Vania

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Summary

Historia de fantasía inspirada en el enfoque científico de La sabiduría del psicópata. En este universo, la mente no es invisible: tiene forma, peso y sombra. A través de Vania como eje principal y de historias alternas que se entrelazan como espejos rotos, se explora la complejidad emocional de quienes nacen distintos. La psicopatía, los rasgos oscuros y los trastornos de personalidad no se presentan desde el diagnóstico clínico, sino desde la metáfora: fuerzas vivas, presencias que susurran, hambres que no siempre buscan destruir, sino comprenderse. Es una saga sobre identidad, lucha interna y la posibilidad de transformar la oscuridad en algo más. La historia de alguien que aún no sabe en qué se convertirá… y te invita a descubrirlo junto a ella.

Genre
Fantasy
Author
Sujeto72
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Sopor.

—¡Vania! Una voz quebrada y casi indistinguible, como entre lágrimas, rompe el silencio. — ¡Vania! ¡Despierta, por favor!

La oscuridad retrocede lentamente. Una niña de piel morena mediterránea, delgada y de cabello lacio, abre los ojos con desgano. Se estira y se incorpora desde una de las camas individuales que ocupan el pequeño cuarto. Frente a ella, un armario se alza junto a un espejo empotrado en la pared, mientras en la otra cama un niño un poco mayor sigue profundamente dormido.

Vania se levanta con cuidado, sus pies descalzos rozan el suelo frío mientras cruza el cuarto. Su mirada se desliza hacia el baño antes de continuar hacia otra habitación. Se detiene al ver a sus padres aún dormidos, respira hondo y lanza un vistazo fugaz hacia la sala, asegurándose de no despertar a nadie. Finalmente, avanza hacia la cocina.

Allí, una puerta trasera llama su atención. Con movimientos calculados, la empuja apenas lo suficiente para asomarse. La escalera al segundo piso, todavía en construcción, se alza como un esqueleto entre sombras profundas. No hay rastro de su hermana mayor, ni el más leve indicio de movimiento. Antes de cerrarla con cuidado, dirige una última mirada al exterior; el alba alzándose parece respirar un hermoso silencio inquietante. De vuelta en su cuarto, el eco de un susurro—leve, insistente, penetrante—se queda en su mente como un roce que no logra apartar.

De pie frente al espejo, observa el reflejo de una niña de apenas catorce años, delgada y sin curvas. Sus ojos, cafés y profundos, se pierden en su reflejo, intentando descifrar aquella extraña sensación que le invade el cuerpo. Con movimientos lentos, examina sus manos, acaricia su rostro y, finalmente, desliza los dedos entre su cabello lacio, echándolo hacia atrás en un gesto pensativo.

¿Quién me habrá llamado?—murmura—.¿Habrá sido solo un sueño?

El sonido de una alarma interrumpe sus pensamientos. Desde otra habitación, la voz de su madre resuena con energía.

— ¡Levántense ya! Es hora de ir a la escuela.

La madre se acerca al cuarto de Vania, asomándose.

— ¿Ya estás despierta? Qué bien, porque hoy es tu primer día en el turno matutino, y ya sabes que, si llegamos diez minutos tarde, no te van a dejar entrar.

Al llegar a la escuela, mientras caminaba hacia el aula, los recuerdos comenzaron a llegar, como su primer día de clases en el turno vespertino. Nadie se conocía entonces y todo parecía nuevo, abierto, maleable. Desde el primer momento pudo identificar a los populares: ese grupo superficial al que deseaba pertenecer, aquel que la fascinó por su poder y su influencia invisible sobre los demás compañeros.

Sin embargo, al principio le costó encajar. No era de las que alababan a otros ni compartía muchas de sus opiniones. Aun así, con el tiempo lo consiguió. Lo extraño era que ahora ese proceso le resultaba borroso: no podía precisar en qué momento había pasado del rechazo inicial a la aceptación, ni cuándo había forzado su entrada hasta alcanzar un control que, en la primaria, solo había observado desde lejos.

Identificar a los populares antes de que lo fueran no fue casualidad. Desde tercero o cuarto de primaria, Vania había descubierto algo fascinante: aunque las personas pensaban y se expresaban aparentemente de formas distintas, todas compartían características “principales”. Para ella, si las personas fueran comida, existirían grupos como el arroz, el pollo, el pescado o el cerdo, con sus variaciones. Lo único que tenía que hacer era identificar el ingrediente base. A partir de ahí, comenzó a memorizar sus rasgos, desarrollando una habilidad para reconocerlos como quien prueba un platillo y distingue sus sabores.

Entender eso la llevó a notar algo más: pese a su corta edad, ya comprendía las dinámicas invisibles que definían la vida social. Sabía algo crucial: las personas similares tienden a buscarse entre sí y todo gira en torno al grupo. Lo había aprendido observando, copiando, memorizando gestos. Para ella, las populares eran como la pizza; en una búsqueda rápida, solo debía identificar las rebanadas.

Quizás estas analogías podrían resultar extrañas para algunos, pero para Vania eran normales. Desde pequeña supo que algo en ella desconcertaba a los adultos. Su mirada, por ejemplo. Cuando tenía apenas tres años, sus padres hablaban en voz baja sobre lo inquietante que podía volverse su expresión. En kínder, algunas maestras notaron lo mismo: su forma de observar y responder en situaciones sociales era distinta. Había algo en ella que no encajaba y que le provocaba el rechazo.

Muy pronto entendió que, si quería sobrevivir, tenía que adaptarse. En vez de protestar, memorizaba. En lugar de reaccionar con espontaneidad, imitaba. Aprendió a identificar emociones en los rostros ajenos para luego ensayar esas mismas expresiones frente al espejo. Se esforzaba en reflejar a los demás, como si cada interacción fuera un juego que debía aprender a dominar.

Todo eso apuntaba a un mismo objetivo. Pero, aun así, pertenecer a los populares no era sencillo. Ganarse al líder era esencial, y eso requería precisión: decir las palabras correctas, actuar en el momento adecuado y cuidar al máximo la apariencia. Vania lo entendía, pero llevar la teoría a la práctica era bastante difícil.

Así que encajar en el grupo más poderoso nunca fue sencillo. O bueno, en ninguno.

Durante su primer año de secundaria, Vania había logrado —casi por accidente— integrarse al grupo de las chicas populares. Fue una coincidencia favorable, resultado de un pequeño acto de venganza que ni ella misma terminó de comprender. Pero esta vez sabía que, al comenzar el segundo año, las circunstancias eran distintas. Ahora estaba en el turno matutino. Los grupos ya estaban consolidados. Las jerarquías eran claras. No había espacios vacíos que conquistar. Era un mundo donde el hermetismo reinaba, y abrirse paso en una estructura tan establecida parecía un reto desalentador.

Junto con ella también habían cambiado de turno dos antiguos compañeros. Una de ellos era Laura: una chica astuta y ambiciosa que, como Vania, entendía que la supervivencia escolar dependía de saber a quién acercarse y a quién evitar. El otro era Yahaziel, un chico un poco gordo, de nariz puntiaguda, pero con un carisma natural y una actitud payasa.

Al llegar al aula, Vania se sentó en el único lugar libre: la primera fila. Durante el receso y los días siguientes dedicó su tiempo a observar a sus compañeros, analizando sus comportamientos con una atención casi científica. Pronto logró clasificarlos según su esquema mental. Para su desgracia, confirmó sus sospechas: todos los grupos ya estaban formados. No parecía haber espacio para alguien nuevo... y, según sus observaciones, mucho menos para ella.

El panorama se complicaba aún más con los líderes de los grupos. Las populares del nuevo grupo era liderado por una muchacha llamada Floralía, una joven que alternaba entre la afectación y la condescendencia con la precisión de una actriz mediocre. A su lado, como sombra estratégica, estaba Ekaterina: discreta, controladora, quizás en el fondo bondadosa, siempre lista para dar el golpe final con una sonrisa. Entre los varones, un chico de cabello rizado llamado Marcus intentaba posicionarse como el nuevo líder de los graciosos del grupo, aprovechando la ausencia del verdadero cabecilla, que yacía enfermo en casa a causa de cáncer de sangre. Aquel sustituto, sin embargo, carecía de carisma: era pedante, despiadado, buscaba aprobación con la mirada, su sonrisa forzada, sus bromas predeciblemente mediocres y su mirada vacía no engañaban a nadie, excepto a quienes reían por costumbre o conveniencia. Como un segundo al mando que era limitado por el líder antes, quizá se desempeñaba bien, pero ahora era un desastre. Intentaba ser gracioso, pero su humor carecía de encanto, y estaba convencido de ser atractivo, aunque pocos compartían esa opinión y más bien parecían seguirle el juego.

Así, los días pasaron rápido.

La segunda semana de clases comenzó de manera aparentemente normal. Sin embargo, durante la segunda clase, una maestra hizo un anuncio inesperado. Con una expresión seria, declaró que el grupo se consideraba problemático: había deficiencia en la entrega de tareas, demasiados conflictos y una notable falta de disciplina. Incluso afirmó, con tono solemne.

— Somos víctimas de “la maldición del grupo B” y ustedes están condenados a ser los más conflictivos, desde ahora se pondrá más atención a su grupo.

El comentario arrancó algunas risas contenidas entre los alumnos, pero para Vania resultaba irónico. Hasta ese momento, solo habían llamado la atención en una ocasión al líder de los payasos (Miguel) y otra a la líder de las populares. Todo lo demás parecía normal, o al menos dentro de lo que se podía esperar de un grupo.

Vania, observando a su alrededor, susurró para sí misma: —¿Será que la evidente incapacidad de los líderes para desempeñar sus papeles a la perfección da la impresión de una falta de organización y orden, aunque sea de manera inconsciente?

La idea la hizo sonreír ligeramente, pero también encendió una chispa de reflexión en su mente.¿Qué tan importante será el liderazgo en la dinámica del grupo? Y más importante aún, ¿podría jugar mis cartas en un sistema averiado? ¿Sería un problema para mí?Pensó un poco preocupada.

Después de eso el día transcurrió relativamente normal. Como en el turno vespertino, Vania se dirigió a la biblioteca durante el receso, donde se sumergió en libros, fantasías y pensamientos sobre cómo podría acercarse a Floralía, la líder de las populares.

Al finalizar el receso, durante uno de los cambios de maestro, Vania vio a lo lejos a Floralía aplicándose un perfume que parecía bastante costoso para una niña de 14 años. El aroma, cual esporas flotantes, se mecieron hasta el lugar de Vania. En ese momento, un recuerdo irrumpió en su mente.

Denika estaba rodeada de un grupo de niñas que reían mientras la admiraban y le preguntaban su opinión sobre diversas cosas. Denika emanaba labia y una actitud generosa, mostrando poder y autoridad sin esfuerzo. De repente, giró hacia Vania, que estaba en otra fila, y le habló directamente.

—Vania, ven con nosotras y siéntate —dijo, y luego se dirigió al grupo de chicas—. Niñas, lo he pensado mucho y creo que Vania es una niña muy linda y generosa.

Denika dirigió su mirada hacia una chica en específico.

—Creo que al principio me dejé llevar por algunos comentarios, pero a veces uno debe conocer personalmente a alguien antes de decidir si es o no una amenaza. Así que espero que a partir de ahora podamos incluir a Vania. ¿Qué opinas, Valena?

—Claro, yo en realidad nunca conviví mucho contigo, Vania, pero recuerdo que eres muy inteligente, como yo. Creo que podemos empezar de cero. ¿Verdad, chicas? Vamos, ven y siéntate con nosotras —sonrió amablemente y le hizo un gesto con la mano para que se acercara.

Vania avanzó hacia ellas, y Denika le ofreció un lugar justo a su lado, donde antes estaba Valena. Luego, mientras extendía una mano hacia el cabello de Vania, dijo:

—Vani,VaniOdiosa,jamás, para nosotras serásVaniDiosa. — mientras le acariciaba el cabello.

Se rió con energía, y las demás niñas la siguieron entre risas cómplices.

Unas carcajadas provenientes del grupo de Floralía la hicieron volver al presente. Vania revisó la hora y, al ver que aún faltaban unos minutos para que llegara el siguiente maestro, decidió armarse de valor y acercarse a Floralía.

Se aproximó al grupo y rió al unísono con ellos, aunque no tenía idea de qué se estaban riendo, simulando pertenencia. Pero donde esperaba encontrar reflejos, se topó con muros. Su tono, su lenguaje corporal, todo parecía fuera de lugar. Las palabras que a veces le abrían puertas ahora la hacían ver como un insecto que se arrastraba en medio de un salón brillante. Su risa sonó torpe, y su cuerpo se veía rígido.

—Hola, tú... eehh... —dijo Floralía, dudando.

—Hola, chicos. No se preocupen, yo tampoco me acuerdo aún de todos sus nombres. Soy Vania —dijo, dirigiendo su mirada al grupo antes de enfocarse en Floralía.

Pero antes de que pudiera decir algo más, Rosa, una de las integrantes del grupo, alta, gordita, de cabello rizado y ojos saltones, no tardó en marcar el territorio, soltó un comentario mordaz, modificando su nombre en un chiste tonto y degradante.

—Oye, Vania... ¿Eres vanidosa? ¿Vania la Vanidosa? —preguntó Rosa, la chica fea con una sonrisa burlona, mirando a los demás.

Las risas se propagaron como un eco.

Vania intentó suavizar la situación con otro juego de palabras, uno más elaborado. Miró a Floralía, que se reía con energía, y decidió unirse a la risa antes de responder:

—No soy vanidosa, pero síVaniDiosa... oVaniOdiosa, haha... ¡Ahora sí recordarán mi nombre!

Rosa esbozó una sonrisa incrédula, levantando una ceja y mirando de reojo a Floralía, quien dejó escapar una risa vaga mientras desviaba la mirada hacia arriba que Vania no pudo interpretar como burla, rechazo o recuerdo.

Ekaterina intervino:

—Tú no tienes amigos, ¿verdad? Por eso siempre te vas a la biblioteca en los recesos —intervino, con una sonrisa que mezclaba curiosidad y una mirada un poco de lástima y desagrado.

—No, yo...—empezó a decir Vania, pero fue interrumpida por el maestro.

—Siéntense, chicos —dijo con una expresión seria—. Estuve hablando con otros maestros y coincidimos en que este grupo va a ser un problema. Así que vamos a tomar medidas desde ahora para prevenirlo. Cualquier comportamiento extraño de sus compañeros, cualquier cosa rara que noten, me lo pueden informar a mí o a otro maestro. ¿Entendido?

—Sí...—respondió la clase casi al unísono.

Lo que temía parecía un hecho. La lección continuó con normalidad, pero Vania no podía deshacerse de una sensación de inquietud. Se miraba las manos de reojo cada vez que podía, recorriéndolas con nerviosismo, buscando algo... algo que esperaba no encontrar.

Esa tarde en casa, el día transcurrió sin incidentes. Hizo su tarea mientras la idea le revoloteaba en la cabeza y, antes de irse a dormir, tomó una decisión: tenía que asegurarse.

Frente al espejo, se examinó con detenimiento. Ahí estaban sus pequeños labios, sus grandes ojos, su nariz mediana. Su cuerpo... completamente simétrico, como un palíndromo viviente. Sin curvas exageradas, sin panza, sin busto, sin glúteos, sin piernas de modelo. No pudo evitar detenerse a pensar que no era una chica fea, pero tampoco una belleza deslumbrante. Habiendo verificado todo, se peinó con las manos, echándose el cabello hacia atrás, respiró hondo.

Durante la siguiente semana, Vania pasó horas frente al espejo. Ensayaba su sonrisa, intentando que no pareciera aterradora. La mayoría de las veces solo se reía por compromiso. No encontraba gracia en lo que decían los demás. Le parecía banal, sin lógica, sin peso, sin importancia o simplemente no le nacía. Pero entendía que, en ese entorno, una sonrisa bien colocada podía valer más que una idea genuina.

Sabía que solo una de las dos —ella o Laura— sería aceptada en ese gran grupo. Y Laura lo sabía también.

Practicó diversas expresiones, ajustando la mirada, afinando la sonrisa. Imaginaba distintos escenarios en su mente y ensayaba respuestas, tanto físicas como verbales. Tenía que calcular su próximo día de movimiento, prepararse para cualquier interacción.

Tan concentrada estaba la noche anterior al día, que no notó a su hermano mayor, Tonatiuh, observándola desde hacía un rato con una mezcla de desconcierto y terror.

De repente, Vania giró la cabeza y lo miró directo a los ojos, sin expresión alguna.

—¿Qué... qué estás haciendo? —preguntó Tonatiuh con una mezcla de rareza y miedo, como si acabara de descubrir a su hermana poseída.

“Quiero que mis expresiones se vean naturales y creíbles cuando me vean— pensó Vania, pero obviamente no podía decir eso sin sonar completamente desquiciada.

Sin romper contacto visual, esbozó una de sus mejores y más naturales sonrisas, aquella que había perfeccionado con tanto esfuerzo.

Tonatiuh parpadeó.

—Ok... pinche loca —soltó, pasando de la confusión a una sonrisa incómoda—. Ya vente a cenar antes de que te quedes atrapada en tu propio reflejo.

Ufff, creo que esa fue una de mis mejores sonrisas. Debería tener más cuidado— pensó Vania mientras disimulaba y se dirigía a la cocina como si nada.

Era el día, un viernes, y el punto de quiebre había llegado, pero no era el que Vania deseaba. Después del receso, la directora interrumpió la clase junto al asesor del alumnado.

—Chicos, quiero que todos dejen todo lo que están haciendo, y coloquen sus mochilas sobre los asientos y esperen afuera del salón.

Era un evento habitual desde que, años atrás, un alumno había llevado un arma a la escuela “para jugar”. Por eso, desde entonces, los profesores revisaban mochilas cada tanto y solicitaban reportes de “comportamientos extraños”.

Todos los alumnos desconcertados se miraron entre sí, y luego sin protestar caminaron hacia afuera del salón. Mientras los alumnos se amontonaban en el pasillo, algunos escondiendo celulares, maquillaje o comida podrida en los bolsillos. Vania se quedó viendo hacia adentro, analizando lo que los maestros hacían, abriendo y cerrando mochilas como si estuvieran buscando algo.

De repente, recordó que era un buen momento para intentar acercarse a Floralía, pero se detuvo. Laura ya estaba allí, hablando con Floralía y Ekaterina, como en una escena en cámara lenta, Vania vio cómo Laura le susurraba algo a Floralía mientras dirigía una mirada fugaz en su dirección. Acto seguido, Floralía volteó a verla con cara de... ¿burla? No, no era burla. ¿Acusación? Tampoco. Era miedo. Los rostros del resto del grupito pasaron de la sorpresa al disgusto. Las miradas se dirigieron hacia ella como cuchillas. Luego hubo risas. Miradas de superioridad. Laura caminó detrás del grupo, triunfante, con una sonrisa apenas contenida mientras parecía integrarse con ellas.

Observar esa breve mirada que duro menos de un segundo y ese movimiento casi por casualidad le hizo helar la sangre, le hizo detenerse casi al instante. Se detuvo en seco, con un pensamiento inquietante cruzándole la mente:A veces, para ser admitido en el festín de los dioses, hay que ofrecerles una comida digna para que volteen a verte y esa comida parece que seré yo.

Y en ese momento comenzó a recordar cuando Denika la integro al grupo. Recordó la torpeza de su propia risa, la tensión de aquel momento, y la presencia de Laura en el fondo, callada, resignada, mirándola como ahora, como alguien que sabe tus secretos y espera solo el momento para canjearlos.

Entonces, un recuerdo emergió con más fuerza.

—Vania, ya no puedes sentarte aquí— Dijo Denika con voz un poco dulce, pero autoritaria.

—¿por qué?, ¿Qué sucede? —Dijo Vania con desconcierto y una voz un poco agresiva. Luego con voz más suave —Yo me he sentado aquí desde que comenzó el ciclo—

—Si, pero Valena me ha dicho cosas muy preocupantes, y creo que lo mejor sería que te sientes una o dos sillas delante, para que no piensen que tú y yo somos amigas. —Dijo Denika con una voz dulce, pero franca y contundente, mientras las otras niñas, incluyendo Valena, se reían con voz acallada entre sus manos.

—¿Quién de ustedes no se ha estado comiendo el lonche? ¿De quién es esta mochila rosa? —La voz molesta de la directora la sacó bruscamente de sus pensamientos.

—Es... es mía —respondió una chica solitaria con voz temblorosa.

El salón estalló en carcajadas mientras la maestra miraba con horror el contenido de la mochila. La directora sostenía lo que parecía ser una torta mohosa y, con un gesto de asco, exclamó:

—¿¡Cuál es tu nombre!? Quiero que esperes en la oficina de la asesora. ¡Qué asco!, los demás pasen al salón.

En ese momento, Florelía y el resto pasaron frente a Vania y la observaron de arriba hacia abajo, sus expresiones eran claras, incluyendo la de Laura, quien levantaba la barbilla con orgullo al pasar de la mano con el grupito al salón.

-Mierda-