Capítulo 1

El sonido del río, crecido por la lluvia, llenaba los oídos de las casas cercanas; era tan fuerte que podía ahogar los gritos de terror que venían desde la Casa Colorada. La familia Taboada desapareció sin dejar rastro, como si la tierra se los hubiera tragado.
Megáfono del pueblo
Se avisa a la población que la casa de los Taboada ha sido acordonada; se sugiere no cruzar el perímetro de seguridad. Las autoridades están investigando la desaparición de la familia. Tome sus precauciones y no se acerque a la casa ni al terreno circundante. Si ve algo o alguien extraño, repórtelo de inmediato al comisario.
La noticia apareció en la primera plana de periódicos regionales, sin embargo, los medios solo le hicieron caso al inicio; después, nadie habló del tema.
Los pueblos pequeños tienen cierto encanto. Parecen estar congelados en el tiempo, casi no cambian, ni siquiera al pasar diez años. Las personas hacen las mismas cosas una y otra vez, como una fotografía viviente. Al llegar a la plaza, Raymundo Juarez se bajó de su auto y respiró profundamente.
Otra cualidad que tienen los pueblos pequeños es que el aire que se respira es limpio, impregnado de muchos olores distintos, como el petricor del rocío; el olor de los animales e incluso un olor a humedad que, mezclado con el aire frío, es indicio de que se avecina una tormenta, como dicen los adultos mayores.
Raymundo pasó a una de las tiendas de la plaza a comprar un refresco y aprovechó para hablar un poco con la señora que lo atendió.
La señora, llamada Berta, vestía exactamente como Raymundo recordaba a su abuela: con un pantalón de vestir, una blusa con bordados de patrones florales, típicos de las artesanías del estado y sandalias. La escena habría sido entrañable y pintoresca, si no fuera porque la señora rechinaba sus dientes, produciendo un sonido que le erizaba cada vello del cuerpo.
—Qué duro está el sol, ¿verdad?
—Uuy, y eso que no ha visto nada; venga en mayo, ahí va a saber lo que es amar a Dios en tierra ajena.
—¿De verdad es intenso?
—Nombre, con decirle: el año pasado me desmayé de la calor, ¿uste cree? Me dio una insolación retefuerte; gracias a Dios, me compuse.
—¡A caray! Entonces sí hace mucho calor aquí.
—Sí, oiga, y uste, ¿tiene familia aquí? o porque no lo había visto antes.
—No, bueno, ya no. Mis abuelos antes vivían aquí y heredé su vieja casa, vine a comprobar sus condiciones, porque mi esposa está embarazada y quiero ver si podemos pasar unos días aquí cuando dé a luz, o ¿quién sabe? Quizás podríamos quedarnos una temporada larga.
—¡Qué bien! Aquí es un buen lugar para que crezcan los niños; es tranquilo y hay mucha naturaleza. Nomás hay que tener cuidado —Berta volteó a ver a Raymundo directo a los ojos, su mirada parecía muy extraña— a veces la gente abre puertas que no saben cómo cerrar.
—¿Ah, sí? ¿cuidado con qué exactamente?
—Bueno, como dicen por ahí “Si uno se mete donde no le llaman, puede perderse donde no conoce”.
—Hablando de perderse —Raymundo sacó una nota de periódico de su bolsillo—, ¿de casualidad sabrá usted algo acerca de la Casa Colorada?
Recorte de periódico
Tragedia en la Casa Colorada de Tlaxmalac.
Una familia de seis integrantes ha desaparecido. Después de unos días sin saber de ellos, vecinos del pueblo avisaron a las autoridades, las cuales fueron al lugar. La escena se describió un desorden “parecía que hubo una tormenta dentro”, mencionaron las autoridades —en la fotografía se podía ver un revoltijo entre muebles tirados, trapos rasgados, sillas de cabeza y manchas en las paredes—. Las personas cercanas a los Taboada mencionaron que actuaban de forma extraña; los hijos más jóvenes hablaban de un ser que los espantaba y que causaba eventos paranormales.
Doña Berta miró la nota volviendo su expresión áspera; luego miró a Raymundo con una mueca escalofriante. Tardó en responderle mientras volvía a rechinar los dientes y producir ese sonido que le taladraba los tímpanos.
—Esta es una noticia vieja. ¿Cómo se enteró?
—Bueno, mi abuelo falleció en un accidente de auto, el accidente tenía relación con un proyecto que tenía con Don Arquímedes Taboada, el abuelo de los muchachos y me...
—¡El director!
—¿Perdón?
—Su abuelo era el director de la secundaria del pueblo, ¿no es cierto? El profesor Albino Mendiola ¿verdá?
—¡Es correcto! él era mi abuelo.
—Y su abuela era la maestra María Martínez
—Sí ¡así es!
—Muy buenas personas, entregados a la enseñanza y estrictos. Ya no hacen maestros así, si un escuincle se portaba mal, —Berta hizo un gesto lleno de energía— ¡un reglazo! y se arreglaba. ¡Ahora! ya no se les puede decir nada a los chamacos, pero a veces se necesita mano dura con los chamacos.
—Sí, bueno, creo que no es necesaria la mano dura. En fin, ¿sabe algo acerca de la nota?
—Ah, sí, recuerdo esa noticia; aunque, a decir verdad, la mayoría en el pueblo solo sabe lo que salió en el periódico o se anunció por el megáfono. Quizás en el museo pueda saber más; el encargado regularmente visitaba a los Taboada.
—Ya veo. Supongo entonces que tampoco sabe de las cosas paranormales que mencionaban.
—¿Paranormales? ¿Se refiere a espíritus chocarreros? Ja, ja, no, esas cosas no existen.
—Bueno, es que investigando me topé con que al parecer los más jóvenes de la familia eran, amm…
—Erick y Richi, esos mocosos eran tremendos sobre todo Erick, cómo me desesperaba ese tepalcate.
—Ándele ellos mencionaban eventos paranormales y un tal Albá…
Berta lo interrumpió con un siseo estruendoso, un “shh” tan agudo que parecía una serpiente.
—Ya le dije que los fantasmas no existen. En fin, si quiere saber algo, vaya con el encargado del museo; él conocía bien a los Taboada y también sabe las leyendas del pueblo.
Berta le hizo una señal a Raymundo para que se acercara; ya estando casi al oído habló en voz baja, apenas susurrando:
—Le recomiendo que tenga cuidado con lo que dice. Hay cosas que no deben pronunciarse, como los hechizos.
—¿Hechizos?
—Sí… si no sabes qué hacen, pronunciar los hechizos es mala idea.
Raymundo se quedó confuso por lo que dijo la tendera, pero decidió pasarlo por alto y simplemente terminar la conversación.
—Pues gracias por el consejo. Creo que me daré una vuelta por el museo, qué fortuna que esté justo al lado.
—¡Ándele! Es un pueblo muy pequeño; aquí nada está muy lejos, ni nadie.
Mientras Raymundo se alejaba Berta no le quitaba la vista de encima. Cuando por fin se alejó vio el zócalo del pueblo, antes de visitar el museo se dirigió a la plaza al lado del quiosco se alzaba imponente un enorme ídolo de piedra con un rostro tallado, aunque a la vista de todos, parecía estar oculto, a pesar de que el pueblo estaba lleno de vida se sentía como si solo estuvieran él y la escultura; después de admirarla se dirigió al museo. Allí lo recibió un hombre de mediana edad, que vestía un pantalón y camisa de cuadros, y unos lentes que lo hacían ver mayor de lo que era.
—Es magnífico ¿verdad?
—¿Perdón?
—El ídolo, lo observé mientras lo miraba fijamente, —El hombre miró fijamente la escultura— aún recuerdo cuando la descubrimos.
—Debió ser toda una experiencia.
—Ni se imagina ja, ja, por cierto, me llamo Francisco Rodríguez, ¡mucho gusto! —Francisco estiró la mano con una sonrisa cálida dar la bienvenida al forastero—
—¡Mucho gusto! Raymundo Juárez
—No se ven caras nuevas por aquí, salvo en las vacaciones de Navidad, ja, ja —dijo Francisco, apretando la mano de Raymundo con un tacto firme pero amable.
—Sí, estoy, amm… de visita por aquí ya que heredé la casa de mi abuelo y quise venir para conocer el pueblo, y revisar el estado de la casa.
—¿Ah, sí? ¿Quién era su abuelo? Digo si se puede saber, no es por presumir, pero conozco a todo mundo aquí… bueno, no es tan difícil el pueblo es muy pequeño, ja, ja, ja.
—Albino… Albino Mendiola.
La expresión de Francisco cambió por unos segundos; se volvió rígida pero con una mirada nostálgica.
—¡El director! —dijo Francisco con una sonrisa nueva, lo que causó que Raymundo arqueara la ceja— ayudó mucho a este pueblo, en más de una forma.
—Bueno, hablando de eso, me interesa conocer un poco más sobre el pueblo, su historia o eventos paranormales que han ocurrido quizás.
Francisco de inmediato se relamió los labios mientras sonreía y se ajustaba los lentes, parecía entusiasmado por el tema. Habló sin parar durante varios minutos, mostrándole a Raymundo vestigios encontrados en el pueblo y contándole mitos.
—No por nada a los habitantes de aquí les llaman brujos —dijo limpiando sus lentes, mientras se le marcaba una ligera sonrisa de orgullo— todos saben que este pueblo tiene una larga historia de brujería.
—Oye, Francisco, ¿sabes algo acerca de los Taboada? Berta me dijo que los conocías bien y quisiera saber qué sucedió.
—¿Quién te dijo qué? —Francisco nuevamente cambió su expresión; su rostro era lúgubre, casi amenazante.
—Berta, la tendera de aquí al lado. Acabo de comprar un refresco en la tienda y me contó que conocías a los Taboada.
—Ah, sí, una señora encantadora, chapada a la antigua; era de las que regañaba a todo mundo —dijo Francisco mirando fijamente en dirección a la tienda, como anticipando peligro.
—Es…
—¿Mandé? —La interrupción de Raymundo sacó de sus pensamientos a Francisco.
—Es que dijiste “era”, y hace un momento me regañó callándome; aunque no fue grosera, me dijo algo extraño.
—Ah, ¿sí? ¿Qué te dijo la señora Berta?
—Algo sobre que había cosas que no se debían pronunciar, como los hechizos. Es curioso que crea en la magia, pero no en los fantasmas si lo piensas detenidamente.
—Ja, ja, ja, curioso sí; la gente a veces lo es. Pero ¿por qué te calló? —Francisco nuevamente regresó a su actitud alegre pero su cuerpo se notaba tenso; todo Francisco era una contradicción en ese momento.
—Ah, es que le pregunté por lo de los Taboada y las cosas paranormales que mencionaban, porque investigando un poco di con que Erick y Richi hablaban de un ser llamado Albá…
—Ja, ja —Francisco interrumpió abruptamente a Raymundo—. Escucha, muchacho: cuando llamas algo por su nombre, es posible que te escuche. Mira, ¿sabes por qué los nombres son tan importantes?
—Para identificarnos supongo, o llevar un registro.
—¡Porque tienen poder! por eso los lugares importantes tienen nombres, ¡sobre todo! —exclamó Francisco, levantando su mano y apuntando al cielo— los lugares sagrados, y los espíritus. Al nombrar algo, reconoces su existencia, y eso te reconoce.
Raymundo no supo cómo reaccionar a todo lo que le estaban contando de repente, tanto Berta como Francisco. Confundido, intentó digerir todo lo que le habían dicho cuando una risa escandalosa, que se parecía mucho a la de Santa Claus con su clásico “¡ho, ho, ho!”, rompió su concentración.
—Bueno, al menos eso es lo que se cuenta. No son más que viejas historias —dijo Francisco, intentando ignorar todo lo que había dicho, tratando con todas sus fuerzas de ocultar que la conversación le había afectado— aunque las leyendas muchas veces empiezan siendo una verdad que se deforma con el tiempo. Mira, creo que deberías dejar de buscarle tres pies al gato; al fin y al cabo, los mitos son solo eso. ¿Por qué no das un paseo por el pueblo? Compra algo de pan y disfruta la tranquilidad del campo. Si quieres saber algo de historia, date una vuelta por acá.
Raymundo asintió con una sonrisa, agradeciendo a Francisco. Dio una media vuelta en la entrada del museo; mientras se alejaba, no podía dejar de pensar que Francisco no le había contado todo lo que sabía.
Hundido en sus dudas y pensamientos, caminó por la plaza del pueblo, llegando sin darse cuenta al atrio de la iglesia. Con un respiro profundo, llenó sus pulmones del fresco aire del campo mientras miraba fijamente la construcción. Una sensación de inquietud le vino de repente; la construcción vieja y desgastada parecía estarlo llamando, sintió un cosquilleo en el cuello, se sentía observado por la espalda, al voltear notó que estaba frente al ídolo, la sensación tan extraña que tuvo lo hizo seguir su camino de inmediato.