Introduc
INTRODUCCIÓN
Donde el mundo todavía cree estar entero
Hubo un tiempo en que el mundo no se preguntaba si podía romperse.
Los ríos seguían su cauce sin dudar. Los bosques crecían con la paciencia de lo eterno. El fuego ardía donde debía arder y se apagaba cuando era su hora. Cada cosa tenía un lugar, y ese lugar parecía definitivo.
No era un mundo perfecto.
Pero era un mundo estable.
Las casas antiguas se alzaban como pilares invisibles del equilibrio. Los elfos guardaban la memoria de lo que había sido. Los humanos caminaban sin saber cuánto dependían de lo que no veían. Las hadas sostenían los bordes suaves de la realidad, allí donde el mundo se volvía frágil. Y en lo profundo, donde nadie miraba sin temor, el fuego permanecía atento.
No vigilaba.
Esperaba.
Porque el equilibrio no se mantiene solo por leyes o pactos escritos. Se sostiene por decisiones silenciosas, por renuncias que nadie celebra, por líneas que no deben cruzarse aunque nadie recuerde quién las trazó.
Durante eras, esas líneas resistieron.
Hasta que alguien las sintió.
No como un llamado.
No como una promesa.
Como una presión en el pecho.
Como un latido que no coincidía con el resto del mundo.
Nadie anunció la primera grieta. No hubo estruendo ni señal en el cielo. El mundo no se partió de golpe: comenzó a desajustarse. A responder tarde. A olvidar cómo sostener a quienes caminaban sobre él.
Y cuando eso ocurre, no es el mundo el que cambia primero.
Son las personas.
Esta no es una historia sobre héroes elegidos ni sobre destinos gloriosos.
Es la historia de lo que ocurre cuando alguien toca aquello que debía permanecer intacto.
Cuando sostener el mundo empieza a exigir un precio.
Cuando cruzar una línea ya no garantiza poder volver.
Y cuando el fuego, por primera vez, duda.