HERO | Welcome To Derry

Summary

HÉROE | A veces los héroes no solo aparecen en los cómics, sino también en las personas. Elena llevaba tiempo enamorada de Theodore Uris, pero cuando por fin se atrevió a confesarlo él la rechazó sin pensar demasiado en las consecuencias. Lo que ninguno sospechaba era que la desaparición de uno de sus amigos mas cercanos, Matty Clements, iba a unirlos de una manera que ninguno se imaginaba. Derry empieza a sentirse diferente. Fría, oscura... peligrosa. Mas rara que de costumbre. Y mientras el miedo crece entre en un grupo de niños, Theodore descubre que no puede apartarse de Elena, no cuando Eso parece seguirla a todas partes. Lo que inició como culpa y responsabilidad pronto se convierte en protección, y esa protección en algo más. Porque en Derry, cuando lo peor despierta, hasta quienes nunca se creyeron héroes pueden convertirse en uno.

Genre
Horror
Author
Mora
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

Chapter 1

—Te estás riendo de mí.

Elena lo miró con el ceño fruncido, pero el tono ofendido solo hizo que Albert soltara una carcajada aún más fuerte. Estaba justo frente a ella, disfrutando descaradamente del caos que acababa de provocar. Al fin y al cabo, burlarse de su hermana menor era prácticamente su pasatiempo favorito.

—¡Mamá! —protestó Elena, levantando un tenedor como si fuera un arma—. ¡Albert se está burlando de mí otra vez! ¡Dile algo!

—Albert —llamó su madre desde la cocina, con ese tono cansado de quien ya ha repetido lo mismo toda la semana—. No humilles más a tu hermana, ¿quieres?

—Mejor no me defiendas —reclamó Elena, lanzándole una mirada de traición a su madre—. Ademas, fue su culpa. Ellos me dijeron que lo contara.

—Wooow, espérate —interrumpió Albert, levantando ambas manos como si estuviera intentando calmarla—. Nunca dijiste quién era. Si hubieras dicho que te gustaba Teddy Uris… créeme, Gilbert y yo mismos te habríamos cosido la boca para que no abrieras la boca jamás.

Gilbert, sentado a su lado, dejó el vaso sobre la mesa con cuidado. Miró a Elena por unos segundos y luego a Albert. Se mordió los labios para no reírse, porque sabía perfectamente que una sola carcajada suya sería como echar gasolina al fuego.

—Bueno… —dijo finalmente—. En esa parte Albert tiene razón. A final de cuentas, nosotros lo conocemos porque es nuestro amigo.

Elena lo observó con la boca entreabierta, ofendida.

—Increíble —resopló—. Ya te contagió la estupidez. ¿Qué sigue? ¿Los dos haciendo fila para que los golpee?

Pero para su mala suerte, una voz la reprendió.

—¿Qué es ese vocabulario? No es apropiado para una señorita.

Ah, su padre. Este se sentó en su silla, la comida de él ya estaba servida así que simplemente esperaron a que su madre se sentara.

La hora de caminar hacia la escuela llegó demasiado rápido para el gusto de Elena. Caminó por el pasillo principal de la escuela con la mochila colgada de un hombro y el cabello aún húmedo por la ducha apresurada. Intentaba mantener la vista al frente, como si nada le afectara, pero sabía que había miradas encima de ella. Siempre las había, pero desde el rechazo eran diferentes. Las niñas solían saludarla, aunque no confiaba demasiado en eso por dos humanas razones: sus hermanos. Gilbert y Albert eran los gemelos más lindos de todo Derry (palabras de todas las estudiantes) y Elena era un buen conductor hacia ellos por ser su hermana. Las Patty amigas eran un ejemplo de ello y la razón por la cual Elena se pensaba dos veces antes de relacionarse amistosamente con alguien.

Dos chicas junto a los casilleros cuchichearon entre sí y luego se rieron bajito. Elena alcanzó a escuchar un “¿ya viste? pobrecita”. No se detuvo. Si algo había aprendido en ese lugar era que la gente solo se atrevía a hablar cuando ella no los estaba mirando directamente.

Y por supuesto, Gilbert y Albert lo sabían.

—¿Qué ven? —soltó Gilbert sin paciencia, apareciendo detrás de ella. Las dos chicas se sobresaltaron y desviaron la mirada al instante.

—Nada, nada… —respondió una, casi tragándose las palabras —. Estábamos hablando de que se acerca su cumpleaños, ya tengo tu regalo, Gilbert.

—Yo también tengo el tuyo, Albert — informó la segunda chica. Elena casi que veía corazones en sus ojos cada que observaban a sus hermanos.

Albert dio un paso al frente, cruzándose de brazos como si estuviera listo para expulsarlas del planeta. No había que mal entender, le gustaba la atención que las niñas le daban, pero si era a costa de burlarse de su hermana... No le agradaba tanto. Solo los gemelos podían burlarse de su hermana.

—Entonces muévanse. Y sonrían, que no están en un funeral.

Las chicas desaparecieron con torpeza y los hermanos regresaron junto a Elena. Ella solo los miró de reojo.

—No hacía falta —murmuró.

—Claro que hacía falta —replicó Gilbert—. Me canso de ver cómo susurran como si estuvieran en una película barata.

—Además —añadió Albert—. Si vuelven a decir algo, me los llevo arrastrando por el pasillo. O peor, los elimino de nuestra lista para invitar a nuestro cumpleaños.

—No pueden hacer eso —dijo Elena, aunque una sonrisa se le escapó —. Es como el aniversario de Derry, solo que en lugar de ir adultos va toda la escuela. No tendrán regalos si no van.

—Yo digo que sí podemos —contestó Albert —. Puedo sobrevivir un año sin atención, ya cuando se pase la novedad de tu humillación entonces vuelve todo a la normalidad.

Estaban a punto de seguir caminando cuando Gilbert se detuvo de golpe, miró hacia adelante y murmuró:

—Ah… hablando de películas.

Elena levantó la vista y sintió cómo el estómago se le encogía. Teddy Uris estaba a unos metros, apoyado contra su casillero, guardando unos cuadernos. Parecía tranquilo, como si el mundo no se hubiera puesto patas arriba hace unos días. Como si no hubiera rechazado a alguien frente a una Patty amiga chismosa que luego regó la situación por toda la escuela.

Ella intentó girar hacia otro lado, pero él levantó la mirada justo en ese momento. Sus ojos se encontraron durante apenas un segundo, un segundo que para ella se sintió como una eternidad incómoda. Él no sonrió, pero tampoco se mostró distante; simplemente la miró… como si no supiera qué hacer tampoco.

Elena apartó la vista de inmediato.

—Genial. Exactamente lo que quería esta mañana —susurró.

—¿Quieres que lo golpee? —ofreció Albert con total seriedad.

—No —respondió exasperada.

—¿Un empujón chiquito? —insistió Gilbert—. Tipo saludo amistoso.

—¡Que no!

Los gemelos se callaron, pero siguieron caminando a su lado como guardaespaldas mal disimulados. Elena respiró hondo, intentando recomponer su expresión. Había un solo camino hacia su salón, y ese camino debía pasar justo frente a Teddy.

Al acercarse, volvió a sentir su mirada. No levantó el rostro, pero sabía que él estaba igual de tenso. O igual de confundido. O ambas cosas.

Ella solo quería entrar a su clase sin más habladurías, y si la veían cerca de él solo aumentarían.

Pero justo cuando pasó frente a Teddy, alguien habló.

—¡Eh! Gilbert, Albert —saludó Phil, el mejor amigo de Teddy, estaba al lado del chico aunque Elena no lo había notado. Siempre había sido amigable con los gemelos y con ella, pero no tan amigo como de Teddy —. Elena, hola.

Elena se detuvo apenas un segundo. Teddy frunció el ceño, mirando a su amigo como si quisiera callarlo antes de que abriera la boca. Lo conocía muy bien a él y su imprudencia.

—Justo estábamos hablando de ti —añadió Phil con una sonrisa.

La respiración de Elena se cortó por un momento. Sin poder evitarlo, miró de reojo a Teddy, que estaba tan incómodo como ella… o peor. Teddy soltó un golpe fuerte contra el hombro de su amigo.

—¡Auch! —Phil se quejó, sobándose el lugar—. ¡Qué! Le dije a Teddy que me sorprendió cómo resolviste ese problema tan rápido el otro día. Eso. Eso estábamos diciendo. Que eres inteligente.

Era una excusa malísima.

Elena parpadeó un par de veces, sin saber qué responder.

—Eh… gracias, supongo —dijo finalmente.

Los gemelos, en cambio, parecían disfrutar el caos.

—Claro que resolvió el problema rápido —dijo Albert. Luego soltó una risa al ver una nueva oportunidad para molestar—. Pero dile que resuelva su problema con abrir la boca para decir quién le gusta, y ahí sí se le traba todo.

Elena sintió cómo el calor le subía hasta las orejas, justo en ese momento debia estar igual de roja que un tomate. Teddy también lo notó; tragó saliva y apartó la mirada en un intento desesperado por disimular la incomodidad. Ella deseó por un segundo poder desaparecer. Albert, como siempre, tenía que abrir la boca justo cuando no debía.

—¡Te voy a matar cuando lleguemos a casa! —soltó Elena, furiosa.

Le dio una patada en la pierna a su hermano, lo suficiente para que él soltara un quejido exagerado. No esperó respuesta. Simplemente siguió caminando a paso rápido, sin atreverse a voltear para ver la reacción de Teddy. Su única misión era llegar al salón.

Solo cuando vio la puerta frente a ella sintió que podía volver a respirar con normalidad.

Había llegado. Y por hoy, eso ya era suficiente.