Proyect K.A.I.R.O.S

All Rights Reserved ©

Summary

Nací en una familia poderosa donde el dinero lo era todo… excepto el cariño. Mientras otros niños soñaban con ser libres, yo ya tenía un futuro impuesto: heredar un imperio. Pero una noche, frente a la televisión, descubrí a los idols y algo cambió para siempre. Creí que convertirme en uno de ellos sería mi escape. Mi libertad. Lo que no sabía era que mis padres —y la empresa— ya habían decidido incluso eso por mí. Project K.A.I.R.O.S es un thriller psicológico oscuro ambientado en Corea del Sur, donde la fama, el tiempo y los sueños se convierten en una jaula dorada. Cuatro chicos. Un proyecto secreto. Un ascenso meteórico… y un abandono imperdonable. Cuando la empresa deja morir a mis compañeros con fría indiferencia, algo en mí se rompe para siempre. El éxito masivo se desvanece, el grupo cae, y yo quedo solo con la culpa, los recuerdos y una rabia imposible de silenciar. Porque no todos los sueños terminan bien. Y algunos… se pagan con la vida

Genre
Drama
Author
JairDario
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: Recuerdos de mi niñes

La gente suele decir que persigas tus sueños.

Lo dicen con una sonrisa cansada.

Como si fuera un consejo sabio.

Como si no doliera.

“Hazlo por mí”, dicen.

“Yo no pude con los míos”.

Sinceramente, me da asco.

Ese tipo de frases no son esperanza.

Son arrepentimiento disfrazado.

Auto consuelo barato para dormir tranquilos.

Nadie te dice la verdad.

Nadie te advierte que vivir una vida que no elegiste…

a veces fue una forma de misericordia del destino.

Porque no todos los sueños se cumplen.

Y cuando lo hacen, no siempre te salvan.

Algunos sueños te elevan.

Otros te consumen lentamente.

Te prometen libertad…

y te entregan una jaula distinta.

Hay sueños que mejoran tu vida.

Y hay otros que la convierten en algo tan insoportable

que la muerte empieza a parecer una salida razonable.

Un descanso.

Pero no nos adelantemos.

Mi historia no empieza con sangre.

Ni con un escenario.

Ni con luces.

Empieza en silencio.

Yo tenía una vida decente.

No espectacular.

No digna de envidia.

Pero cómoda.

Era el hijo de una familia rica.

La familia Han.

En Corea, ese apellido pesa.

Demasiado.

Nunca me preocupé por dinero.

Nunca pensé en qué comer.

Nunca dudé de que mañana existiría.

Pero tampoco tuve padres.

No en el sentido que importa.

Mi padre, Han Min-Jae, era presidente de Hanwool Group.

Un conglomerado enorme.

Construcción.

Tecnología.

Entretenimiento.

Mi madre, Yoon Hae-Rin, ocupaba un puesto igual de alto.

Elegante.

Impecable.

Distante.

Ambos vivían para el trabajo.

Para las reuniones interminables.

Para los números subiendo en una pantalla.

Yo nunca fui una prioridad.

Era una responsabilidad futura.

Un proyecto a largo plazo.

Una inversión genética.

Recuerdo la mansión.

Demasiado grande.

Demasiado blanca.

Demasiado silenciosa.

Los pasillos parecían no terminar nunca.

El eco de mis pasos era lo único que me respondía.

Había empleados.

Muchos.

Pero ninguno me miraba a los ojos.

Todos me llamaban “joven amo”.

Todos se inclinaban.

Todos mantenían la distancia.

Aprendí pronto que el respeto…

también puede ser una forma de soledad.

Mis padres casi nunca estaban.

Y cuando lo estaban,

no estaban conmigo.

Hablaban de contratos.

De acciones.

De fusiones.

Yo comía solo.

Estudiaba solo.

Dormía solo.

Había, sin embargo, un momento específico.

Uno solo.

Un instante diminuto…

en el que podía decir que era feliz.

Cuando mis padres llegaban tan cansados

que no tenían fuerzas para fingir interés.

Cuando simplemente se sentaban.

Se quedaban en silencio.

Y me ignoraban sin intención.

En ese momento, su indiferencia no dolía.

Entonces solo estábamos la televisión…

y yo.

La televisión se convirtió en mi compañía.

Mi ruido de fondo.

Mi refugio.

Veía caricaturas.

Series animadas sin importancia.

Historias simples donde el bien y el mal eran claros.

Hasta que, una noche, cambiando de canal…

los vi.

Idols.

Ese recuerdo sigue intacto.

Como si estuviera grabado en mi cabeza.

Luces.

Música.

Movimiento.

Eran impecables.

Perfectos hasta lo irreal.

Cada gesto calculado.

Cada sonrisa ensayada.

Cada paso pulido hasta el cansancio.

Bailaban como si sus cuerpos no pesaran.

Cantaban como si no tuvieran miedo.

Parecían vivir una vida despreocupada.

Libre.

A diferencia de mí.

Yo vivía con una presión constante en el pecho.

Una sensación que no sabía nombrar,

pero que nunca se iba.

Sabía que era el heredero.

El siguiente en la línea.

El futuro presidente de Hanwool Group.

La “corona” que todos fingían no mencionar,

pero que siempre estaba allí.

Invisible.

Pesada.

Tenía miedo de perderla.

Pero también miedo de llevarla puesta.

Mientras ellos brillaban en el escenario,

yo sentía que mi vida ya estaba decidida.

Ellos parecían elegir.

O eso creía.

Y algo empezó a crecer dentro de mí.

No fue odio.

No al principio.

Fue envidia.

Una envidia silenciosa.

Lenta.

Profunda.

Me carcomía desde dentro.

Pensé que su vida era sencilla.

Que no cargaban el peso que aplastaba mis hombros.

Que no sabían lo que era vivir observado,

evaluado,

preparado para un futuro que no pediste.

Convertirme en idol empezó a parecer

la única escapatoria.

La única salida posible.

Mientras mis padres trabajaban,

yo practicaba.

Solo.

En secreto.

Cerraba las cortinas.

Bajaba el volumen.

Repetía los pasos una y otra vez.

Horas bailando frente al espejo.

Horas cantando en voz baja.

Mi cuerpo dolía.

Mi garganta ardía.

Sabía que no era suficiente.

Sabía que no era eficiente.

No tenía entrenadores.

No tenía guías.

Pero era lo único que tenía.

Si alguien me veía en una academia de baile…

si el apellido Han aparecía en un registro así…

Sería un escándalo.

Un heredero no sueña.

Un heredero obedece.

Los años pasaron.

Crecí.

Mi cuerpo cambió.

Mis movimientos se volvieron más precisos.

Mejoré.

Despacio.

Pero sin detenerme.

Nunca sentí miedo a fracasar.

Porque fracasar significaba volver a la jaula.

Y eso…

eso sí me aterraba.

Hasta que llegó ese día.

Mi primera audición.

Recuerdo el edificio.

El olor a desinfectante.

Las miradas nerviosas de otros chicos.

Todos querían lo mismo.

Todos fingían confianza.

Yo no sentía miedo.

Solo una calma extraña.

Como si, pasara lo que pasara,

ya hubiera cruzado un punto sin retorno.

Canté.

Bailé.

Y lo logré.

Pasé.

Cuando me llamaron para firmar el contrato,

sentí algo parecido a la felicidad.

Pero duró poco.

Al entrar a la oficina…

los vi.

Sentados detrás del escritorio.

Mi padre.

Mi madre.

Impecables como siempre.

Sonriendo.

No era una sonrisa cálida.

Era una sonrisa ganadora.

Arrogante.

Satisfecha.

En ese instante lo entendí todo.

Siempre lo supieron.

Cada práctica nocturna.

Cada paso aprendido en secreto.

Nunca estuve solo.

Siempre me vigilaron.

Pero había algo que ellos no sabían.

Yo nunca me rendiría.

Aunque eso significara dejarlos atrás.

Aunque tuviera que romper con mi apellido.

Con mi pasado.

Porque yo era un pájaro

en una jaula de oro y diamantes.

Lujosa.

Brillante.

Admirada por todos desde fuera.

Pero seguía siendo una prisión.

Y las prisiones…

no importan cuán hermosas sean…

siguen quitándote el aire.

Este fue el primer error de mis padres.

Pensar ingenuamente que podrían

tenerme encerrado por siempre.