Nunca fue un Juego

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Summary

¿Fue un juego? Los hermanos Wagner tenían una tradición con los Vitalí, juntarse al menos una vez al año para poder ponerse al día, pero jamás esperarían que debido a una ligera competencia, el mundo de los cuatro diera vueltas de cabeza. Las hermanas Ellís, quienes tenían a la mayor bestia cuidándolas, su propio hermano; Argot.

Genre
Drama
Author
Kaisa
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Nunca fue un Juego - Capítulo uno.

Los rayos de sol se reflejaban en los lentes oscuros, y las hebras doradas brillaban aún más bajo el verano de Puerto Liria.

Los ojos griseacos de Elian se perdían en la costa, siguiendo cómo la arena resplandecía con cada oleaje. Sin embargo, cada vez que miraba el mar, un recuerdo volvía inevitable: aquel cabello castaño ondeando con la brisa.

—¿Elian?, ¿me estás escuchando? —la voz seria de su hermano lo sacó de sus pensamientos. Loid Wagner lo observaba con insistencia.

Loid tenía un cabello rubio, era lacio hasta los hombros y sus ojos azulados contrastaban con los de Elian. Además de unas facciones más suaves, a diferencia de su hermano mayor, cuyo porte ya dejaba clara su madurez.

—Loid, si me estabas hablando de cómo besarás los pies de Federico al verlo… entonces no, no escuché ni mierda. —respondió con tono seco, aunque enseguida soltó una carcajada.

Su hermano rodó los ojos y se colocó los audífonos.

Los Wagner iban a reunirse con sus mejores amigos: los Vitalí. Habían arrendado una cabaña cerca de la playa por dos días. Aunque ellos vivían en Cairon, los Vitalí estaban acostumbrados a la vida costera de Puerto Liria.

El motivo era simple: las responsabilidades de la adultez habían comenzado a alejarlos. Por eso Matheus propuso reunirse al menos una vez al año, para crear recuerdos y ponerse al día. Hoy, finalmente, todos tenían la agenda libre.

—¡Vaya, vaya, qué lindo auto! —gritó una voz masculina desde la acera del estacionamiento.

Elian apenas logró aparcar cuando una sonrisa socarrona apareció en su rostro.

—Pero miren quién es… el bad boy de Liria. —dijo en tono burlón.

—La envidia, Elian, te sale por los poros. —contraatacó el pelinegro, acercándose con una sonrisa.

Elian sacó las llaves del vehículo y bajó junto a Loid, que cargaba un bolso cruzado en el pecho.

—Diría que estás más gordo, pero en realidad parece que te mataste en el gimnasio. —bromeó Matheus.

—Digamos que hago deporte… no como otros. —replicó el rubio, aunque ambos tenían cuerpos entrenados: Matheus por el gimnasio y él por el snowboard.

—Touché. —sonrió el pelinegro antes de voltear hacia Loid, que mostraba una mueca entre sonrisa e incomodidad. —Tú, en cambio, siempre más intelectual que este gorila.

El mencionado rió, estrechando la mano de Matheus, pero este lo atrajo con fuerza para abrazarlo y palmearle la espalda, haciéndolo quejarse.

—¡Auch!.. Creo que tendré que inscribirme en tu gimnasio. —dijo mientras se recomponia, mirando alrededor—. ¿Y Federico?

—Está ordenando el equipaje y quiere reservar en uno de los mejores restaurantes nocturnos. —respondió Matheus.

—Vaya… ¿por qué no un club? —preguntó Loid.

Matheus sonrió de manera irónica, con una mirada dirigida hacia Elian.

—¿Es mi idea o Loid quiere irse de fiesta? —soltó una ligera risa, haciendo que el otro rubio pusiera un gesto serio.

—Solo decía… porque jamás escuché esa tontería de “restaurante nocturno”. —intentó defenderse, mientras Elian reía.

—Loid, no tienes por qué explicarte —lo calmó mientras miraba a Matheus—. Y tú no lo molestes; sabes que las fiestas no son lo suyo.

Matheus se encogió de hombros, restándole importancia.

—Bueno, ¿te ayudo con el equipaje? —cambió de tema.

Elian asintió, y el rubio abrió el maletero para sacar su equipaje mientras Matheus tomaba la comida. Loid, sin embargo, los esperaba en la acera, cubriéndose los ojos del sol con la mano.

•••

Las horas pasaron mientras se instalaban. Después de ponerse una camisa blanca arremangada, con algunos botones desabrochados, Elian necesitó aire así que salió al balcón.

El sonido del mar lo calmaba. El atardecer siempre lo hacía sentir en casa, como si la naturaleza fuera su verdadero hogar. Y aun así, algo le faltaba, siempre algo faltaba..

O eso pensaba… hasta que unas voces femeninas lo sacaron de sus pensamientos.

Lo primero que notó fue a una pelirroja, con polera negra y pantalones ajustados, llamando a lo que parecía una mascota. Pero lo que realmente le robó el aliento fue la mujer a su lado. Sonreía divertida, y su cabello castaño se movía con la brisa. Su vestido blanco además de la flor prendida en el cabello ondulado le dieron la sensación de conocerla de antes, con el impulso de querer acercarse de inmediato.

No alcanzó a distinguir sus ojos ni sus facciones desde la distancia, pero supo al instante que era la mujer más hermosa que había visto en su vida.

—Elian. —llamó Loid al salir al balcón, haciéndolo perder la concentración—. ¿Sabes dónde quedó mi computadora?

Elian se giró por instinto, frunciendo el entrecejo.

—¿Estás molesto? —preguntó su hermano desde la puerta, antes de cerrarla y salir—. Si es por el clima, te entiendo.

¿Estaba molesto?, sabía que en realidad no.. pero como su hermano lo desconcentro de algo que su alma sentía importante, su cuerpo parecía molesto por inercia.

Elian negó rápido. —No, no en realidad, hermano. Entonces, ¿A ti te molesta el clima?

Loid arqueó una ceja ante la respuesta como no convencido de ella, analizándolo unos instantes en silencio para luego agregar. —Suéltalo.

—No sé… ¿no te cansas de vivir tan solitariamente? —la pregunta parecía tonta, considerando que Loid solo tenía veintitrés años.

Él se quedó pensativo, apoyado en el marco de la puerta.

—Te tengo a ti. —dijo naturalmente, aunque frunció el ceño—. Aunque, a veces, me gustaría tener un perro.

Elian sonrió, aunque no era la respuesta que esperaba.

—Oye, hablo en serio. Próximamente voy a adoptar un perro, mi departamento está demasiado vacío.

El mayor soltó una risa mientras lo dejaba hablar, volvío a mirar hacia donde estaban las mujeres. Pero ya no estaban allí haciendo que un sentimiento de decepción inundará su pecho. La imagen de aquella mujer quedó grabada en su mente.

—¿Y tú, Elian? —preguntó de pronto Loid, sacándolo de su ensoñación.

—Yo… tengo veintiséis años y he sentido desde muy joven que algo me falta. —confesó, provocando una mueca de tristeza en su hermano.

Aunque él no dudaba que el menor no tomaría el peso de esa confesión, porque por más que deseara un consuelo, Loid no era el indicado para esos temas.

—Hermano.., si necesitas terapia aquí estoy, ¿La necesitas? —preguntó Loid.

Justamente lo que sospechaba, sabía que era con una buena intención esa respuesta, hasta la más acorde, pero no evitaba sentirse ofendido.

Elian frunció el ceño, pasando por su lado para abrir la puerta y entrar. Nisiquiera iba a responder esa bobería.

—¡Oye! Lo digo en serio, ¡nadie te culpará, Elian!

•••

Por otra parte, Federico estaba aburrido en la mesa del restaurante. Era un local de dos pisos con pista bailable; había reservado en el segundo piso, más que nada porque a Loid no le gustaba mucho la multitud.

Jamás se había percatado de lo demorones que podían ser tanto su hermano como sus mejores amigos. No dudaba que Matheus, sobre todo, debía estar peleando con Elian porque se negaba a irse en su auto y prefería hacerlo en su motocicleta. Como si leyera sus pensamientos, los vio entrar desde el segundo piso.

Parecía una película, pensó al ver a su hermano con el cabello húmedo y algo alborotado, una chaqueta de cuero negra y esa sonrisa coqueta de siempre. Elian, en cambio, vestía una camisa blanca desabrochada y llevaba lentes oscuros, con el cabello peinado hacia atrás. Por último, Loid entraba con un abrigo gris largo; su cabello rubio estaba recogido en una semi-coleta.

—Vaya, falto yo para la entrada triunfal —murmuró para sí mismo.

Antes de poder seguir hablando —para si mismo—, vio cómo Matheus subía los escalones de dos en dos con los brazos abiertos hacia él.

—¡Mio fratello! —gritó mientras se encaminaba a abrazarlo.

Federico apartó la mirada hacia el primer piso, queriendo ignorar la vergüenza que lo invadía al notar que varias personas se giraban a mirar. Pero Matheus fue más rápido: lo abrazó por detrás de la silla.

—Puzzi fratello —se quejó Federico, apartándole los brazos.

—Yo también te amo —respondió Matheus a la ironía de él menor, antes de sentarse a su lado. Fue entonces cuando Federico giró la mirada hacia los otros dos.

—A ustedes sí me da gusto verlos —comentó, acomodándose en la silla.

—También a mí. Tu hermano como copiloto es horrible —dijo Loid, tomando asiento frente a él.

Elian soltó una risa mientras se sentaba al lado de su hermano, y Matheus puso una mueca ofendida.

—Es porque ustedes no saben manejar, créeme —replicó, haciendo un gesto para llamar al mesero.

—Puedes decir lo que quieras, menos ofender mi manera de conducir, motociclista —respondió Elian, clavando la mirada en Federico—. Dime, ¿cómo lo has soportado?

—En realidad, porque nació primero —“susurró” Federico de manera exagerada, haciendo que Matheus abriera la boca, fingiendo indignación.

—No puedo con la difamación de todos ustedes —añadió Matheus de inmediato—. Saben que soy lo mejor que les pasó en la vida.

Los demás rieron hasta que llegó el mesero y les entregó las cartas. La música ya comenzaba a sonar más fuerte en el local, que se iba llenando poco a poco.

Elian pidió un vino dulce, Federico un vodka con cereza, Loid un tequila y Matheus un mojito de menta.

La puerta del restaurante sonó, captando la atención de Federico, quien estaba más cerca del balcón que daba al primer piso. Allí la vio: una muchacha preciosa. La había visto demasiadas veces en Puerto Liria. Era Gemma Ellis, una pelirroja de piel blanca y ojos verdes envolventes. Su vestido negro ceñido realzaba su sensual figura. Solo al mirarla, Federico sintió cómo sus pupilas se dilataban.

A su lado iba una joven castaña de cabello ondulado. Sin dudas, también era hermosa. La reconoció de inmediato: Agnes Ellis, la hermana. Vestía un sedoso vestido violeta con abertura lateral que dejaba ver sus piernas, elegante y provocativo a la vez.

—¿Qué estás viendo? —preguntó Loid, notando el silencio prolongado.

—Oh… —respondió Federico, desviando la vista de nuevo hacia abajo—. Las Ellis.

Todos giraron la mirada. Sí, eran ellas. Conversaban entre risas al entrar, pero detrás caminaba un hombre de porte imponente. Tenía el cabello castaño, largo hasta los hombros, barba recortada y ojos verdes que proyectaban madurez. Su postura protectora, siguiéndolas de cerca, transmitía una advertencia. Sus ojos se encontraron con los de Federico, que enseguida apartó la mirada hacia su vaso.

Sabía bien quién era: Argot Ellis. Un peligro viviente. Una bestia protectora de aquellas dos féminas.

—La castaña… creo que la vi antes —murmuró Elian, captando la atención de los demás.

—¿Agnes Ellis? —preguntó Matheus, frunciendo el ceño—. Eso es imposible, llevas apenas unas horas en la ciudad. ¡Yo la vi recién después de años, y eso que vivo aquí!

—Matheus, solo sabes de ella por mí —intervino Federico, quitándole peso al asunto, y miró a Elian—. ¿Dónde la viste?

—Emm… —Elian bebió un sorbo de vino, confundido—. Solo la vi en la playa.

Loid arqueó una ceja, como si hubiera entendido algo, mientras los Vitalí soltaron una carcajada.

—Vaya, creí que la conocías de algo —dijo Matheus, riendo de nuevo.

Elian frunció levemente sus labios, pero la mesa no quedó en silencio.

La charla derivó pronto hacia temas más personales: trabajos, anécdotas, recuerdos. Que pronto el alcohol comenzó a fluir en sus sistemas.

—S-saben… aunque me dicen bad boy… —arrastró Matheus con voz pastosa—, jamás he roto el corazón de nadie…

Todos estallaron en risas.

—Lo sabemos, Matthew —bromeó Federico, arrastrando las palabras también y equivocando el nombre de su hermano.

Era cierto: Matheus no era un rompecorazones, pero simplemente porque rechazaba a la mayoría. Solo había tenido dos parejas en su vida.

—Oigan, ¿por qué no vamos abajo? Tienen mesas de billar —propuso Loid, levantando su copa.

Elian asintió brevemente y se puso de pie. Los cuatro, aún con paso firme, bajaron por las escaleras.

El ambiente en el primer piso era mucho más intenso. La música retumbaba; las mesas de billar se alineaban al costado, dejando vista a la pista de baile.

Elian fue el primero en tomar un taco, puliendo la punta con aire de profesional. Federico, en cambio, parecía el más inexperto.

—¿Quién hace equipo con quién? —preguntó Matheus.

—Yo con Federico —respondió Loid—. Estoy seguro de que los venceremos.

—Vaya, los mayores contra los menores —rió Elian—. Bueno, muéstrenme de qué son capaces.

El juego comenzó y, efectivamente, Elian con Matheus resultaron vencedores, celebrando cada tiro con un choque de manos. Pero en medio de la partida, Matheus se distrajo mirando hacia la pista de baile… y todo cambió.

Allí estaban: la pelirroja y la castaña, bailando con alegría.

—Chicos —llamó, señalándolas con disimulo—. Ellas.

Elian le bajó la mano con rapidez.

—¿Qué pasa con ellas? —preguntó Federico, frunciendo el ceño. Loid, sin embargo, se quedó paralizado observándolas.

—¿Les parece un juego más divertido? —sonrió Matheus.

—Suelta —pidió Elian, cruzado de brazos.

—Quien conquiste a una de ellas gana —propuso Matheus con picardía, dejando el taco sobre la mesa y alzando su vaso.

—No —dijo Loid, sin apartar los ojos de Gemma—. Jamás pelearía con mi hermano por una mujer.

Federico asintió, dándole la razón. Pero Matheus, terco, se llevó la mano al mentón, pensativo.

—¡Ya sé! —exclamó alzando la voz—. Tú contra Federico, y yo contra Elian.

Elian lo miró incrédulo, mientras el alcohol espesaba sus pensamientos.

—Me gusta la pelirroja, ¿y a ti, Elian? —Interrogo Loid, aunque sabía la respuesta.

—¿Es en serio? —bufó Elian—. A mí me atrae la castaña.

Le contesto a su hermano, más que nada con una mirada profunda como pidiéndole que no siguiera esta tontería, pero por más que había confesado que le atraía la muchacha llamada Agnes.

A los ebrios, poco les importó.

Federico sin embargo al saber el interés de Loid, se centró en este.

—Bueno, Loid, entonces seremos rivales —concluyó Federico, apoyando un brazo en el hombro de este, y bebiendo con torpeza.

—¿Te gusta la pelirroja? —preguntó el rubio.

—Es guapísima —rió Federico, ya borracho.

Mientras ellos seguían riendo, Matheus giró hacia el mayor.

—Seremos rivales —sentenció.

Pero los ojos Griseacos contrarios lo miraron con profundidad, como queriendo decir algo, incluso pareciendo desafiarlo con la mirada.

—Lo digo en serio, Matheus. Seré de verdad tu rival —lo advirtió.

Pero Matheus lejos de tomarle peso, estiró su mano la cual fue mirada con duda pero finalmente tomada. Estaban estrechando las manos pero Elian se la suelta con rapidez.

Sin pensarlo, tomó su propia copa de alcohol entre los dedos.

—¡Que el mejor gane! —brindó con fuerza. Los demás lo siguieron, levantando sus copas.

Llevó el alcohol hacia su garganta, sintiendo cómo ardía, y soltó un leve sonido. Sin embargo Elian tomó solo un sorbo de su copa para caminar a los sofas, sentándose aparte.

Observando fijamente a Agnes, apenas logro acomodarse. Ella bailaba con naturalidad, la música fluyendo por cada fibra de su cuerpo. Sonreía radiante cuando Gemma la giraba, haciéndola brillar aún más.

Entonces, la canción cambió. Un hombre de cabello rizado y negro hasta los hombros se acercó a la castaña, tomándola de la cintura. No alcanzó a distinguir sus ojos, pero sí la forma en que la atrajo hacia él.

La mandíbula de Elian se tensó. Sus manos también.

En un descuido, comenzó a sentir cómo el vidrio se presionaba contra su piel... hasta que un chasquido seco anunció que la copa se había roto.

Todos se giraron hacia él, sorprendidos.

Elian recobró la consciencia y soltó los vidrios retenidos en su palma, aunque un ardor le recorrió los dedos.

Fue como si su instinto se hubiera prendido en él.. era esa mujer.

—¿Elian? ¿Estás bien? —preguntó Loid, con la voz cargada de preocupación.

—Sí… solo estoy cansado. —respondió Elian, con la mirada levemente perdida—. Iré a pagar… así que los espero en el auto.

Se marchó con rapidez, dejando a todos perplejos.

—¿Crees que se molestó? —preguntó Matheus, aunque enseguida añadió—: Lo de la apuesta iba en serio.

Añadirlo podía parecer desconsiderado, pero aún con alcohol, el pelinegro se veía con un porte serio, siendo incapaz uno distinguir que si lo que decía era racional.

Loid lo observó fijamente en cambio, sus labios se apretaron, el ceño se frunció.

—Matheus… para él no será una apuesta. —Suspiró, con un dejo de seriedad—. Será su corazón el que esté en juego.

Las palabras del rubio parecían resonar mientras que Elian se alejaba entre la multitud, cada paso medido alejándose lo más posible de esa pista, pero sin poder apartar la mente de Agnes. La música, las luces, el murmullo de la gente… todo desaparecia a su alrededor.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió un latido distinto, una tensión que no podía ignorar.

Y mientras se alejaba hacia la salida, su corazón le susurró algo que no podía negar: no era un juego.

No esta vez, no al reconocer esa mirada.