Capítulo 1
Zero cerró el libro que Yagari le había regalado por su cumpleaños, sintiendo una mezcla de gratitud y resignación. Su maestro nunca acertaba con las lecturas, pero siempre ponía cuidado en los detalles, y eso era algo que Zero apreciaba profundamente, pese a todo. El libro, sin embargo, resultó ser una tragedia mal escrita, un drama más que desagradable cuyo argumento lo incomodó desde la primera página.
La historia transcurría en un mundo donde solo existían hombres bestias, y narraba la relación entre Cardian, un lobo de sangre pura, y Lorenta, una humana que había llegado a ese universo por accidente. Su romance se desarrollaba entre guerras interminables, conspiraciones y villanos obsesionados con la protagonista, cada uno intentando conquistarla mientras Cardian luchaba por mantenerla a su lado. Un clásico harem para adultos, repleto de clichés y situaciones absurdas, donde la protagonista era deseada por varios líderes de clanes poderosos.
Lo más irritante para Zero, era el personaje secundario que compartía su nombre. “Zero”, en la novela, era un omega defectuoso, sin aroma, débil y frágil, obligado a un matrimonio estratégico con Cardian para sellar la alianza entre sus clanes. Cardian era cruel con él, y la llegada de Lorenta solo intensificó el tormento. Zero, el personaje de ficción, actuaba como antagonista, siempre buscando hacerle daño a Lorenta, poniéndola en problemas, tratándola mal y buscando herirla a toda costa. Finalmente, Cardian lo desterraba y Zero moría miserablemente de hambre y frío en las regiones del Norte. Una muerte que parecía escrita solo para dar paso a la felicidad de los protagonistas, quienes cerraban la historia unidos en un vínculo especial, Lorenta enlazada no solo a Cardian, sino también a otros cuatro hombres bestia líderes de los clanes más poderosos.
Zero, arrojó el libro con un gesto de fastidio, dejándolo caer en una esquina de su habitación. Se levantó lentamente, estirando el cuerpo y tratando de despejar la mente de la historia que acababa de leer. La noche era profunda y silenciosa, y sus tareas no podían esperar. Tenía que patrullar los alrededores y asegurarse de que la Clase Nocturna no causara problemas, tarea que se volvía cada vez más agotadora. Además, esperaba poder evitar a Yuuki y sus ocurrencias, que solían complicar aún más las noches.
Zero se acercó a la ventana y, con un leve suspiro, deslizó el marco hacia arriba. El aire frío de la noche se coló al instante, acariciando su piel y despejando, aunque fuera por un momento, el cansancio que sentía en los huesos. Observó el exterior: la luna se alzaba entre las nubes, lanzando su resplandor plateado sobre los jardines de la Academia Cross, que aparentaban una calma engañosa. Nadie sospecharía que tras esa tranquilidad se escondía una tensión constante.
A pesar de la fama de serenidad nocturna, Zero sabía demasiado bien lo que ocurría en las sombras. La Clase Nocturna, conformada casi en su totalidad por vampiros de elegancia inquietante, se movía por los pasillos con una disciplina que rozaba lo antinatural. Sin embargo, para Zero esa quietud sólo era una máscara. No confiaba en ellos, menos aún en Kaname, cuya presencia parecía desafiarlo cada noche. Entre ambos, las disputas eran moneda corriente, batallas silenciosas cargadas de resentimiento y palabras dichas.
Sin embargo, Zero debía refrenarse. Las órdenes de Cross eran claras: mantener la paz a toda costa. Y Yuuki, siempre tan justa y leal, no dudaba en defender a los vampiros, en especial a Kaname, cada vez que las cosas se tensaban. Aquello lo frustraba, le hacía sentir que caminaba sobre una cuerda floja, obligado a contener el enojo y la desconfianza, a tragarse las respuestas mordaces que burbujeaban en su garganta.
Apoyó la frente contra el cristal, dejando que el frío lo anclara al presente. Por un momento, pensó en lo distinto que sería todo si pudiera decir lo que pensaba sin restricciones, si Yuuki no se interpusiera con su bondad incansable, si Cross no le exigiera siempre el autocontrol que le costaba tanto mantener. Pero la noche avanzaba, y Zero sabía que debía seguir adelante, patrullar y vigilar, porque en la Academia Cross, la tranquilidad era sólo una ilusión bajo la cual latía un peligro constante.
Zero avanzaba por los pasillos de la Academia Cross con paso decidido, su mirada siempre alerta y el oído atento a cualquier sonido fuera de lugar. La noche era profunda, y la luna, suspendida entre las nubes, bañaba el campus en un resplandor plateado que acentuaba la sensación de calma engañosa. Cada puerta, cada rincón y cada escalera eran revisados con meticulosidad; su deber era asegurarse de que los alumnos de la clase diurna no intentaran cruzar hacia las zonas reservadas para la Clase Nocturna, donde los vampiros esperaban en silencio.
Para Zero, la coexistencia de humanos y vampiros era una mezcla peligrosa, una tensión invisible que podía estallar en cualquier momento. La idea de Cross, de reunir ambos mundos en un solo espacio, siempre le había parecido una locura, una apuesta arriesgada que la Asociación de Cazadores de Vampiros nunca apoyó. De hecho, entre los miembros de la Asociación, esa decisión se consideraba una provocación, especialmente para personas como Zero, quienes habían perdido todo a manos de criaturas que ahora se paseaban por los mismos pasillos que los humanos.
Las memorias que lo perseguían eran crueles e implacables. Shizuka, la vampira responsable de la tragedia, le había arrebatado a sus padres en un acto de brutalidad que dejó una huella imborrable en su alma. Desde entonces, Zero se vio obligado a cargar con el peso de ser un vampiro de nivel E, consumido por la locura y la sed de sangre, luchando a diario por no perderse en ese abismo. El dolor, la culpa y la rabia se mezclaban en su pecho cada vez que cruzaba la mirada con alguno de los vampiros de la Clase Nocturna, recordándole que la tranquilidad de la Academia era solo una fachada.
A pesar de todo, Zero no podía permitirse flaquear. Las órdenes de la Asociación de Cazadores eran claras y estrictas: debía mantener la paz y evitar cualquier enfrentamiento, aunque eso significara tragarse las respuestas mordaces, contener el enojo y refrenar la desconfianza. La presencia de Yuuki, siempre tan justa y protectora, lo obligaba a guardarse sus verdaderos sentimientos y actuar con la templanza que se esperaba de él la mayor parte de las veces, hasta que lo sacaban de quicio y se enfrentaban.
A veces, mientras recorría el campus bajo la sombra de los árboles y el brillo de la luna, Zero deseaba poder expresar todo lo que llevaba dentro, gritar su frustración y dejar de ser el guardián silencioso de una paz frágil. Sin embargo, sabía que no podía hacerlo. Las heridas del pasado, la vigilancia constante y las reglas impuestas se habían convertido en parte de su existencia. Y así, noche tras noche, continuaba su patrullaje, enfrentando los demonios internos y externos, consciente de que, en la Academia Cross, la tranquilidad era solo una ilusión bajo la cual latía un peligro perpetuo, acechando en cada esquina.
Mientras caminaba por uno de los corredores en penumbras de la Academia Cross, Zero detuvo su paso al ver, a la distancia, las figuras de Yuuki y Kaname. El brillo tenue de la luna que se colaba por las ventanas solo realzaba la escena, como si el destino quisiera subrayar la diferencia abismal que separaba a ambos mundos. El recuerdo de la acalorada discusión con Yuuki se avivó en su mente, aún fresco, cargado de reproches y palabras afiladas. Le había dejado claro, quizás con más dureza de la necesaria, que aceptar salir con Kaname era una decisión insensata, casi suicida. Cross, siempre deseoso de mantener la paz y la esperanza, lo había permitido, pero Zero no pudo evitar alzar la voz en contra, impulsado más por el temor que por el enojo.
Las palabras entre él y Yuuki habían sido como cuchillas lanzadas en medio de la noche. Le recordó, sin rodeos, que era una niña imprudente, incapaz de comprender la amenaza real que representaba un vampiro, incluso si ese vampiro era Kaname. Le habló de los riesgos, de lo estrecho y delicado que era el equilibrio en la Academia, de cómo una sola mordida, una decisión equivocada, podría convertirlos a ambos en fugitivos perseguidos por la Asociación de Cazadores. Zero sentía el peso de esas advertencias, la desesperación de quien sabe que una sola grieta puede desmoronar la paz construida con tanto esfuerzo.
Pero Yuuki, fiel a su carácter, se mantuvo firme, obstinada, convencida de que el mundo podía ser mejor y que Kaname era el héroe de su propio cuento de hadas. Su inocencia, en lugar de enternecerlo, lo frustraba y lo llenaba de una impotencia amarga. ¿Cómo hacerle entender que bajo la elegancia y el autocontrol de Kaname latía un instinto peligroso, una naturaleza que nadie, ni siquiera él mismo, podía garantizar que estuviera completamente bajo control?
Zero los observó unos segundos más, oculto entre las sombras de los cortinajes. Vio el brillo confiado en los ojos de Yuuki y la calma inmutable en el rostro de Kaname, y sintió que una fisura se abría en su propio espíritu. Sabía que sus advertencias probablemente habían caído en saco roto, que Yuuki seguiría creyendo en la bondad de los vampiros y defendiendo un sueño de convivencia que para Zero era poco menos que una fantasía.
Resignado y con una mezcla de cansancio y preocupación, Zero continuó su patrullaje, pero sus pensamientos seguían enredados en la escena del corredor. Imaginó cada posible desenlace, cada error irremediable, cada noche en la que la paz se rompería por una decisión precipitada. Sin embargo, no podía dejar de vigilar, de proteger, aunque fuera desde la distancia y a costa de su propio bienestar. Sabía que, en la Academia Cross, la línea entre la calma y el caos era tan fina como el suspiro de la noche, y que el verdadero peligro acechaba, siempre, donde menos se esperaba.
Zero se alejó, y un suspiro pesado escapó de sus labios, un eco de resignación que se perdió entre las sombras del campus. Sabía que, tras todo el esfuerzo y las advertencias, ya no podía hacer nada por Yuuki; ella había elegido su destino y a Kaname, dejando claro que las palabras de Zero, por más sinceras o dolorosas que fueran, no cambiarían su decisión. Zero la amaba, profundamente, con esa mezcla de devoción y dolor que solo conocen quienes han perdido demasiado, pero se negaba a rogar por un poco de cariño, a mendigar una migaja de amor que, para él, debía surgir de la voluntad, no de la compasión.
Esa determinación lo llevó a alejarse por completo de Yuuki, a cortar todos los lazos que los unían y a construir un muro invisible entre ambos. El cambio no pasó desapercibido. En la Academia Cross, donde los rumores corren como el viento, nadie tardó en notar que Zero se había distanciado. Se cambió de asiento en las clases, dejando atrás la costumbre de sentarse a su lado y compartir confidencias. Comenzó a ignorarla de manera deliberada; ya no intercambiaba palabras, ni siquiera miradas, y menos aún se prestaba a ayudarla en los estudios, como solía hacer en tiempos más felices.
La ausencia de Zero en la vida de Yuuki fue tan abrupta como dolorosa. Lo peor, quizás, para ella fue descubrir que Zero ya no cocinaba para ella. Antes, la comida era un vínculo secreto, casi ritual, donde Yuuki disfrutaba de los platillos preparados por Zero y encontraba en ellos algo de consuelo y ternura. Ahora, obligada a comer la espantosa y horrible comida del director, Yuuki sentía el vacío cada vez que veía a Zero pasar de largo, sin siquiera detenerse a saludarla. La indiferencia de Zero era implacable y pesaba más que cualquier reproche.
A pesar de la distancia, Zero no podía evitar que su corazón latiera con fuerza cada vez que veía a Yuuki, aunque fingiera no notarla. El amor seguía ahí, intacto en una esquina de su alma, pero la decisión de alejarse era firme y definitiva. Sabía que, al romper esos lazos, solo buscaba protegerse, evitar que su dolor se hiciera mayor y que la herida nunca cicatrizara. Y aunque la Academia Cross lo llenaba de obligaciones y vigilancias, Zero seguía enfrentando, en soledad, la tormenta de sentimientos que Yuuki había dejado tras de sí. Así, noche tras noche, seguía su patrullaje, convertido ahora en un guardián silencioso y distante, vigilando no solo a los vampiros y a los humanos, sino también los recuerdos y emociones que lo mantenían atado a un pasado que nunca podría recuperar.
Cuando terminó su recorrido, Zero sintió el peso de la noche sobre sus hombros. Dejó escapar un suspiro profundo, como si con ese aliento pudiera liberar parte del cansancio que lo mantenía encorvado. Se estiró con lentitud, notando lo extraño que era sentir sueño genuino, ya que hacía mucho que su descanso se reducía a breves intervalos de un par de horas, suficientes solo para evitar el colapso. Esa noche, sin embargo, el agotamiento era distinto, más pesado y real, como si el cuerpo le exigiera una pausa que su mente se había negado durante demasiado tiempo.
Con pasos pesados, cruzó los senderos del campus hasta llegar a los Dormitorios del Sol. Allí, la luz tenue apenas iluminaba el pasillo, y el silencio era absoluto, roto solo por el eco de sus propios pasos. Al entrar a su habitación, Zero dejó atrás el uniforme, se dirigió al baño y se duchó, permitiendo que el agua tibia arrastrara consigo la tensión acumulada de la jornada. Al salir, se puso su pijama, un gesto sencillo pero reconfortante, y se preparó para acostarse. Antes de meterse entre las sábanas, se detuvo para recoger un libro que había arrojado a la esquina en algún arranque de frustración. Lo tomó con cuidado y lo depositó en la mesita de noche, recordando que era un regalo de Yagari, su mentor y figura paterna. Aunque Zero rara vez permitía que los sentimientos lo dominaran, apreciaba ese pequeño gesto, como un recordatorio de que no estaba completamente solo en el mundo.
Se recostó en la cama y cerró los ojos, deseando con fuerza poder dormir hasta la mañana, o al menos obtener un descanso más profundo que el habitual. El silencio de la habitación lo envolvió, y por primera vez en mucho tiempo, Zero bajó la guardia, permitiéndose soñar con una vida menos solitaria y menos cargada de responsabilidades. Afuera, la noche seguía su curso, y los sonidos del campus se apagaban gradualmente; solo quedaban los latidos de su propio corazón y el murmullo de sus pensamientos.
Aún sumido en el letargo, Zero no percibió el brillo peculiar que emanaba del libro en su mesita de noche; tampoco notó el cambio sutil en el ambiente, como si de pronto estuviera aislado en una burbuja cálida y extraña. Lo que lo sacó de ese estado fue el estruendo de una voz fría y mordaz:
-¿Entendiste lo que te dije, omega? -
Zero miró a su alrededor, desconcertado; el lugar era desconocido y el hombre frente a él lucía amenazante: piel taheña, cabello largo negro, ojos dorados y tatuajes en el cuerpo y un temperamento casi demoniaco. El hombre volvió a hablar, esta vez con más desprecio:
-No puedo creer que me hayan dado como esposo a un omega defectuoso. El Clan de los Zorros no tenía nada bueno que ofrecer. Voy a repetirlo una vez más, omega: podrás ser mi esposo, pero eso no significa nada. NO serás la Luna de esta manada; no te quiero cerca de mí, no esperes nada de mí. ¿Lo has entendido, o eres tan estúpido que no entiendes nada? -
Zero, de golpe, comprendió: estaba viviendo el más absurdo y tonto de los clichés de reencarnación en otro mundo, y al parecer era el Zero destinado a morir a los pocos capítulos. Quería golpearse la cabeza, pero primero tenía que salir de esa situación. Así que habló con voz firme:
-No soy estúpido, solo pensaba. Está bien, acepto lo que dices. No seré tu Luna, no te molestaré, no te buscaré; pasaré desapercibido, como si no existiera. Pero tengo condiciones-
Cardian lo miró extrañado; le habían dicho que Zero era un omega inútil, defectuoso y sumiso, y esperaba verlo romperse y suplicar. Pero ahí estaba, sentado como la fresca mañana y poniendo sus propias condiciones.
-¿Qué condiciones? Te escucho- respondió Cardian.
Zero respiró hondo antes de exponerlas:
-Quiero mi propia cabaña, lejos de todos, así no tendremos que toparnos innecesariamente. No me inmiscuiré en nada que tenga que ver con tu manada ni contigo, jamás seré tu Luna tal como lo quieres; a cambio, ustedes no me molestan, pero me respetan y me otorgarás una compensación económica para cubrir mis necesidades. De esa forma, te aseguro que hasta pensarás que no existo-
Cardian meditó las condiciones; eran razonables para él. Tomó un pergamino y se lo arrojó a Zero.
-Escríbelo todo- dijo en voz fría.
Zero lo hizo. Ambos firmaron ese contrato, sellándolo con su sangre. Cardian habló nuevamente:
-Hay una cabaña cerca de los límites del territorio, solía ser de un supervisor. La arreglaré para que vivas ahí; tiene un cobertizo, te daré provisiones y cada mes enviaré a alguien para que te entregue plata. Te llevare carne cada semana, tampoco soy tan mezquino como para matarte de hambre. Espero que cumplas lo pactado. Haré que mis hombres la tengan lista en un par de días y te largas ahí-
-No necesito nada más de ti, no es necesario que me lleves nada, solo la plata -dijo Zero, con una calma que desentonaba con la tensión del momento, mirando directamente a Cardian, sin bajar la mirada ni un instante. Había en su voz una determinación inquebrantable, como si se aferrara a la idea de mantener el poco control que le quedaba sobre su propio destino.
El rostro de Cardian se endureció al escuchar la respuesta. Una mueca de disgusto se dibujó en sus labios y chispas de molestia cruzaron fugazmente sus ojos. No podía comprender cómo ese omega, del que tanto le habían hablado, débil, defectuoso, carente de aroma y, por tanto, inútil para el consuelo de nadie, tenía el descaro de poner condiciones y rechazar su aparente generosidad. En su experiencia, una criatura tan frágil y solitaria no duraría mucho sin ayuda; cualquier otro en su lugar habría suplicado, pero Zero prefería el aislamiento y la autosuficiencia, aunque eso implicara un riesgo mortal.
Cardian cruzó los brazos, evaluando a Zero como se observa a un fenómeno extraño, algo que desafía la lógica de todo lo conocido. Si ese era el camino que había escogido, no sería él quien se interpusiera. Si Zero quería morirse de hambre antes que aceptar un favor, que así fuera. En su cabeza, la sentencia era clara: que se hunda en su orgullo y en la soledad de su cabaña hasta que la realidad lo doblegue o lo consuma.
-Como quieras - masculló Cardian finalmente, conteniendo el impulso de decir algo más duro. -No esperes compasión cuando la necesites. Que te baste la plata, que es lo único que recibirás de mí.-
Zero asintió, sin rastro de temor, y por un instante el aire entre ambos se cargó de una tensión muda, el eco de dos voluntades chocando en silencio.
Cardian salió de la cabaña cubierta de pieles, dejando tras de sí una atmósfera cargada de tensión y determinación. Sus pasos pesados resonaron en el suelo, y mientras se alejaba, su figura se fundía con la bruma matinal del bosque, rodeado por el murmullo de la manada que aguardaba instrucciones. Sin perder tiempo, reunió a sus hombres, transmitiéndoles con voz firme y autoritaria las órdenes para reparar la vieja cabaña en los límites del territorio. Nadie cuestionó sus palabras; todos sabían que Cardian tenía prisa por deshacerse del omega y restablecer la calma en su dominio. Las tareas comenzaron de inmediato: maderas se apilaron, herramientas se distribuyeron y el olor a trabajo impregnó el aire.
Zero, desde el interior de la cabaña, observó cómo Cardian partía y soltó un suspiro que pareció liberar semanas de tensión acumulada. Se dejó caer sobre un montón de pieles, permitiendo que el cuerpo y la mente se relajaran por primera vez en mucho tiempo. Cerró los ojos, escuchando el silencio que se extendía a su alrededor, tan palpable que parecía envolverlo como una manta invisible. Recordó el contenido del maldito libro, ese texto que afirmaba que Cardian sería capaz de matarlo por Lorenta cuando ella llegara, impulsado por celos irracionales. Sin embargo, Zero sabía que no era el protagonista de ese destino escrito; no entendía del todo qué significaba ser omega en ese mundo, pero tenía claridad absoluta sobre una cosa: débil no era.
La certidumbre de su fuerza lo envolvía. Ya no era un vampiro, esa etapa había quedado atrás, pero aún conservaba la potencia, los reflejos y la destreza de un cazador. No comprendía el motivo, pero lo agradecía profundamente. Decidió probar sus habilidades y murmuró un hechizo de barrera; la magia fluyó sin obstáculos, activándose con facilidad y rodeando la cabaña de protección. Aquello fue un alivio inesperado: sus poderes seguían presentes, intactos, como si la transición a aquel mundo no hubiera afectado su esencia. Retiro la barrera.
Por primera vez en mucho tiempo, Zero sintió que estaba lejos de los conflictos entre cazadores y vampiros, de las disputas que habían marcado su existencia anterior. Ya no había más insultos a su persona, nadie lo haría menos por ser un nivel E al borde de la locura de sangre, no más Kaname Kuran, no más Yuuki y sus infantilismos.
Ahora podía vivir como quisiera, sin la mirada de Cardian encima, sin la presión de formar parte de algo que nunca le interesó. La indiferencia de Cardian era, en cierto modo, liberadora; podía forjar su propio camino, decidir su destino sin temor a interferencias o expectativas.
Extrañaría a Yagari, sí, esa figura que había sido su guía y refugio, pero ahora tenía una oportunidad invaluable para construir algo diferente. La vida tranquila que tanto anhelaba estaba al alcance de su mano, siempre y cuando evitara cruzarse con Lorenta cuando transmigrara a ese mundo. Era un premio de consolación inesperado, una libertad ganada a pulso. Zero se permitió soñar con noches apacibles, con días sin sobresaltos, con la posibilidad de reinventarse sin cadenas ni amenazas. Y, mientras la madera crujía por la actividad afuera y la brisa acariciaba las pieles bajo su cuerpo, Zero comprendió que, pese a todo, había encontrado un nuevo comienzo.
Tres días se deslizaron lentos sobre el territorio, marcados por el eco incesante del trabajo de la manada. Cada persona se entregó a la tarea de restaurar la cabaña, moviendo maderas y pieles con una urgencia casi ritual, como si la presencia del omega fuera una grieta en el orden que debía cerrarse cuanto antes. Las pieles de osos, gruesas y cálidas fueron cuidadosamente colocadas sobre las paredes y el piso, una barrera contra el frío implacable que, en su opinión, era todo lo que merecía alguien como Zero. La cama, mullida y ancha, se construyó a partir del mismo material, pero no hubo gesto de generosidad: era una concesión necesaria, nada más, y nadie se interesó por agregar comodidades que no fueran estrictamente indispensables.
El exterior de la cabaña también fue transformado. Bajo la guía de Cardian, se levantó un cobertizo donde se apilaron granos, racimos de carne seca y leña, suficientes para sobrevivir el invierno, pero sin lujos. La distribución fue eficiente y silenciosa; cada persona de la manada trabajó sin intercambiar palabras, compartiendo una complicidad sorda en el deseo de poner fin al asunto del omega cuanto antes.
Cuando todo estuvo terminado, la manada se dispersó, dejando la cabaña marcada por el aroma a madera recién cortada y piel curtida. Regresaron a la manada lomas rápido posible, Cardian cruzó el umbral y encontró a Zero esperando, con la mirada serena y el cuerpo envuelto en el silencio de la espera. Sin mediar palabra, Cardian indicó que era momento de partir hacia el lugar prometido. El trayecto fue largo y silencioso, media jornada a caballo atravesando bosques envueltos en bruma; el viaje, a pie, sería mucho más arduo. Cardian no miró atrás, no ofreció conversación ni promesa, sólo la fría presencia de quien ha cumplido con su deber y nada más.
Al llegar, le hizo entrar a la nueva cabaña y dejó un saco con monedas de plata sobre la mesa, el pago pactado y la única muestra de trato que recibiría. Antes de irse, Cardian se detuvo en la puerta, la figura recortada contra la luz gris del amanecer, y pronunció con voz firme y sin emoción:
-Cumple lo pactado y no te atrevas a molestar a mi manada para nada-. Sus palabras se quedaron suspendidas en el aire, un último aviso cargado de distanciamiento.
Zero observó cómo Cardian se alejaba, y por primera vez sintió el peso de una libertad absoluta y deseada. El silencio de la cabaña era absoluto, apenas interrumpido por el crujir de la madera y el murmullo del viento filtrándose entre las pieles. Caminó lentamente por el espacio, reconociendo cada rincón, cada provisión, cada detalle impuesto por quienes preferían verlo aislado. Se dejó caer sobre la cama improvisada, permitiendo que el cansancio de semanas, incluso meses, se derramara sobre su cuerpo.
Aún era temprano, y la quietud que envolvía la cabaña era casi palpable. Zero se levantó despacio, dejando que la sensación de libertad conquistada impregnara cada uno de sus movimientos. El cansancio persistía, pero el nuevo aire le impulsaba a actuar; con determinación, buscó el pergamino que había tomado del escritorio de Cardian, junto a la pluma y el frasco de tinta, reliquias que ahora parecían cargadas de significado.
Sobre una mesa improvisada, trazó símbolos con la precisión de quien conoce los secretos más antiguos. Sus manos se movieron con seguridad, dando forma a caracteres que solo él podía descifrar. Cuando terminó, se situó en el centro de la cabaña, levantó con delicadeza un pedazo de piel y colocó debajo el pergamino, como si depositara en la tierra el germen de su protección. Pronunció palabras en un idioma arcano, un susurro que se deslizó por el aire y activó una barrera invisible, extendiéndose como un velo alrededor de su nuevo refugio. Sonrió, satisfecho al sentir la magia vibrar en las paredes y el piso, y supo que aquel hechizo era efectivo y duradero.
Exploró el lugar con mayor atención, y no tardó en notar la omisión más evidente: la cabaña carecía de una chimenea, ninguna fuente de calor ni comodidad para afrontar el duro invierno. Era claro que quienes se habían encargado de la construcción querían que Zero se congelara, o simplemente no les importaba su bienestar. No se inmutó ante ese desprecio, y decidió tomar cartas en el asunto.
Desprendió las pieles de una de las paredes, despejando un espacio adecuado para su propósito. Recordó la magia secreta que Yagari le había enseñado a él y a Kaito, bajo la promesa solemne de jamás compartirla ni usarla para otros, solo para ellos. Su voz se alzó en murmullos, evocando la imagen de una chimenea de piedra, sólida y elegante. La magia respondió con docilidad, moldeando los materiales hasta que la estructura quedó lista, perfecta y lista para el uso. Admiró su obra por un instante, sintiendo la satisfacción de haber vencido la indiferencia y el frío con habilidad propia.
-ahí lo tienen hijos de puta, si pensaban que me moriría de frio se equivocaron-
Salió al cobertizo, donde la leña apilada le esperaba, aunque solo encontró madera verde, recién cortada y poco útil para encender fuego. Sin perder la calma, Zero volvió a murmurar palabras, esta vez invocando un hechizo que secó la madera en cuestión de segundos. La llevó de vuelta a la cabaña, la acomodó en la chimenea recién creada y, con otro sencillo conjuro, prendió una llama cálida y brillante, que comenzó a llenar el espacio de calor y luz.
Mientras el fuego crepitaba, Zero permitió que la tranquilidad se instalara en su hogar, saboreando la libertad y el poder de decidir cada detalle de su nueva vida. En ese momento, supo que iba a disfrutar de noches apacibles y días sin amenazas, con la oportunidad de reinventarse por completo, lejos de los gritos, los juicios y las cadenas del pasado. La cabaña se transformó en un santuario, y Zero, por fin, en el dueño de su destino.
Zero dedicó todo el día a transformar la cabaña en un verdadero hogar, ocupado en crear aquello que, de manera tan evidente como deliberada, la manada había omitido. Cada rincón se fue llenando de objetos surgidos de sus propias manos y magia: primero, fabricó un pequeño ropero de madera, ensamblando tablas con precisión para guardar su escasa ropa y protegerla del polvo y la humedad. A continuación, construyó baúles robustos donde podría almacenar sus pertenencias, cada uno reforzado y decorado con discretos símbolos de protección.
Luego, desprendió parte de las pieles de otra pared, dejando al descubierto la madera desnuda. Con una espada abandonada afuera por descuido, trazó un corte limpio y firme, formando una puerta que le daría acceso directo a la luz exterior. Antes de salir, murmuró palabras arcanas y su energía se expandió, tejiendo la estructura de una nueva sección, conectada a esa puerta recién hecha, que pronto adaptó como cocina. Allí, levantó un horno de piedra, laborioso y cuidadosamente construido, en el que podría hornear pan y preparar alimentos. También conjuró una estufa de piedra, diseñada para aprovechar la leña, y no faltó una mesa sólida, acompañada de dos sillas rústicas, perfectas para compartir algún momento de tranquilidad o recibir, si acaso, a un visitante inesperado.
Las estanterías de madera surgieron como brotes en primavera, alineadas contra las paredes para almacenar provisiones, utensilios y libros, todo al estilo sencillo y austero, sin llamar la atención de nadie ajeno. El día avanzó mientras Zero trabajaba sin descanso, y cada nueva creación le daba el sentido de pertenencia y orgullo: era suyo, era fruto de su voluntad y de su magia, lejos del desdén de quienes lo habían relegado.
Al caer la noche, la cabaña se había transformado por completo. Los espacios antes vacíos ahora rebosaban de vida y calor; cada detalle reflejaba la determinación de Zero por resistir y prosperar, incluso en la adversidad. Sabía bien que nadie vendría a molestarlo, y que la persona encargada de entregarle la plata cada mes apenas prestaría atención a cómo vivía. Por primera vez, se permitió disfrutar del resultado de su esfuerzo, contemplando su refugio, un santuario creado a partir de la soledad y la creatividad, y se preparó para enfrentar los días que vendrían, seguro de que nada ni nadie le arrebataría su paz.
El hambre comenzó a hacerse notar en el cuerpo de Zero, un rugido profundo que lo arrancó de su contemplación y lo llevó de nuevo al mundo material. Decidido a satisfacer su necesidad, salió al cobertizo con pasos firmes, donde encontró la carne curada que le quedaba: unas tiras magras, secas por el tiempo, vestigio de la escasa generosidad de quienes habían preparado aquel refugio para él. Miró las provisiones, reconociendo el desdén en cada detalle; solo harina y vegetales marchitos, algunos aún con tierra, otros ya arrugados por el frío, eran todo lo que tenía para subsistir.
Sin embargo, Zero no se dejó vencer por la adversidad ni por el desprecio. Tomó la harina, la examinó y, seleccionando los mejores vegetales, regresó a su cocina, donde el calor de la chimenea recién creada le envolvía en una atmósfera de seguridad y posibilidades. Yagari le había enseñado a sobrevivir, a extraer lo mejor de cada circunstancia, a no depender de nadie más que de sí mismo. Recordó las tardes de entrenamiento, las lecciones duras, el fuego en la mirada de su mentor y la promesa de nunca dejarse doblegar.
Con manos hábiles y movimientos seguros, Zero comenzó el ritual de la cocina. Mezcló la harina con agua y sal, amasando hasta formar una masa suave, que luego dejó reposar cerca del horno para que el calor la activara. Mientras tanto, cortó los vegetales, separando las partes que aún conservaban frescura, y los añadió al caldo junto a la carne curada, cuyos aromas se mezclaron en una fragancia reconfortante. Cada paso era una reivindicación, una manera de demostrar que nada ni nadie podría poner fin a su voluntad de crear, de transformar la escasez en abundancia.
El pan se doraba en el horno de piedra, inflándose poco a poco hasta adquirir una textura esponjosa y una corteza crujiente. Zero lo observó, satisfecho, mientras el fuego iluminaba sus rasgos y los vapores del caldo llenaban el aire de promesas gastronómicas. Preparó la mesa rústica con cuidado, sirviendo el pan recién horneado y el caldo humeante, el resultado de su destreza y de todo lo aprendido con Yagari.
Al sentarse a cenar, Zero sintió que cada bocado era un triunfo, una prueba de su capacidad para sobrevivir en un entorno hostil. La comida no era abundante, ni lujosa, pero era digna de sus habilidades y de la nueva vida que había comenzado a construir. El calor del hogar, la satisfacción de la comida y la certeza de haber vencido el abandono se fundieron en un momento de paz, donde el pasado quedó atrás y el futuro se presentó como un lienzo en blanco, listo para ser transformado por su propia voluntad.
Así, la noche se cerró sobre la cabaña, y Zero, fortalecido por el alimento y la tranquilidad, se preparó para afrontar los días venideros, convencido de que la soledad, lejos de ser una condena, era el terreno fértil donde crecerían su libertad y su destino.
Esa noche, Zero se sumió en un descanso profundo, abrazado por una serenidad que le era casi desconocida, como si cada rincón de la cabaña hubiese tejido un manto de paz para envolverlo. Hacía mucho que no experimentaba un sueño tan reparador, sin sobresaltos ni la inquietud que solía acecharle en la oscuridad. La soledad, antes pesada, se transformó en un remanso donde el silencio no era amenaza, sino compañía.
La mañana lo recibió con la sinfonía suave del canto de varios pájaros, que revoloteaban entre las ramas cercanas, ajenos a las preocupaciones humanas. Los primeros rayos del sol se filtraron a través de las rendijas de las paredes, acariciando el interior de la cabaña con una tibieza que prometía nuevas posibilidades. Desperezándose con calma, Zero arregló con esmero las pieles sobre el suelo, disfrutando del simple acto de poner en orden su refugio.
Con movimientos lentos, se vistió con la poca ropa que le quedaba, sintiendo la aspereza de las telas y el peso de la vida austera, pero también la satisfacción de saberse autosuficiente. Abrió la puerta y salió a recibir la fría mañana, dejando que el aire helado le despejara los últimos vestigios de sueño. Sin embargo, el frío no le incomodaba; tras años de exigente entrenamiento en las montañas nevadas, bajo la férrea disciplina de Yagari, aquel clima le resultaba casi trivial. El invierno había templado su cuerpo y espíritu, y, acostumbrado a desafíos mayores, sonrió ante la ligereza de esa mañana.
Desayunó con tranquilidad, saboreando cada bocado: pan crujiente, un par de huevos y vino caliente, reconociendo que, aunque el menú era escaso, era producto de su propio esfuerzo y habilidades. Terminó su desayuno y, cruzando el umbral, se dirigió al viejo cobertizo. Observó la endeble estructura y decidió que ese refugio improvisado no correspondía con la dignidad que había labrado en su hogar.
Con determinación, comenzó a sacar todo lo almacenado en el cobertizo y, una vez vacío, lo derrumbó por completo. Imaginó un hacha en sus manos y la creó mediante su magia, admirando la precisión con la que el metal y la madera tomaban forma bajo su voluntad. Se internó en el bosque cercano, eligiendo un pino robusto. A cada golpe, el ejercicio hacía entrar en calor su cuerpo, hasta que el abrigo le sobró y lo dejó a un lado, quedando con el torso desnudo. Sorprendentemente, su cuerpo había recuperado la musculatura firme y definida de sus días de cazador, algo que agradeció en silencio; en ese mundo plagado de seres fuertes y salvajes, la debilidad no tenía cabida.
Mientras talaba el árbol, Zero meditó sobre el pasado y se permitió una sonrisa orgullosa. Sabía que superaba con creces la fuerza de una persona común, y esa ventaja era suya, forjada a pulso y fuego. Tras cargar el pino de regreso, dedicó gran parte del día a construir un nuevo cobertizo, esta vez espacioso, resistente y digno de albergar sus provisiones.
Con paciencia y creatividad, fabricó cajones de madera que cubrió con telas finas, también creadas con su magia, donde dispuso cuidadosamente los mejores vegetales, cubriéndolos con otras telas para preservar su frescura el mayor tiempo posible. La carne curada la envolvió en gasas hechas a mano, y para la harina, confeccionó un contenedor especial de madera y tela, asegurando su conservación. Cada detalle era una muestra de su meticulosidad, una pequeña victoria sobre las circunstancias y el abandono.
Podría haber usado y crear el cobertizo, pero se había apetecido hacerlo con sus propias manos.
No conforme con ello, Zero selló el nuevo cobertizo con una barrera arcana, reforzando la seguridad de sus preciadas reservas. Con el ánimo en alto, decidió crear un arco y se adentró de nuevo en el bosque, disfrutando de la libertad de moverse sin preocuparse por el frío, protegido apenas por una chaqueta sin mangas y abierta totalmente del frente. El día se le fue entre cacería y pesca: consiguió un venado, dos conejos y varios peces, además de recolectar bayas y fresas silvestres que encontró entre la maleza.
Al regresar, repitió el meticuloso ritual de conservación: cortó y curó la carne, saló los peces y los preparó para ahumarlos, reservando algunos para el banquete del día. El sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de tonos naranjas y púrpuras, mientras Zero organizaba y protegía cada alimento con sumo cuidado. Había aprendido a no desperdiciar nada y a valorar cada recurso obtenido con esfuerzo. Todo gracias a las enseñanzas de Yagari.
Cuando todo estuvo en orden, se permitió contemplar su hogar. La cabaña y el nuevo cobertizo, rodeados de la frescura del bosque y la promesa de autosuficiencia, eran testimonio de su determinación y su capacidad para transformar la adversidad en fortaleza. Preparó una cena sencilla con parte de la caza y el pan que él mismo había horneado; al sentarse a comer, el calor del hogar y el aroma a comida llenaron de satisfacción su pecho.
Al terminar de comer, Zero volvió a salir, impulsado por la urgencia de atender una necesidad fundamental que no podía seguir ignorando. Ahora sí, permitió que su magia fuera la protagonista de su siguiente empresa. Visualizó en su mente un baño externo, robusto y elegante, construido de madera cuidadosamente seleccionada, con una chimenea de piedra en el exterior para calentar el agua en las noches frías. Imaginó una gran tina, amplia y profunda, donde pudiera sumergirse y relajarse, y diseñó un espacio generoso para lavarse sin apuros, permitiendo que el vapor envolviera su cuerpo y sus pensamientos.
No se conformó con lo básico; creó una sección aparte como baño para sus necesidades, dotándolo de un sistema de desagüe que él mismo ideó y materializó mediante su magia, permitiendo que los residuos fueran transportados fuera del terreno sin contaminar. También conjuró un pozo, esencial para el suministro de agua, sabiendo gracias a su lectura de la novela que en ese mundo existían criaturas peculiares, entre ellas los Slime, seres usualmente considerados molestos pero, en realidad, excelentes para la limpieza. Decidió que buscaría algunos Slime en los alrededores, pues confiaba en que estas criaturas se encargarían más tarde de mantener el baño impecable.
La noche fue avanzando. Tras encontrar y domesticar algunos Slime, Zero salió, respiró el aire fresco y colocó leña en la chimenea del baño, permitiendo que el fuego llenara el ambiente de calor reconfortante. Luego, llenó la bañera usando su magia, dejando que el agua clara y templada rebosara suavemente. Había recolectado plantas silvestres durante el día, de las cuales extrajo aceites y esencias, fabricando un jabón natural, fragante y delicado.
Esa noche, por fin, se permitió disfrutar de un baño apacible, sumergiéndose en la tina, rodeado del aroma a madera, jabón y vapor. El agua caliente le devolvió la calma y el equilibrio, mientras la luz de la chimenea danzaba en las paredes del baño. Recordó esos días grises en el clan, cuando la limpieza era apenas una rutina degradante: un balde, un trapo áspero y poco más. Aquellos momentos le parecían ahora lejanos y sombríos, una bofetada a su ansia de pureza y orden.
Con cada momento en el baño, Zero sintió que recuperaba parte de su dignidad. Había transformado el entorno con sus propias manos y su magia, convirtiendo la adversidad en confort y el abandono en civilidad. Al salir, se envolvió en una toalla suave, también creada por él, y dejó que la tranquilidad de la noche le abrazara. El baño, ahora reluciente y cálido, se convirtió en símbolo de su perseverancia y de su determinación por vivir con decoro, sin importar lo agreste del mundo que lo rodeaba.

Cardian - Alpha de la manada de Lobos.

Colton - Alpha - Beta y mano derecha de Cardian.

Tornd - Alpha de rasgo bajo.

Dorman - Alpha de rasgo bajo.

Versión de Zero en esta Historia - Zero - Omega - Zorro Plateado

