La Misión De La Diosa

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Summary

Kristine solo conocía una verdad: era la sacerdotisa de las diosas tejedoras de la realidad, dedicada a su deber en el ejército cósmico. Su única distracción era el Quinto General: Thomas Jason Olsen. Pero cuando una conspiración ancestral la obliga a enfrentarse a las Tejedoras de la Realidad, Kristine descubre una verdad aterradora: ella es mucho más que una mortal. Es el recipiente de una Diosa, destinada a salvar el cosmos, o a aniquilarlo. Ahora, con un universo en riesgo y su alma dividida entre su amor mortal y su deber divino, Kristine debe decidir: ¿abrazar la eternidad como una diosa sin corazón o elegir a Tommy, el único hombre capaz de amarla lo suficiente como para destruir su propio destino? El amor era la respuesta. El amor era la traición.

Genre
Scifi
Author
CMandujano
Status
Ongoing
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo: El destino de Tal-O

Nos encontrábamos en Los Eones Silentes. Un nombre tan pretencioso como acertado para este pedazo de vacío, donde hasta el tiempo parecía contener la respiración.

Este sitio no era un mero lugar de reunión; eran templos ancestrales, sagrados y severos. Sus salones, tallados en la piedra primordial misma, se alzaban como cicatrices gloriosas en el vacío. El silencio aquí no era la ausencia del sonido, era una presencia pesada y densa, que se adhería a mi piel como una escarcha fina de eones pasados y por venir.

Me encontraba en medio de la sala, acompañada por las diosas, con el recuerdo del café de esa mañana aún en el paladar y el eco de la risa de Tommy, áspera y rara, como un hallazgo precioso en un campo de batalla, y el silencio dentro de mí, que sentía como un océano de poder dormido en mis venas, pero no hablaba, nunca lo había hecho. A veces era un alivio, otras como hoy era soledad abismal. Era como llevar una armadura de una estrella, increíblemente poderosa y eternamente muda.

Me hacía sentir extraña. Una diosa, pero sin la conciencia de la que habitaba en mi interior, sólo su poder latente en esa chispa que sentía en mi pecho desde que las diosas tejedoras me revelaron la verdad. Una que esta diosa misma les encomendó mostrarme sólo después de la batalla.

Estaba ahí como parte del concilio divino, no como espectadora, sino como participe.

Frente a nosotros, flotando en el centro del lugar, yacía el cadáver de Tal-O. No era un cuerpo, como el mío, no era carne y hueso simple, era un cosmos en ruinas. Aun así, su mera forma residual palpitaba con una energía que hacía vibrar el éter. Un eco atronador de la primera creación. Su poder era tan inconmensurable que se podía sentir cómo irradiaba su aura oscura desde esa carcasa corrompida.

Los demás dioses llegaron, no era necesario nombrarlos, se sentía su presencia.

La primera fue la Diosa de la Vida, de cuya presencia brotaban suspiros de enredaderas luminosas que se retorcían y morían en un ciclo perpetuo.

Le siguió el de la Muerte, sereno e implacable, como el filo del horizonte de sucesos, un punto de quietud absoluta. Al aparecer me guiñó un ojo, éramos amigos desde hace años, pero la ocasión requería de nuestra mayor solemnidad.

El Dios de la Oscuridad fue después; no una sombra, sino la canción de cuna del universo, antes de la primera chispa, envolviendo a todo en su manto de quietud.

Finalmente llegó la de la Luz, en toda su gloria, radiante y sonriente, convencida de que su dominio debía llegar siempre hasta los rincones más alejados de la existencia, en todas las dimensiones y reinos.

Los rectores estábamos completos, las esencias que regían el universo.

Todos me vieron, esperando que la diosa que habitaba en mi cuerpo respondiera. No sabían que estaba sola. Era una paradoja: diosa y humana, anfitriona divina y amante de un mortal.

El Dios de la Muerte fue quien rompió el silencio, su voz no era un sonido simple, se sentía con un frío que calaba hasta los huesos.

—El Poder de Tal-O no puede disiparse sin consecuencia. Debe ser reconducido. Es un río sin caudal, inundará y erosionará todo lo que encuentre. Su esencia será el metal con el que forjaremos el escudo y la espada de una nueva era. Para lograrlo, necesitamos el voto de todos, unánime como la decisión de su prisión en el inframundo.

Volvió su vista a mí, los otros siguieron su acción.

Sabía que no se dirigían a mí, sino a ella, la diosa que me habitaba. Contuve la respiración, esperando que un océano respondiera. Sólo sentí un remolino de energía indiferente en el pecho. Un silencio profundo y aterrador. Fui yo la que tuvo que hablar.

—Pueden disponer de mi poder. —Mi voz sonaba ridículamente humana en aquel lugar. —¿Qué proponen que se debe hacer?

El Dios de la Oscuridad respondió, su voz, una nota grave extrañamente quebrada en la sinfonía del vacío.

—Armas. Que su caída signifique el renacimiento. Forjemos con ellos un símbolo: que la creación puede nacer incluso de la destrucción de su propio dios.

Los otros dioses dirigieron su mirada a él. En sus rostros no hubo indiferencia, sino un respeto silencioso y sombrío. Era el padre del dios caído y nadie más tenía derecho a dictar el destino de aquellos restos: los de un hijo que se había revelado contra su progenitor.

Una visión golpeó mi conciencia. Una hoja ancha, oscura, tan negra que parecía un corte en el tejido de la realidad. Y en su profundidad nebulosa, un latido lento y regular, un pulso de pesadilla.

—Será para el mortal —anunció la Diosa de la Vida, con una voz que sonaba como un jardín en duelo—. Para Tommy, que el vencedor cargue con el núcleo de la tempestad que apaciguó.

El puro terror —mi terror— estalló en mi pecho. La chispa de poder se agitó en mí, inútil.

—¡No! —grité, esta vez no cupo duda de que sólo era yo, Kristine—. ¿No ven lo que harán? ¿Condenarlo a escuchar el susurro corruptor de lo que eliminó? ¡Temo por su alma! ¿Dónde está la justicia en esta tortura?

El silencio que siguió fue incómodo, cargado de una confusión divina. El dios de la Muerte se volvió hacia mí y su voz fue fría como el espacio interestelar.

—Mi adorada flor eterna. Él no es un hijo de la carne común, es el último de la tribu estelar. Su alma no es un vaso de barro, es una espada ya templada en la nada. Un humano común se habría deshecho como polvo. Tommy es el único capaz de soportar el eco sin que el eco lo ahogue.

—Él lleva dentro de sí un poder capaz de destruir todo a su alcance —añadió el Dios de la Oscuridad—. El arma no lo corromperá; lo desafiará.

Me quedé temblando, abrumada por su lógica glacial. Ellos veían un recurso, un símbolo, un soldado. Yo veía al hombre que amaba, condenado a una carga insondable. Y la parte de mí que debería tener las respuestas permanecía en un silencio impenetrable, como sepultada bajo un hechizo del que ni siquiera era consciente.

—Él ya aceptó este destino al alzar su mano contra lo divino —concluyó la diosa de la vida, con un tono que no admitía réplica—. Nosotros solo le damos la herramienta para que su victoria perdure.

Asentí, mecánicamente. No había más debate. El pacto estaba sellado.

La voz de los cuatro, al unísono, retumbó en el salón.

—Diosas tejedoras de la realidad, en sus forjas, en su ejército, está la voluntad de la justicia. Lleven con ustedes los restos y forjen ahí las armas que sostendrán la nueva era. Que sus generales las blandan con nuestra aprobación y con ellas impartan el juicio de lo justo.

Las tres asintieron; la decisión estaba tomada.

Dentro de mí, una verdad se cristalizó, fría y cortante: estaba completamente sola.

Los dioses comenzaron a dispersar sus esencias. La diosa de la Vida susurraba ya consignas de renovación a las estrellas lejanas, el de la Muerte se fundía con la quietud, el de la Oscuridad retrocedía hacia sus dominios y la de la Luz se disipaba como el sol por el horizonte al caer la noche.

Antes de que pudieran irse por completo, una pregunta brotó de mis labios. No era un grito, sino un susurro ronco, cargado de una desesperación que ya no podía contener.

—¡Esperen!

El vacío de los Eones Silentes pareció contraerse. Las esencias divinas se detuvieron, volviendo su atención —una atención ahora curiosamente cautelosa— hacia mí.

—¿Sí, Kely-A? —preguntó la diosa de la Vida, dirigiéndose a la entidad divina que habitaba en mi interior.

—No soy Kely-A —rectifiqué. El esfuerzo por mantener la voz firme me secaba la garganta—. Soy Kristine. Y tengo una pregunta. Una… para ustedes.

Hice una pausa, buscando las palabras en el limitado lenguaje humano para describir un vacío infinito.

—Ella, la diosa, está ahí. La siento. Es como un sol bajo mi piel, un poder que no me pertenece pero que habita en mí. Pero está… dormida. Inconsciente. Como en un sueño del que no despierta. —Miré a cada una de las presencias, suplicando con la mirada una respuesta que no podía encontrar—. ¿Por qué? ¿Por qué no puedo contactarla? ¿Por qué no me responde? ¿He hecho algo mal? ¿Es este… este cuerpo, indigno de ella?

El silencio que siguió fue diferente. No era el silencio expectante de antes, ni el de desconcierto. Era un silencio cargado de algo nuevo: un respeto antiguo y un temor sutil, pero palpable.

Fue el Dios de la Oscuridad quien habló primero, y su voz, por primera vez, sonó cuidadosamente medida.

—Kely-A es una rectora. La fuerza primigenia que equilibra la balanza entre lo que nace y lo que debe morir. Su conciencia no es un lago del que se pueda beber. Es un abismo que decide por sí mismo cuándo revelar sus profundidades.

—Su sueño no es un hechizo que podamos disipar, ni una herida que podamos sanar — añadió el de la Muerte, con una solemnidad que helaba el ambiente—. Si Kely-A ha elegido retirarse a la profundidad de su propio ser, es por una razón que solo ella conoce. Forzar su despertar sería… insensato. Como intentar apresar un big bang en un puño. El resultado no sería una revelación, sino una aniquilación.

—Pero… —balbuceé, sintiendo cómo mi esperanza se desmoronaba—. Necesitamos su guía. Yo la necesito.

La Diosa de la Vida se acercó, su calor fue casi maternal, pero también distante.

—Querida niña —dijo, la palabra sonó a la vez a cariño y a una inmensa lástima—. Quien habita en ti no es una sirvienta, ni un arma a tu disposición. Es una soberana. Si ha decidido permanecer en su trono interior, nadie, ni nosotros, osaría interrumpir su reposo. Tal vez esté tejiendo destinos que ni siquiera nosotros podemos vislumbrar. O tal vez… tal vez el mundo aún no está preparado para que despierte por completo.

Las palabras cayeron sobre mí como losas. No había una maldición, no había un enemigo al que vencer. Había algo mucho peor: la indiferencia majestuosa de un poder tan vasto que su silencio era una ley natural. Ellos no solo no podían ayudarme; no se atrevían a intentarlo. Le temían a la propia fuerza que habitaba en mi interior.

Asintieron lentamente, un gesto de despedida y, quizás, de advertencia. Luego, se desvanecieron, dejándome con las diosas tejedoras.

Ellas permanecieron en silencio toda la reunión; incluso en el concilio divino debían respetar la jerarquía. Eran diosas menores ante los Rectores del Universo, donde por derecho yo pertenecía, pero por capricho de la diosa Kely-A lo desconocía hasta hacía dos días.

Por primera vez, el verdadero terror se apoderó de mí. No era el miedo a Tal-O, ni a la espada que latiría para Tommy. Era el miedo a mí misma. A la entidad durmiente e indiferente que llevaba dentro, a la que todos, incluso los dioses, temían molestar.

El General cargaría con el latido de un dios muerto en sus manos, y yo con el silencio ensordecedor de una diosa dormida en las mías. Dos mitades rotas, incapaces de ayudarse, sosteniendo cada una un fragmento de una pesadilla que nosotros mismos habíamos ayudado a crear. En el fondo de mi alma, una pregunta comenzó a brotar, envenenada y persistente: ¿por qué estaba tan terriblemente sola?

¿Qué había hecho para merecer esta jaula dorada? ¿Y qué pasaría el día en que, por fin, ella decidiera despertar?