Del vacio a Nosotros《CharlieBabe》

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Summary

Segunda parte del ONE SHOT "El precio de la paz", la primera parte lo pueden encontrar en mi cuenta de Wattpad...

Genre
Drama
Author
Vanesa
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

ONE SHOT

Departamento de Charlie - Noche Profunda

El departamento está sumido en una oscuridad casi total, rota solo por los neones distantes de la ciudad que se cuelan por las ventanas, pintando franjas de luz fría sobre el desorden. Charlie está sentado en el suelo, recostado contra el sofá. Una botella de whisky vacía yace a su lado. Sus ojos, rojos e hinchados, miran sin ver la pared opuesta. El silencio es absoluto, roto solo por el zumbido de sus propios pensamientos, un eco tortuoso de las palabras de Babe: "¿Cómo se lucha por una persona a la que ya no amas?"

Un golpe en la puerta. Firme, no insistente, pero innegable. Charlie parpadea, como si despertara de un trance. No se mueve. El golpe se repite, más definido esta vez.

Con un esfuerzo que le pesa en los huesos, Charlie se levanta. Su cuerpo es un peso muerto. Se acerca a la puerta y la abrió, sin esperar nada, sin importarle quién sea.

Y ahí está. Babe. Parado en el marco, bañado por la luz tenue del pasillo. No lleva su chaqueta de cuero de carreras, sino una sudadera oscura. Su rostro está iluminado por una sonrisa suave, enigmática. Sus ojos, siempre tan expresivos, ahora son pozos de una calma impenetrable.

La voz le sale áspera, gastada, como si no hubiera hablado en días.

—¿Qué haces aquí?

Babe no responde de inmediato.

Simplemente lo mira, escudriñando su rostro devastado. Luego, con una naturalidad que desarma, empuja suavemente la puerta y entra, pasando junto a Charlie como si el departamento aún fuera un territorio familiar.

Charlie cierra la puerta mecánicamente, sin fuerza.

Babe de espaldas a él, observando el desorden con una curiosidad leve.

—Vine a verte.— Se gira, su sonrisa no se desvanece, pero sus ojos recorren el rostro de Charlie, los rastros de sufrimiento.— ¿Sucede algo, Charlie? Te ves…mal.

Una risa amarga, seca, le sale del pecho.

—¿Mal?— Niega, apartando la mirada.— No. Deberías irte, Babe. Ya tuve suficiente por hoy.

Babe da un paso al frente, su expresión se torna ligeramente burlona, un destello del viejo fuego juguetón.

—¿Suficiente? ¿En qué sentido, Cachorro?

El apodo, antiguo, íntimo, prohibido, actúa como una descarga eléctrica. Charlie se tensa, cada músculo listo para romperse.

Charlie gira hacia él, su voz es un látigo bajo y peligroso.

—No me llames así.

Babe frunce el ceño, fingiendo una confusión inocente.

—¿Por qué? No tiene nada de malo. Siempre te gustó.

Charlie avanza, invadiendo su espacio personal. El aire se espesa con rabia, dolor y una desesperación contenida.

—¡Ya basta, Babe! ¡Vete! No sé qué mierda estás jugando, pero no cuentes conmigo. ¡Vete!

Babe no retrocede. Sostiene su mirada. La sonrisa se desvanece de sus labios, reemplazada por una expresión de lúcida comprensión.

Su voz baja a un susurro deliberadamente suave.

—¿Duele, verdad?

Charlie traga en seco, su corazón late frenético contra sus costillas.

—¿Qué cosa?

Un lado de su boca se curva en una media sonrisa, no de burla, sino de triunfo melancólico.

—Sé que estuviste ahí, Charlie. Escondido, en las sombras. Escuchaste toda mi conversación con Alan. Por eso estás así. Destrozado.

La confesión directa es otro golpe. Charlie se siente desnudo, expuesto. Su dolor, convertido en un espectáculo que Babe ha venido a presenciar.

Su voz tiembla, no de tristeza ahora, sino de furia herida.

—¿Acaso vienes a burlarte? ¿A rematar? ¿Viste qué me dejaste hecho mierda y querías asegurarte del trabajo?

Babe no responde con palabras. En un movimiento fluido y rápido, cierra la distancia restante. Sus manos se elevan, no en un gesto de ataque, sino de posesión. Una rodea la nuca de Charlie, los dedos enterrándose en su cabello, tirando con una fuerza que no admite resistencia. La otra palma se apoya contra su mejilla. La proximidad es electrizante, peligrosa.

Sus labios están a un suspiro de los de Charlie. Su aliento es cálido, familiar. Cuando habla, es un murmullo cargado de una verdad devastadora y hermosa.

—Mentí.

Charlie intenta apartarse, pero la mano en su nuca lo sostiene firme.

Babe entre besos que no son besos aún, solo promesas carnales susurradas contra su boca.

—Era una broma, cariño. Una broma cruel, sí.— Otro roce de labios, eléctrico.— Te amo. Te sigo amando como siempre lo he hecho. Con todo lo que tengo, con todo lo que soy.

Un gruñido ronco escapa de su garganta. Sus manos agarran las caderas de Babe, clavando los dedos en la tela, desgarrando la realidad.

—No juegues conmigo, Babe…— Su voz es un ruego, una advertencia.— No así. No con esto.

Sus ojos brillan con una mezcla de amor, de venganza dulce, de verdad absoluta.

—Claro que no juego. Solo quería…lastimarte un poco. Como tú lo hiciste conmigo durante meses.— Su sonrisa es un cuchillo de plata.— Te lo mereces, por ser un cabrón. Por hacerme pasar por ese infierno. Por pensar que tu sacrificio estúpido era mejor que luchar a mi lado.

La confesión es un bálsamo y un veneno.

Charlie reacciona. Toda la rabia, la confusión, el dolor, se transforman en una fuerza bruta, posesiva. Agarra a Babe y lo empuja contra la pared cercana, el impacto resonando en el silencio del departamento. Babe suelta una risa entrecortada, un sonido de desafío y entrega.

Charlie le clava los antebrazos a los lados de la cabeza, enjaulándolo, su rostro a centímetros.

—¿Te crees muy listo, eh? ¿Muy fuerte por aguantar? ¿Por fingir qué ya no sentías nada?

Babe jadea ligeramente, pero su sonrisa no se desvanece. Desafía con la mirada.

—Funcionó, ¿no? Te destrozó. Y ahora…ahora estás aquí, mirándome como si quisieras devorarme vivo. Eso era exactamente, lo que yo quería.

Charlie ya no puede contenerse. Con un gruñido que es pura rendición, devora su boca. No es un beso. Es una reclamación, una guerra, una disculpa salvaje. Es diente y lengua, desesperación y furia. Sus manos bajan, agarran el trasero de Babe a través de los jeans, apretando con una fuerza que hace que Babe arquee la espalda contra la pared, un jadeo ahogado escapando entre sus labios unidos.

Charlie rompe el beso para recorrer con los labios la línea de su mandíbula, su cuello. Se detiene justo sobre la marca antigua, la de Willy, y allí, con una mezcla de posesión y de borrar fantasmas, hunde los dientes. No es una mordida suave. Es una marca, una nueva impronta sobre la antigua.

Un grito ahogado, mitad dolor, mitad éxtasis, le arranca el beso. Sus manos se aferran a los hombros de Charlie, las uñas clavándose a través de la tela.

—¡Charlie…!

Charlie murmura contra su piel, el calor de su aliento erizando la nuca de Babe.

—Calla. Esto ya no es tu juego. Eres mío. Y no voy a soltarte nunca más.

La promesa, hecha entre dientes y jadeos, en la penumbra de un departamento que huele a whisky y a verdad desatada, sella algo. No un perdón fácil, no un olvido. Sino el inicio de algo nuevo, nacido del dolor más profundo y de un amor que, al final, resultó ser demasiado obstinado para morir. Babe cede, su cuerpo se ablanda contra la pared y contra Charlie, su risa burlona transformándose en un suspiro de entrega total. La batalla ha terminado. La guerra, quizás, acaba de comenzar de nuevo, pero en sus propios términos, salvajes y verdaderos.

La escena continúa desde el beso devorador y la mordida posesiva en el cuello. La tensión sexual es un cable vivo entre ellos, electrizando el aire cargado de emociones crudas.

Babe entre jadeos, separando sus labios de los de Charlie solo un milímetro.

—Charlie…espera…un segundo.

Charlie gruñó contra su boca, sus manos aún aferradas con fuerza a las nalgas de Babe, presionándolo contra su evidente erección.

—Lo que sea que sea, puede esperar.

Babe gira la cabeza, tratando de encontrar aire, una sonrisa juguetona y nerviosa en sus labios hinchados.

—Es una…llamada. Necesito hacer una llamada rápida.

Charlie deja de morder la clavícula, levantando la vista con ojos oscurecidos por el deseo y un destello de sospecha.

—¿Ahora?

Babe asiente, fingiendo un arrepentimiento exagerado.

—Es…un ligue. Alguien que North me consiguió.— Hace una pausa dramática, mirando a Charlie bajo sus pestañas.— Y está…esperándome en mi casa.

El efecto es instantáneo. Todo el cuerpo de Charlie se congela. La pasión se transforma en un hielo afilado y peligroso. Retira sus manos como si se quemaran, dando un paso atrás. El aire se vuelve gélido.

Su voz es un susurro cargado de una furia silenciosa.

—¿Está…en nuestra casa? ¿Ahora mismo?

Babe se muerde el labio inferior, un gesto que antes era de nerviosismo y que ahora parece pura provocación. Sus ojos brillan con un desafío luminoso.

—¿Sí…?

Charlie lo mira, y en su rostro se libra una batalla entre el dolor reciente, la rabia y el amor devorador. Luego, exhala un suspiro que es casi un rugido sofocado.

—Babe…por tu propio bien, deja de jugar. Ya.

Babe sostiene su mirada por un segundo más, la tensión está rozando el punto de ruptura.

Luego, su expresión se derrumba en una risa clara, genuina, llena de alivio y de cariño travieso. Sacude la cabeza.

Babe ríe, el sonido llenando la habitación, disolviendo el hielo.

—¡Es mentira, Cachorro! ¡Era broma! Ya no juego más, te lo prometo. Fue el último. Lo juro.

Charlie no se relaja de inmediato. Lo observa, buscando cualquier rastro de falsedad. Solo encuentra amor y una pizca de arrepentimiento juguetón en los ojos de Babe.

Su voz aún es áspera, pero la tensión ha cambiado.

—¿Entonces? ¿Qué era tan importante que no podía esperar a que te volviera a poner contra esa pared?

Su sonrisa se vuelve más suave, más tímida, casi vulnerable. Toma las manos de Charlie en las suyas.

—Quería preguntarte algo. Algo de verdad.— Hace una pausa, respirando hondo.— ¿Quieres ir conmigo a Londres? A la carrera en Silverstone. North y los demás vienen después, pero…— Aprieta sus manos.— Ya tengo los pasajes. Para los dos. Quiero que estés ahí. En la primera fila. Que me veas ganar…o caer intentándolo. Contigo allí.

La pregunta cuelga en el aire, cargada de un significado más profundo que un simple viaje.

Es una invitación a su nuevo mundo, a su paz reconquistada, pero con Charlie a su lado esta vez. Es un puente tendido sobre los escombros del pasado.

Charlie lo mira, y toda la tormenta en sus ojos se calma, transformándose en una admiración profunda, en un amor que duele de tan intenso. Un lado de su boca se curva en la primera sonrisa real de la noche.

—¿Pasajes para ambos, eh? Tan seguro estaba de que diría que sí.

Babe encoge los hombros, una sonrisa de oreja a oreja iluminando su rostro.

—Tenía fe. O era terco. Nunca lo sabrás.

Charlie asiente lentamente, llevando una de las manos de Babe a sus labios y besando sus nudillos.

—Está bien. Sí. Iré contigo a Londres. A cualquier parte.

La felicidad que estalla en el rostro de Babe es pura, radiante. Grita de alegría y, en un movimiento impulsivo, salta, envolviendo las piernas alrededor de la cintura de Charlie, quien lo atrapa instintivamente. Babe llueve besos por toda su cara, su cuello, entre risas y murmullos.

Babe entre besos desordenados y feliz.

—¡Te amo! ¡Te amo, te amo, te amo, mi amor! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

Charlie ríe, una risa profunda y liberadora que le brota del pecho, sosteniendo el peso de Babe como si fuera lo más preciado del mundo.

—Dilo otra vez.

Babe se detiene, sus labios a un milímetro de los de Charlie. Sus ojos, brillantes y sinceros, lo miran fijamente.

—Mi amor. Te amo. Siempre. A pesar de todo. Por todo.

Esas palabras son el permiso final, el desencadenante. Toda la ternura se transforma en una urgencia feroz, posesiva.

Charlie ya no está contento con sostenerlo.

Lo lleva de nuevo contra la pared, pero esta vez con una determinación diferente. Sus manos no buscan solo sujetar; buscan reclamar, redescubrir.

Con movimientos bruscos y expertos, Charlie desabrochó los jeans de Babe y los empujó hacia abajo junto con su ropa interior, dejando al descubierto su trasero. No hay preámbulos lentos. Charlie saca su propio miembro, ya duro y palpitante, y tras un segundo de fricción salvaje contra la entrada de Babe, lo penetra con un solo empuje profundo y potente.

Babe arquea la espalda contra la pared, un grito ahogado y gutural escapando de su garganta. Sus uñas se clavan en los hombros de Charlie.

—¡Ah, Charlie! ¡Dios…!

Una risa baja, cargada de diversión oscura y de una posesividad extasiada, le vibra en el pecho. Comienza a moverse con embestidas largas, profundas, recuperando el territorio que una vez fue solo suyo.

—¿Ves? Esto…esto es lo que pasa cuando juegas conmigo, precioso. Cuando me haces pensar, aunque sea un segundo, que alguien más podría tocarte.— Se inclina, capturando sus labios en un beso voraz, mientras sus caderas mantienen un ritmo implacable.— ¿Lo sientes? Te voy a recordar cada centímetro de esto. Voy a follarte hasta que el único nombre que recuerdes sea el mío.

Babe jadea, entrecortado, entre beso y beso, completamente entregado, abierto, vulnerable y excitado más allá de toda cordura.

—¡Sí…! ¡Charlie…más…! Es tuyo… ¡Todo es tuyo…!

Charlie rompe el beso para bajar la cabeza, mordiendo y chupando una nueva marca en el cuello de Babe, sobre la antigua, borrando simbólicamente cualquier otro recuerdo.

—Esta entrada apretada y perfecta…— Una embestida particularmente brutal hace que Babe grite.—…siempre fue mía. Solo mía. Y vas a gritarlo para todo Londres si hace falta.

El sexo es brutal, un castigo entregado con amor feroz y recibido con éxtasis sumiso. No hay palabras denigrantes, solo afirmaciones obscenas y posesivas que celebran el cuerpo de Babe, su entrega, su pertenencia. Es la reconquista física de una conexión que casi se pierde, hecha más intensa por el miedo, el dolor y el amor redescubierto. Cada gemido de Babe, cada gruñido de Charlie, es un ladrillo más en la reconstrucción de algo que, contra todo pronóstico, es más fuerte después de haberse roto.

Circuito de Silverstone, Londres - Día de Carrera

El rugido es monumental, un trueno continuo que se apodera del aire y hace vibrar las gradas hasta los huesos. El cielo gris plomizo de Inglaterra no logra apagar la explosión de color y adrenalina. En la recta de Hangar Straight, un destello azul eléctrico y plateado corta el aire como un rayo: el #1 de X-Hunter, pilotado por Babe. Detrás, los motores de sus rivales rugen, pero no logran cerrar la brecha que él ha abierto con una mezcla de valentía descarada y una técnica pulida hasta el brillo.

En el paddock, el equipo está reunido. North, con una gorra hacia atrás y los nudillos blancos para aferrarse a la valla. Sonic, saltando en el sitio, sin poder contener la energía. Dean, inmóvil pero con los ojos siguiendo cada dato en tres tablets simultáneamente. Alan y Jeff, hombro con hombro, conteniendo la respiración. Y Charlie.

Charlie no mira las pantallas. Sus ojos están clavados en ese punto azul que serpentea con gracia letal por la curva Stowe. No siente el zumbido de los motores en sus huesos, ya no. Pero siente algo más profundo: el latido de su propio corazón sincronizado con cada cambio de marcha que intuye, con cada frenada que parece imposible. Lleva una chaqueta con el logo de X-Hunter, un gesto de pertenencia que antes había desdeñado.

Su rostro es una máscara de concentración serena, pero sus ojos, esos sí, arden con un fuego que solo Babe puede encender.

Por el altavoz con acento británico, histérico.

—¡Y ES BABE POR LA INTERNA! ¡EL REY DEL VACÍO ATACA EN LA ÚLTIMA VUELTA! ¡KARLSSON INTENTA RESPONDER PERO NO HAY FORMA! ¡ESE X-HUNTER ES UNA BESTIA!

La última curva, Chapel. Babe lleva su moto al límite, rozando el borde del asfalto y la gravilla. Sale disparado hacia la recta de meta, una flecha humana de pura determinación. El rugido de la multitud se eleva, mezclados con el de los motores.

¡BANDERA A CUADROS!

El altavoz estallando.

—¡BABE TOMA LA VICTORIA! ¡X-HUNTER CONQUISTA SILVERSTONE! ¡QUÉ ACTUACIÓN, QUÉ PILOTO, QUÉ LEYENDA!

En el paddock, estalla el caos. North lanza la gorra al aire con un grito gutural. Sonic y Dean chocan los cinco, riendo como niños.

Alan y Jeff se abrazan, aliviados y eufóricos.

Pero Charlie ya se está moviendo, abriéndose paso con determinación suave entre la multitud de mecánicos y periodistas que empiezan a agolparse.

La moto ganadora frenó en el área designada, el motor tosiendo el último suspiro de la carrera. Babe se baja, desenganchando el casco. Al levantarlo, su rostro está bañado en sudor, el cabello pegado a las sienes, pero sus ojos…sus ojos son dos soles victoriosos.

Busca, entre el mar de rostros, un solo par de ojos.

Y los encuentra. Charlie está allí, al borde del área cerrada, esperando. Todo el ruido del mundo parece desvanecerse en el espacio que hay entre ellos.

Babe deja el casco en el asiento y camina.

North le palmotea la espalda, Sonic le grita algo que no escucha, Alan le sonríe con lágrimas en los ojos. Pero Babe no se detiene. Sigue caminando, directamente hacia Charlie.

Cuando está a un paso de distancia, se detiene. Una sonrisa amplia, triunfante, pero también tierna, se abre paso en su rostro.

Babe grita sobre el bullicio.

—¡Lo hice, Cachorro! ¡Lo hice!

Charlie no dice nada. No necesita hacerlo. En un movimiento que es a la vez posesivo y de una devoción absoluta, cierra la distancia final. Una mano se engancha con firmeza en la cintura de Babe, sobre el ceñido mono de cuero, tirando de él hasta que sus cuerpos chocan, sudorosos y eléctricos. La otra mano se hunde en el pelo húmedo de Babe, en la nuca.

Y luego, delante de Dios, de Silverstone, de los fotógrafos, de su familia del taller, Charlie besa a Babe.

No es un beso casto de felicitación. Es un beso profundo, apasionado, reclamador. Un beso que dice “Eres mío, esto es mío, esta victoria es nuestra”. Un beso que sella cada palabra de amor dicha en la oscuridad, cada promesa hecha entre sábanas revueltas.

Babe se sorprende solo un instante antes de fundirse en el beso, sus manos aferrándose a los costados de la chaqueta de Charlie, devolviendo cada gramo de pasión.

El mundo exterior estalla en flashes y vítores aún más fuertes. North silba estridentemente.

Sonic grita “¡Por fin!”. Dean sonríe y saca su teléfono, no para los datos, sino para una foto. Alan mira a Jeff con una sonrisa de “ya era hora”. Jeff simplemente asiente, feliz.

Cuando finalmente se separaron, jadeantes, las frentes juntas, Charlie mira directamente a los ojos de Babe, esos ojos que ya no tienen paz impenetrable, sino una felicidad vibrante y compartida.

Su voz es un murmullo ronco que solo Babe puede escuchar en medio del caos.

—Te amo. Más que a mi propia vida. Más que a cualquier victoria. Eres…mi milagro.

Sus ojos se llenan de un brillo húmedo que no es solo por el esfuerzo. Sonríe, una sonrisa tan amplia y deslumbrante como el triunfo mismo.

—Y yo te amo, Charlie.— Susurró, acercando sus labios otra vez al oído de Charlie.— Contigo en la primera fila…sentí que podía volar. Eres mi amuleto. Mi hogar.

Se besan de nuevo, más brevemente esta vez, pero con la misma intensidad. Luego, Babe se vuelve, sin soltar la mano de Charlie, para enfrentar a su equipo, a los fotógrafos, al mundo. Levanta el brazo, entrelazando sus dedos con los de Charlie y alzándolos juntos en un gesto de victoria compartida.

Los flashes estallan como fuegos artificiales.

Los gritos de “¡Babe! ¡Rey del Vacío!” se mezclan con nuevos murmullos y vítores dirigidos a la pareja. En ese momento, bajo el cielo gris de Londres, en el santuario del automovilismo mundial, no hay pasado doloroso, no hay poderes perdidos, no hay planes fallidos. Solo hay dos hombres, una victoria sudada, y un futuro abierto de par en par ante ellos, prometiendo curvas tan emocionantes como las que acaban de conquistar, pero que ahora, saben, enfrentarán juntos.

Suite de Hotel, Londres - Anochecer

La habitación es amplia, con ventanales que ofrecen una vista de los históricos techos londinenses bañados por la luz dorada del atardecer. El trofeo de la carrera brilla sobre la mesa de centro, junto a dos copas de champán medio vacías y la chaqueta victoriosa de Babe tirada descuidadamente en un sillón.

Charlie está sentado en un sofá grande, su espalda apoyada contra los cojines. Babe está sentado de lado en su regazo, una pierna doblada sobre las de Charlie, la otra estirada. Viste solo unos boxers holgados y una camiseta blanca de Charlie, que le queda grande. Charlie, en pantalones de pijama, tiene una mano apoyada con suavidad en el muslo desnudo de Babe, dibujando círculos lentos y abstractos con el pulgar sobre la piel cálida. La otra mano sostiene una copa.

Charlie mira la copa, pero su mirada está perdida en algo más lejano. Su voz es un susurro ronco en el silencio de la habitación.

—En esa pared, fuera del taller…cuando escuché lo que le dijiste a Alan…realmente pensé que te había perdido. Para siempre.— Alza la vista, sus ojos, ahora libres de la carga del poder, muestran una vulnerabilidad desnuda y desgarradora.— Todo lo que había logrado…acabar con Tony, desaparecer los poderes…de repente se sintió como el desperdicio más grande del mundo. Porque el precio había sido tú. Y un mundo sin ti a mi lado…no tenía ningún sentido.

Babe escucha, su cuerpo relajado contra Charlie, pero su atención es total. No interrumpe. Deja que las palabras, cargadas de tanto dolor contenido, llenen el espacio entre ellos.

—Era como si, en mi obsesión por protegerte del peligro físico, te hubiera empujado a un vacío emocional del que no había retorno. Y verte en paz allí…fue el castigo perfecto.

Babe exhala suavemente. Apoya su cabeza en el hombro de Charlie, su aliento calienta el cuello de su pareja.

Su voz es reflexiva, clara, sin rastro de la antigua angustia.

—No voy a mentirte, Charlie. Yo también…durante un tiempo, pensé que había dejado de amarte. O que estaba en proceso de hacerlo.— Siente que el músculo bajo su mejilla se tensa y acaricia el pecho de Charlie con suavidad.— Cuando empecé a sentir esa paz, esa calma después de la tormenta…y no era por tenerte de vuelta, sino por estar bien conmigo mismo, sin estar detrás de ti, suplicando migajas de tu atención o de tu verdad…fue confuso. Aterrador, incluso.

Charlie deja de trazar círculos, su mano se queda quieta, escuchando cada palabra como si fuera sagrada.

—Así que me dediqué a investigar. Como si fuera un caso. ¿Qué sentía? ¿Por qué ya no me dolía respirar al pensar en ti?— Se separa un poco para mirar a Charlie a los ojos, su expresión es de una honestidad brutal y compasiva.— Y solo llegué a una conclusión: te amaba. Te amaba profundamente. Pero…había aprendido a amarme más. O al menos, lo suficiente. El amor por ti seguía ahí, pero ya no era una cadena. No era una necesidad enfermiza, esa dependencia que me consumía. Podía…seguir con mi vida. Brillar en la pista, reír con los chicos, existir, sin que tú fueras el centro de mi órbita. Y me siento…increíblemente mejor así.

Las palabras podrían herir, pero Babe las dice con tal ternura, con tal certeza de que esto es algo bueno, que Charlie solo puede absorberlas. Es la verdad más dolorosa y más liberadora que podría escuchar.

—Te amo lo suficiente, Charlie. Más de lo que pensé que era capaz de amar a alguien.— Le acaricia la mejilla.— Pero también me amó lo suficiente a mí mismo como para no depender de ti. Para no desmoronarme si eliges alejarte otra vez. Ese…ese fue mi verdadero triunfo. Antes que la copa, antes que Silverstone.

Charlie cierra los ojos por un momento, asimilando el golpe. Cuando los abre, hay admiración, humildad y un amor renovado, más maduro, en su mirada.

Su voz es gruesa por la emoción.

—Y tienes toda la razón.— Aprieta suavemente el muslo de Babe.— Yo…en mi arrogante misión de protegerte, nunca te vi como lo que siempre fuiste: increíblemente fuerte. Te infantilicé. Te convertí en una víctima en mi narrativa, en lugar de ver al guerrero que eras. Que eres.— Suspira.— Perdón por eso. Por no confiar en tu fuerza. Por pensar que mi amor, expresado como protección y distancia, era superior al tuyo, expresado como lealtad y lucha a mi lado.

Babe sonríe, una sonrisa pequeña y llena de afecto.

—Gracias por decirlo.— Luego, un brillo travieso se enciende en sus ojos.— Pero no te voy a dar un pase gratis, Cachorro. Lo siento, Charlie…por lo que te hice después. Por el teatro, por la confesión falsa a Alan, por dejarte destrozado contra esa pared.— Su sonrisa se ensancha, sin un ápice de arrepentimiento real.— Fue sucio. Fue cruel. Fue premeditado.

Una ceja se levanta, una mezcla de exasperación y atracción en su rostro.

—Oh, lo sé.

Babe se inclina, sus labios rozaron la oreja de Charlie, su voz un susurro juguetón y desafiante.

—Pero te lo merecías. Cada segundo de agonía. Por ser un jodido cabrón que me hizo llorar ríos durante meses. Por pensar que tu plan era mejor que el de nosotros luchando juntos.

Babe suelta una risa baja, satisfecha, justo en el oído de Charlie. La risa se corta de golpe cuando Charlie, en un movimiento rápido, desliza la mano que estaba en su muslo hacia atrás y le da una nalgada firme y sonora a través de la tela del boxer. El impacto resuena en la habitación silenciosa.

—¡Ah!— Más por sorpresa que por dolor, un rubor sube por su cuello.

Charlie no le da tiempo a recuperarse. La mano se queda allí, no solo posada, sino apretando con fuerza la curva carnosa de su trasero, los dedos hundiéndose en la carne en un gesto que es igual de posesivo que de castigo. Su voz es un ronroneo peligroso junto a la sien de Babe.

—¿Te gusta provocar al cabrón, cariño? ¿Ver hasta dónde puedes empujarlo?

Babe jadea, el rubor intensificándose, pero su sonrisa no desaparece, se transforma en algo más desafiante, más caliente.

—Quizás. Quizás me gusta recordarte que, aunque no dependa de ti…— se frota deliberadamente contra el regazo de Charlie.— esto…lo que hay entre nosotros…todavía puede volverte loco. Y a mí también.

Charlie responde con otra nalgada, más fuerte esta vez, y un gruñido de aprobación que vibra en su pecho. El juego de poder ha cambiado, se ha equilibrado. Ya no es el protector y el protegido. Es el hombre que lo arriesgó todo y el hombre que aprendió a volar solo, encontrándose ahora en un terreno nuevo, donde el amor no es una cadena, sino una elección hecha una y otra vez, más ardiente y más verdadera precisamente porque ambos son libres.

La atmósfera en la suite ha cambiado. El juego travieso y las confesiones amorosas han dado paso a una tensión más densa, cargada de un pasado que aún guarda esquinas oscuras. La mano de Charlie ya no acaricia el muslo de Babe con languidez, sino que se ha detenido, los dedos ligeramente rígidos.

Su voz es baja, pero la intensidad en ella hace que el aire se cargue. Mira un punto en el cuello de Babe, donde su propia marca reciente cubre la antigua.

—En tu pelea con Willy…esa última vez. Vi que te susurró algo. Y tú…le tapaste la boca tan rápido, tan violentamente.— Alza la mirada, clavándola en los ojos de Babe.— ¿Qué te dijo, mi amor?

Un parpadeo casi imperceptible. Su sonrisa relajada se congela por una fracción de segundo antes de intentar suavizarse.

—No fue nada. Solo basura de perdedor.

Charlie no se deja engañar. Su mirada se vuelve penetrante, la de un investigador que ve la fisura en la historia.

—Mientes.— La palabra sale tranquila, pero es un golpe seco.— Me estás mintiendo en la cara, Babe. ¿Qué te dijo?

Babe aparta la mirada, juguetea con el borde de la camiseta de Charlie. Su tono intenta ser despreocupado, pero hay una nota de tensión.

—Nada de importancia, Charlie. De verdad. Ya está muerto, ¿qué importa?

Su mano se tensa en el muslo de Babe. No duele, pero es firme, inmovilizadora. Su voz adquiere un tono de gruñido, una orden que brota del pecho.

—Mentiroso. Di la verdad. Babe.

El uso de su nombre, tan cargado, rompe la última defensa. Babe suspira, un suspiro que parece salir de un lugar profundo y cansado.

Cierra los ojos un instante.

Babe habla al frente, su voz ahora plana, sin emoción, como si relatara un hecho climático.

—Me dijo…que esa vez en la sauna, debía haberme follado cuando tuvo la oportunidad.

El silencio que sigue es físico, como si el aire se hubiera solidificado alrededor de ellos.

Charlie no se mueve, pero Babe puede sentir cómo cada músculo del cuerpo contra el que está recostado se vuelve de acero.

Charlie cuando habla, su voz es un hilo de hielo astillado, peligrosamente controlada.

—¿Eso te dijo?— Hace una pausa, su mente conectando puntos a una velocidad vertiginosa: la angustia de Babe en la sauna, su propia rabia ciega entonces, la marca de la mordida después…— ¿Qué más me ocultas, Babe? ¿Qué más pasó en esa sauna que nunca me contaste?

Babe se muerde el labio inferior con fuerza, un gesto antiguo de ansiedad que Charlie no le había visto en mucho tiempo. Sus ojos se llenan de un conflicto doloroso. Sabe que la barrera ha caído.

—Esa vez…en la sauna…— Traga en seco.— No fue solo un intento de soborno o de chantaje. Fue…más. Willy me tenía inmovilizado. La presión del vapor, su fuerza…casi…— La palabra se atora.— Casi abusa de mí.

Charlie no exhala. Parece dejar de respirar.

Babe acelera el ritmo, como si quisiera escupir la verdad antes de que lo ahogue.

—No lo hizo. Porque tú llegaste. Sabias de mi mentira, me seguiste y entraste. Y luego…ya sabes, la discusión entre los tres, tus puños en su cara, nuestra pelea después…Yo te expliqué el plan contra él, pero…— Su voz se quiebra levemente.— ¿Cómo iba a decirte eso? En medio de todo tu odio hacia mí en ese momento, de tu desconfianza…para mí, estabas tú primero. Tu seguridad, tu misión. Mi…mi dolor por eso podía esperar. Me lo guardé.

Charlie pronuncia su nombre como un hechizo roto, una oración de dolor.

—Babe…

Babe se levanta bruscamente del regazo de Charlie, como si el contacto repentinamente quemara. Empieza a caminar sin rumbo por la habitación, sus brazos cruzados sobre el torso, como protegiéndose.

—Sí, sí. Ya sé lo que vas a decir. “Con más razón, tu plan fue idiota y arriesgado, Babe”. “Te metiste solo con un depredador sabiendo lo que había intentado”. “Te merecías lo que te pudiera pasar por ingenuo”.— Su tono es amargo, dirigido más a sí mismo que a Charlie.— Ya lo sé, Charlie. No necesitas regañarme.

Charlie se levanta también, pero su movimiento es lento, deliberado. No avanza hacia él, pero su presencia llena la habitación.

—No.— La palabra es firme, cortante.— No es eso. Por más arriesgado, estúpido o temerario que haya sido tu plan…— Su voz se quiebra con una emoción cruda.— Nunca, jamás, te merecías eso. Ni el intento, ni la amenaza, ni tener que cargar con ese recuerdo solo.

Babe se detiene, de espaldas a Charlie, sus hombros tensos.

Charlie ahora sí avanza, pero no con ira, con una pesadumbre abrumadora.

—Dios, Babe…¿te das cuenta de lo qué me ocultaste?— Se detiene a un paso de él, su voz es un susurro cargado de culpa y angustia.— Yo estaba ahí, enojado contigo, ignorándote, tratándote como un traidor…luego te terminé con esa excusa horrible, dejándote en el peor momento…y tú estabas ahí, lidiando con esa mierda, completamente solo.— Su respiración se acelera.— Y luego, el enfrentamiento final con él, antes de la emboscada a Tony…cuando te mordió…¡Carajo, Babe!

La última palabra es un estallido de frustración y dolor contenido. Babe se gira lentamente. Sus ojos ya no tienen la paz de antes. Están brillantes, vulnerables, llenos del fantasma de esos meses.

Su voz es un hilo tembloroso.

—Pero no me hizo nada. En la sauna, tú llegaste. En el estacionamiento, yo le rompí el brazo. Yo gané.

Charlie le agarra los brazos con suavidad, pero con una urgencia desesperada.

—¡Pero pudo haber pasado, Babe! ¡Si yo no llegaba a esa sauna a tiempo…!— La imagen, ahora clara y horrible, lo náuseabun.— No lo soporto. No soporto pensar en lo cerca que estuvo…y que yo, después, en lugar de protegerte, te alejé más.

Un temblor recorre su cuerpo. La fachada de la fortaleza se resquebraja. Sus labios tiemblan.

—Pero no fue así…No fue…

La frase muere en el aire. Una lágrima, testaruda y pesada, se desprende del ojo de Babe y traza un camino rápido por su mejilla.

Es la primera vez que Charlie le ve caer por esto. Es la liberación de un veneno guardado durante demasiado tiempo.

Charlie no dice más. Cierra la distancia y lo envuelve en un abrazo tan apretado, tan total, que parece querer absorber cada rastro de ese dolor pasado, cada recuerdo de soledad.

Babe se derrumba contra él, enterrando la cara en el hueco de su cuello. Un sollozo seco, desgarrador, sacude su cuerpo.

La voz ahogada contra la piel de Charlie, llena de una agonía tardía.

—Esos meses…fueron un puto infierno, Charlie. No solo por tu distancia…sino porque…— Aprieta los puños contra la espalda de Charlie.— porque cada vez que cerraba los ojos, a veces…sentía otra vez el vapor caliente, su respiración en mi cuello…y me despertaba sintiéndome sucio, y tú no estabas ahí para…para…

No puede terminar. Los sollozos lo sacuden con más fuerza, un torrente de lágrimas silenciosas y temblores que hablan de un trauma contenido con una fuerza sobrehumana, y que ahora, finalmente, en la seguridad de estos brazos, puede salir.

Charlie lo sostiene, acunándolo suavemente, murmurando palabras sin sentido contra su cabello: "Lo siento, lo siento, lo siento, mi amor, mi valiente, mi guerrero". Promesas silenciosas de que nunca más tendrá que cargar con un peso así solo. De que, aunque Babe no dependa de él para ser fuerte, Charlie estará ahí, sin falta, para ser su refugio cuando esa fortaleza necesite descansar. El amor, ahora, no se trata de posesión o de protección unilateral. Se trata de ser el puerto seguro al que el otro puede llegar, intacto o herido, sabiendo que será recibido, comprendido y amado en toda su complejidad.

El cuerpo de Babe sigue temblando contra Charlie, los sollozos han amainado a un llanto silencioso, pero la tensión en sus hombros no cede. La confesión lo ha dejado desnudo de una manera nueva, exponiendo una herida que no era física, pero que sangraba de vergüenza y una pregunta retorcida. Separa su rostro ligeramente del hombro de Charlie, sin mirarlo, sus palabras salen en un susurro rasgado, venenoso.

Babe con la voz cargada de autodesprecio.

—¿Y no te da asco?

Charlie se separa lo justo para poder ver su rostro, sus manos se posan en sus mejillas, obligándolo suavemente a alzar la vista. Su tono es de confusión genuina y preocupación.

—¿Qué cosa, amor? ¿De qué hablas?

Sus ojos, rojos y nadando en lágrimas, finalmente se clavan en los de Charlie. Es una mirada desafiante, desesperada, como esperando un golpe.

—¿Yo? ¿No te doy asco ahora? Sabiendo…sabiendo esto. Lo que casi fue. Lo que él…— Traga con dificultad.— lo que él intentó hacer.

Charlie siente como si un puño de hielo se cerrará alrededor de su corazón. La pregunta es tan errónea, tan dolorosamente alejada de la verdad, que le quita el aire.

Su voz es firme, pero suave, como hablando con un animal asustado.

—No digas eso. Jamás, jamás me darías asco. Ni un poco. Ni un ápice. No permitas que esa basura ponga esa idea en tu cabeza.

Una sonrisa triste, torcida, casi un espasmo de dolor, se dibuja en sus labios entre las lágrimas. Es una expresión que le parte el alma a Charlie. Es la sonrisa de alguien que espera el rechazo, que casi lo invita, porque confirma su peor creencia sobre sí mismo.

—Lo dices ahora…pero…

Charlie lo sacude suavemente, no con fuerza, sino con urgencia.

—No hay "pero". Babe, mírame.

La sonrisa no desaparece, se endurece en una mueca de autodegradación.

—¿Ni siquiera un poco de asco, Charlie? Sabiendo que ese hijo de puta puso sus manos sucias en mí…que me tuvo contra la pared del vapor, que estuvo a nada…a un suspiro…de usarme como su…su puta personal en esa maldita sauna.

La palabra, brutal, denigrante, cae como un látigo en el aire entre ellos. Babe la usa como un cuchillo contra sí mismo, esperando ver el reflejo del daño en los ojos de Charlie.

Su expresión se transforma. No es asco. Es una tormenta instantánea de furia protectora y un amor tan feroz que duele. Su voz se vuelve un ronroneo peligroso, una orden absoluta.

—No. No te llames así. No quiero oír esa maldita palabra saliendo de tu boca dirigida a ti. Nunca más. ¿Me escuchas? Nunca.

Pero Babe, en su espiral de dolor y vergüenza tardía, insiste. Sus ojos brillan con una autodestrucción desafiantemente.

—¿Por qué no? Es lo que casi fui para él, ¿no? Una puta a la fuerza, un trofeo para joderte a ti…Si no hubieras llegado, eso sería lo que él habría hecho, lo que yo habría sido…

No termina la frase. Charlie ya no puede escuchar más. La furia, la impotencia, el amor devastado, se convierten en una acción física y posesiva. Lo agarra con firmeza y lo gira, empujándolo contra la pared cercana con un impacto que no es violento, sino definitivo. No le da tiempo a reaccionar. Charlie captura su boca en un beso que no es de consuelo. Es de reclamación, de borrado, de posesión absoluta. Es un beso que quiere tragarse cada palabra venenosa, cada lágrima amarga, y transformarlas en algo propio, en algo bueno.

Entre jadeos forzados y el sabor salado de las lágrimas de Babe, Charlie rompe el beso solo lo suficiente para hablar, sus labios rozando los de Babe, sus palabras un vaho caliente y cargado de verdad contra su piel.

Charlie con voz ronca, cargada de una emoción cruda.

—Escúchame bien. Haya pasado, no haya pasado, haya estado a un segundo o a un kilómetro de distancia…Jamás lo sentiría.— Otro beso, más profundo, más devorador.— Al contrario…— Sus manos se aferran a sus caderas, apretando con fuerza.— me darían ganas de desenterrar a ese hijo de perra, de revivirlo solo para hacerlo sufrir cada agonía que él soñó para ti, y luego matarlo de nuevo con mis propias manos, más lento esta vez.— Separa sus labios, mirándolo directamente a los ojos, su mirada es un abismo de amor oscuro y protector.— Pero tú…tú no tienes nada que ver con su basura. Nada.

Babe jadea, atrapado entre la pared y el cuerpo de Charlie, el autodesprecio comenzando a ceder ante el muro de certeza absoluta que es Charlie.

—Charlie…

Charlie lo interrumpe, su voz se suaviza un poco, pero la intensidad no disminuye. Es un voto, una promesa tallada en el aire.

—Eres lo que más amo en este mundo y en cualquier otro. Lo más valioso, lo más puro, lo más fuerte que he conocido.— Le besa la mejilla, la esquina del ojo, donde una lágrima nueva se asoma.— Lo eres todo para mí, Babe. Y nada, nada de lo que un monstruo intentó o soñó, podrá cambiar eso. Nunca. Tú eres mío. Y yo soy tuyo. Y eso es todo lo que importa. Lo que siempre importó.

Esta vez, cuando Babe rompe a llorar de nuevo, no es con los sollozos desgarradores de antes. Es con un llanto de alivio, de un peso monstruoso que finalmente, al ser dicho en voz alta y no encontrar asco sino un amor aún más feroz, comienza a desmoronarse. Se aferra a Charlie, enterrando su rostro en su cuello, y Charlie lo sostiene, acunándolo, susurrando "te amo" una y otra vez contra su cabello, sellando con cada palabra la verdad que Babe necesitaba oír: que su valor no había sido mancillado, que su luz no se había apagado, y que en los ojos del hombre que amaba, seguía siendo, y siempre sería, perfecto.

Mañana en el Mercado de Borough, Londres

El bullicio del mercado es una sinfonía de acentos, olores a comida fresca, flores y café recién molido. Babe y Charlie caminan entre los puestos, las manos entrelazadas con naturalidad. Babe lleva una gorra de X-Hunter hacia atrás y una bufanda ligera. Charlie, con sus anteojos de sol y una chaqueta de cuero, parece más relajado de lo que cualquiera en su laboratorio podría imaginar.

Babe tira suavemente de la mano de Charlie hacia un puesto de quesos artesanales.

—Mira ese azul, Charlie. Se ve tan poderoso que podría ganar una carrera.

Charlie sonríe, una expresión suave y genuina.

—¿Comparas todo con carreras ahora?

Babe le guiña un ojo.

—Solo con las cosas buenas.— Señala un queso brie pálido.— Ese sería un piloto novato. Suavecito, se derrite bajo presión.

Charlie ríe, un sonido bajo y cálido que atrae la mirada de un par de personas.

—Entonces, ¿yo qué queso sería?

Babe se detiene, fingiendo una concentración profunda. Recorre a Charlie de pies a cabeza, una sonrisa juguetona en sus labios.

—Tú…eres como un buen parmesano añejo.

Charlie alza una ceja.

—¿Añejo? ¿Seco y duro?

Babe se ríe y se acerca, alzando la mano para ajustar el cuello de la chaqueta de Charlie.

—No. Complejo. Intenso. Adquiere carácter con el tiempo. Y es increíblemente satisfactorio cuando finalmente lo raspas un poco.— Su tono se vuelve más íntimo.— Vale la pena la espera.

Charlie siente un calor que no tiene nada que ver con el gentío. Tira de la bufanda de Babe, acercándolo un poco más.

Charlie susurrando.

—Raspando, ¿eh? Cuidado con lo que deseas.

Su sonrisa se ensancha, desafiante.

—Siempre lo deseo.

Se besan, breve pero profundamente, en medio del ajetreo del mercado. Un turista les toma una foto disimuladamente, pero ellos no lo notan. Están en su propia burbuja.

Tarde en el Puente de la Torre, al atardecer

El viento del Támesis es fresco, jugando con el cabello de Babe y arremolinándose bajo la chaqueta de Charlie. Están apoyados en la barandilla, viendo cómo el sol dorado se hunde tras el Shard. La torre del reloj, el Big Ben, empieza a iluminarse a lo lejos.

Babe con la cabeza recostada en el hombro de Charlie.

—Es raro.

Charlie acaricia suavemente el brazo de Babe.

—¿Qué cosa?

—Sentirme así de… tranquilo. Aquí. Contigo. Sin que haya un laboratorio secreto que asaltar, o un poder que controlar, o una mentira que mantener.

Charlie lo besa en la sien.

—Es el nuevo normal. Tendremos que acostumbrarnos.

Babe se da la vuelta, apoyando la espalda contra la barandilla para mirarlo.

—¿Y si no quiero acostumbrarme? ¿Y si quiero qué cada día se sienta un poco como esto? Como…como si hubiéramos ganado más que una carrera.

Charlie le aparta un mechón de pelo de la frente con suavidad.

—Ganamos esto, Babe. Este es nuestro trofeo. El derecho a estar aquí, simplemente. Juntos.

Babe no dice nada. Toma la mano de Charlie y la lleva a sus labios, besando cada nudillo con una ternura que hace que el corazón de Charlie se contraiga. Luego, junta sus manos y las apoya sobre su propio corazón, sobre la camiseta.

—¿Lo sientes? Late para ti. Solo para ti ahora. Sin interferencias.

Charlie no necesita sus antiguos poderes para sentir la verdad de esas palabras. La siente en el pulso bajo sus dedos, en la mirada clara de Babe. Se inclina y deposita un beso suave, cerrado, en sus labios. Es un beso de gratitud, de promesa, de hogar encontrado en medio de una ciudad ajena.

Noche en la suite, compartiendo un baño

La bañera grande de la suite está llena de agua caliente y burbujas. Velas parpadean en los bordes. Babe está sumergido hasta los hombros, los ojos cerrados, una expresión de paz absoluta en su rostro. Charlie está sentado en el borde, en pantalón de pijama, pasando los dedos por el agua para mojar el cabello de Babe.

Charlie suavemente habla.

—¿Qué piensas del equipo para la próxima temporada? Dean me envió unos cálculos…

Babe abre un ojo, mirándolo con fingida exasperación.

—Estoy en un baño de burbujas, después de ganar en Silverstone, con el amor de mi vida acariciándome el pelo, y tú me hablas de cálculos.

Charlie sonríe, sin arrepentimiento.

—Es parte del paquete. El ex-genio sin poderes pero con cerebro obsesivo.

Babe se sienta, el agua corriendo por su torso. Toma la mano de Charlie y la besa en la palma.

—Prefiero este paquete. Este cerebro. Este hombre.— Su mirada se vuelve traviesa.— Aunque a veces sea un cabrón insensible.

Charlie se inclina, sus labios rozaron la oreja húmeda de Babe.

—Solo a veces. Y tú lo adoras.

Un escalofrío recorre su espalda, pero no de frío.

—Lo adoro. A todo. Incluso a la parte cabrona.

Charlie deja un suave mordisco en el lóbulo de su oreja antes de enderezarse.

—Ven. El agua se está enfriando.— Le tiende una toalla grande y esponjosa.

Babe sale del agua, y Charlie lo envuelve en la toalla, frotándole la espalda con cariño antes de secarle el cabello con otra más pequeña. Son gestos domésticos, íntimos, que hablan de una cercanía nueva y profundamente arraigada.

De pie frente al espejo empañado, Babe observa cómo Charlie, concentrado, le seca el pelo. Sus miradas se encuentran en el reflejo.

Babe en voz baja.

—Nunca pensé…después de todo, que podríamos tener esto.

Charlie deja la toalla, pone las manos en los hombros de Babe, mirándolo también a través del espejo.

—Yo tampoco. Por eso voy a aferrarme a ello con todo lo que tengo. Cada día.

Babe se da la vuelta dentro del círculo de sus brazos. Lo abraza, con la toalla todavía alrededor, hundiendo la nariz en el hueco de su cuello.

Su voz está amortiguada contra su piel.

—Llévame a la cama, Cachorro. Solo para dormir. Para despertar contigo otra vez.

Charlie lo levanta en brazos con facilidad, haciendo que Babe suelte una risa sorprendida. Camina hacia el dormitorio.

—Eso…eso suena como el mejor plan del mundo.

Y esa noche, enredados bajo las sábanas de algodón egipcio, con el resplandor de Londres como su noche, no hay más diálogos. Solo la calma de respiraciones sincronizadas, el roce casual de una pierna contra otra, y la certeza silenciosa de que, contra todo pronóstico, han encontrado su propia versión de un final feliz.

O mejor dicho, de un nuevo comienzo.

Desayuno en una Cafetería con Vista al Río

Una pequeña cafetería con ventanas de cristal desde el suelo hasta el techo, llena del aroma a pan recién horneado y café de especialidad. Babe y Charlie ocupan una mesa junto a la ventana. Hay croissants deshechos, mermelada de fresa y dos tazas humeantes entre ellos.

Babe con migas en la comisura de los labios, señalando con su cuchillo.

—Apuesto a que puedes calcular exactamente cuántas gotas de lluvia caerán en esa ventana en los próximos cinco minutos.

Charlie mirando por la ventana, tomando un sorbo de café.

—Treinta y siete. Con una desviación estándar de dos, dependiendo de la ráfaga de viento.

Babe se queda congelado, los ojos como platos.

—¿En serio? ¿Puedes todavía…?

Charlie rompe a reír, un sonido despreocupado que hace sonreír a la camarera.

—No, mi amor. Ya no. Pero me gusta verte con esa cara de asombro.— Le limpia la miga del labio con el pulgar.— Era una conjetura. La lluvia es impredecible. Como tú.

Babe se sonroja ligeramente, patea suavemente el tobillo de Charlie bajo la mesa.

—Cabrón. Me hiciste creerlo.

Charlie sonríe con picardía.

—Te amo incluso cuando caes en mis trampas obvias. Es parte de tu encanto.

Una ráfaga de viento más fuerte azota la ventana, y la lluvia se arremolina. Babe mira hacia afuera, luego de vuelta a Charlie.

—Sabes, incluso sin poderes…sigues siendo la persona más inteligente que conozco. Y la que más me hace reír. A veces sin querer.

Charlie alza su taza en un brindis sarcástico.

—Mis dos mayores logros.

Librería Antigua en Charing Cross Road

Estanterías que llegan al techo, un olor a papel viejo y polvo de siglos. Babe está hojeando un enorme atlas de carreras antiguas, maravillado. Charlie, en otro pasillo, examina un tratado de química del siglo XIX con interés genuino.

Babe grita en susurros.

—¡Charlie, mira! ¡Un mapa de carreras ilegales de los años 50 en Sicilia! ¡Esto es oro puro!

Charlie aparece por la esquina de un estante, con una sonrisa en los ojos.

—¿Planeando ya nuestra próxima aventura ilegal? Acabamos de retirarnos.

Babe le pasa una página, señalando una ruta serpenteante.

—No ilegal. Solo…históricamente inspirada. Podríamos hacer el recorrido en moto. Tú en una sidecar, claramente.

Charlie se acerca, leyendo sobre su hombro.

—"Claramente", ¿eh? ¿Yo, el ex-genio, en una sidecar siendo arrastrado por el 'Rey del Vacío'?

Babe le echa un brazo por los hombros, señalando el mapa.

—Sería romántico. El viento en tu pelo cuidadosamente despeinado, el rugido del motor…yo, protegiéndote del polvo y el peligro…

Charlie se gira y lo besa, rápido y suave, entre las pilas de libros.

—Prefiero estar en mi propia moto. A tu lado. No detrás de ti.

Babe sonríe contra sus labios.

—Eso también funciona. Puedes intentar mantenerme el paso.

Charlie susurra.

—Siempre lo he hecho.

Parque Real, Atardecer

Están sentados en una manta sobre la hierba, las espaldas apoyadas contra el tronco de un viejo roble. El cielo es una acuarela de rosas y lavandas. Babe tiene la cabeza en el hombro de Charlie, jugando distraídamente con sus dedos.

—¿Qué fue más difícil? ¿Aprender a vivir sin tus poderes, o aprender a vivir conmigo otra vez?

Charlie piensa un momento, acariciando el cabello de Babe.

—Sin duda, vivir contigo otra vez.

Babe se incorpora, fingiéndose ofendido.

—¡Oye!

Charlie lo jala de vuelta, riendo.

—Porque sin mis poderes, solo tuve que acostumbrarme al silencio.— Su tono se suaviza, se vuelve íntimo.— Pero contigo…fue tener que aprender a escuchar de nuevo. A escuchar de verdad, no solo los latidos de tu corazón o el miedo en tu voz, sino las cosas que no decías. Las heridas que llevabas en silencio. Eso fue mucho más difícil. Y mucho más importante.

Babe se queda callado por un momento, conmovido. Luego, se gira y se sienta a horcajadas sobre el regazo de Charlie, mirándolo directamente.

—¿Y qué escuchas ahora?

Sus manos se posan en su cintura, sus ojos recorriendo cada rasgo del rostro de Babe.

—Escucho…paz. Alegría. Un poco de orgullo.— sonríe.— y el rugido de un motor en la distancia que estás deseando seguir.

Babe ríe, la risa es clara y libre.

—Siempre. Pero en este momento…— se inclina, sus labios rozando los de Charlie.— solo escucho esto.

Se besan, lenta y profundamente, mientras el sol se hunde del todo y las primeras luces del parque se encienden a su alrededor. Es un beso que no tiene prisa, que no busca nada más que el sabor del otro y la promesa de mil atardeceres más como este.

Babe al separarse, con la frente apoyada en la de Charlie.

—Prométeme algo.

—Lo que sea.

—Que nunca más vamos a dejar que el silencio se apodere de nosotros. Que siempre hablaremos. Incluso cuando duela.

Charlie lo abraza con fuerza, un abrazo que lo contiene todo.

—Te lo prometo, mi amor. No más silencios. Solo esto.— Lo besa en la sien.— Solo nosotros, haciendo todo el ruido que queramos.

Y allí, bajo el viejo roble, en un parque londinense, el ex-hombre más poderoso y el rey de la pista encuentran que el sonido más perfecto del mundo no es el rugido de un motor o el zumbido de un poder sobrenatural, sino la mezcla de sus risas, el susurro de sus promesas y el ritmo constante de dos corazones latiendo en perfecta sincronía, por fin, al mismo ritmo.

Sala de la Suite - Noche Cerrada

La única luz en la sala proviene del parpadeo azulado de la televisión muda, mostrando un documental sobre la vida marina. Charlie está recostado en el amplio sofá, las piernas estiradas, un brazo sobre el respaldo. Su mente, por una vez, está en calma, vacía de fórmulas y estrategias, perdida en el movimiento hipnótico de los bancos de peces.

Luego, el calor. Primero, un aliento cálido en la nuca. Luego, el peso familiar de Babe deslizándose sobre su regazo, sentándose a horcajadas sobre sus muslos. Charlie no se sobresalta; un leve suspiro de bienvenida escapa de sus labios. Sus manos encuentran automáticamente las caderas de Babe, posándose allí.

Pero Babe no busca solo cercanía. Se inclina, sus labios encuentran la oreja de Charlie. No es un beso. Es una lenta, húmeda caricia con la lengua que recorre el contorno del cartílago, seguida de un suave mordisco en el lóbulo. Charlie exhala, un leve temblor recorriéndole la espalda.

Babe susurra directamente en su canal auditivo, su voz es un vapor cargado de intención.

—Mmm…Cachorro…

Luego, Babe emite un sonido. Un gemido agudo, deliberado, vibrante, que se filtra directamente en el oído de Charlie. No es un sonido de dolor, sino de pura provocación sensual, un zumbido eléctrico que recorre la columna vertebral de Charlie como un relámpago, encendiendo cada nervio. La reacción es instantánea, visceral. Sus dedos se enredan en el cabello de Babe, tirando con suavidad pero firmeza para alejar esa boca peligrosa de su oreja.

Su voz es más ronca de lo que era hace segundos, una mezcla de advertencia y deseo.

—¿Qué estás haciendo, mi amor? ¿Intentando volverme loco antes de tiempo?

La luz parpadeante de la pantalla ilumina la sonrisa de Babe. Es una sonrisa de pura malicia satisfecha, los ojos brillando con picardía y lujuria.

Babe se frota deliberadamente contra el regazo de Charlie, donde la erección ya es evidente.

—No necesito intentarlo mucho, ¿verdad?— Inclina la cabeza.— Es solo que…me dieron ganas. Ganas de tener sexo. Ahora. Contigo, Cachorro.

Antes de que Charlie pueda responder, Babe comienza a moverse. Es un balanceo sensual, las caderas describiendo círculos lentos y premeditados contra el cuerpo de Charlie. Con manos hábiles, Babe desabrocha los pantalones de pijama de Charlie y libera su miembro erecto, guiándolo con la punta de los dedos. Charlie jadea, los dedos apretando las caderas de Babe.

Lo que vuelve loco a Charlie, lo que hace que su respiración se corte, es lo que Babe lleva puesto. O más bien, lo que no lleva. Babe solo viste una de las camisas de algodón blanco de Charlie, enorme en él, que le llega a mitad de los muslos. No hay nada debajo.

La tela suave se levanta y cae con cada movimiento de sus caderas, ocultando y revelando a medias la unión de sus cuerpos, haciendo que el acto sea obscenamente íntimo y visualmente electrizante. Es la sugerencia, el misterio, lo que lo enloquece.

Babe soltó un gemido, dejándose llevar hacia abajo, tomando a Charlie dentro de él en un movimiento fluido y sin prisa.

—Ah…ahí…así…

Se asienta completamente, un suspiro tembloroso escapando de sus labios. Luego, empieza a moverse de nuevo, no con urgencia frenética, sino con una sensualidad calculada. Hace rebotar su trasero, lenta pero firmemente, sobre el regazo de Charlie. La camisa se arremolina, ofreciendo destellos de piel sudorosa y la tensión de los músculos de sus muslos.

Babe desabrocha un par de botones más de la camisa, abriendo una ventana a su pecho.

Se inclina, ofreciéndose.

Babe con voz entrecortada.

—Charlie…por favor…

Esa es toda la invitación que Charlie necesita.

Se inclina hacia adelante, capturando uno de los pezones de Babe entre sus labios. Lo chupa, lo lame, luego lo muerde con suavidad, haciendo que Babe arqueé la espalda y suelte un grito ahogado. Charlie alterna entre uno y otro, su boca húmeda y voraz contra la piel sensible, mientras sus manos, debajo de la camisa, se aferran a las nalgas de Babe, acariciando, apretando, guiando cada uno de sus movimientos.

Charlie habla entre besos y mordiscos en el cuello de Babe, su voz es un ronroneo lascivo.

—Dios, mi amor…mirarte… moviéndote encima de mí con solo mi camisa puesta…es la cosa más perversamente hermosa que he visto.— Una mano se desliza para dar una suave nalgada, el sonido amortiguado por la tela.— Este trasero perfecto rebotando sobre mí…apretándose alrededor mío…parece que fue hecho para esto. Solo para tomarme, ¿verdad? Para sentarse en mi polla y volverme completamente loco.

Babe lime, acelerando el ritmo, perdido en la sensación y en las palabras sórdidas.

—¡Sí…! ¡Solo para ti…! ¡Siempre para ti, Cachorro…!— Arroja la cabeza hacia atrás, exponiendo completamente su cuello.— Me encanta…me encanta cuando hablas así…sucio…solo para mí…

Charlie capturó sus labios en un beso feroz, devorador, robándole el aliento.

—Todo en ti es para mí. Esta boca que gime…— besa.— estos pezones duros que me saben a cielo…— chupa.— este culo estrecho y caliente que me está tomando …— aprieta con ambas manos, impulsándolo hacia abajo con más fuerza.— Es todo mío. Y voy a follarte así, lento y profundo, hasta que no recuerdes tu propio nombre. Hasta que solo seas mío, temblando y sudando sobre mí.

Babe es un sollozo de éxtasis, sus movimientos se vuelven menos controlados, más desesperados.

—¡Charlie…! ¡Ahí…! ¡No pares…! ¡Te amo…te amo, te amo…!

El sexo es una danza sensual y enloquecedora. La luz azul parpadeante pinta sus cuerpos entrelazados en tonos de fantasía. El sonido de sus pieles húmedas chocando, los gemidos agudos de Babe mezclados con los gruñidos bajos y lascivos de Charlie, llenan la habitación, ahogando el silencio de la televisión. No es una furia posesiva como antes; es una celebración sensual, una reafirmación gozosa y obscena de que cada centímetro de ellos, cuerpo y alma, pertenece al otro. Y en la penumbra, con la camisa blanca de Charlie convertida en un estandarte mojado de sudor y deseo, se encuentran una vez más en el único lugar que siempre fue su destino: el uno en los brazos del otro, perdidos y encontrados en el mismo aliento.

Mañana de lluvia en un Museo de Ciencias Interactivo

El lugar está lleno de niños curiosos, pero Babe y Charlie se mueven en su propia burbuja. Babe está fascinado con un modelo de un motor de combustión gigante que se puede manipular con palancas.

Babe girando una manivela con entusiasmo.

—¡Mira, Charlie! Es como el corazón de mi R1, pero de tamaño dinosaurio.

Charlie observándolo con una sonrisa suave, las manos en los bolsillos.

—Me impresiona que algo tan ruidoso y que huele a gasolina te parezca tan romántico.

Babe deja la manivela y se acerca, bajando la voz.

—No es el motor lo romántico. Es la sensación de libertad. La velocidad.— Le roza el dorso de la mano.— Y desde que volviste, es saber que al final de la pista, tú estás ahí.

Un grupo de escolares pasa corriendo, y Charlie tira de Babe detrás de una columna que sostiene un modelo del sistema solar.

Charlie susurrando contra sus labios, escondidos de la vista.

—¿Y si yo quiero ser la pista? La única por la que corras.

Babe sonríe, pícaro.

—¿Eso es una orden, doctor?

Charlie le da un beso rápido, furtivo.

—Es una hipótesis. Y tú eres mi experimento favorito.

Se separan justo antes de que pase la profesora del grupo escolar, sonrojados y riendo en silencio como adolescentes.

Tarde en un Pub Tradicional

Están en una mesa en un rincón, con pintas de cerveza oscura y un plato de fish and chips compartido. North, Sonic y Dean los han dejado después de una comida ruidosa.

Ahora están solos, el murmullo del pub como un cómodo telón de fondo.

Babe moja una patata en salsa y se la ofrece a Charlie.

—Aquí. Combustible para el cerebro.

Charlie acepta el bocado, sus dedos rozan los labios de Babe.

—Prefiero otro tipo de combustible. El que obtengo cuando te tengo debajo de mí.

Babe tose, ahogándose ligeramente con su cerveza.

—¡Charlie! En público.

Charlie inocente.

—Solo estoy describiendo mis necesidades energéticas. Eres una fuente renovable muy potente.

Babe patea suavemente su pierna bajo la mesa, sonrojado pero divertido.

—Eres insufrible. Y voy a hacer que pagues por eso más tarde.

Charlie alza una ceja, con una mirada desafiante.

—Lo espero con ansias.

La Ducha - Esa Noche en la Suite

El baño está lleno de vapor, el vidrio de la ducha empañado solo muestra siluetas borrosas. El sonido del agua caliente cayendo a raudales es constante. Babe está de espaldas a Charlie, dejando que el agua le recorra los hombros tensos después del largo día. Charlie está detrás, muy cerca, sus manos enjabonadas trazan círculos lentos en la espalda de Babe.

Su voz es un ronroneo contra la nuca mojada de Babe.

—Aquí es donde me dijiste que ibas a hacerme pagar.

Babe gime levemente cuando los pulgares de Charlie presionan un nudo de tensión.

—Lo estaba reconsiderando. Esto está muy bien.

Una de sus manos baja, lenta, por la columna vertebral, sobre la curva de la espalda baja, y se cierran sus dedos enjabonados con firmeza, pero no con dureza, en una nalga.

—Reconsideración denegada.

Babe deja escapar una risa ahogada que se mezcla con el vapor. Se gira dentro del reducido espacio, enfrentándose a Charlie. El agua cae sobre ambos, empapando sus cabellos, corriendo por los párpados cerrados de Charlie. Babe lo mira, su expresión es de puro desafío lujurioso. Sus manos se posan en las caderas de Charlie, tirando de él.

—¿De verdad? ¿Quieres jugar aquí?

Charlie lo empuja suavemente contra la pared de azulejos fríos, contraste con el calor del agua y sus cuerpos. Su erección presiona contra el muslo de Babe.

—No es un juego, mi amor. Es una reclamación.— Captura sus labios en un beso salado por el agua, profundo y dominante.— Cada gota que te cae…debería ser mía.

Babe responde con igual intensidad, sus manos trepando por los brazos fuertes de Charlie, aferrándose a sus hombros. Charlie rompe el beso para bajar, mordisqueando la línea de la mandíbula, el cuello, la clavícula.

El jabón hace que sus pieles se deslicen una contra otra de una manera sensual y frustrante.

Babe jadea, inclinando la cabeza para darle más acceso.

—Charlie…el jabón…

Charlie entiende. Rápido, casi torpe por la urgencia, vierte más gel en sus manos y se lo aplica a sí mismo, luego a Babe, entre sus piernas. Sus movimientos son prácticos, pero la intimidad es abrasadora. Sus ojos no se separan de los de Babe.

—Mejor.

Guía su propia erección hacia la entrada de Babe. No hay preludio, pero el agua y el gel proporcionan un deslizamiento fácil, casi obsceno. Cuando empuja hacia dentro, es un movimiento fluido y profundo que hace que ambos gruñan al unísono. El sonido es húmedo, íntimo, amplificado por la acústica de la ducha.

Charlie apoya una mano en la pared, al lado de la cabeza de Babe, el otro brazo rodeando su cintura para sostenerlo. Comienza a moverse, embestidas lentas y completas que hacen que el agua salpique a su alrededor.

—Aquí…aquí es donde perteneces. Tomándome así. Rodeándome.— Su voz es ronca, entrecortada por el movimiento.— Tan caliente…tan apretado incluso con el agua…Dios, Babe…

Sus piernas se enroscan alrededor de las caderas de Charlie, sus brazos alrededor de su cuello. Cada empuje lo mueve contra la pared fría. Sus gemidos son arrastrados por el sonido del agua, pero no por eso menos intensos.

—¡Más…! ¡Más fuerte, Charlie…! ¡Así…! ¡Te sientes tan…tan grande…!

Charlie acelera el ritmo, las embestidas se vuelven más potentes, menos controladas. El agua salpica, el vidrio empaña aún más. Su boca busca la de Babe, devorando sus gemidos.

—¿Quién te hace sentir así? ¿Quién te folla tan bien hasta que olvidas tu nombre? ¡Dilo!

Babe grita, los dedos clavándose en la espalda de Charlie.

—¡Tú…! ¡Solo tú, Charlie…! ¡Mi Cachorro…! ¡Mi amor…! ¡No pares…!

Un gruñido gutural le sale del pecho. Siente la tensión acumulándose en su base, en el cuerpo tembloroso de Babe. Cambia el ángulo ligeramente, buscando ese punto que hace que Babe se vuelva loco.

—¡Vas a venirte…! ¡Vas a venirte para mí, aquí, ahora, con mi polla dentro…! ¡Dámelo todo!

Su cuerpo se arquea, un grito desgarrado, ahogado por el vapor y el agua, escapa de sus labios. Soltándose contra Charlie, las contracciones internas apretando de manera espasmódica alrededor de Charlie, llevándolo al borde.

—¡Charlie…! ¡Ah…! ¡Ah…!

Charlie lo sigue con unos empujones finales, profundos y posesivos, soltándose dentro de él con un rugido sofocado, enterrando su rostro en el cuello mojado de Babe. Lo sostiene allí, tembloroso, mientras el agua caliente los limpia en un torrente que se lleva el exceso de jabón, sudor y la evidencia de su pasión.

Permanecen así, jadeando, entrelazados bajo la cascada, hasta que el agua comienza a enfriarse. Charlie finalmente se mueve, apagando el grifo. El silencio repentino es profundo, roto solo por sus respiraciones agitadas. Envuelve a Babe en una toalla grande y esponjosa, y luego a sí mismo.

Babe tembloroso, pero con una sonrisa satisfecha y agotada en sus labios.

—Bueno…supongo que pagué.

Charlie lo atrae hacia sí, un beso suave y cerrado en sus labios aún húmedos.

—Y yo cobré. Con intereses.

Se miran, y en el espejo empañado, sus siluetas borrosas parecen fundirse en una. No hay necesidad de más palabras. El vapor, el agua y sus cuerpos entrelazados han dicho todo lo que había que decir.

¡FIN!