Capítulo 1
"Que como el amor de madre, otro en el mundo no habrá"
El techo tiene aquellos vinilos en forma de estrellas que brillan al apagarse la luz. No lo hacen ahora; el último resplandor amarillento se cuela cuando el viento zarandea las cortinas.
Mi cuerpo extendido alcanza apenas la mitad de la cama. Mis manos están siendo cubiertas casi en su totalidad por las de mi madre. Sentada en el borde, al final, aprovechando el vacío. Su rostro es borroso y difuminado. Distingo los manchones oscuros, más abajo de donde deberían estar sus ojos. También, el nacimiento de su pelo enmarañado, corto, de un marrón claro conseguido con tintura y que ella acomoda errática detrás de sus orejas.
Morado y negruzco, pero un negruzco viejo, además, en el cuello. Oscila entre la invisibilidad por momentos.
—...Cas.
Habla. Los deditos se me tensan.
—...Cas—, repite—. ¿Bien?
Un agujero se abre y se cierra como si fuera una marioneta. Como si estuviesen hablando por ella. De hecho, eso parece. Porque su voz es la mía.
Escalo por el colchón hasta mi espalda estar contra la pared. Es celeste claro, el color del cielo. Y más se lo parece con el sol en ella.
—Lejos. Avisa, se los lleva.
Me empuja a abajo. Pongo de nuevo la cabeza en la almohada. Ella me arropa con las sábanas blancas, hundiéndome el pecho.
—Juguemos—, pide ella.
Y quiero decirle que está bien. Que me deje levantarme.
No sale. Nada sale.
—Lucas.
Abro los ojos.
El techo está blanco.
El brazo de Mauro me rodea el torso. Me lo saco de encima, el peso me dificulta respirar.
Solo para verificar, muevo los pies un poco. Siguen sobresaliendo del colchón, como siempre. Y mis manos huesudas son casi igual de largas que mi rostro. Llenas de marcas, claro. Al igual que en la piel de mi cara, pero en su lugar no hay pecas, sino tajos blancos, algunos rojizos, más largos, más cortos.
Mauro ronca. Lo descubrí en nuestra primera semana juntos. En la semana dos —la actual—, descubrí también lo pesado que tiene el sueño. Tanto, que no puedo evitar temer cuando él duerme en su casa. Porque vive solo. Podría entrar alguien, hacerle algo, y solo saberlo cuando esté muerto.
Me doy un golpecito en la frente. Algo tan horrible no podría pasar. O no debería pensar en ello.
En su lugar, le acaricio las clavículas. Poso el índice en una y lo deslizo hasta la otra. Es un tobogán. Voy más abajo. Me balanceo entre los abdominales. Tiene un buen cuerpo, teniendo en cuenta sus hábitos y el hecho de que está más cerca de los cuarenta que de los treinta.
Me detengo a la altura de su ombligo. Sigue sin reaccionar, así que no quiero seguir. Vuelvo al inicio. Boca arriba, mirando al techo.
Lo atendí un día en el que mi padre me dejó solo en el local. Buscaba anclajes y abrazaderas. Las encontré rápido. Debía hacerlo, la fila detrás suyo se extendía, raramente, hasta afuera. Pero Mauro seguía ahí, observándome, incluso después de hacerle la cuenta. Me hizo charla. Yo me reía nervioso. Y me preguntó a qué hora terminaba mi turno.
Luego estábamos en el café de enfrente. Nunca tengo mucho para decir, sobre todo si se trata de mí, por lo que la conversación giró en torno a su vida. Para ser día de semana, me sorprendió la flexibilidad de sus horarios. Hablamos sobre eso. Supe entonces que Mauro vive de alquilar propiedades que sus padres compraron de jóvenes, alrededor de todo el país. Ni una sola vez ha tenido la fortuna de pararse tras un mostrador a recibir insultos de la gente. ¡La dicha de cumplir horarios! Ciertamente no sabe gozar de su existencia.
Su forma de pedirme salir fue tan simple. De alguna forma, logró desarmarme. Admito tener una inclinación mayor hacia el romance, hacia aquellos gestos únicos de la ficción. Sin embargo, hablé con Joaquín y él dijo "Hacélo, ¿qué podría salir mal?"
Un teléfono empieza a sonar de repente y me arranca un espasmo propio de un susto. Hago un paneo rápido alrededor. Está arriba de mi escritorio. Es el de Mauro. Lo tomo, quizás se trate de alguna alarma.
No es así. El nombre Cecilia está en el medio de la pantalla, con letras gruesas. Presiono la tecla del volumen, lo que logra callar al aparato, aunque sigue vibrando en mi mano. Mauro continúa ajeno.
El teléfono se detiene y suspiro. Cecilia, por otro lado, no tarda mucho en insistir.
No ha salido ni un solo nombre de mujer de esos labios, que ahora están entreabiertos, aplastados hacia un costado por el almohadón que le designé para cuando se queda a dormir. ¿Podría ser su hermana? ¿Una amiga? ¿Una prima, otro familiar, alguien del trabajo?
Después de arrancarme un pellejo del dedo gordo, atiendo.
—Hola—, digo con voz ronca.
—¿Quién habla? ¿Y Mauro? —, pregunta, nerviosa.
—Está dormido—, le explico—. ¿Le aviso?
—¿Dormido? ¿Vos quién sos?
Veo a Mauro. No he hablado con él sobre esto. ¿Será Cecilia alguien en quien él confíe?
—Soy Lucas—, me presento, dubitativo aún. Tomo algo de aire antes de seguir—. Su novio.
Decir en voz alta esa palabra la vuelve excepcional. Se siente espesa en la boca. Algo que no podría manejar en otro momento, un privilegio tal vez. Por alguna razón, algunas personas me quieren y yo me quedo con ellas.
Esta vez, es diferente. Con Mauro roncando sobre mi cama, ¿qué podría salir mal?
—¿¡Cómo que novio!?
Cecilia me arranca la paz temprana con un grito agudo que me obliga a alejar la oreja del teléfono.
—¿¡De qué carajo hablás!? ¡Contestáme!—, exige. Puedo oírla de lejos.
Trago saliva.
—Eh... S-sí, llevamos unas d-dos semanas—, le digo con torpeza—. ¿Y vos quién sos?
—¡Su mujer! —chilla. A mí se me detiene el corazón—. ¿Me escuchás? ¡Soy su mujer!
Me lleva unos minutos comprender. Es similar a recibir un baldazo lleno de agua con hielo en la nuca. Me debo sentar en la silla del escritorio, con los brazos hacia los costados, rendido.
No puede ser posible. Duerme acá la mayoría de las noches. ¡No tiene alianza! ¡No puede ser!
—¡Pasáme con él! —continúa ella.
Lo único para lo que obtengo fuerzas, es para mover el dedo por la pantalla hasta colgar. Después, la mano se me abre sola y el teléfono llega al piso, con un ruido seco que tampoco logra despertar a Mauro.
El silencio posterior es el peor. Sí, aún ronca. Se alcanzan a escuchar autos, motos, pasos, todos de afuera. Me refiero a lo que queda. En mi corazón. En mi cabeza.
Me pongo de pie.
Lo agarro del hombro.
—Mauro—, lo llamo mientras lo sacudo.
Se voltea con un gemido, sin abrir los ojos todavía.
—Despertáte—, digo más fuerte.
Ni enterado.
Algo se quiebra. Supongo es mi paciencia.
—¡Mauro! ¡Arriba! —, exclamo bien profundo en su tímpano.
Se reincorpora pronto. Tarda muy poco en entrecerrar los ojos debido a la incomodidad de la luz. Prendo entonces la de la habitación y le sale un quejido.
—¿Qué pasa...? —, me pregunta frotándose la cara.
Levanto el teléfono del suelo y se lo tiro. Le golpea en una mejilla. Casi ni reacciona.
—Te llamaron. Una tal "esposa".
Mauro, masajeándose el lugar del golpe, me mira con confusión. Pronto su cara, antes hinchada, llena de sueño, palidece, recién terminando de comprenderme.
—Lucas... —, me llama con tono almibarado.
—Vestíte. Sin excusas en el proceso, por favor.
Junto su ropa del suelo y se la entrego.
Escucho el roce alterado de la tela contra su piel. Por mi parte, necesito aire, así que abro la ventana para escapar. A la ventisca le cedo mis lágrimas y tristeza, todo aquello que no sea parte de la bronca.
Su mano, peluda hasta las falanges, se posa con premura en mi hombro. La aparto con un sacudón antes de caer ante ella. Lo arrastro fuera de la habitación, a los empujones. En el proceso, se abrocha el pantalón y se coloca las zapatillas desatadas.
—¿Podemos hablar? Quiero explicártelo—, dice, con ese tono de ligereza que acompaña seguido cada una de sus frases.
Por supuesto que los ojos me dan vuelta.
—No estoy enojado—, le aseguro, sintiendo la pulsación de una vena en mi cuello—. Vamos a dejarlo así. Te deseo mucha suerte con tu esposa.
—Lucas...
Le sostengo la puerta de la entrada de casa. En su cara no encuentro algo, naturalmente, pero su voz tiene esa peculiar dulzura. La manera en la que las cosas pierden el peso cuando salen de su boca me doblegan partes inexplicables del espíritu.
—Hablemos—, pide una vez más—. Tenés que perdonar...
—¡Basta! —vocifero, tirándolo a la calle—. No tengo más para decirte y no quiero escucharte. Se acabó.
Es probable que el portazo lo haya golpeado en alguna parte, porque escucho un mínimo quejido antes de sus pasos por el sendero de piedras que atraviesa el patio delantero.
A mi boca la inunda el sabor metálico de la sangre una vez me he saciado mordiendo su interior. La piel se desprendió con facilidad; no había terminado de regenerarse de la noche anterior.
Cuando volteo, en un intento de volver a mi habitación a recostarme y calmarme, veo a Guillermo, silencioso e inexpresivo, parado frente a la puerta del baño.
Cada pelo del cuerpo se me eriza. Me rasco el brazo izquierdo.
—Papá... —susurro.
No responde. Regresa, al fondo de la casa, en donde está su pieza y allí se encierra. El clic me rebota desde la cabeza hasta el pecho.
Soy consciente de la cantidad de tiempo en la que me quedo parado, viendo su espalda recta desapareciendo tras aquel rectángulo infranqueable de madera, solo cuando, en uno de los vaivenes efusivos de mis uñas sobre la piel seca, me llevo consigo más de la que puedo aguantar sin empezar a sangrar. El dolor me hace apretar la lengua.
Suficiente. Unos pasos firmes me dejan en la heladera, la cual abro y, en un vistazo general, resuelvo por cocinar un arroz con verduras y carne. Hay un generoso puñado de carne molida, guardado en una bolsita. Coloco todo sobre la mesada y alcanzo de los estantes de arriba una tabla de picar.
Empieza mi labor. Entre las cebollas, me permito llorar un poquito. Entre los zapallos, me recuerdo que soy un idiota. Entre las zanahorias, me invade la culpa de ser descuidado y dejar que papá haya visto algo así; eso me roba el aire. Entre las papas, me propongo cambiar. En el silencio que queda cuando no tengo ninguna otra verdura por picar, me río solo.
Eso es imposible.
Revuelvo la olla y el olor colisiona en mi campanilla. Me provoca una arcada. El estómago se me cierra de golpe, como una ventana azotada por el viento. La grasa de la carne ahoga al resto de ingredientes y debo voltear la nariz, respirar pausado. Doy un paso atrás. El vapor me persigue, quiere alcanzarme. Con esfuerzo desmedido, saco de fuego la cacerola y la llama me mira. Seguro se pregunta en qué fallé esta vez.
Vuelvo a mi habitación al recobrar la compostura. Me quedo sentado en la cama mucho más que un rato. Veo la pared. La contraria al escritorio, la que tiene pegada una foto con Mauro con cinta en una esquina.
La arranco.
Se lleva consigo un poco de pintura gris, dejando un hueco celeste.
¿Qué significó ese sueño? No había soñado con ella desde entonces. Hace tres años. Ni siquiera la recuerdo con claridad.
Mi madre está ahí, en mi mente, en la parte de atrás. Muy atrás. Chiquita, como ese faltante de pintura. ¿Por qué ahora? No he estado pensando en ella. Ni tengo fotos acá, en este cuarto, que es donde paso la mayoría del día, o por el resto de la casa. No le guardo rencor. No la culpo por hacer “eso” frente a mí.
He llegado a preguntarme, incluso, si ella fue acaso real. Pero no tiene sentido. Porque la extraño. Y eso, a pesar de su tamaño, ha sido casi fatal. Doloroso, profundamente. Lo suficiente como para dejar más de una marca.
Me miro los brazos.
Un bocinazo en la calle me da el impulso para comenzar a vestirme. Al abrir el ropero, elijo sin mucho cuidado (por suerte, todo en este lugar es gris o negro, hasta la ropa) y, de nuevo en la sala de estar, voy hasta la puerta de papá.
Golpeo un par de veces. Sostengo la respuesta que me da el silencio. Hablo yo:
—Está la comida. Agregále arroz y listo. Yo ya me voy.
Me alejo de ahí al oír, quizás, un golpe en su escritorio, cabecera de la cama, silla del rincón. Lo que sea, contra una madera.
—Nos vemos más tarde, papá.
No hay despedida.
Salgo de la librería. Olfateo entre las páginas del libro usado que compré. Lo conseguí por un precio bajísimo. Sin embargo, es imposible no sentirse algo desdichado al sostenerlo.
En la primera hoja hay una dedicatoria. Está en una desprolija letra cursiva que tardé en descifrar: “Para mí hija, Sofía. ¡Que los libros sigan iluminando tu vida!”
Sofía tiene el corazón helado, eso es un hecho.
De la librería a la facultad, hay dos cuadras. Me encamino a ella contando las baldosas rotas de las veredas y viendo las casas de los vecinos. Me gusta imaginar que soy alguno de ellos. Similar a alguien con la vida resuelta. Con trabajo. Una esposa, o esposo en mi caso, aunque estoy convencido, a pesar de las evidencias, de que la gente heterosexual tiene la vida más resuelta que los homosexuales. Bien temprano, riego mi jardín. Hago un poco de ejercicio, quizás. Puedo comer. Me queda algo de tiempo para dar un paseo por las noches; conservo la energía suficiente para ello.
Suspiro, cercano ya a la escuela. Acomodo el libro bajo uno de mis brazos y guardo las manos en los bolsillos de mi campera cuando debo atravesar una muchedumbre ruidosa para llegar a los portones. Iguales a las olas del mar, algunos me empujan sin quererlo. Otros, no estoy tan seguro.
Logrado, cruzo por el patio principal. Voy despacio. Es temprano. No obstante, el sol de la tarde me hace transpirar. Todos los demás se han resguardado bajo las sombras de los árboles, o en las galerías que adornan las entradas de los cursos.
El área de Literatura, donde voy, está junto a la de Música, en la que siempre revolotean estudiantes cantando, con algún instrumento, ensayando. Hoy, entre ellos, hay un par de chicas que ríen como si recién hubiesen descubierto el humor.
Cuando una de ellas se aparta para dejarme pasar, lo veo.
Noah.
Conocía su voz. Por comentarios sueltos de mis compañeros, que, a su vez, llegaron de todos lados. Nunca habíamos estado así de cerca. Apenas me llega a la barbilla, debo bajar la cabeza si quiero analizarlo.
Le veo el gel, reluciente hasta en la sombra, tirando hacia atrás a la perfección sus rulos color carbón. Tiene una camisa verde moho, sin una sola arruga. Con el primer botón desprendido.
Tal vez le llama la atención mi paso lento, porque sus ojos y los míos chocan. Un segundo, seguro menos. Son negros. Almendrados. Con pestañas cortas, todas del mismo tamaño.
Una de las chicas lo golpea en el hombro y él vuelve a ella. Yo miro más. Al comenzar a considerarme raro, sigo mi camino, rascándome el brazo.
Hay un par de pelos erizados, en mi cuello. Por motivos desconocidos, además, son mis latidos más rápidos.
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¡Bienvenidxs a Arrebol!
He estado trabajando en esta historia desde hace años. Había estado muy inseguro sobre si debería o no publicarla, puesto que nunca estoy del todo convencido cuando termino de escribir un capítulo. Pienso que falta más, que puede mejorar. Sin embargo, también tenía muchas ganas de mostrarla, y he pensado que no debería dejar pasar más el tiempo.
Publicaré capítulos semanalmente, o cada diez días, según mi disponibilidad. Tengo una cuenta de tiktok (https://www.tiktok.com/@kiyoshikisho) en donde subiré las novedades.
¡Gracias por leer! Pueden votar y comentar, que eso me sería de gran ayuda y me dará muchos ánimos para seguir.
Saludos!
-Kiyoshi_san.