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El recuerdo te golpea a veces en mitad de la noche, como un fantasma que se niega a ser exorcizado. No es una imagen borrosa ni una sensación difusa; es nítido, hiriente y peligrosamente cálido.
Recuerdas el olor. Vainilla, azúcar quemada y un toque floral, algo costoso y delicado que siempre flotaba alrededor de ella. Recuerdas la textura de su cabello, esos lazos que parecían alas de mariposa, y sobre todo, recuerdas la forma en que te miraba. No era la mirada que le dedicaba al resto del mundo -esa mezcla de altanería, desdén y superioridad-, no. Cuando sus ojos azules se posaban en ti, el hielo se derretía. Eras el único que tenía permiso para ver lo que había detrás de la muralla. Eras el único que podía sostener su mano sin que ella la apartara con un bufido.
Era la secundaria. Un tiempo que ahora parece pertenecer a otra vida, a otra persona que no tenía el corazón blindado con capas de cinismo.
Tú y Nino Nakano.
No era un rumor. No era un "casi algo". Era una certeza absoluta. Eras suyo, y ella, de una forma posesiva y absoluta, era tuya.
Te encuentras sentado en el borde de tu cama, con el uniforme de la preparatoria Asahiyama colgado en la silla frente a ti, mirándote como una sentencia. Hoy comienza el segundo año. Hoy, la rutina debería ser la misma de siempre: levantarte, ignorar el desayuno demasiado elaborado que preparan los empleados de tu madre, ir a la escuela, juntarte con tus amigos, fingir que el mundo no es gris y regresar a casa.
Pero tu mente insiste en arrastrarte al pasado. A esa azotea.
Hace dos años. Secundaria:
El viento soplaba fuerte aquel día, agitando las faldas de las chicas y desordenando tu cabello. Te habías escapado de la clase de educación física alegando un dolor de cabeza que no tenías, solo para subir al techo del edificio anexo, ese rincón prohibido donde el conserje nunca iba.
No tuviste que esperar mucho. Cinco minutos después, la puerta de metal chirrió y apareció ella.
Nino.
Caminaba con esa elegancia innata, como si el suelo de cemento sucio fuera una alfombra roja. Llevaba una pequeña caja envuelta en una tela rosa con conejitos. Al verte, su expresión severa se transformó. Esa sonrisa... esa maldita sonrisa que podría haber detenido guerras o iniciado otras nuevas.
-Llegas tarde, tonto -dijo ella, aunque su tono carecía de veneno. Se sentó a tu lado, sin importarle ensuciar su uniforme, y sus hombros chocaron. El contacto eléctrico fue inmediato.
-Llegué hace cinco minutos, Nino. Tú eres la que se quedó hablando con la profesora.
-Tenía que asegurarme de que no sospecharan -replicó ella, desenvolviendo la tela con cuidado quirúrgico-. Además, deberías estar agradecido. Me levanté a las cinco de la mañana para preparar esto. Si te atreves a dejar un solo grano de arroz, te juro que no volveré a hablarte.
Abriste la caja. Era una obra de arte, como siempre. El arroz estaba perfectamente sazonado, la tortilla enrollada tenía un color dorado uniforme, y las verduras estaban cortadas con formas decorativas. Pero lo que más te impactó no fue la comida, sino el hecho de que ella, la chica que parecía tenerlo todo, la que vivía en un apartamento de lujo con sus hermanas, dedicara horas de su sueño solo para alimentarte a ti.
-Se ve increíble -murmuraste, tomando los palillos.
Nino desvió la mirada, sus mejillas tiñéndose de un rojo furioso. Se cruzó de brazos y miró hacia el horizonte de la ciudad.
-No es para tanto. Solo... solo quería probar una nueva receta y necesitaba un conejillo de indias. No te hagas ilusiones, no es como si lo hiciera porque te quiero ni nada de eso.
Reíste por lo bajo. Ya conocías ese juego. Su orgullo le impedía decir "te amo" con facilidad, pero sus acciones lo gritaban.
-Gracias, Nino.
Probaste un bocado. El sabor explotó en tu boca. Era perfecto. Comiste en silencio bajo su atenta mirada, que oscilaba entre la ansiedad y la satisfacción cada vez que hacías un gesto de aprobación.
-Oye -dijo ella de repente, su voz bajando una octava, volviéndose suave, vulnerable.
Dejaste los palillos y la miraste. Ella estaba jugando con uno de sus lazos, mirando sus propios zapatos.
-¿Qué pasa?
-¿Crees que... crees que siempre será así? -preguntó, sin levantar la vista.
-¿Así cómo?
-Nosotros. Tú y yo. -Nino finalmente te miró, y viste un océano de intensidad en sus ojos. Había miedo allí, un miedo profundo a la pérdida que no entendías en ese momento-. Mis hermanas son mi todo, ya lo sabes. Pero tú... tú eres diferente. Tú eres lo que elijo para mí. A veces siento que todo es demasiado frágil. Que alguien podría venir y soplar, y todo se derrumbaría.
Sentiste una punzada en el pecho. Dejaste la caja de almuerzo a un lado y tomaste su mano. Sus dedos eran delgados, suaves, con las uñas perfectamente pintadas. Ella entrelazó sus dedos con los tuyos al instante, apretando con fuerza, como si fueras un salvavidas en medio de una tormenta.
-Nino -dijiste con la convicción de la adolescencia, esa certeza ciega de que el amor puede con todo-. No voy a irme a ninguna parte. No me importa lo que digan los demás, ni si somos diferentes. Te quiero. Estamos construyendo esto juntos, ¿recuerdas? Ladrillo a ladrillo.
Ella. Se inclinó hacia ti y apoyó la cabeza en tu hombro.
-Eres un cursi -murmuró contra tu camisa-. Pero... te creo. Más te vale no traicionarme nunca, ¿me oyes? Porque si lo haces, nunca te lo perdonaré. Te perseguiré hasta el infierno si es necesario.
-Lo sé. Me das miedo a veces.
-Debería darte miedo. Soy una Nakano. Obtenemos lo que queremos. Y yo te quiero a ti.
Aquella tarde, en la azotea, con el sol de primavera calentando sus espaldas, sentiste que eras invencible. Sentiste que tenías un propósito. Ella no era solo la chica popular o la hija de una familia rica; era Nino, tu compañera, tu cómplice, la única persona que veía tu valor cuando otros, incluso tu propia familia a veces, solo veían mediocridad.
No sabías entonces que las sombras ya se estaban alargando. No sabías que "siempre" tenía fecha de caducidad.
Presente. Preparatoria Asahiyama:
El sonido de la alarma del teléfono te saca del trance. Son las 7:00 AM. La realidad vuelve a asentarse sobre tus hombros como un abrigo mojado.
Te levantas y te vistes mecánicamente. Tu habitación es grande, ordenada y fría. Refleja bien quién eres ahora. Tu familia tiene dinero, sí. No al nivel absurdo de los Nakano, pero lo suficiente para que nunca te falte nada material. Sin embargo, en esta casa, el afecto se mide en resultados académicos y conexiones sociales.
Bajas las escaleras. El comedor es vasto y silencioso. Tu madre ya está sentada a la cabecera, revisando documentos en su tableta mientras bebe café negro. Es una mujer elegante, de rasgos afilados y mirada calculadora.
-Buenos días -dices, tomando asiento.
-Llegas dos minutos tarde -responde ella sin levantar la vista-. Sírvete rápido. El chófer te espera.
Te sirves una tostada y un poco de fruta. El silencio es denso, pero estás acostumbrado. Sin embargo, hoy ella deja la tableta sobre la mesa y te mira directamente. Eso nunca es buena señal.
-Me han informado que las hijas del doctor Nakano han sido transferidas a tu escuela. A tu mismo año, de hecho.
El trozo de tostada se convierte en cartón en tu boca. Tragas con dificultad, sintiendo cómo el estómago se te cierra en un nudo apretado. Haces un esfuerzo sobrehumano para que tu rostro no refleje el caos que acaba de desatarse en tu interior.
-¿Ah, sí? No lo sabía -mientes. Por supuesto que lo sabías. Los rumores corren rápido.
-No te hagas el desentendido. Sé que tuviste... cierta historia con una de ellas en la secundaria. Nino, si mal no recuerdo.
El sonido de su nombre en labios de tu madre suena profano. Aprietas el puño bajo la mesa, clavándote las uñas en la palma.
-Eso fue hace mucho tiempo, madre. Éramos niños.
-Precisamente -dice ella con frialdad-. Ahora ya no eres un niño. Eres un hombre joven con un futuro que asegurar. La familia Nakano es extremadamente influyente. Su padre, Maruo, es una figura clave en el sector médico y empresarial. Tener una buena relación con sus hijas no es una opción, es una inversión.
Te levantas bruscamente, la silla chirría contra el suelo de madera pulida.
-No voy a usar a nadie para "invertir", madre.
-Siéntate -ordena ella, con una voz suave,-. No te estoy pidiendo que te cases con ella mañana. Te estoy pidiendo que seas civilizado, que socialices. No quiero que me lleguen rumores de que mi hijo ignora o trata mal a las Nakano. Sería una vergüenza para nosotros. Tu tío ya nos avergonzó suficiente con sus fracasos; no sigas su camino. Sé encantador. Sé maduro.
Tu tío. La oveja negra. El hombre que siguió sus sueños y terminó en la ruina, según tu familia. La comparación te quema, pero te muerdes la lengua. Asientes una vez, tomas tu mochila y sales de la casa sin despedirte.
El aire de la mañana no logra enfriar tu sangre.
Llegas a la escuela. El ambiente es el de siempre: gritos, risas, grupos formándose. Tus amigos, Sato y Tanaka, te interceptan cerca de los casilleros.
-¡Hombre! ¡Qué cara traes! -dice Sato, dándote una palmada en la espalda-. ¿Viste quiénes llegaron? Las quintillizas. Dicen que son cinco diosas idénticas.
-Las vi de lejos -añade Tanaka, bajando la voz-. Oye, tú conocías a una, ¿no? A la de las cintas de mariposa. Nino.
Te detienes frente a tu casillero y lo abres con más fuerza de la necesaria.
-La conocía. Pasado.
-Mejor así, amigo -dice Sato, apoyándose en el metal frío-. Escuché cosas. Dicen que en su antigua escuela de chicas ricas era una tirana. Que usa a los chicos y luego los tira como basura cuando se aburre. Justo lo que te hizo a ti, ¿no?
-Cállate -
-Solo digo la verdad para protegerte -insiste Sato-. Te dejó sin decir ni pío. Te rompió en pedazos y ni siquiera te miró a la cara después. Esas chicas son veneno, hermano. Tienen dinero, son guapas y creen que el mundo es su patio de recreo. No caigas de nuevo.
"Tienen razón", te dices a ti mismo mientras cierras el casillero. "Nino jugó conmigo. Fui un pasatiempo para una niña rica aburrida".
Esa es la narrativa que has construido durante dos años. Es el escudo que te protege. El odio es más fácil de manejar que el dolor. El resentimiento es un combustible más seguro que la tristeza.
Pero entonces, entras en la cafetería a la hora del almuerzo y el mundo se detiene.
Allí están. Una mesa en el centro, como si fuera un trono. Cinco chicas idénticas, pero a la vez completamente distintas.
Ichika, con el cabello corto y una pierna cruzada sobre la otra, riendo con una mano en la boca. Miku, con sus auriculares al cuello, mirando su comida con timidez. Yotsuba, con su cinta verde, hablando animadamente y moviendo las manos. Itsuki, comiendo con una seriedad académica, como si estuviera analizando cada caloría.
Y ella.
Nino.
Está sentada en medio, como la reina que siempre fue. Tiene los brazos cruzados. Su cabello largo cae en cascada sobre su espalda, y esos lazos de mariposa siguen allí, desafiantes. No está comiendo. Está mirando a la nada, con una expresión de aburrimiento absoluto.
Tu corazón da un vuelco violento, doloroso. Es una reacción física que no puedes controlar. Tus manos sudan. Quieres irte, quieres correr, pero tus pies están clavados en el suelo.
De repente, Ichika levanta la vista. Sus ojos se encuentran con los tuyos a través de la multitud. Ella te reconoce. Una sonrisa enigmática, casi triste, cruza su rostro. Ella le da un codazo discreto a Nino.
Nino gira la cabeza.
Y ahí está. El momento que has temido y deseado durante setecientos treinta días.
Sus ojos azules chocan con los tuyos.
El tiempo se congela. El ruido de la cafetería desaparece. Solo están tú y ella, conectados por un hilo invisible pero indestructible.
Esperas ver burla. Esperas ver indiferencia. Esperas ver esa arrogancia de la que hablan tus amigos.
Pero por una fracción de segundo, antes de que su máscara vuelva a caer, ves algo que te deja sin aliento. Ves pánico. Sus ojos se abren ligeramente, sus labios se separan como si fuera a decir tu nombre. Ves un dolor tan crudo y profundo que te hace querer cruzar la sala y abrazarla hasta que deje de temblar.
Es la mirada de alguien que se está ahogando y acaba de ver la orilla, pero sabe que no puede alcanzarla.
Entonces, Nino parpadea. La muralla sube de nuevo. Endurece su expresión, levanta la barbilla con altanería y desvía la mirada hacia su hermana Itsuki, ignorándote deliberadamente.
El rechazo es físico. Sientes como si te hubieran golpeado en el estómago.
-Vámonos -le dices a tus amigos, dándote la vuelta bruscamente.
-¿Viste eso? -susurra Tanaka-. Ni te saludó. Qué perra.
Caminas por el pasillo, con la rabia burbujeando en tu pecho, mezclándose con la humillación. Tu madre quiere que socialices con ella. Tus amigos dicen que es una bruja. Y tú... tú solo quieres odiarla. Necesitas odiarla.
Porque si no la odias, tendrás que admitir que todavía la amas desesperadamente.
Te refugias en la biblioteca, buscando silencio. Pero el silencio es el peor enemigo, porque trae de vuelta el recuerdo final. El recuerdo que explica por qué tus manos tiemblan ahora mismo.
El recuerdo final. Finales de secundaria:
Había pasado una semana desde que Nino había empezado a actuar extraño. Ya no te buscaba en los recesos. Sus mensajes eran cortos, fríos. "Estoy ocupada". "Tengo que estudiar". "No puedo verte hoy".
Tú, ingenuo y preocupado, pensaste que le pasaba algo malo. ¿Estaba enferma? ¿Tenía problemas familiares?
Decidiste esperarla a la salida de la escuela. Llovía, una llovizna fina y molesta que calaba los huesos. La viste salir sola, algo raro, ya que siempre iba con sus hermanas. Llevaba el paraguas bajo, ocultando su rostro.
-¡Nino! -gritaste, corriendo hacia ella.
Ella se detuvo en seco. No se giró. Su espalda estaba rígida, tensa como una cuerda de violín a punto de romperse.
Llegaste a su lado, jadeando.
-Nino, ¿qué pasa? Llevo días intentando hablar contigo. ¿Hice algo mal? ¿Estás bien?
Ella levantó el paraguas lentamente. Su rostro estaba pálido, sus ojos secos y fríos, vacíos de cualquier emoción. Era como mirar a una muñeca de porcelana, perfecta pero sin alma.
-Déjame en paz -dijo. Su voz no tembló. Era plana, monótona.
-¿Qué? -Retrocediste un paso, confundido-. Nino, soy yo. ¿De qué hablas?
-Hablo de que esto se acabó -dijo ella, mirándote directamente. No había ni un rastro de la chica que te había dado de comer en la azotea-. Estoy cansada. Aburrida. Pensé que sería divertido salir con alguien... común. Alguien como tú. Pero ya me harté.
Las palabras te golpearon como piedras.
-¿Divertido? ¿Común? -Tu voz se quebró-. Nino, no puedes hablar en serio. Lo que tenemos... tú dijiste que...
-Dije muchas cosas -interrumpió ella cruelmente-. Las chicas decimos cosas cuando estamos aburridas. No te lo tomes tan a pecho. Solo eres un compañero de clase. Nada más. No tienes futuro. No tienes nada que ofrecerme a largo plazo. Mi padre tenía razón, solo eres una distracción.
-¡Mírame a los ojos y dime que no me quieres! -gritaste, la desesperación apoderándose de ti. Intentaste agarrar su brazo, pero ella se apartó con un gesto brusco, como si tu toque le quemara.
-NO te quiero -dijo. Y lo peor fue que sonó convincente. Sonó real-. No vuelvas a buscarme. No vuelvas a hablarme. Si tienes un poco de dignidad, desaparece de mi vida.
Se dio la media vuelta y comenzó a caminar.
Te quedaste allí, bajo la lluvia, viendo cómo su silueta se alejaba. Esperaste a que se detuviera. Esperaste a que se girara, a que te dijera que era una broma estúpida, que lo sentía.
Pero Nino Nakano nunca miró atrás.
Lo que no viste, porque ella no te lo permitió, fue lo que sucedió cuando dobló la esquina, lejos de tu vista.
No viste cómo soltó el paraguas, dejándolo caer al suelo fangoso. No viste cómo se derrumbó contra la pared de ladrillo, llevándose las manos a la boca para ahogar un grito desgarrador. No viste las lágrimas que brotaron de sus ojos con tanta violencia que le dolía respirar.
No escuchaste sus susurros rotos entre sollozos: "Perdóname... perdóname... te amo... te amo tanto que duele... perdóname..."
No viste el coche negro aparcado a unos metros, con la ventanilla bajada, donde un hombre de gafas y mirada severa observaba la escena con satisfacción fría, asegurándose de que su hija cumpliera la orden de cortar lazos con la "mala influencia".
Tú solo te quedaste con el frío, el rechazo y una frase grabada a fuego en tu alma: "No tienes futuro".
De vuelta al presente:
La campana suena, anunciando el final del almuerzo. Estás en la biblioteca, con un libro abierto que no has leído.
Cierras los ojos y respiras hondo. Ese dolor sigue ahí, intacto, conservado en formol.
-Tengo que ser maduro -te repites las palabras de tu madre-. Socializar. Inversión.
Te levantas. Si el destino, o el infierno, ha decidido poner a Nino Nakano en tu camino otra vez, no huirás. Le demostrarás que ya no eres el chico "común" y patético que ella desechó. Le demostrarás que no te importa.
Aunque cada fibra de tu ser grite lo contrario.
Sales al pasillo, decidido a ir a tu siguiente clase. Al doblar una esquina, chocas de frente con alguien. Libros y papeles caen al suelo.
-Fíjate por donde... -empiezas a decir, pero la voz se te muere en la garganta.
Estás agachado, recogiendo los papeles. Y frente a ti, también agachada, con una mano extendida hacia el mismo cuaderno, está ella.
Nino.
Están tan cerca que puedes oler ese perfume de vainilla y flores. Tan cerca que puedes ver el pequeño lunar bajo su ojo.
Ella levanta la vista. El contacto es inevitable. Sus ojos se clavan en los tuyos, y esta vez no hay distancia de seguridad, no hay cafetería llena de gente.
Su mano tiembla ligeramente sobre el cuaderno.
-Tú... -susurra ella. Su voz es apenas un hilo de aire, cargada de una emoción indeciprable.
Tu corazón late tan fuerte que duele contra las costillas. La rabia y el amor libran una batalla a muerte en tu pecho en menos de un segundo.
-Cuidado -dices con voz gélida, imitando el tono que ella usó aquel día bajo la lluvia. Te pones de pie, sin ayudarla, y la miras desde arriba-. Deberías mirar por dónde caminas, Nakano.
Ella se queda congelada en el suelo, mirándote con sorpresa. Sus labios se aprietan. Ves cómo su expresión cambia, cómo el dolor se transforma en esa furia defensiva que tan bien conoces. Se levanta de un salto, alisándose la falda con dignidad herida.
-Tú eres el que chocó conmigo, idiota -escupe ella, cruzándose de brazos. Pero sus ojos... sus ojos están brillantes, húmedos.
Estás a punto de responder algo hiriente, algo para proteger tu ego, cuando una tercera voz interrumpe el momento.
-¡Ah! ¡TN-kun! -exclama una voz alegre y enérgica.
Yotsuba aparece corriendo por el pasillo y se detiene al ver la tensión entre ambos. Mira a Nino, luego a ti, y su sonrisa vacila.
-¿Ustedes dos...? -Yotsuba sabe. Todas lo saben-. Eh... Nino, vamos, Itsuki nos espera.
Nino no aparta la mirada de ti. Es un duelo de voluntades.
-No pierdas el tiempo con él, Yotsuba -dice Nino, aunque su voz carece de la fuerza de antes. Su mirada recorre tu rostro, como si quisiera memorizar cada cambio que han traído estos dos años-. Solo es alguien del pasado.
Se da la vuelta, su cabello largo golpeando el aire como un látigo, y se marcha pisando fuerte. Yotsuba te lanza una mirada de disculpa rápida y corre tras ella.
Te quedas solo en el pasillo. Tus manos están cerradas en puños tan apretados que los nudillos están blancos.
"Solo alguien del pasado".
Te prometes a ti mismo que no dejarás que te vuelva a hacer daño. Pero mientras la ves alejarse, te das cuenta de una verdad aterradora:
La ruptura no mató el vínculo. Solo lo hizo sangrar. Y ahora que estás cerca de ella de nuevo, la herida está abierta de par en par.
Esto va a ser una tortura. Y lo peor de todo, es que una parte masoquista de ti está feliz de que ella esté aquí. Porque incluso el odio es mejor que la ausencia. Incluso el dolor es mejor que el olvido.
Bienvenida a mi infierno, Nino Nakano.








