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Alas de sangre

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Summary

En el Sector 7, el hambre es pecado y el virus Serafín es la ley. Quien intenta comer, muere asfixiado. La única forma de sobrevivir es mediante el Voto de Expiación: un sistema donde la misma población elige a quién sacrificar para ser drenado. De ellos se obtiene el Suero, una mezcla de sangre y nutrientes que actúa como antídoto temporal, manteniendo al virus a raya y a los habitantes con vida. Cuando su hermano es arrebatado por el sistema, Elara abandona su refugio para infiltrarse en las entrañas de una ciudad que la quiere muerta. Trasquilada y endurecida, deberá sobrevivir a la cacería antes de que sus propios pulmones se conviertan en su verdugo.

Genre
Action
Author
Rochelle
Status
8mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1: El ayuno






El aire en las Tierras Altas siempre sabía a hierro y a final de los tiempos.

Me quedé quieta en el umbral, dejando que el viento seco me azotara la cara. Dicen que antes de las Guerras de Ceniza el viento traía olores: flores, lluvia, comida caliente. Para mí, el aire solo era el transporte del polvo radiactivo que nos mantenía presos. Me pasé la mano por el pelo; era tan negro que Kael solía decir que, si me escondía en las sombras, ni el mismo Gobierno podría encontrarme. Pero yo no me sentía capaz de esconderme de nada. A veces, cuando caminaba por la casa, sentía una picazón en la nuca, como si mil ojos invisibles estuvieran contando mis pasos. Kael decía que era paranoia, un efecto secundario de la desnutrición. Yo creía que era el mundo, o lo que quedaba de él, odiándome por seguir viva.

—Elara, cierra la puerta. Gastas el filtro de aire.

La voz de mi hermano sonó desde la cocina. Entré y cerré el pesado cerrojo de acero. Nuestra casa de piedra era un "lujo". Teníamos una unidad de filtrado que zumbaba como un insecto moribundo y una lámpara de luz amarillenta que parpadeaba. Mis padres habían muerto en los bombardeos de la Capital cuando yo era una niña; apenas recordaba el olor de su ropa, pero recordaba sus puestos: altos mandos. Por eso teníamos esto. Por eso el resto del Sector 7 nos miraba como si les hubiéramos robado el oxígeno de los pulmones.

Me miré en el reflejo de la ventana oscurecida. Mi cara era una colección de ángulos afilados. Pómulos que parecían querer romper la piel, una mandíbula demasiado marcada y esos ojos pardo, demasiado grandes para mi rostro delgado. Kael decía que intimidaba, pero yo solo veía a una chica que no encajaba. Siempre me sentí pequeña, una mancha de tinta en un mapa borrado.

—¿Te has tomado el inhibidor? —preguntó Kael, acercándose.

—No tengo hambre —mentí.

El hambre era una traidora. Mi estómago rugía, pero mi garganta recordaba el castigo. El Serafín. El virus que nos hacía "ángeles", según los sacerdotes del Gobierno. Una alergia divina a la comida sólida. La última vez que intenté morder un trozo de corteza seca, hace años, sentí que me tragaba brasas ardientes. Mis vías respiratorias se cerraron tanto que mis pulmones golpearon mi pecho como alas desesperadas, buscando un aire que no llegaba.

Eran nuestras Alas de Sangre. El aleteo de los que mueren asfixiados.

—Tienes que estar fuerte —insistió Kael, entregándome una cápsula de Suero—. Hoy es el cierre del Voto de Expiación. Hay mucha tensión en la ciudad.

Sentí un escalofrío. El Voto era el recordatorio de que nuestra supervivencia era una resta constante. Alguien tenía que ser drenado para que nosotros tuviéramos Suero. Yo ya había sido votada dos veces. La primera vez tenía doce años; la segunda, catorce. Nunca supe por qué me eligieron. Quizá por mi pelo, quizá por vivir aquí arriba, lejos del barro. Kael me salvó ambas veces usando sus accesos en el Sector Cero, moviendo archivos, borrando mi nombre de las pantallas públicas.

Él era mi escudo. Sin él, yo era solo una sombra esperando ser borrada.

—¿Crees que este año sea diferente? —le pregunté, bajando la vista a mis manos huesudas. Me sentía tan inútil, una carga que él tenía que arrastrar año tras año.

—Mientras yo trabaje allí, estarás a salvo, Elara. Eres lo único que queda de nuestra sangre. No dejes que el miedo te haga más pequeña de lo que eres.

Kael se puso su chaqueta gris de técnico. Me dio un beso rápido en la frente y salió hacia el transporte. Lo vi alejarse desde la ventana pequeña. Él tenía un propósito. Él sabía cómo funcionaba el mundo. Yo solo sabía esperar.

Pasaron las horas. El silencio de la casa empezó a pesarme. Me puse a limpiar los restos de polvo de los muebles viejos de mis padres, tratando de no pensar en los miles de personas en la ciudad que estarían ahora mismo gritando nombres en las plazas, volcando su odio sobre cualquiera para no ser ellos los elegidos.

Me senté en el suelo y encendí la radio vieja. Solo estática. Una estática que a veces parecían susurros de gente que se reía en la distancia. Sacudí la cabeza. "Estás loca, Elara", me dije.

A medianoche, las luces de la casa parpadearon y se apagaron. Un fallo de red, pensé. Pero entonces, mi comunicador personal vibró sobre la mesa. No era un mensaje de texto. Era una alerta de sistema.

Voto de Expiación finalizado. Sujeto seleccionado para proceso inmediato: KAEL VANCE.

Se me paró el corazón. No había registros de campaña contra él. Nadie odiaba a Kael; él era el que ayudaba a todos. No había evidencia, ni gritos, ni razones.

Me asomé a la ventana. A lo lejos, las luces del Sector Cero brillaban con una intensidad fría. Kael no iba a volver. No porque el pueblo lo hubiera elegido, sino porque alguien lo había arrancado de mi lado.

Me miré las manos. Estaban temblando. Durante dieciséis años había dejado que Kael fuera mi fuerza. Me subestimé, me escondí tras él, convencida de que yo no era nada más que una sobreviviente afortunada. Pero mientras el silencio de la casa me devoraba, algo cambió.

Si el mundo quería llevarse lo único que amaba, tendría que aprender que las sombras también tienen dientes.

Me puse las botas, agarré el cuchillo de mi padre y salí a la noche. No sabía cómo era el mundo fuera de la protección de Kael. Solo sabía que iba a recuperar a mi hermano.

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