Arcángel de segunda mano

Summary

Para Matilda Valmont, ser la última de los Custodios era algo heredado a la fuerza. Durante años, ha intentado mantener el legado de su familia oculto tras las vitrinas de su galería en Providence, pero cuando las piezas más peligrosas de su colección empiezan a atraer miradas indeseadas, es cuando las cosas se empiezan a torcer. Mientras tanto, a miles de kilómetros, Sam y Dean Winchester siguen un rastro de cenizas. Expertos están muriendo en circunstancias imposibles, y todos los caminos conducen a un objeto que nunca debió existir y a una mujer que no sabe que es la pieza clave de una guerra milenaria.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

00.

Galería Valmont - Providence

En algún lugar de Providence, en un edificio reforzado, se hallaba Matilda. Para ella, este lugar no era más que un mausoleo gigante que debía cuidar, una tumba de cristal construida a su medida. La migraña la estaba matando desde hacía una hora, una punzada rítmica y cruel justo detrás de los ojos. A pesar de ya haberse tomado una aspirina y de haberse pasado las manos por su rostro intentando despejar aquel dolor y terminar de una vez el maldito papeleo, la presión no cedía.

—Maldita sea —susurró Matilda con la voz quebrada. Habían pasado diecisiete años ya desde toda la mierda que le ha ocurrido—. Debí habértelo dicho... lo del sueño. Quizás ahora las cosas serían diferentes, papá.

Sobre el escritorio de caoba, sepultada bajo un par de papeles con inventario y avisos de embargo, descansaba una fotografía. Una de bordes amarillos y chamuscados, el único vestigio de una vida que se rompió en dos mucho antes de lo previsto. En la imagen, un hombre de unos cuarenta años con una mueca burlona abrazaba a una adolescente que se aferraba a él con fuerza.

Thomas Valmont no sabía cómo terminaría aquel día, y la joven Matilda de catorce años, tampoco.

Y es que, a pesar de la tragedia, Matilda conservaba un residuo de fe. Un hábito que sin duda se negaba a morir y que heredó de su padre. Thomas Valmont, a diferencia de ella, sí creía en algo más allá, en algo superior.

De hecho, el mantener la galería era un acto de devoción hacia su padre. Una forma de evitar que la memoria de su padre se desvaneciese en el olvido, como todo lo demás a través de los años.

Luego de tener la fotografía en sus manos, la dejó ahí con cuidado y entrelazó sus dedos, repitiendo el gesto que Thomas le había enseñado, y sus dedos temblaban de nuevo.

—Soy yo de nuevo —murmuró al aire.

Se le escapó una risa amarga. Se sentía estúpida hablándole al vacío, a un Dios o a esos ángeles a los que suplicó tantas veces que salvaran a su padre, solo para que al final aquello lo llevara de todos modos. Consciente ella de su soledad absoluta, cerró los ojos con fuerza, también debido a la migraña, y continuó en un susurro:

—Si hay algo divino realmente ahí afuera escuchando, lo que sea, por favor. Solo haz que mañana no sea tan pesado. Dameuna señal,una mano... o simplementeun respiro.

Ella no esperaba respuesta; de hecho, nunca la había recibido.Hasta ahora.

Un roce seco quebró el silencio. Y un par de segundos después, el eco sordo de un par de tomos cayendo al suelo le confirmaron que no estaba sola. Matilda abrió los ojos de golpe. Ella hizo un recuento mental: echó los cerrojos, activó las protecciones del lugar.

Nada podía salir, ni entrar. Sin embargo, eso no evitaba que algún intruso lo suficientemente estúpido o valiente para llevarse una reliquia entrase a robar. La mano de ella se deslizó hacia un cajón oculto bajo el escritorio y extrajo una daga.

Se puso de pie con cautela, manteniendo el acero en alto, y caminó hacia la puerta de la oficina. Al abrirla, la inmensidad de la galería se desplegó ante ella, sumida en una penumbra densa.

—¿Hola? —llamó. Su voz sonó firme, una máscara perfecta para ocultar el martilleo violento que hace el corazón contra sus costillas. Al instante, una mueca de fastidio cruzó su rostro.

Se sintió estúpida, ya que un demonio no le daría ni las buenas noches. Decidió cambiar de estrategia, y apretó el puño alrededor del mango de la daga y murmuró en voz queda:

Christo.

Pronunció la palabra esperando una reacción inmediata. Esperaba que algo se viese obligado a reaccionar, pero solo obtuvo el silencio que parecía burlarse de ella.

Fue entonces cuando trató de convencerse de que su cerebro le está fallando por la falta de sueño. Quizás solo era un humano, un ladrón cualquiera probando suerte. Lo cual, pensándolo bien, lo hacía doblemente estúpido, pero las probabilidades jamás eran bajas.

Y es que la mayoría de los objetos que la rodeaban eran mortales para cualquiera que no supiera manejarlos con cuidado. Matilda se obligó a soltar el aire que estaba aguantando, tratando de estabilizar su pulso.

—¡Sé que estás ahí! —amenazó hacia la oscuridad de la sala principal—. Será mejor que salgas de una maldita vez.

Su advertencia se perdió entre las estanterías de libros prohibidos y reliquias. No hubo respuesta. Nada se movió. Aun así, ella seguía sintiendo una duda en su interior, buscó su linterna y terminó por descender los peldaños de la escalera de caracol.

El haz de la luz blanca cortó la penumbra, barriendo el suelo de mármol hasta llegar a la sección de ocultismo. Todas las estanterías reforzadas con plomo que custodian los grimorios, siendo el área más peligrosa de la galería, estaban todas en su lugar.

Libros de cuero negro y marrón, desgastados por los siglos; seguían alineados, como si nadie hubiera sacado alguno. El cristal templado, que está grabado con sellos de protección que solo eran visibles por quien los colocó, no ha sido alterado.

Incluso la cerradura está echada, tal y como ella la había dejado tras la última inspección.

—Definitivamente estás perdiendo la cabeza, Valmont —susurró para sí misma, bajando de nuevo la linterna al suelo. El sonido de los libros era real, ella podía jurar que lo había sido, pero no había ni una mota de polvo fuera de su sitio.

Continuó el recorrido por la galería, nada fuera de su lugar. Nada roto; por lo tanto, poco a poco la adrenalina descendió, dejando paso a un agotamiento que le pesaba como el plomo. Se devolvió a su oficina, dejando la daga sobre la madera del escritorio, al alcance de la mano.

Si no había rastro de actividad, solo quedaba una explicación lógica: se estaba volviendo loca.

—Estás perdiendo la cabeza, Valmont —se recriminó de nuevo, guardando la vieja foto en el bolsillo de su chaqueta—. Vas a terminar igual o peor que la tíaHally.

Matilda sintió un escalofrío al pronunciar ese nombre. Hally, la hermana de su padre, también había empezado así: escuchando susurros, jurando que las sombras tenían ojos.

Ahora, esa mujer, a pesar de seguir viva, estuvo un tiempo en una habitación acolchada en el norte del estado, dibujando figuras aladas en las paredes, hasta que finalmente pudo mudarse a una pequeña casa alejada de todos. En ocasiones, la mujer escribe en otra lengua, y se mantienen en comunicación de vez en cuando.

Por puro instinto, Matilda deslizó la daga en su bota. El aniversario de la muerte de su padre se acercaba y su cuerpo lo sabía, poniéndose en alerta como aquella noche hace diecisiete años.

Ella tomó la carpeta de inventario, apagó la lámpara de su escritorio y salió de la oficina por última vez esta noche, bajando peldaño a peldaño, recordando las cosas que debe hacer antes de la próxima semana, además de pagar deudas.

Matilda llegó al final de la escalera de caracol, sintiendo el frío que había en la planta principal, recordándole que la calefacción era casi inexistente. Mañana vendría el cobrador, y ese era otro problema; el tipo era un imbécil.

Miró una vez más; no había nadie, o al menos nadie que sus sentidos humanos pudieran detectar. Ella caminó hacia la salida, sus pasos resonando en la inmensidad del edificio.

Justo antes de que cruzase el umbral hacia la calle, en la sección de ocultismo, dos iris de un dorado intenso y sobrenatural se abrieron entre las sombras de las estanterías. La mirada permaneció en la espalda de la mujer hasta que ella cerró la puerta tras de sí.

Solo entonces, los ojos parpadearon y se desvanecieron en la negrura.