1.1FINN
Caía la tarde sobre las montañas Obi. El sol todavía alcanzaba a iluminar el templo, pero, aunque afuera los rayos de luz aún estaban, por dentro la oscuridad era cada vez más espesa.
Una punzada en su cintura lo hizo reaccionar. Finn abrió sus ojos y, para su sorpresa, el lugar donde se encontraba no era su casa ni mucho menos su cama, al contrario, estaba en un gran salón con columnas altas y espacios abiertos, que parecían estar cubiertos por un manto de sombra, una muy espesa, la cual cubría todo el salón.
Pero algo más lo sorprendió, la causa de que se asustara fue ver lo que lo rodeaba. Cuerpos, estaba rodeado de ellos.
Se arrastró entre estos hasta que quedó congelado al ver su reflejo sobre un charco de sangre. Tenía la apariencia de una mujer a la que no había visto en su vida. Supuso entonces, que lo que estaba pasando era un sueño. No pudo seguir pensándolo mucho porque escuchó a alguien acercarse y se escondió.
Un hombre que se impuso como la figura superior en el lugar, entró seguido por una gran escolta en el salón y se dirigió hacia la otra punta donde dos Obers sostenían por los brazos a un Oba que parecía ya estar entrando a los campos de Ángel. Llevaba un gran manto negro que no le permitió a Finn verlo por completo, pero sí distinguió una cicatriz que cruzaba su ojo derecho. Se acercó hasta el oba, lo tomó por el mentón y conectó sus miradas.
—¿Dónde está? —El tono de voz demostró su firmeza.
El pobre hombre moribundo le sostuvo la mirada por unos segundos y la dejó caer para enfocarla en el suelo. Dart-Ober, impaciente, lanzó un suspiro. De inmediato, el hombre fue tomado por el cuello y estampado contra la pared.
Lo extraño fue que, si veía al hombre, nada lo sostenía, pero si bajaba la vista hasta su sombra, se podía ver cómo otra sombra lo tomaba del cuello.
El Oba se estaba asfixiando cuando le repitió la misma pregunta. Su rostro se puso morado, pataleaba con todas sus fuerzas para liberarse y revoleaba sus ojos para todos lados. En eso, encontró a Finn escondido entre los cuerpos y se le quedó viendo fijo.
—No lo volveré a repetir, ¿Dónde está?... Sé que los Obas lo escondieron.
El Oba no despegó la vista de la mujer. El Ober giró la cabeza en dirección de su mirada y la encontró. Volvió su vista hacia el moribundo y con una pequeña sonrisa lo dejó respirar. Pero, por el contrario, ahora era la mujer la asfixiada.
Finn sintió como unas manos gigantes lo estrangulaban y cortaban su respiración. Como lo levantó hasta que ni siquiera con la puntita del dedo pudiese tocar el suelo, su corazón se aceleró de solo pensar que realmente no era un sueño y que ese podía ser su fin. Se sentía muy real para que estuviera soñando. No tenía sentido el cómo había llegado a ese lugar, pero no quería que lo maten.
Más allá de que creyera que era un sueño, temía porque tal vez no lo era.
Para el Oba era tan insoportable verla sufrir que se rindió y soltó la información.
—Lo diré. —Se lamentaba, pero sentía que no tenía otra opción—. Pero déjala ir.
Dart-Ober vuelve a verlo y ella respira. Una ola de alivio, de aire también, recorrió todo el cuerpo del muchacho, sus respiraciones eran ahogadas.
—Te escucho.
—En los campos... Lo escondieron en los campos.
El Ober asintió en señal de que le creía y volteó hacia el grupo que estaba detrás de él. Eran cazarrecompensas y mercenarios, por sus apariencias no era difícil de deducir. Pero entre ellos se podía distinguir tres grupos: los primeros tenían pintas de cazadores, con sus grandes mantos de pieles y los cuchillos que colgaban de sus cinturones, pero lo que más resaltaba de ellos era que venían acompañados de un lobo blanco de ojos azules con una mirada fría como el hielo; por otro lado, había uno alto, pero robusto, tenía unos hombros anchos y gruesos mientras que su cintura y piernas eran más pequeñas, tenía la apariencia de ser un pirata y los tres que estaban detrás de él, lo confirmaban, debía ser el capitán; y por último tres jóvenes encapuchados, no se podía ver mucho porque estaban tapados, pero a la chica se le podía ver el rostro, era rubia con unos grandes ojos azules, bonita.
—No quiero que quede un rincón sin buscar. Encuéntrenlo y tráiganlo ante mí. —Los cazarrecompensas asintieron y se marcharon. Dart-Ober volvió a ver al Oba y les indicó a los Obers que sea lento y doloroso.
—¡No, por favor, no! ¡Se lo suplico!
Los Obers se llevaron a rastras al Oba fuera del salón. Un silencio atravesó la habitación. Él volvió hacia Finn y su vista se nubló, se escuchó el crujido de su cuello y todo se oscureció.
○○○
En Janna, una aldea en uno de los campos de cultivos de Gauldemir al norte de Crill, el reino más grande de toda Hera. El cual, por desgracia, vivía en la tiranía absoluta. Si ya de por sí los pueblos cercanos a la ciudadela eran pobres, las aldeas en los límites eran extremadamente pobres, aunque estos fueran los que se encargaban de proveer al interior de alimentos. La reina no era culpable de estas desgracias, ya que esta no estaba a cargo de su propio reino. Su esposo, el rey consorte, luego de lo ocurrido en la batalla conocida como “La caída de los Obas”, tomó el poder absoluto de Crill, transformando al reino más próspero y poderoso en sólo una gran porción de tierra sin propósito.
Finn despertó de un susto, el sueño que acababa de tener se había sentido muy vívido. Era como si realmente era él el que se iba a morir. Respiró hondo para calmarse y dejar a un lado ese mal sueño. Cuando inhaló, un olor a quemado inundó sus fosas nasales y preocupado giró su cabeza en dirección de su aldea. El humo provenía de allí. De inmediato, se enderezó de un salto y corrió colina abajo para llegar cuanto antes. En todo su trayecto no dejaban de pasar mil cosas por su cabeza y la culpa de no haber estado ahí se asomaba, pero nada era importante en ese momento, no podía precipitarse. Vio como se alejaba todo un rebaño de ovejas del lugar y aceleró su paso.
Parecía como si nevara, pero lo que caía no era nieve. Sus rizos castaños se tiñeron de gris. Solo deseaba que no sea tan grave, aunque era obvio que sí lo era.
Al llegar, todo estaba cubierto de cenizas e, incluso, algunos sectores seguían ardiendo. Esa pequeña aldea donde había pasado toda su vida, se redujo a cenizas en menos de un día. Parecía que toda una manada de dragones había pasado por allí y desapareció de la nada.
Ya en su casa, entró y gritó los nombres de sus tíos esperando que alguno le contestara <<por aquí>>, pero nadie respondió a su llamado. Entró a la habitación de sus tíos, estaba destruida y sin rastros de ellos. Salió y su desesperación se volvió mayor cuando, entre los escombros detrás de la mesa, distinguió a su tío.
Corrió hasta él y apoyó su oído sobre su pecho, su respiración era muy lenta, lo sacudió un poco para que reaccionara, pero no hubo respuesta. Su cuerpo temblaba y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Su tío tomó la mano que le había dejado sobre su pecho, y su sonrisa de alivio fue enorme al saber que seguía con él.
—Pensé que estabas muerto —dijo mientras se secaba las lágrimas.
—Shhh. —Le dio unos golpecitos suaves sobre su mano—. No hay tiempo. Tenías razón. —Mientras hablaba le dejó un pequeño objeto en su mano—. Debí decirte la verdad sobre... —“tus padres”, terminó Finn en su mente.
—Eso ya no importa —dijo tratando de que su tío no gaste más energía.
Empezó a pensar a dónde debería llevarlo, ¿Cómo lo iba a curar? Todavía no había visto la herida, pero la sangre era evidente. No sabía cuánto tiempo le quedaba para actuar antes de que sea tarde.
—Sí importa... eres especial. —Los ojos de Finn se cristalizaron al darse cuenta que su tío estaba usando su último aliento para transmitir el mensaje. Así que olvidó el resto y se concentró en lo que decía. Después de todo, conociéndolo, debía ser muy importante—. Koda... debes encontrarlo, él te dirá todo lo que necesitas saber.
—¿Y cómo lo encuentro?
—Lleva a Tall contigo... él te guiará. Ya le di las coordenadas... —Su tío comenzó a acelerarse, intentaba decir algo más pero su respiración se cortaba—. Pro... promete... que lo... que lo encontrarás... y que... que no te detendrás hasta... encontrarlo.
Su tío, después de esas palabras, quedó inmóvil con la mirada fija en la nada. Los cristales de sus ojos se quebraron, un mar de lágrimas los derrumbó. El silencio lo hizo sentir peor, estaba solo, ni la fauna estaba presente. Apoyó un oído sobre su pecho y ahora, definitivamente, había dejado de respirar.
—Lo prometo —Entre lágrimas y sabiendo que ya no lo podía escuchar, prometió no rendirse hasta encontrar a ese tal Koda.
Pasó el resto de la tarde y toda la noche, tirado junto a su tío como si él también estuviera muerto. No importó el hambre, no se movió.
No fue hasta que el alba y los primeros rayos del sol chocaron con su rostro, que reaccionó. Pero no reaccionó mucho, pensaba que ya no tenía sentido seguir, después de todo, ya no le quedaba nadie, estaba solo.