Crónicas de una muerte anunciada.
MEI
𝄞
20 de abril de 2021
No podía creer que mi peor pesadilla se estuviera cumpliendo: estaba sola y desnuda en la ducha, y para colmo, un desconocido había entrado en casa. No quedaba lugar a dudas, pues el ruido que provenía de la puerta principal no era un portazo. Fue un golpe sordo, seguido del chirrido de la cerradura forzada.
Si debía morir, al menos me gustaría hacerlo con dignidad, aunque eso significara llevar únicamente mi toalla de Hello Kitty como escudo y blandir la escobilla del váter como espada. Empezaba a creer que mi concepto de dignidad estaba un poco más distorsionado de lo que recordaba.
Mamá y papá habían ido a Boston a visitar a la abuela y yo sabía que no volverían hasta el lunes. Por si no fuera suficiente, la noche era de esas ensordecedoras y frías, en las que los árboles secos parecían tener rostros desconcertantes y aterradores, casi sacados de una película de Tim Burton.
El viento sacudía las ramas con tanto ímpetu que repiqueteaban sin cesar contra el cristal de las ventanas, como un solo de tambor. Tenía el pelo empapado; las gotas me caían por la columna y el frío me calaba hasta los huesos. Llevar una toalla tan pequeña tampoco era de mucha ayuda para combatirlo. Me ajusté el nudo con dedos temblorosos. Debía estar preparada para la batalla.
Abajo se escuchaban pasos. Caminé con sigilo, deslizando los pies por las tablas de madera, tratando de acallar su crujido delator. Tenía la espalda pegada a la pared y aguantaba la respiración como una apneísta de campeonato.
El corazón me latía a mil y ya no distinguía si las gotas que caían sobre mi nariz eran agua o sudor. ¿Cómo demonios iba a salir de esa situación? No era como cuando Tae robaba comida de la nevera del restaurante de mis padres y bastaba con lanzarle un abanico a la frente. ¿Qué pretendía? ¿Hacerme la heroína, si era incapaz de matar siquiera a una cucaracha sola? Había visto demasiadas películas de Marvel ese fin de semana.
Lo único que conseguiría sería salir en las noticias a primera hora de la mañana: «Fémina de dieciséis años aparece desmembrada envuelta en una toalla de Sanrio». Era patético, casi tan patético como morir atragantada por un osito de gominola, aunque en ese momento no sabía qué prefería.
Una voz masculina y lejana parecía vociferar sin vergüenza en mi salón. Se escuchaba cómo aquel misterioso sujeto daba portazos a los armarios y revolvía los cajones con un ansia desmedida. Pero había algo que sin duda me aterraba aún más: no oía a Chewbacca, mi gato. Era sumamente intolerante con los desconocidos; casi podría decirse que era racista con cualquier humano ajeno a nuestra casa. ¿Lo habría matado el intruso? No quería ni pensarlo.
¿Qué demonios quería? ¿Qué buscaba? No había nada de valor en casa; éramos más pobres que las ratas. La situación resultaba irónica al recordar lo sucedido unos meses atrás, cuando papá le robó el cartel de la alarma de seguridad al señor Williamsburg, nuestro vecino, y lo colgó en la fachada. Decía que era el mejor remedio para espantar ladrones, mano de santo, porque ¿quién, en su sano juicio, allanaría una vivienda señalada como videovigilada? Sería delicioso echárselo en cara si conseguía llegar al lunes con vida. Quizá hasta podríamos salir en un capítulo de Tacaños extremos.
El misterioso sujeto seguía sin irse, pero yo debía armarme de valor; no por mí, sino por Chewbacca. Su vida valía más que cualquier cosa que pudieran llevarse. Juraría que mi corazón estaba a punto de superar los límites permitidos de velocidad; los radares habrían saltado con mi pulso en ese momento. Agarré con fuerza la escobilla, tratando de controlar el temblor de mis manos; las yemas de los dedos me escocían. Inflé el pecho y traté de aparentar indiferencia, aunque las piernas me flaqueaban como dos flanes.
Salté de mi escondite hacia las escaleras y grité con voz desafiante:
-¿Quién coño está ahí? ¡Más te vale salir ahora mismo de mi casa o te voy a rebanar la puta cabeza!
El apartamento parecía haber pasado por un tornado. Los cojines del sofá estaban en el suelo; el cajón de los cubiertos, volcado sobre la mesa, con tenedores y cuchillos esparcidos como restos de un naufragio. Y, en medio del desastre, había dos figuras.
Entre las sombras estaba arrodillado Kenji, mi hermano mayor, frente a la vitrina de porcelana de mamá, con la puerta abierta. No buscaba las figurillas: su mano hurgaba en el fondo, entre los manteles de lino, hasta que sacó una pequeña caja de madera. La caja de los ahorros para el gas. La abrió y un puñado de billetes arrugados cayó sobre la alfombra. Los contempló con una sonrisa borrosa, ausente.
Y a su lado, apoyado en el marco de la puerta de la cocina como si le costara mantenerse en pie, estaba él. Jungkook. Un nuevo «amigo» de Kenji, un niño prodigio del conservatorio al que estaba instruyendo.
Jungkook tenía unos ojos oscuros y grandes, pero esa noche vidriosos y desconectados. El pelo negro y desordenado le caía sobre la cara, su mandíbula estaba tensa y tenía una pequeña cicatriz en el labio inferior. Llevaba una chaqueta negra holgada que le nadaba en unos hombros estrechos. Era como si un ángel se hubiera estrellado contra el asfalto.
Kenji, en cambio, parecía un cadáver: estaba totalmente demacrado, pálido, con la cara chupada y unas ojeras púrpuras que enmarcaban sus pupilas notablemente dilatadas. Se me heló la sangre y el corazón se me encogió en el pecho. Hacía tiempo que Kenji estaba en problemas, circunstancias desconocidas para todos; se negaba al diálogo. Llevaba meses sin pasar por casa. Sabíamos que estaba jugando con las drogas. Hacía tiempo que ya no era el mismo.
-Y ese complejo de Rambo, Mei-Mei... siempre tan graciosa -pronunció con esfuerzo-. No sabía que estabas aquí. Qué... qué bien verte.
-¿Qué coño haces? -dije mientras bajaba mi «arma». El miedo empezó a mezclarse con una rabia hirviente-. ¿Estás... estás drogado? ¿O te has vuelto loco?
-Tranqui, hermanita, tranqui -dijo Kenji, poniéndose de pie con torpeza-. Solo es un préstamo. Un mini préstamo. Mamá y papá ni se enterarán.
Cogió unos billetes del suelo y me los acercó, como si me ofreciera un caramelo.
Miré los billetes, luego la caja vacía, luego los cajones revueltos. Y esa mirada perdida...
-¿Un préstamo? ¿Asaltando tu propia casa? ¿Forzando la puerta? -mi voz empezó a quebrarse-. ¿En qué te has convertido?
-En nada, en nada... -murmuró Kenji, y su sonrisa se diluyó en algo confuso-. Es solo... es para el proyecto. El proyecto grande. ¿Te acuerdas? Kookie y yo... vamos a hacer algo grande.
Giró la cabeza hacia Jungkook, buscando confirmación.
-¿Verdad, Kook?
Jungkook no dijo nada. Solo me observaba desde el otro lado de la habitación. Su mirada era inescrutable, pesada. No parecía asustado ni sorprendido. Solo... presente.
-¿El proyecto? -solté una risa amarga-. El único proyecto que tienes es matarte y, de paso, destrozar a todos los que te rodean. Mira esto.
Hice un gesto amplio con la escobilla hacia el desastre.
-¡Mira nuestra casa!
-No es... no es así -dijo Kenji, incapaz de entender, o de querer hacerlo-. Es temporal. Cuando salga el disco... todo volverá a su sitio. Te compraré cosas bonitas. Una... una barra de ballet de esas caras.
-¡No quiero una barra de ballet! -grité, y las lágrimas comenzaron a nublarme la vista-. ¡Quiero de vuelta a mi hermano mayor! ¡Al de verdad!
La palabra cayó como un látigo. Kenji parpadeó, herido.
-Mei... no digas eso.
-Es la verdad -dije; tragué saliva y endurecí la voz-. Eres un drogadicto, un ladrón. Y ahora traes a tu... a tu estúpido cómplice.
Lancé una mirada venenosa a Jungkook.
-¿Tú también vienes a robar? ¿O solo a ver el espectáculo? Di algo valiente. Tan valiente para colarte en una casa ajena y no eres capaz ni de soltar una puta palabra para excusarte. Me das puta vergüenza.
Jungkook se separó del marco. Se movía con firmeza, al contrario que Kenji, pero vi cómo sus puños se apretaban dentro de los bolsillos.
-Tu hermano solo necesitaba algo de efectivo -dijo por fin. Su voz era más grave de lo que recordaba, rasposa-. No quería molestar.
-¿Molestar? -le di un paso al frente, olvidando la escobilla-. ¿Forzar la puerta, revolverlo todo, asustarme hasta la muerte... eso es molestar? Sois unos monstruos. Los dos.
-Ey, cuidado con lo que dices -la voz de Jungkook perdió parte de su apatía. Había un destello de algo peligroso en sus ojos-.
-¿O qué? -le planté cara-. ¿Qué vas a hacer? ¿Robarme a mí también? ¿O vas a quedarte ahí parado, mirando con esa cara de estatua deprimida?
Él esbozó una sonrisa torcida.
-No robamos a niñas en toallas de Hello Kitty. Es un código no escrito. Muy bajo incluso para nosotros.
El comentario me pilló tan desprevenida que casi solté una carcajada histérica. Me contuve, endureciendo la expresión.
-Qué caballerosos. ¿Y forzar cerraduras? ¿Eso sí entra en vuestro código de honor de mierda?
-Eso fue Kenji. Yo solo... supervisé -dijo, encogiéndose de hombros con una falsa indiferencia-. Y en mi defensa, tu cerradura es una basura. Un soplo la abre.
-¡Genial! -exclamé, agitando la escobilla-. ¿Quieres que te dé las gracias? ¿Que te ofrezca un té mientras evalúas la seguridad de mi casa? ¿Eres ladrón o consultor de Ikea?
Kenji, que seguía arrodillado junto al dinero, soltó una risa ahogada y pastosa.
-Te está dando caña, Kookie. Te lo dije, tiene más carácter que los dos juntos.
-Cállate, Kenji -le espetamos casi al unísono Jungkook y yo.
Nos miramos, sorprendidos por la sincronización. Él frunció el ceño. Yo apreté los dientes.
-Mira -dije, intentando recuperar el control-. Coged vuestro dinero de mierda y largaos. Ahora. Antes de que me olvide de que soy una damisela en apuros y recuerde que tengo un bate de béisbol bajo la cama.
Jungkook me miró de arriba abajo, evaluando mi figura envuelta en la toalla diminuta, el pelo goteando, la escobilla temblorosa. Su mirada no era lasciva, era... irónica.
-Es una mierda -respondió él, simple y llanamente, y la crudeza de sus palabras me dejó sin aire-. Una mierda grande y apestosa. Y yo estoy hasta el cuello. Igual que tú.
-No me compares contigo -repliqué, pero mi voz perdió fuerza.
-Mei... por favor... -la voz de Kenji era un hilo-. Solo será esta vez. Después me pongo bien. Te lo prometo.
-Ya no creo en tus promesas -susurré, y las lágrimas volvieron a asomar.
Fue Jungkook quien reaccionó. Se acercó a Kenji y le puso una mano en el hombro.
-Vámonos. Ya tenemos lo que necesitábamos.
-Pero...
-Ahora -la orden de Jungkook fue clara, cortante. Recogió los billetes del suelo y los metió en el bolsillo de Kenji-. Y deja algo. Para la cerradura nueva.
Dejó un billete arrugado en la mesa. El gesto me enfureció aún más.
-No quiero tu dinero sucio.
-No es para ti -dijo, sin mirarme-. Es para la cerradura. Para que la próxima vez, si alguien como yo quiere entrar, le cueste un poco más.
Luego, por primera vez, me miró directamente. Su mirada no era de disculpa ni de odio. Era de un reconocimiento. Como si ambos estuviéramos viendo el mismo tren descarrilar, sin poder hacer nada.
-Mei, por favor... -Kenji intentó interponerse, pero su movimiento fue torpe y casi cayó. Se agarró al respaldo del sofá-. Kookie es mi amigo. Mi... mi hermano de otra vida. Nos entendemos. Él... él ve el mundo como yo.
Eran palabras de borracho, de drogado, sin sentido. Solo podía sentir cómo se me encogía el corazón.
-Lo único que veo es a dos cobardes destrozando todo lo que tocan.
Kenji me miró y, por un instante, detrás del velo químico, pareció asomarse el hermano que una vez fue: asustado, perdido.
-Mei... solo te pido que por favor no llames a nadie. Soy tu hermano.
-Ya no, mi hermano se fue hace mucho tiempo-susurré.
-Pero... si somos Mei-Mei y Kei-Kei, no puedes hacerme esto, tú no...
Fue Jungkook quien reaccionó. Se acercó a Kenji y le puso una mano en el hombro.
-Vámonos ya.
Kenji se resistió débilmente, con los ojos vidriosos clavados en mí.
-Pero...
Durante unos segundos quedamos sumidos en un silencio inquietante, quizá el más largo de mi vida. Y en ese instante no podía, o simplemente no quería, mirarlo a los ojos.
-Cuídate -dijo quien decía ser mi hermano en apenas un susurro, mientras guardaba apresuradamente un último billete en el bolsillo de la chaqueta.
Empujó suavemente a Kenji hacia la puerta. Mi hermano se dejó guiar, murmurando algo ininteligible, sin volver la vista atrás.
Yo me quedé de pie en medio del salón destrozado, la escobilla aún apuntando a la nada. Justo antes de cruzar la puerta, Jungkook se detuvo y miró por encima del hombro.
-Y una cosa, Mei -dijo, su voz casi inaudible-. La próxima vez que creas que hay un ladrón... ponte algo más que una toalla de dibujos. Y coge el bate. La escobilla solo sirve para limpiar la mierda, no para enfrentarla.
La puerta se cerró tras ellos. Me quedé temblando, el insulto perfecto atascado en mi garganta, junto con el dolor, la rabia y la horrible sensación de que, en medio de todo aquel desastre, ese idiota había tenido un poco de razón.
Lo que yo no sabía después de esa amargada despedida era que sería la última, la última vez que vería a Kenji con vida.