UN CAMINO A LA VEZ, JUNTOS

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Summary

Tania Rendón recibe una oportunidad laboral que la lleva a mudarse a Estados Unidos, dejando atrás a su familia y a su gata. Entre su adaptación a una nueva vida, un ambiente laboral prometedor y un inesperado encuentro con un hombre misterioso, Tania da el primer paso hacia un cambio que transformará su destino.

Genre
Romance
Author
TatRendon
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Nuevo proyecto / New Project

La alarma sonó a las 5:11 a.m.

Tania estiró la mano con pereza, rogando por dos horas más de sueño, pero un peso en su pecho se lo impidió. Bajó la mirada y sonrió: una hermosa bola de pelo gris roncaba plácidamente.

—Gigi… tengo que ir a trabajar —susurró con voz ronca—. Si no, no habrá croquetas ni collares rosados con moños nuevos cada quince días.

La gata abrió un ojo con expresión de odio por haber sido despertada, se desperezó y bajó con elegancia, como si necesitara que la admiraran cada minuto.

—Sí, ya entendí, Su Majestad —rió Tania mientras se incorporaba—. Esta ciudad no da oportunidad de dormir un poco más.

Comenzó su rutina con paso lento pero seguro. Ser analista de business intelligence no era un trabajo fácil. Aunque su primera carrera había sido marketing, había terminado estudiando ingeniería de software, especializándose en desarrollo de manera virtual en Estados Unidos. Ahora trabajaba como freelance en proyectos internacionales, aunque aún no abandonaba su lado de mercadóloga. Había logrado que su inglés sonará natural, casi mimado, como a ella le gustaba.

Siempre disfrutaba tomarse su tiempo para maquillarse. No le gustaban las capas y capas de base para ir a trabajar; prefería algo sencillo, natural, fácil de retirar al final del día. Le encantaba resaltar sus ojos color hazel —descubrió que así se llamaba ese tono difícil de describir, una mezcla entre miel y verde que en español no tenía un nombre exacto, y que incluso la palabra miel podía prestarse para alguna burla si lo intentaba explicar—.

Solía usar un tinte labial para mantener el color durante el día y evitar que sus labios lucieran pálidos como el papel, un toque de rubor para no parecer sin vida y luego se ocupaba de su cabello: un rubio oscuro miel que cuidaba con esmero.

Ya ni recordaba cuál era su color natural; hacía años que se lo teñía y lo amaba así, sin importar los comentarios de quienes decían que quería aparentar ser extranjera. No le importaba. Tenía dinero —no mucho, pero suficiente para cubrir sus necesidades y consentirse de vez en cuando— y, como solía decirse, “Con salud y dinero, hago lo que quiero.”

Mientras se maquillaba, el celular vibró.

Un correo nuevo, quería dejarlo para la noche, pero aprovecho el momento para abrirlo.

“Estimada Tania Rendón:

Tenemos el placer de darle la bienvenida a InnovaTech Solutions.

Felicitaciones: ha sido seleccionada para ocupar un cargo en nuestra sede principal de Estados Unidos.

Su fecha de traslado será en tres semanas.”

El mundo se detuvo. Solo quedó el ronroneo de Gigi, que se enredaba entre sus piernas, por poco y deja caer el celular, pero se acordó que aún lo estaba pagando y alcanzó a atraparlo.

—¿En serio, Gigi? —murmuró acariciándola—. Nos vamos… nos vamos a Estados Unidos.

La emoción fue tan fuerte que no sabía si reír o llorar e hizo las dos.

Esa noche, al llegar a casa, los maullidos de Gigi la recibieron al otro lado de la puerta.

—¿Cómo está mi poderosa, hermosa esclavizadora gata gris? —canturreó Tania mientras entraba, hablándole con voz chillona.

Luego encendió la pantalla y llamó a su familia. Caras conocidas llenaron la videollamada: su mamá en pijama, su hermana mayor arreglándose el cabello y sus hermanos hablando todos a la vez.

—¡Al fin te vas, Tani! —gritó Daniel, uno de los gemelos—. Ojalá te cases con un gringo millonario.

—O con un nerd como tú, para que hagan programación en pareja —añadió David, el otro gemelo.

—¡Déjenla tranquila! —regañó su mamá—. Mi niña está cumpliendo su sueño.

—Gracias por sus buenos deseos hermanitos —respondió Tania con una sonrisa.

Entonces apareció su papá. Su voz calmada contrastaba con el bullicio.

—Princesa, son los resultados de tu esfuerzo. Disfruta estos nuevos cambios, las pruebas que, si o si te llegaran, solo no olvides quién eres, tu valentía y tus valores.

—Claro papá.

Aquellas palabras se le quedaron grabadas, como si fueran una predicción de su propio destino. Sentía que debía estar lista para lo que estaba por venir.

Antes de dormir, se dejó caer en el sofá, intentando procesar todo. No podía creer que la hubieran seleccionado entre tantas personas, que alguien hubiera visto en ella un potencial que ni siquiera estaba segura de tener.

Tenía que empezar a planificar: la mudanza de algunas cosas a la ciudad donde vivían sus padres, vender lo que no serviría o donarlos, reunir los documentos necesarios, etc.

—Tú puedes, Tania… es nuevo, pero emocionante —susurró para darse valor. El miedo era inevitable. ¿Cómo no tenerlo? Era un salto enorme: otro país, otro idioma, otra cultura. Sabía que debía adaptarse sin perder su esencia, sin dejar de ser ella misma pero aun así va a ser un reto.

Después de unos minutos de silencio, se levantó y se agachó frente a Gigi. —Me dieron una oportunidad única, pero significa que no podremos estar juntas por un tiempo —su voz tembló al decirlo. Dejar a su mejor amiga, su ancla, su psicóloga silenciosa, le dolía más de lo que había imaginado. —Te quedarás con mis papás hasta que pueda hacer el papeleo para tu traslado. Prométeme que te cuidarás y que me esperarás, ¿sí? Gigi respondió con un parpadeo lento, como si realmente entendiera cada palabra. Tania la tomó entre sus brazos, y aunque Gigi se mostró incómoda al principio, terminó acurrucándose. Ambas sabían que ese abrazo podía ser el último... por un largo tiempo.

Tres semanas después, Tania llego de su largo viaje, tomo un taxi del aeropuerto al a su nuevo hogar. Después de unos largos minutos subió las escaleras al segundo piso, abrió la puerta de su nuevo apartamento.

Era pequeño, de paredes blancas, con cajas aún por desempacar, pero irradiaba esa mezcla de vacío y promesa que tienen los comienzos.

Su nueva compañera de piso, Jess, una azafata de cabello castaño claro y ojos verdes brillantes, la recibió con pizza y una botella de vino.

—Regla número uno —anunció Jess alzando la copa—: aquí no somos simples compañeras de piso. Somos socias en sobrevivir a esta ciudad y sociedad.

—Me gusta cómo suena eso —rió Tania, brindando con ella.

Se dieron un abrazo fuerte, de esos que sellan un nuevo capítulo.

Cuando Tania estaba buscando apartamento, uno de sus antiguos compañeros de la licenciatura le dio el contacto de una conocida que vivía sola en la ciudad donde residiría y casualmente buscaba una roomie. Desde la primera llamada con Jess, hubo conexión inmediata. Se hablaban casi todos los días, contaban los días para conocerse en persona, y Jess incluso le prometió que pronto harían uno de esos viajes exprés con descuento que su aerolínea ofrecía. Era la manera perfecta para que Tania empezara a conocer el país donde viviría por largo tiempo.

—Me alegra tanto tenerte aquí, Tani —dijo Jess con una sonrisa que iluminaba todo—. Ya me estaba estresando sin compañía.

—Sinceramente, estoy un poco nerviosa —admitió Tania, riendo para disimular la inseguridad—. Todo es nuevo, mi familia no está cerca… Claro, antes vivía sola en la capital de mi país, pero esto es distinto.

Jess se levantó, colocó las manos en la cintura y exhaló teatralmente.

—¿Sabes qué es lo mejor de comenzar de cero? —preguntó moviendo las cejas de forma cómica.

Tania negó con la cabeza, divertida.

—Puedes cambiar lo que no te gustaba de ti misma —continuó Jess—. No para fingir ser alguien nueva, sino para mejorar, crecer. De eso se trata la vida, ¿no? Fuimos bebés, luego niños, pasamos por la adolescencia —etapa con suficiente caos— y ahora somos jóvenes adultos. Esta etapa es la más difícil, porque aquí decidimos qué boletos comprar para el viaje, y qué experiencias valen la pena vivir.

Tania no pudo evitar reír.

Jess tenía una forma tan natural de decir las cosas que hacían que todo pareciera posible.

La primera noche terminó entre confesiones y risas.

Jess le aseguró que nada sería perfecto, pero que, en este país, en esta ciudad, todo esfuerzo traía recompensa.

Y por primera vez en mucho tiempo, Tania creyó que tal vez, solo tal vez, estaba en el lugar correcto.

A la mañana siguiente, Tania debía presentarse en la empresa. Jess ya había salido temprano ya que tenía un viaje a Canadá, pero antes de irse, le ayudó a buscar las rutas por internet para evitar que terminara en otro estado —ya que podía pasarle por distraerse mirando el paisaje—.

El trayecto fue tranquilo. Desde la ventana del transporte, observaba cómo el verde sereno de los suburbios se transformaba poco a poco en el movimiento constante de la ciudad. Cada esquina le parecía una promesa: calles amplias, edificios que se alzaban como espejos del cielo, rostros nuevos, un idioma que no le sonaba tan ajeno o a veces sí. Era el inicio de una nueva etapa, y por primera vez en mucho tiempo, se permitió sonreír.

Cuando el vehículo se detuvo frente al edificio, Tania se quedó sin palabras. Era moderno, luminoso, con una energía juvenil que vibraba en cada detalle. Le recordó a las oficinas de Google que había visitado una vez en su país —solo por curiosidad, no porque trabajara allí—, aunque este lugar tenía algo distinto… un aire elegante, y sofisticado.

—Buenos días, soy Tania Rendón, la nueva transferencia internacional —se presentó con la recepcionista.

—Bienvenida a InnovaTech Solutions —respondió la mujer con una sonrisa—. Puedes esperar, enseguida vendrá alguien por ti.

Tania asintió, intentando corresponder a la sonrisa, y se acomodó en una de las sillas de la recepción.

El lugar era moderno, con tonos neutros y pantallas que proyectaban imágenes del equipo y sus proyectos recientes. Todo tenía ese aire de innovación que imponía y fascinaba a la vez.

Cruzó una pierna sobre la otra, alisando inconscientemente el pantalón de su conjunto. Había pasado más de diez minutos esa mañana eligiendo qué ponerse; quería verse profesional, pero no rígida. Elegante, pero sin parecer que intentaba impresionar demasiado.

Aun así, una duda persistía:

¿Habrá sido demasiado formal? ¿O demasiado simple?

Suspiró, tratando de calmar las mariposas en el estómago.

Mientras esperaba, dejó que su mirada recorriera el entorno. La luz natural se filtraba a través de las ventanas amplias, reflejándose en los escritorios de vidrio y las plantas perfectamente cuidadas. Había movimiento, murmullos, teclados sonando, risas breves entre compañeros.

Se sintió, por un momento, como una niña entrando en un parque lleno de juguetes nuevos —y todos eran sus favoritos—.

Todo le resultaba fascinante: las pantallas, el ritmo de trabajo, la energía. Era el tipo de ambiente en el que soñaba estar desde que decidió dedicarse al desarrollo de software.

Aquí es donde todo empieza, pensó con una mezcla de emoción y vértigo.

Tania revisaba su reloj por tercera vez cuando escuchó pasos acercarse.

—¿Tania Rendón? —preguntó una voz masculina con un acento británico claro, pulido, casi musical.

Al alzar la vista, vio a un hombre alto, de cabello negro perfectamente peinado hacia atrás y una expresión serena, aunque en sus ojos verdes había un brillo curioso. Vestía una camisa azul oscuro, mangas arremangadas y una credencial que decía Henry Whitaker – Software Architect.

—Sí, soy yo —respondió Tania, poniéndose de pie con una sonrisa cordial.

—Henry Whitaker —dijo él, extendiéndole la mano—. Me asignaron la tarea de ser tu guía no oficial y, aparentemente, tu primera víctima en los reportes de optimización.

Tania soltó una breve risa, un poco más relajada.

—Prometo ser amable… al menos la primera semana o días de capacitación.

Henry arqueó una ceja, divertido.

—Perfecto. Entonces tendré una semana o días para huir antes de que empieces a corregirme el código.

Ambos rieron. La tensión inicial en el pecho de Tania comenzó a desvanecerse.

Mientras caminaban por el pasillo de vidrio, Henry le fue señalando las distintas áreas:

—Allá está el equipo de front-end, los que creen que todo se soluciona con un “div” y un poco de magia CSS. Al fondo, los de QA —se inclinó un poco para susurrar—, nuestros jueces silenciosos. Y aquí, donde paso la mayor parte del tiempo, el equipo de arquitectura de sistemas.

Tania no podía evitar observarlo con cierta admiración. Su tono era profesional, pero su humor seco hacía que cada explicación se sintiera ligera.

—¿Siempre haces que los recorridos se sientan como un show? —preguntó ella con una media sonrisa.

—Solo cuando quiero causar buena impresión —respondió él sin perder la compostura—. Además, el humor es una herramienta de integración muy efectiva… al menos, eso dice el departamento de recursos humanos.

Tania soltó una carcajada auténtica, y Henry la observó de reojo, como si evaluara la reacción.

—Bien —dijo él finalmente—, parece que funcionó.

Llegaron a una amplia sala con paredes de cristal donde varios ingenieros trabajaban concentrados. Henry le ofreció asiento en un escritorio junto al suyo.

—Este será tu puesto por ahora, Ingeniera Rendón. Si el monitor no enciende, no es por un error de sistema; probablemente alguien haya “tomado prestado” el cable HDMI. Aquí la supervivencia depende de la astucia.

—Entonces me adaptaré rápido —contestó Tania, dejando su bolso y encendiendo su portátil personal.

Henry la miró unos segundos antes de sentarse.

—Lo harás, seguro. Tienes esa mirada de quien disfruta resolver problemas… incluso los imposibles.

Tania sonrió apenas, volviendo la vista a la pantalla

El primer día de Tania en InnovaTech comenzó con ese zumbido constante de teclados, ventiladores y murmullos que solo los equipos de desarrollo entienden. El ambiente olía a café, energizantes, pantallas encendidas y gemidos de frustración.

Henry, sentado frente a su doble monitor, giró la silla apenas cuando ella encendió su monitor.

—Bien, Ingeniera Rendón, bienvenida oficialmente al caos organizado.

Tania sonrió, revisando su correo y conectando su equipo.

—Me han dicho que el caos es más eficiente cuando tiene una estructura clara.

Henry asintió con seriedad teatral.

—Totalmente. Por eso estamos aquí: para darle estructura al caos… o al menos pretenderlo con buena documentación.

Ambos rieron.

La mañana transcurrió entre pruebas, configuraciones y pequeños comentarios ingeniosos que rompían la rutina técnica. Tania, concentrada en la pantalla, analizaba líneas de código de un módulo de seguridad mientras Henry supervisaba la arquitectura general del sistema.

—Hmm… —murmuró ella—, el SafeLink está duplicando validaciones de token. Si lo corregimos en la capa intermedia, podríamos reducir el tiempo de respuesta un 12%.

Henry giró su silla para verla.

—¿Doce por ciento en tu primer día? Eso es casi una ofensa para los que llevamos aquí años fingiendo que no se puede optimizar más.

Tania lo miró con diversión.

—¿Y si te digo que también se puede reducir las llamadas redundantes del API en un 8% más?

—Entonces tendré que sabotear tu credibilidad para conservar mi puesto —dijo Henry con total seriedad, antes de que una sonrisa le torciera la comisura de los labios.

Tania soltó una carcajada, negando con la cabeza.

—Tranquilo, Whitaker. No vine a quitarte el trono, solo a hacerlo más eficiente.

—Vaya, una rebelde estructurada. No se ven muchas —replicó él, inclinándose hacia su pantalla—. Me agrada.

El tono se mantuvo entre profesional y ligero, con esa tensión sutil que surge cuando dos mentes coinciden en ritmo y estilo.

Más tarde, mientras revisaban juntos el flujo de datos en el servidor, Henry señaló el código con su lápiz óptico.

—Aquí está el cuello de botella. El sistema está haciendo doble fetch del mismo recurso.

Tania se acercó, observando la línea. Su perfume era suave, apenas perceptible, pero Henry notó cómo lo distrajo por un instante.

—Sí, ya lo vi. —Tania escribió unos comandos rápidos—. Podemos usar cache local para evitar la redundancia.

Henry la miró con una sonrisa contenida.

—¿Ves por qué me agrada tenerte en el equipo?... por ahora. No solo encuentras el error… lo corriges antes de que yo termine la frase.

—Ventajas de ser Senior Developer —dijo ella con un guiño—. Velocidad y precisión.

—Y un toque de arrogancia técnica —bromeó él.

—Solo cuando tengo razón —respondió Tania sin despegar la vista de la pantalla.

Henry apoyó el codo en el escritorio, observándola mientras el nuevo código se ejecutaba sin errores.

—Perfecto. Si esto sigue así, vamos a dejar sin trabajo al equipo de soporte.

—Lo tomaré como un cumplido —replicó ella, satisfecha al ver las métricas estabilizarse.

Un silencio agradable los envolvió. No el incómodo, sino el de dos personas que saben que funcionan bien juntas.

Finalmente, Henry habló, con ese tono de humor seco que ya le era característico:

—Deberías saber que en InnovaTech tenemos una tradición: quien arregla su primer bug crítico paga el café.

Tania alzó una ceja.

—Eso suena como una estafa muy bien disfrazada de bienvenida y que gasta el nuevo.

—Lo es —admitió él sin culpa—, pero también es la mejor forma de integrarse. ¿Te animas?

Ella sonrió.

—Solo si aceptas pagar la segunda ronda.

Henry se inclinó hacia atrás, fingiendo pensarlo.

—Trato hecho, Ingeniera.

Por primera vez en mucho tiempo, Tania sintió que el trabajo no solo era un reto… también un lugar donde podía reír, aprender y disfrutarlo.

Unas horas después, Henry le explicó todo con paciencia, aunque en el fondo sabía que no era necesario. Tania captaba los procesos con una facilidad que le sorprendía incluso a él. Su manera de escuchar, hacer preguntas precisas y anticipar posibles errores hablaba de experiencia real, no solo de teoría.

Cuando terminaron con las configuraciones y accesos internos, Henry la acompañó hasta el área de Recursos Humanos para finalizar el papeleo.

La oficina olía a papel nuevo y café tibio; en las paredes había carteles con mensajes motivacionales demasiado optimistas para un lunes.

—Solo falta abrir tu cuenta bancaria en la sucursal frente al edificio —le indicó la persona de Recursos Humanos, una mujer de voz amable y sonrisa automática.

Tania asintió, guardando los documentos en una carpeta.

—Perfecto. Lo hago de inmediato —respondió con tono práctico.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Henry con naturalidad, ajustando el reloj en su muñeca.

—¿Para asegurarte de que no me pierda cruzando la calle? —bromeó ella.

Henry arqueó una ceja.

—Más bien para asegurarme de que no te recluten en otra empresa antes de volver —replicó con media sonrisa.

Tania soltó una risa breve.

—Tranquilo, Henrry. No pienso renunciar antes del primer café oficial del equipo.

—Buena respuesta —dijo él, abriendo la puerta para dejarla pasar primero—. Además, la sucursal suele tener una fila interminable. Te conviene tener a alguien que ya sepa cómo sobornar al cajero con una sonrisa… y acento.

—Ah, ¿así es como lo haces? —dijo Tania divertida.

—Digamos que tengo experiencia optimizando procesos… incluso los humanos —contestó Henry, sin perder su tono irónico.

Con una carpeta bajo el brazo, Tania cruzó la calle sola hacia el banco. Henry fue detenido por algunos compañeros de su equipo que lo necesitaban con urgencia. Se disculpó alzando una mano desde la entrada del edificio, prometiéndole que estaría pendiente del teléfono por si “se perdía y resultaba en otro lugar”.

Tania sonrió, negando con la cabeza, y siguió su camino.

Se detuvo frente al majestuoso edificio. Era alto, imponente, con ese aire de poder que parecía susurrar “aquí solo entra la élite”. Los ventanales reflectantes brillaban bajo el sol, el mármol del pórtico relucía como espejo, y el logo dorado sobre la fachada se imponía con elegancia casi intimidante. Por un instante, pensó que estaba frente a un lugar reservado para personas con cinco casas, autos deportivos y vacaciones perpetuas en la Riviera Francesa.

Al entrar, el contraste fue aún más impactante.

El aire tenía ese aroma sutil a café caro y perfume exclusivo; los tacones resonaban con precisión matemática sobre el suelo pulido; y las personas… impecables. Trajes perfectamente entallados, relojes que probablemente valían más que su computador, y rostros que parecían sacados de la portada de Vogue Business.

—¿Acaso piden experiencia en modelaje para trabajar aquí? —murmuró, casi para sí misma, mientras trataba de no parecer una turista perdida en el lobby.

Se ajustó el saco, respiró hondo y avanzó hacia el centro de la sucursal. A pesar del lujo que la rodeaba, mantenía esa calma profesional que había aprendido con los años: observar, analizar, adaptarse.

Sabía que aquel banco no solo sería el lugar donde abriría una cuenta; era también una ventana al mundo en el que, sin querer, estaba comenzando a moverse.

Con torpeza disimulada, se apartó del camino —porque sí, estaba bloqueando el paso de medio mundo— y se dirigió a tomar su turno. Mientras esperaba, sacó su celular y escribió a sus padres:

📱 Hola má y pá. Estoy en el banco haciendo los trámites. ¿Cómo está la princesa de la casa?

Apenas envió el mensaje, levantó la mirada… y el aire se le detuvo.

Un hombre alto, de porte impecable, con un traje que estaba hecho a su medida. Su piel ligeramente bronceada contrastaba con su cabello rubio oscuro, peinado con una precisión casi artística. Pero lo que realmente la dejó inmóvil fueron sus ojos: un azul zafiro eléctrico tan intenso que parecía hipnotizar.

Tania lo miró.

Lo miró demasiado.

Y decir demasiado era quedarse corta.

Observó cada movimiento: la forma en que llamaba a alguien, el gesto tranquilo con el que se ajustaba el reloj, incluso cómo su casi sonrisa parecía ensayar la perfección sin esfuerzo.

Y entonces, el desastre.

Él levantó la mirada… y la encontró.

Tania, en un acto reflejo, giró la cabeza tan rápido que casi se disloca el cuello.

—Por poco me quedo sin cabeza… —murmuró entre dientes, escondiéndose tras el celular mientras sentía el calor subirle hasta las orejas.

Intentó concentrarse en la pantalla para fingir que hacía algo muy importante, pero su mente solo repetía la imagen de esos ojos zafiro mirándola por unas milésimas de segundo.

En ese momento, su número apareció en la pantalla del turno.

—Perfecto… justo cuando me estoy desintegrando en vergüenza —susurró, tomando aire antes de caminar hacia el mostrador con paso decidido.

Mientras avanzaba, se obligó a olvidar la escena, aunque sabía perfectamente que la imagen de aquel hombre iba a seguir en su mente por mucho, mucho tiempo.

Después de una hora, Tania en dirección a la salida, distraída entre papeles y pensamientos, ocurrió lo inevitable: un choque.

Los papeles salieron volando como si el destino quisiera burlarse de ella.

—Perdón… —dijo una voz profunda.

Se agachó enseguida para recogerlos, y al hacerlo, levantó la vista.

El aire parecía detenerse.

Su cuerpo olvidó cómo respirar.

Frente a ella estaba él.

El mismo hombre que miro por mucho tiempo. El mismo traje perfectamente ajustado. Y los mismos ojos azul zafiro, tan intensos que parecían tener luz propia. Hipnotizantes.

Por un instante, el ruido del edificio se desvaneció. Solo existían ellos dos, a medio metro de distancia, rodeados de hojas de papel flotando como si el universo hubiera decidido darle a ese encuentro un toque dramático.

Fin Capítulo 1.