Siete Formas De Sobrevivir by Gabi Cian at Inkitt
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Siete Formas de Sobrevivir

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Summary

SIETE DIOSES VINIERON A EXTINGUIRNOS. UN HOMBRE SE NEGÓ A MORIR. El fin del mundo no empezó en Nueva York ni en Londres. Empezó en Argentina. Cuando el cielo se tiñó de sangre, siete sombras monumentales se posicionaron sobre el país. No eran naves, eran verdugos. Mientras el planeta observaba con terror, Argentina se convirtió en el laboratorio de una extinción silenciosa. Alan Crimson no buscaba ser un héroe; solo quería un futuro. Pero el primer contacto le arrebató todo. En medio de las cenizas de su patria, su cuerpo hizo lo imposible: en lugar de romperse, evolucionó. Cada golpe, cada bala y cada trauma solo lo hacen más fuerte. Alan es la única anomalía en un plan perfecto, y ahora, la cacería ha comenzado. Siete invasores con nombres de pesadilla lo acechan: 🔥 Ignis, el Sol de Sangre, que busca reducirlo a cenizas. ⚓ La Dama del Abismo, que desde Islandia planea ahogarlo en sombras. ⛓️ La Forjadora, obsesionada con crear un legado a través de él. ...y otros cuatro seres que no descansarán hasta que la última esperanza humana se extinga. Acompañado por un pelotón de élite y bajo la tutela de mentores implacables como la sarcástica Aiko Hoshino y el obsesivo Artie Penhaligon, Alan deberá decidir: ¿se convertirá en el salvador de la humanidad o en algo mucho más aterrador que los mismos invasores? 7 Antagonistas. 1 Destino. Que comience la adaptación.

Genre
Scifi
Author
Gabi Cian
Status
Ongoing
Chapters
27
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Peso del Invasor

17 de diciembre, 5:06 pm. Santa Fe, Argentina.

La peatonal San Martín era una caldera. Alan caminaba esquivando el vaho que subía del asfalto, sintiendo cómo el sudor le pegaba la camisa a la espalda. En su mano, una carpeta con currículums arrugados representaba su última esperanza.

La crisis económica golpeaba fuerte y él solo buscaba una oportunidad entre los negocios decorados con guirnaldas navideñas que parecían burlarse de su situación.

Tras horas de recibir “dejalo y te llamamos”, el destino le dio un respiro. Se cruzó con sus viejos amigos de la secundaria. —¡Alan! ¡Dejate de joder con esos papeles y vení a tomar algo! —le gritaron desde la esquina. Terminaron en una cafetería histórica cerca de la Plaza 25 de Mayo.

Entre el aroma a café y el bullicio, estaba Sofía. Alan siempre había sentido algo por ella, pero esa tarde, entre risas y miradas cómplices, sintió que finalmente había una oportunidad. Fue, por unos minutos, el momento más feliz de su año.

7:43 pm. De repente, el aire se volvió denso. No era el calor; era algo físico, como si el oxígeno se hubiera convertido en plomo. El cielo sobre la plaza se “trizó” con un sonido de cristal rompiéndose que vibró en los dientes de Alan. En medio del caos, apareció Varela. No hubo advertencia. Un oficial de policía corrió hacia él gritando órdenes. Varela, con una calma que helaba la sangre, apenas le tocó el hombro. En un parpadeo, la gravedad se multiplicó por mil. El cuerpo del oficial no cayó; colapsó sobre sí mismo, convirtiéndose en una mancha roja y triturada contra el pavimento en un segundo de silencio absoluto. El pánico estalló como una granada.

Varela entró a la cafetería buscando “entretenimiento”. Alan, con el instinto gritándole que huyera, se plantó frente a sus amigos. Pero Varela solo movió una mano. Un pulso de energía gravitatoria barrió el lugar, arrojando a todos al suelo con una fuerza aplastante.

Varela notó algo extraño: Alan intentaba levantarse. Sus rodillas crujían, pero no cedían. —Interesante—. Susurró el villano. Con un revés displicente de su mano, Varela lanzó una onda de choque. Alan salió despedido como un proyectil, atravesando la vidriera y quedando sepultado bajo una montaña de escombros y vidrios que le tajearon la piel. Bajo los restos del edificio, Alan agonizaba. Sentía sus costillas astilladas y sus pulmones colapsando. Pero entonces, en la oscuridad del dolor, algo en su genética despertó.

Recordó sus 10 años. Iba andando en bicicleta a alta velocidad, a pesar de tener en frente una pendiente empinada. El chico temerario no bajó la velocidad; hizo todo lo contrario, siguió pedaleando hasta que en un momento la rueda delantera pisó un bache y salió disparado hacia delante.

Tras caer y golpear su cabeza violentamente contra el asfalto a alta velocidad, se levantó como si nada, y el dolor desapareció en minutos. Aquella fue la primera señal de su don.

Ahora, sus células se volvían densas, su estructura ósea se reforzaba con la dureza del diamante. Pero el proceso era lento. Estaba consciente, pero inmovilizado. Varela, viendo que el chico seguía vivo, decidió que la muerte era un regalo demasiado piadoso. Con una sonrisa cínica, cerró el puño. El sonido de los huesos de los amigos de Alan rompiéndose bajo la presión llenó la cafetería. Luego, tomó a Sofía por el cuello. Varela caminó hacia los escombros y levantó a la chica frente a los ojos inyectados en sangre de Alan. —Mírala bien—. Dijo Varela, su voz resonando con el peso de una montaña. —Tu esfuerzo es patético porque llegas tarde. Siempre vas a llegar tarde. Varela aplicó la presión directamente en el pecho de la chica. Alan escuchó el último suspiro de Sofía antes de que su corazón se detuviera. Con un gesto de asco, el villano arrojó el cuerpo inerte sobre Alan, usándola como un peso físico y emocional para hundirlo en la ruina. Cuando Varela se marchó, el silencio que quedó era más pesado que los escombros. En esa oscuridad, la adaptación se completó. Las heridas de Alan se cerraron con un siseo imperceptible. Su piel se volvió más gruesa, endureció. Se puso de pie cargando el cuerpo de Sofía, emergiendo de las ruinas no como un sobreviviente, sino como una promesa de venganza.

Antes de entregar el cuerpo de Sofía a los paramédicos, extrae un pañuelo del atuendo de la chica, guardándolo como el símbolo de su juramento.

Dos semanas después: Buenos Aires. Alan despertó en una celda gris. Los rumores en Santa Fe se habían propagado como un virus: decían que él, el único ileso, era el terrorista. En la sala de interrogatorios, la agente Lucía lo observaba desde el otro lado de la mesa. —Qué chistoso —dijo Alan; su voz sarcástica era ahora una vibración profunda, carente de calidez. —¿Qué te parece chistoso? —preguntó Lucía, cruzando los brazos. —Todos creen que maté a las personas que más quería. —Es normal que la gente le tenga miedo a lo que no entiende. Y vos sos lo único que quedó en pie—. Respondió ella, suavizando el tono. —Pero un monstruo no se hubiera dejado capturar tan fácil. Yo no creo que hayas sido vos. Alan la miró. Su resolución de encontrar a Varela se sentía ahora como un fuego frío en sus venas. Lucía se levantó para irse, pero se detuvo en la puerta. —Tenés derecho a un abogado, aunque con el caos de afuera, los juicios son lo último en la lista.

Lo miró con una mezcla de lástima y advertencia—. Si salís del interior de este infierno, Alan... todavía te queda el de allí afuera.

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