasión desbordante, una unión profunda donde sus lenguas se entrelazaron reclamando cada rincón, saboreándose mutuamente.

—Jen... —jadeó Lisa entre el beso, tirando débilmente de las esposas, su voz sonando vulnerable y llena de amor—. Te amo... Dios, te amo tanto. Quiero sentirte, amor. Por favor, no quiero estar más lejos de ti. Quiero tocarte.

Lisa la miraba con una adoración que derretiría a cualquiera. Jennie, sintiéndose la mujer más amada y dueña del mundo, detuvo sus movimientos y acunó el rostro de Lisa entre sus manos.

—Mami también te quiere sentir, baby —murmuró Jennie, su tono volviéndose mimoso y dulce—. Has sido una niña tan buena, aceptando ser mi juguete sin quejarte...

La mayor buscó en el bolsillo de su bata la pequeña llave y, con un sonido metálico que trajo la liberación, abrió las esposas.

En cuanto el último click de las esposas resonó en la sala, Lisa no esperó ni un segundo. Sus manos, finalmente libres, volaron hacia la cintura de Jennie, apretándola con una desesperación cargada de adoración. Con un movimiento fluido que hizo alarde de su fuerza, Lisa se puso de pie, cargando a Jennie en sus brazos como si no pesara nada.

Jennie soltó una risita, enredando sus piernas alrededor de la cintura de Lisa y sus brazos en su cuello.

—¡Lili! —chilló suavemente, disfrutando de la sensación de ser elevada.

—Te tengo, mami. Ya no te vas a ningún lado —gruñó Lisa con voz ronca, sellando sus labios con un beso hambriento mientras caminaba a grandes zancadas hacia la habitación.

Cada paso de Lisa era firme, su cuerpo aún vibrante por la adrenalina. Al entrar al dormitorio, la luz de la luna bañaba la cama. Lisa depositó a Jennie sobre las sábanas de seda con una delicadeza que contrastaba con el fuego en su mirada.

Sin perder tiempo, Lisa se posicionó sobre ella, atrapando las manos de Jennie sobre su cabeza, emulando la posición en la que ella misma había estado hace un momento.

—Ahora es mi turno de adorarte —susurró Lisa, sus ojos recorriendo cada curva de Jennie—. Quiero quitarte esta seda, quiero ver cada centímetro de mi mujer y comérmela entera.

Lisa empezó a desnudarla, deslizando la bata de Jennie con una reverencia casi religiosa. Lisa no perdió ni un segundo más. Con Jennie extendida sobre las sábanas, Lisa se dejó llevar por ese instinto hambriento que solo su mujer lograba despertar. Se posicionó sobre ella, admirando la piel pálida de Jennie contrastando con la seda oscura de la cama.

Empezó por sus pechos, tratándolos con una devoción casi religiosa. Le chupó las tetas con una mezcla de ternura y desesperación, rodeando sus pezones con la lengua y succionando con fuerza, escuchando cómo Jennie soltaba gemidos agudos y enterraba sus dedos en el cabello de Lisa.

—Lisa... oh, Dios... —jadeaba Jennie, arqueando la espalda, sintiendo los mordiscos juguetones que Lisa le daba en la base de sus pechos.

Pero Lisa quería más. Quería saborear a Jennie de la misma forma en que Jennie la había saboreado a ella en la silla. Se deslizó hacia abajo, recorriendo con besos lentos el abdomen de Jennie, hasta llegar al centro de su calor.

Sin previo aviso, Lisa separó sus piernas y empezó a comérsela con una pasión arrolladora. Usó su lengua con trazos largos y firmes, buscando ese punto exacto que hacía que Jennie perdiera el sentido. El sabor de Jennie, mezclado con el rastro de la propia esencia de Lisa que Jennie se había untado antes, era un cóctel embriagador que volvía loca a la menor.

—¡Lisa! ¡Mmm, más fuerte! —gritó Jennie, tirando de las sábanas, con sus caderas moviéndose al ritmo de la lengua experta de su novia.

Lisa no se detuvo; succionaba y lamía con una voracidad que buscaba compensar cada minuto que pasó atada a esa silla. Hundía su rostro entre los muslos de Jennie con una determinación que dejó a la pelinegra sin aliento. El aroma de Jennie, intensificado por el juego previo y la excitación, era como una droga para ella.

Lisa usó sus manos para abrirla por completo, sujetando sus nalgas con firmeza mientras sus pulgares acariciaban la parte interna de sus muslos. Se la comía con una técnica lenta y profunda, deslizando su lengua desde abajo hacia arriba, recorriendo cada pliegue con una humedad asfixiante.

Se centró en su clítoris, atrapándolo entre sus labios y succionándolo rítmicamente, creando un vacío que hacía que Jennie soltara gritos roncos y tratara de cerrar las piernas, solo para ser frenada por la fuerza de los bíceps de Lisa.

—Lisa... ¡ah! —gemía Jennie, con la cabeza moviéndose de lado a lado sobre la almohada.

Lisa no le daba tregua. Empezó a usar la punta de su lengua para dar toques rápidos y eléctricos, alternándolos con lametones largos que cubrían toda la zona. Metió dos dedos dentro de Jennie, moviéndolos al compás de su lengua, sintiendo cómo las paredes de su mujer se contraían y la abrazaban, empapándola por completo.

El sonido era puramente animal: el eco de los besos húmedos de Lisa mezclándose con los gemidos desesperados de Jennie. Lisa subió un momento la mirada, con la barbilla brillando por la humedad de la pelinegra, y la miró con una devoción feroz antes de volver a bajar para devorarla con más fuerza, mordisqueando apenas la piel sensible a su alrededor para volverla loca de placer.

El cuerpo de Jennie se tensó. Sus dedos se enterraron con fuerza en el cabello de Lisa, tirando de ella hacia su centro mientras sus caderas se elevaban de las sábanas en un espasmo incontrolable. Lisa no se detuvo; succionó con más fuerza justo cuando el primer espasmo del orgasmo sacudió a Jennie, bebiéndose sus gemidos y su placer.

—¡Lisa! ¡Dios! —gritó Jennie, con la voz rota, mientras su clímax la golpeaba en oleadas eléctricas.

Jennie colapsó contra el colchón, temblando, con la respiración convertida en sollozos de puro éxtasis. Pero antes de que el hormigueo empezara a desaparecer, Jennie abrió los ojos, empañados por el deseo, y miró a Lisa. Sus manos bajaron desesperadas hacia los hombros de la castaña, tirando de ella hacia arriba.

—Ahora... —jadeó Jennie, con una urgencia que no aceptaba un no por respuesta—. Lili, necesito que estés dentro de mí. Ahora mismo. Préñame.

Lisa, con la barbilla aún brillando por la humedad de Jennie y los ojos encendidos en una lujuria animal, no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se posicionó entre sus piernas, que seguían temblando de par en par. Sus abdominales se marcaron mientras se elevaba sobre Jennie, sujetando sus muñecas contra la almohada, pero esta vez con la calidez de la piel contra la piel.

Con un movimiento lento, firme y profundo, Lisa entró en ella de un solo empuje, llenando a Jennie por completo.

—Ahhh... sí... —Jennie soltó un suspiro que fue mitad gemido y mitad alivio, rodeando la cintura de Lisa con sus piernas para anclarla, para no dejar que se alejara nunca—. Así, mi amor ... no pares, hazme tuya.

Lisa empezó a moverse con un ritmo salvaje, sus bíceps flexionándose mientras marcaba el paso, golpeando profundamente, decidida a que Jennie no olvidara ni por un segundo quién era la dueña de su placer.

Lisa se movía con una cadencia poderosa, cada embestida era profunda y cargada de una posesión absoluta. Sus brazos se mantenían tensos mientras sostenía el peso de su cuerpo sobre Jennie, admirando cómo los pechos de su mujer rebotaban suavemente con el ritmo que ella marcaba.

—Dios, Jen... —gruñó Lisa cerca de su oído, su voz sonando ronca y vibrante—. Estás tan apretada, tan caliente... amo estar aquí dentro. Amo ser la única que te llena así.

Lisa no dejaba de besarla; eran besos hambrientos, húmedos, que sabían a la pasión que habían desatado durante toda la noche. Le besaba los labios, la mandíbula, y luego bajaba al cuello para dejar pequeñas marcas que la mayor luciría al día siguiente como trofeos.

Jennie, por su parte, tenía las uñas clavadas en la espalda de Lisa, soltando gemidos entrecortados que volvían loca a la castaña. Sentir a Lisa moviéndose dentro de ella, con esa fuerza y esa devoción, la hacía sentir completa.

—Eres mía, Lisa... —jadeó Jennie, rodeando con sus piernas la cintura de Lisa para obligarla a entrar aún más profundo—. Toda mía... no dejes de darme...

Lisa aumentó la intensidad, sus abdominales se contraían con cada empuje, y el sonido del impacto de sus cuerpos llenaba la habitación. Lisa cerró los ojos, disfrutando de la fricción perfecta, del calor y de la conexión emocional que siempre hacía que su sexo fuera algo más que solo placer. Estaba completamente perdida en Jennie, entregada a la tarea de adorar a su mujer con cada centímetro de su ser.

Lisa no se guardó nada. Al ver que Jennie estaba totalmente entregada, la menor decidió llevar el placer a un nivel mucho más profundo y físico. Con la fuerza de sus bíceps, Lisa sujetó las piernas de Jennie por debajo de las rodillas y las elevó con firmeza, llevándoselas hasta los hombros.

Esa posición dejó a Jennie completamente abierta, vulnerable y lista para que Lisa entrara con una profundidad que le arrancó un grito que se perdió en las paredes de la habitación. La castaña empezó a darle más duro, con embestidas potentes y rítmicas que hacían que la cama crujiera con cada impacto. Sus abdominales se tensaban mientras marcaba un paso implacable, disfrutando de cómo Jennie se deshacía bajo ella.

En medio de ese ritmo salvaje, Lisa inclinó la cabeza y empezó a besarle la pantorrilla a Jennie, subiendo con besos húmedos y mordiscos suaves por su pierna, adorando cada centímetro de su piel mientras seguía cogiéndosela con una fuerza animal.

—¡Lisa! ¡D-Dios mío... me vas a romper! —gritó Jennie, con los ojos en blanco y las manos apretando las sábanas con desesperación.

—Te amo, Jen... eres mi todo, mi vida —gruñó Lisa, sin disminuir la velocidad, sintiendo cómo las paredes de Jennie la abrazaban con una presión deliciosa.

Lisa estaba en éxtasis, viendo a su novia ahora reducida a un mar de gemidos y espasmos, totalmente poseída por el momento. La conexión era total; Lisa se sentía invencible estando dentro de ella, y Jennie se sentía la dueña del universo recibiendo todo lo que Lisa tenía para darle.

Lisa sabía exactamente lo que Jennie necesitaba para cruzar la línea final. Sin dejar de embestir con esa fuerza profunda y rítmica que tenía a Jennie al borde del delirio, Lisa liberó una de sus manos y la bajó con precisión. Encontró el clítoris de Jennie, ya hipersensible y empapado, y empezó a frotarlo con el pulgar, aplicando una presión firme y circular que se sincronizaba perfectamente con cada golpe de sus caderas. El contraste fue devastador para Jennie: la plenitud total por dentro y la estimulación eléctrica por fuera.

—¡Te amo! ¡Mhmmm! —chilló Jennie, con el cuerpo arqueándose como un arco tenso, sus piernas temblando violentamente alrededor.

Jennie estalló primero. Fue un orgasmo volcánico que la dejó sin aire, con las paredes de su centro contrayéndose en oleadas tan fuertes que casi expulsaban a Lisa, solo para succionarla de nuevo con más fuerza. Ese nivel de presión y el sonido de los gritos de placer de su mujer fueron el detonante final para Lisa.

—¡Jen...! —rugió Lisa, con los bíceps y los abdominales vibrando por el esfuerzo.

Lisa también estalló, vaciándose con una potencia que pareció durar una eternidad, llenando a Jennie hasta lo más profundo, compartiendo ese calor líquido que sellaba la noche. Se dejó caer sobre el pecho de Jennie, pesada y satisfecha, enterrando su rostro en el hueco de su cuello mientras ambas intentaban recuperar el aliento en medio del silencio sudoroso de la habitación.

Después del estallido de placer, el silencio en la habitación solo se veía interrumpido por sus respiraciones agitadas y el latido desbocado de sus corazones, que poco a poco empezaban a sincronizarse.

Jennie, con el cuerpo aún vibrando y la piel sensible por el sudor y el amor, rodeó la espalda de Lisa con sus brazos, abrazándola fuerte, hundiendo sus dedos en sus hombros con una ternura infinita.

—¿Mi bebé tiene hambre? —le susurró Jennie al oído, su voz ahora suave, mientras le daba un beso largo en la sien.

Lisa levantó la cabeza, con los ojos todavía entrecerrados y una sonrisa de absoluta adoración.

—Mucha... me dejaste sin energías, amor —admitió Lisa con una risita ronca.

Jennie le acarició la mejilla, mirándola con esos ojos gatunos llenos de cariño.

—Menos mal que mami sabía que llegarías con mucha hambre —dijo Jennie, ayudándola a incorporarse—. Hice pad thai, el favorito de mi bebé. Estaba esperándote en la cocina antes de que decidiéramos que el postre era yo.

Se levantaron de la cama, encontraron cualquier cosa que ponerse, y caminaron de vuelta al comedor. Jennie sentó a Lisa en la misma silla donde antes la había tenido esposada, pero esta vez el ambiente era puro calor de hogar. Jennie trajo el plato humeante, el aroma llenando el aire.

—Ven que te alimento, mi amor —dijo Jennie con voz mimosa, sentándose a su lado y llevando una porción generosa a los labios de Lisa.

—Gracias, amor —le sonrió. —. Puede que mañana llegue tarde de nuevo, me gustó el juego.

Jennie le dio un golpecito en el brazo, negando con la cabeza.

—Siempre te gustan mis juegos —dijo Jennie, dándole otro bocado.

—¡Eres muy creativa! —exclamó. —Tenemos que jugar al de la profesora y la alumna…

—Solo quieres que te pegue con una regla, Lalisa.

Lisa asintió, sus ojos iluminándose ante la idea.