Capítulo 1
El sabor metálico de la sangre llenó su boca, arrugó la nariz, con desagrado.
— Lo estás tragando... Deja de hacerlo.— Isaac lo reprendió, dándole un manotazo, como si con eso lo obligara a detenerse.
— Está en mi boca, no puedo no tragarlo.— Kai hizo una mueca, odiaba ese sabor, tal vez por la cantidad de veces que se albergaba entre sus labios.
Isaac suspiró, resignado, acostumbrado al comportamiento de su hermano. No dijo nada, terminando con el vendaje en el pie derecho de Kai.
— ¿Terminaste?— Kai se sentó sobre la cama, recargando su pie en el piso haciendo el ademán de pararse pero la mano de su hermano en su hombro lo detuvo.
— Aún no...— Un leve empujón lo hizo permanecer sentado.
Ambos se observaron, fue cuando Kai por fin se detuvo a analizar el rostro de su hermano.
Isaac tenía el labio roto, justo como él, tenía la mejilla inflamada y de un color rosado. Bajó la cabeza, avergonzado por su incapacidad de defender a su hermano.
El rubio no dijo nada, compartiendo la misma vergüenza que Kai. La impotencia de no poder hacer nada para intervenir y poder salvarlo de los golpes de su padre. El recuerdo de lo ocurrido volvió a él cuando Kai limpió la sangre de su labio.
— ¿Sabes lo que pasa cuando no haces lo que te pido, Isaac?—
Isaac supo que su pequeño infierno estaba por comenzar cuando escuchó la pregunta, apenas le dió tiempo de mirar a su padre cuando sintió su mano enganchándose en su cuello, pronto ambas manos le estaban quitando el aire de los pulmones, su mirada se encontró con la de su padre, con la desesperación brillando en sus ojos, podía sentir los dedos ajenos presionar lo suficiente como para dejar marcas. El aire se volvió más pesado, lo sentía escaparse de su pecho, dejándolo sin respiración.
Kai intentó moverse, dio un paso hacia ellos, pero Isaac, aún con la vida escapando de sus ojos, levantó la mano, señalando con firmeza que se quedara atrás.
De repente, la presión cedió. Tobias soltó a Isaac como quien arroja un objeto roto a la basura, pero antes de que este pudiera siquiera inhalar, un puñetazo seco le cruzó el rostro. El sonido del impacto fue como un cristal rompiéndose dentro de la cabeza de Kai.
— ¡Déjalo!— El grito de Kai nació de sus entrañas, rompiendo su parálisis.
No lo pensó. Se lanzó hacia adelante, estrellando todo su peso contra el costado de su padre. Fue como chocar contra una pared de piedra. El hombre apenas se tambaleó, pero su atención, ese foco de violencia pura, giró lentamente hacia él.
El mundo de Kai se encogió. La mirada de su padre era un abismo.
— ¿Quieres ayudarlo, Kai?— La voz del hombre era casi un susurro pero ambos hermanos fueron capaces de escucharlo. — Entonces toma su lugar.—
El pánico ante sus palabras le recorrió las piernas. Kai retrocedió, tropezando con sus propios pies, el corazón martilleándole los oídos como un tambor desquiciado. Intentó girar, correr hacia la puerta, pero el aire se le escapó en un gemido cuando una mano enorme se cerró en su nuca y lo lanzó al suelo. El impacto contra la madera le sacó el poco oxígeno que le quedaba.
Antes de que tuviera la oportunidad de huir lejos, sintió el peso. Un dolor agudo y punzante estalló en su tobillo cuando el zapato de su padre se hundió en el hueso.
—Si vuelves a intentar huir...— Gruñó el hombre, presionando con más fuerza hasta que Kai se retorció en el suelo, gimiendo de dolor. — Me aseguraré de que no camines el resto del mes.—
Ambos vieron a su padre salir de la habitación, no sin antes observarlos con indiferencia, como si hace un momento no hubiera tenido la intención de matar a uno de sus hijos y fracturarle el pie al otro.
Los ojos de Kai fueron al cuello de su hermano, sabía que los dedos de su padre se marcaban ahí.
— Nos matará...—
Isaac se acercó a él, agachándose para tomar sus manos.
— Tal vez no hoy, ni mañana pero...— La voz de Kai se rompió, el miedo evidente en su tono. — Lo hará, Isaac.—
— No lo hará.— Apretó sus manos, intentando transmitir una seguridad que no sentía, el ligero temblor en los dedos de su hermano fue la única respuesta.
Se observaron nuevamente, ambos sabían que las palabras de Isaac eran mentiras, pero querían aferrarse a la pequeña esperanza de que un día... Las cosas serían diferentes.

El sonido de las llaves en la puerta hizo que el corazón de Kai se detuviera por un instante. Isaac lo miró desde el sofá, tenso, como si el aire mismo hubiera dejado de moverse.
El portazo resonó como un trueno. Tobias irrumpió en la casa con el rostro desencajado, sus ojos revelando la ira que sentía en el momento.
— ¿Qué demonios pasó en la escuela, Kai? —
Kai intentó responder, pero su garganta se cerró. No sabía qué versión había escuchado Tobias, pero sí sabía lo suficiente para reconocer el tono en su voz. Ese tono no era enojo... Era sentencia, sabía lo que pasaría, era ese tipo de veces en que prefería ser golpeado.
— No fue mi culpa...— Alcanzó a decir, su voz temblando. — El ensayo... Yo no lo copié, lo juro. El maestro ni siquiera... —
Tobias lo miró, lento, amenazante. Su silencio pesaba más que cualquier grito.
— No me mientas.—
Isaac se puso de pie, dando un paso adelante. También sabía lo que seguiría y tal como su hermano, perfería los golpes.
— Papá...—
— ¡Cállate!— Gritó Tobias, sin apartar la mirada de Kai. Entonces, el silencio volvió. Pero ese tipo de silencio Kai ya lo conocía. Era el mismo que precedía a lo peor.
Kai retrocedió un paso. Su cuerpo entero se tensó, su pecho subía y bajaba de forma descontrolada. El sudor frío le cubría la espalda.
— No, por favor...— Susurró, la idea de correr ni siquiera pasó por su mente, solo podía pensar en la oscuridad que lo esperaba.
Isaac palideció.
—Papá, por favor, no hagas eso.—
Tobias ya no hablaba. Solo se acercó a Kai con paso firme. Kai tropezó con la mesita de centro al retroceder. El mundo se achicaba, y su mente, aunque intentaba luchar, ya estaba en ese lugar, oscuro, cerrado, helado.
— ¡No!— Gritó Kai, ahora sin vergüenza, sin orgullo. El miedo era más fuerte, siempre lo había sido.— ¡No otra vez, por favor! ¡Te lo juro que no hice nada!—
Tobias lo agarró del brazo con fuerza, sin mirarlo siquiera. Como si fuera un saco de basura y no su hijo.
Isaac corrió tras ellos, desesperado.
— ¡Te lo ruego! ¡Papá, basta! ¡No lo metas ahí!—
Tobias lo ignoró. Abrió la puerta del sótano y comenzó a bajar los escalones con Kai forcejeando en su agarre, luchando por soltarse.
— ¡No! ¡No! ¡¡No!!— Los gritos de Kai rebotaban en las paredes, desesperados, desgarradores.
Cuando la puerta del congelador se abrió, un aire inexistente se mezcló con el calor del sótano. Kai pataleaba, sus uñas intentando aferrarse al marco de la puerta, mientras Isaac bajaba los escalones corriendo detrás de ellos, con lágrimas en los ojos.
—¡Él no lo soporta! ¡No puede! ¡Papá!..—
Pero Tobias no lo escuchó. Lo empujó adentro, como quien lanza un objeto no deseado. Kai cayó de rodillas, temblando, Tobias no tardó en hacerlo acomodarse para poder encerrarlo. El sonido de la puerta cerrándose llegó seco, fuerte. El golpe del candado al cerrarse sonó como una sentencia.
Tobias se giró hacia Isaac como si nada hubiera pasado.— Y tú, ve al cementerio. Hoy se trabaja ¿Me oíste?—
Isaac no contestó. No podía. Le tomó unos segundos poder responder, el nudo en la garganta no le permitió hablar, solo asintió, se dió la vuelta, sin mirar atrás. Si lo hacía... Si lo hacía, no podría irse.
Isaac caminaba por la acera, pero no sentía el contacto de sus pies con el pavimento. Lo único que escuchaba, por encima del viento de la tarde, casi noche, eran los gritos de Kai rebotando en el metal.
El cementerio de Beacon Hills se alzaba frente a él, un mar de lápidas frías que, en ese momento, le recordaban demasiado a la hielera del sótano. Isaac comenzó a cavar, o al menos a intentarlo. Sus movimientos eran mecánicos, vacíos. Cada palada de tierra se sentía como si estuviera enterrando vivo a su hermano.
— ¿Te duele el brazo? —
La voz surgió de entre las sombras, profunda y cargada de una extraña autoridad.
Isaac dio un salto, su corazón golpeando contra sus costillas. Ahí, apoyado contra un árbol, estaba Derek Hale. Sus ojos parecían ver mucho más que un simple chico trabajando en el cementerio; parecían ver las marcas invisibles en su cuello y el terror que Isaac intentaba ocultar.
— ¿Qué? — Logró articular Isaac, con la voz nerviosa.
— Tu brazo.— Insistió Derek, dando un paso hacia la luz de la luna.— Puedo olerlo desde aquí, Isaac. Hueles a pánico.—
"No solo a eso." Pensó Derek, podía sentir el terror y la culpa emanando del chico.
Isaac bajó la mirada.
— No puedes ayudarme.— Susurró.
— No.— Respondió Derek, sus ojos brillando con un rojo carmín por un segundo. — Pero puedo darte el poder para que te ayudes tú mismo. Y para que lo saques de ahí.—
Isaac levantó la mirada, repasando en su mente esas últimas palabras. "Y para que lo saques de ahí." ¿Cómo lo sabía? ¿Quién era él? ¿Por qué aparecía ahora?
Isaac lo miró con escepticismo. En su mente, el hombre era simplemente un extraño que había decidido aparecer en medio de la nada. ¿Qué sabía él de Isaac? ¿Qué quería?
— No sé de qué hablas.— Isaac estaba a punto de dar un paso atrás, pero algo en la mirada del moreno lo detuvo.
Derek se acercó un paso más y con ello un leve temblor le recorrió las manos. Quería dar un paso atrás, sintió que el aire se volvía más denso con cada paso que daba Derek. No era solo miedo... Era algo más.
Derek se movió y se detuvo frente a una lápida vieja, descolorida por el tiempo. Acarició el borde con los dedos, como si leyera un nombre olvidado. Luego, simplemente... Presionó.
El mármol crujió. Una grieta corrió como una vena rota sobre la piedra. Con un gesto casi casual, la partió en dos. Las mitades cayeron al suelo con un golpe sordo.
Isaac dio un paso atrás, pero su cuerpo se sentía torpe.
Derek no le prestó atención a la destrucción.
— Todo puede romperse.— Murmuró sin mirarlo.— Incluso lo que parece que no.—
Dio un par de pasos más, cerrando la distancia entre ellos.
— Eso es lo que ofrezco. La fuerza de no volver a tener miedo.—
Isaac apenas podía respirar. La lápida rota seguía frente a él como un símbolo que no lograba comprender del todo. Derek se le acercó, lento pero decidido.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó una mano. Isaac se tensó al instante, conteniendo el aliento, pero Derek no lo golpeó ni lo empujó. En cambio, alzó la mano hacia su rostro. Y fue entonces que las vio.
Las garras.
Emergieron con un sonido sutil, casi elegante, como si fueran parte natural de él. Brillaban débilmente bajo la luz de la luna. No eran humanas.
Una de ellas rozó con suavidad la mandíbula de Isaac, descendiendo por su piel con una caricia apenas perceptible, y sin embargo tan amenazante que lo obligó a cerrar los ojos por un segundo. No lo estaba lastimando. No aún.
— Soy un hombre lobo, Isaac. — Susurró Derek, su voz tan cerca que el aliento le rozó la mejilla. —No solo fuerza. No solo velocidad. Poder es lo que tengo... Y quiero compartirlo contigo. —
Isaac abrió los ojos de golpe, sus labios entreabiertos, queriendo preguntar, gritar o correr. Pero no hizo nada.
Derek retiró la mano lentamente.
— Solo tienes que aceptar, Isaac, quieres protegerlo ¿No es así?—
El lobo se quedó Inmóvil. Esperando por la respuesta que él ya sabía que obtendría.
