Prólogo.
Memorias. Apenas soy capaz de recordar al muchacho. Un fantasma en mi cabeza; su rostro, su nombre, su voz, figuras menguantes y difusas como la arena del desierto. Con el tiempo lo fui olvidando, a él y a gran parte de sus vivencias. Pero, de entre todas estas, hay una que se mantuvo inmutable.
¿Y cómo olvidarlo?
El tata era un hombre sabio; de mecha corta, pero sabio a fin de cuentas. Poco había que hacer con su temperamento una vez se le cruzaban los cables. No era violento,pero se hacía respetar a su manera. Podríamos decir que heredé parte de su carácter, y ya sabrás lo que pasa cuando dos personas así se trenzan.
Teníamos nuestras discusiones, y a medida que crecí estas se hicieron cada vez más comunes. La clásica rebeldía adolescente. Pero ese día, el más negro de todos,la cosa escaló más de lo necesario.
Gritos. Recuerdo los insultos volando a través de un rancho precario a las afueras de la ciudad. Mi antiguo hogar, asumo.El eco de un portazo que dio lugar al silencio del campo. No miré atrás;subí a la moto, metí llaves y aceleré por el camino de tierra.
¿Mi destino?La jungla de concreto que en el horizonte se dibujaba; el escape usual de mis problemas. El estruendoso motor resonaba cual tambor de guerra mientras el velocímetro acrecentaba su marca. El caño de escape estallando a cada segundo con sus bocanadas de humo negro.
La vida está llena de cambios. Algunos se anuncian con bombo y platillo, y otros se dan a conocer con un susurro en medio de una tormenta. El más sonado, y que podemos dar por sentado que todos lo vamos a experimentar, es el paso a la otra vida. Es irónico que también resulte ser el último, como si el bastardo estuviese tan seguro de su llegada que decidiese tomarse todo el tiempo del mundo para ello.O bueno, no siempre. Algunos tenemos peor suerte que otros, supongo.
Qué fácil es pasarlo por alto, ¿no? Ya sea cuando nos levantamos por la mañana, cuando discutimos con nuestros seres queridos, o cuando vamos por la ruta a ciento veinte kilómetros por hora; tal vez sintiéndonos indestructibles en medio de semejante ignorancia.Uno no piensa en la ultima mano hasta que el comodín aparece sobre la mesa; el mono que sonríe con sus dientes amarillentos.
Está bien, fue mi culpa. No estaba en mis cabales, no trato de justificarme. Había entrado a la ciudad cuando este chico dobló por donde iba pasando; se metió al cruce, apenas alcancé a verle la cara.Salí volando.Brazo y pierna rotos con el primer impacto, la espalda rasgada con el segundo, y al tercero ni siquiera lo sentí; asumo que me reventé la cabeza contra el cordón.
Eso fue todo. Un final y ya,sin ceremonias ni espectáculo. Un parpadeo y al carajo… o bueno, algo así.
Hombre religioso. Esperaba encontrarme de cara con la entrada al paraíso; San Pedro sonriendo mientras los ángeles soplaban sus trompetas. Pero la realidad estaba lejos de siquiera parecerse al Edén.
Es posible que, llegadas estas alturas, ya hayas oído de mí. Tengo muchos nombres llegado este punto, pero solo hay uno con el que me siento completamente cómodo; «Filiu Vulture», o solo «Fil», para los amigos.
Déjame contarte una historia, mi querido interesado; la historia de mi vida. No las medias verdades que cuentan los nobles en su circo, no la parafernalia que comparten las bestias en la meca, ni la fabula que parece pasar de boca en boca hoy en día. La verdadera historia.
Y como buena obra, todo comienza con un telón abriéndose... o algo similar a este.