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Armadura de Luna

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Summary

[GL] Rigel es una joven guerrera que vive con una sola obsesión: reunir suficiente dinero para comprar la libertad de Naura, una prostituta atrapada por una deuda y una marca mágica que la condena al Burdel de las Rosas. Entre cacerías sangrientas, secretos, batallas y un mundo de fantasía oscura, ambas descubrirán que el amor puede ser más peligroso que cualquier espada. Una historia romántica lésbica de crecimiento, sacrificio y esperanza, con escenas de sexo explícito, donde cada moneda ganada acerca a Rigel a la mujer que le enseñó por primera vez lo que significa amar.

Status
Ongoing
Chapters
31
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Primera vez

Los callejones de Gabios eran un laberinto de luces y sombras al atardecer. Rigel corría con el corazón en la garganta, su armadura negra resonando contra las paredes de piedra. Era su primer encargo. Su primera víctima.

Delante de ellos, el traidor de la nobleza huía desesperado. Su cabeza valía trescientos lúmenes de plata. Vivo o muerto, una pequeña fortuna para los cazarrecompensas.

Su hermano Orión lideraba la persecución, hacha en mano, cortando el aire al correr.

—¡Allí va el cabrón! —gritó Orión, señalando la sombra moviéndose por los callejones—¡Rigel, ve por la derecha! ¡No lo dejes llegar al mercado! —gritó sin mirar atrás.

Mintaka corría a su lado como una bestia desbocada, balanceando su martillo de guerra con cada zancada.

El traidor, un hombre delgado con una capa rota, saltó un carro volcado y se metió en un callejón estrecho. Rigel lo siguió sin dudar. Sus botas golpeaban los adoquines mojados mientras el metal de su armadura rozaba las paredes, arrancando chispas.

—¡Ven aquí, imbécil de mierda! ¡Quiero aplastarte la cabeza como a una uva! —gritaba Mintaka, balanceando su martillo.

El hombre giró bruscamente.

—¡Rigel, no lo pierdas! —rugió Orión detrás.

Otra orden, pensó Rigel.

El callejón era tan angosto que tuvo que girar el cuerpo para avanzar. Entonces el traidor se abalanzó sobre ella con una daga.

Rigel bloqueó el golpe con su antebrazo blindado. El acero chocó contra el metal oscuro con un destello. Sin detenerse, contraatacó y abrió un corte en el muslo del hombre.

La sangre salpicó la pared.

El traidor gritó y echó a correr otra vez, ahora cojeando, dejando tras de sí un rastro rojo. Salió al mercado.

La multitud gritó y se apartó al verlo aparecer cubierto de sangre. Intentó perderse entre la gente, pero Orión y Mintaka surgieron detrás de él como lobos.

—¡Ahora! —gritó Orión.

El hombre se detuvo, atrapado.

Rigel llegó un segundo después y le cortó la pierna. El traidor cayó de rodillas con un alarido.

Mintaka no le dio tiempo a decir nada. El martillo descendió con un golpe brutal. El cráneo del hombre se abrió como una sandía. Sangre y fragmentos salpicaron los adoquines y mancharon las botas de Rigel. El cuerpo del traidor convulsionó una vez y quedó inmóvil.

—Oh… —suspiró Mintaka, satisfecha.

El mercado quedó en silencio.

Solo se oían respiraciones agitadas y el goteo de la sangre.

Orión se agachó junto al cadáver, registró el cuerpo y sacó una pequeña carta manchada.

—Buen trabajo —dijo, levantándose—. Con esto sabrán que el encargo está cumplido.

Miró a Rigel.

—Trescientos lúmenes… nada mal para tu primer trabajo.

Era su primer encargo. Su primera víctima. Y Rigel aún no sabía si quería recordar su cara. Orión se limpió el sudor de la frente.

—Bien hecho, jefa.

Mintaka levantó el martillo ensangrentado y sonrió.

—Otro más para la colección. ¿Vamos a cobrar?

Rigel limpió su espada en la capa del muerto y se puso el casco. Miró como la multitud murmuraba por la brutalidad que tuvieron que presenciar.

—V-vámonos...


La Torre de los encargos estaba casi vacía. El funcionario les entregó la pesada bolsa con trescientos lúmenes de plata sin hacer preguntas. Rigel guardó su parte bajo la capa; era la primera vez que tenía tanto dinero.

Apenas salieron a la calle, Orión ya contaba las monedas entre los dedos.

—Con esto nos emborrachamos una semana entera y me compro botas nuevas —dijo, deslumbrado por el brillo.

Mintaka se estiró como un gato, todavía con sangre en los nudillos, y sonrió con picardía.

—O podemos ir al Barrio Rojo. Hay unos muchachos que… —hizo un gesto obsceno con las manos.

Rigel se puso roja hasta las orejas. Mintaka lo notó y le dio un codazo.

—¿Qué dices, Rigel?

—No —respondió ella con firmeza—. No voy.

—¿Cómo qué no? —se burló Mintaka—. ¡Acabamos de cobrar una fortuna!

Rigel bajó la mirada, incómoda.

—No quiero gastar el dinero en eso. Además… nunca estuve con nadie. Ni hombre, ni mujer, ni nada.

Orión soltó una carcajada.

—¡Mataste a un tipo y ni siquiera diste un beso! ¡Ja!

Mintaka soltó una risa estruendosa, agarró a Rigel por la hombrera de la armadura con su manaza y empezó a arrastrarla como un saco de papas.

—¡Al menos nos vas a acompañar a tomar algo! ¡No se discute!

—¡Mintaka, suéltame! —protestó Rigel, pataleando mientras el metal de su armadura chirriaba contra los adoquines.

—¡Ni loca! Tu primer trabajo merece fiesta. ¡Orión, ayúdame a cargar a la guerrera virgen!

Orión solo caminaba al lado, riéndose.

—Déjala, Mintaka.

—¡Quiere, solo está nerviosa! —respondió la grandota sin soltarla—. ¡Mírala, toda colorada debajo del casco!

Rigel forcejeaba en vano.

—Te odio —gruñó entre dientes.

Mintaka se rió más fuerte.

—Después me vas a amar, novata. ¡Bienvenida al Barrio Rojo!

Y así, entre risas y patadas, Rigel fue arrastrada por las calles empedradas hasta que las luces rojas del barrio empezaron a brillar a lo lejos.


Entre más golpes y más arrastradas, Rigel terminó en el salón principal del Burdel de las Rosas, la zona más cara del Barrio Rojo. Había perdido de vista a Orión y Mintaka hacía rato. Solo quedaba ella, su jarra de hidromiel y el casco puesto.

—Qué gente extraña… —murmuró, viendo pasar hombres y mujeres con ropas extravagantes.

No se había quitado ni una pieza de la armadura. El olor a perfume barato le irritaba la nariz. Pensaba en pagar y huir de vuelta al barco cuando, junto a una de las puertas, la vio.

Una muchacha de vestido rojo oscuro que se pegaba a cada curva. Cabello negro salvaje, ojos verdes que brillaron al mirarla y piel canela que contrastaba con su propio rostro pálido. En la puerta decía: Naura

Rigel tragó saliva.

—¿Y si lo intento…?

Se levantó, golpeó la puerta con timidez y una voz ronca respondió desde dentro:

—¡Pasa!

Empujó la puerta con la mano enguantada. El corazón le retumbaba más fuerte que el crujido de su armadura.

La habitación estaba iluminada por velas flotantes de luz cálida. Naura estaba de pie junto a la cama. El vestido se había vuelto casi transparente, marcando la curva de su vientre y el triángulo oscuro entre sus piernas. Su cabello caía recto hasta la cintura.

Al ver a la guerrera completamente armada y con el casco puesto, Naura sonrió con suavidad. Dio un paso adelante y posó los dedos sobre el peto negro.

—Tranquila, guerrera… —susurró con voz ronca, inclinando la cabeza para buscar los ojos dorados detrás de la visera—. Estás nerviosa. Es tu primera vez, ¿verdad? Se te nota. No pasa nada.

Acercó aún más los labios y bajó la voz:

—Esta noche… soy toda tuya. Pídeme lo que quieras.

Rigel tragó saliva. No estaba acostumbrada a dar órdenes. Con voz temblorosa dijo:

—Quiero… tocarte.

Naura se acercó hasta quedar a un suspiro. Rigel levantó el guantelete negro y lo posó sobre su pecho izquierdo. El metal frío rozó el pezón erecto. Naura soltó un suspiro. Rigel apretó con más fuerza, ganando confianza.

—Apriétate el pecho mientras yo te toco.

Naura obedeció, amasando su propia carne mientras Rigel la masajeaba con la palma enguantada. La otra mano bajó por su vientre suave hasta llegar entre sus piernas.

—Ábrete —ordenó, ahora con voz firme.

Naura separó las piernas. Rigel deslizó dos dedos enguantados entre los pliegues calientes y húmedos, sintiendo cómo brotaba su excitación.

—Estás mojada… —murmuró, casi sorprendida—. Métete un dedo tú también. Quiero sentirlo junto al mío.

Naura obedeció. Los dedos fríos y ásperos de Rigel se hundieron junto al dedo caliente de ella, empujando más profundo, curvándose para rozar ese punto que la hacía jadear.

—Más rápido —exigió Rigel—. Quiero oír cómo suenas.

Naura aceleró la mano, gimiendo sin control. Rigel metió un tercer dedo y la folló con el guantelete mientras pellizcaba con fuerza el otro pezón.

—Date la vuelta —ordenó de pronto.

Naura obedeció. Rigel la empujó contra la pared, pegando su armadura fría contra la espalda desnuda. Metió tres dedos desde atrás y con la otra mano frotó su clítoris en círculos duros.

—Quiero que te corras así —gruñó contra el casco—. Contra la pared, con mi armadura pegada a ti. Sin quitarme nada.

Naura empujaba las caderas hacia atrás, jadeando. El guantelete entraba y salía con fuerza, cada vez más mojado.

—Más fuerte… —suplicó Naura.

—Silencio —ordenó Rigel, acelerando—. Solo gime para mí.

Los gemidos de Naura llenaron la habitación mientras Rigel la penetraba sin piedad. El sonido mojado y obsceno del metal contra la carne húmeda era lo único que se oía.

Cuando Naura se corrió, se arqueó con un grito largo y tembloroso, apretando los dedos de Rigel mientras el líquido caliente bajaba por sus muslos.

Rigel sacó los dedos lentamente, brillantes y goteantes, y los limpió en la curva de su nalga. Se quedó pegada a ella, respirando agitada dentro del casco, sintiendo el calor del cuerpo desnudo contra su armadura fría.

Naura, aun temblando, giró la cabeza y sonrió con los labios brillantes. Sus ojos verdes se posaron en la figura de Rigel, ahora avergonzada.

—Para ser tu primera vez tocando a otra chica… lo haces bien—suspiraba entre jadeos, sonriendo con ternura.

Rigel giró la mirada hacia otro lado, no sabía cómo había llegado a eso. Pero no le disgustaba, una pequeña chispa había nacido dentro de ella.

—Te queda tiempo…—susurró la prostituta—. ¿Qué quieres hacer ahora?

Rigel no dijo nada. Dio un paso adelante, tomó el rostro de Naura entre sus manos enguantadas y la besó.

Fue un beso torpe al principio el metal frío del casco chocó contra su nariz. Naura no se apartó. Rodeó el cuello blindado con los brazos y abrió la boca, buscando su lengua. Rigel gruñó bajito y la besó con más hambre, torpe pero desesperada, lamiendo y explorando como si fuera la primera vez… porque lo era.

Se besaron largo rato. Lento. Profundo. Húmedo. Naura gemía contra su boca, apretando sus pechos desnudos contra la coraza fría mientras sus manos recorrían el metal. Disimuladamente, subió los dedos hasta la hebilla del cuello e intentó abrirla.

Rigel se tensó al instante. Le agarró la muñeca con firmeza.

—No —gruñó ronca—. La armadura se queda.

Naura sonrió contra sus labios.

—Como quieras… —susurró, y volvió a besarla, más suave.

Cuando por fin se separaron, ambas jadeaban. Rigel se sentó en el borde de la cama, todavía completamente armada, y tiró de Naura para que se sentara en su regazo. La prostituta se acurrucó contra el pecho metálico, cabeza apoyada en la hombrera, piernas colgando a los lados.

Rigel pasó un brazo blindado alrededor de su cintura desnuda y la abrazó con cuidado. Con la otra mano le acariciaba el cabello negro lentamente.

—¿Cómo te llamas, guerrera? —preguntó Naura en voz baja, trazando las marcas de la coraza.

—Rigel.

—Rigel…—repitió Naura, saboreando el nombre—. Suena a las estrellas… ¿Eres de los argentos? ¿Los que viven en el puerto?

Rigel soltó una risa corta, metálica dentro del casco, afirmándolo.

—Vivo en la ciudad flotante anclada al puerto… trabajo de cazarrecompenas. Hoy… mate a mi primer encargo.

Naura sonrió, siempre había tratado con bandidos y mercenarios; Rigel no era nada nuevo en su habitación.

—¿Y tú cómo te llamas?

—Yo me llamo Naura desde siempre. Trabajo aquí para pagar una deuda… desde que tengo memoria. Tampoco puedo irme—dijo, mostrándole el sello mágico en forma de rosa que estaba dibujado en su mano, señal de pertenencia al burdel.

Rigel se quedó en silencio un momento. Su mano enguantada subió y bajó por la espalda desnuda de Naura, acariciándola con una ternura que contrastaba brutalmente con la armadura.

—Yo… esta es mi primera vez en todo—confesó en voz baja—. Mi primer encargo, mi primer asesinato… mi primer beso.

Naura levantó la cabeza y lo miró a través de la visera oscura.

—Y mandaste muy bien —susurró con una sonrisa suave—. Me gustó que me dieras órdenes. Me gustó mucho.

Se quedaron así un rato más, en silencio. Naura acurrucada contra la armadura fría, Rigel abrazándola como si fuera lo más frágil del mundo. Cuando el tiempo se acabó, Rigel la ayudó a levantarse con cuidado. Naura la miró una última vez.

—Vuelve pronto, Rigel… aunque vengas con toda la armadura puesta.

Rigel asintió dentro del casco. Antes de salir, se detuvo un segundo en la puerta.

—Volveré —dijo simplemente.

Y cerró la puerta tras de sí, el corazón latiéndole más fuerte que nunca. Ahora tenía que buscar a su hermano y a Mintaka, para así volver a su hogar. Pero antes de hacerlo, vio por última vez aquella puerta, esa que tenía escrito con letras doradas el nombre de Naura.

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