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Summary

En un mundo donde las emociones a menudo parecen un laberinto intrincado, Bailin es una joven que se ha resguardado tras un cofre emocional impenetrable. Su vida transcurre marcada por una profunda reticencia a abrirse a los demás, atrapada en un ciclo de soledad y desconfianza. En contraste, Ling es un torbellino de alegría y locura, cuya brillante apariencia oculta las cicatrices de una traición que le ha dejado la ansiedad y dudas acerca de sí misma.

Genre
Lgbtq
Author
kislak22
Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Jóvenes Adultos

El mercado de la señora Fa despedía un olor a humedad y col en descomposición. Las viejas cajas de madera, desgastadas y sucias, estaban amontonadas en las esquinas como vestigios de algo que jamás fue fresco. Bailin, con su máscara oscura y el suéter desgastado, picaba zanahorias con una exactitud que solo la práctica puede perfeccionar. Cada corte del cuchillo resonaba como un pulso sordo en la mañana sombría.

“A veces, cuando el borde del cuchillo desliza sobre la superficie de la mesa, pienso que es mi propia piel la que se quiebra. No percibo nada. Solo hay un hueco. La muerte me acecha como una sombra tenaz, y la angustia es una criatura hambrienta que me desgarra por dentro. ¿Cuánto más puedo simular que esto tiene lógica?

Si cada una de mis ideas se convirtiera en lo real, este planeta ardería junto a mi sufrimiento. Actuaria con la crueldad e indiferencia hacia aquellos que me traicionaron, ya sea por ambición o mero aburrimiento. La última vez que intenté ser plena, anhelé la extinción de toda la humanidad en este mundo deteriorado.

Me siento agotada. Agotada del amargo sabor de la ansiedad, de la sensación metálica que deja la sangre cuando muere alguien.

¿Por qué la muerte me acompaña constantemente? ¿Por qué nunca tengo buena fortuna? Tal vez no merezco gratitud, ni siquiera un poco de compasión.

¿Cuánto tiempo más podré seguir de pie? ¿Tendré la oportunidad de verlos nuevamente en mis visiones? ¿Seré capaz, algún día, de recuperarme? O quizá mi destino es solo arrastrarme entre las cenizas de lo que una vez fui.”

Volvemos de sus reflexiones, y Bailin, luciendo su mascarilla oscura, un suéter desgastado del mercado y unos jeans amplios, se asemejaba a una sombra entre los estantes. Esta figura enigmática, casi inalcanzable, llamó la atención de una joven que se acercó con timidez. De repente, una voz suave la sacó de su ensueño.

-Perdona, ¿tendrás esta marca de ramen. . .? -consultó Ling, sin darse cuenta de que Bailin no había prestado atención al nombre del producto.

Al elevar la mirada, Bailin sintió que su corazón latía con fuerza, queriéndose liberar de su pecho. Ling poseía una dulzura en sus pupilas, un ligero rubor que la hacía parecer aún más frágil y auténtica. A pesar de su timidez, había en ella una naturalidad que contrastaba con la carga pesada que Bailin llevaba consigo.

Por un momento, la tristeza y la carga de sus pensamientos comenzaron a desvanecerse, como si el calor de un verano tímido estuviera fundiendo el hielo que la rodeaba.

Bailin reflexionó:

“¿Qué hace una chica tan hermosa y delicada en un mercado cualquiera? Y, sin embargo, aquí está, iluminando este lugar sombrío con su mera presencia. ”

Ling, cada vez más inquieta por la falta de comunicación, sintió que el silencio de Bailin se convertía en un obstáculo inquebrantable. En un momento, se preguntó si la joven la estaba desoyendo o, aún peor, si la despreciaba de alguna manera. Sin embargo, la mascarilla negra que cubría su rostro le impedía interpretar lo que sentía.

Sin saber qué más intentar, Ling tomó su teléfono y buscó la imagen precisa del ramen que deseaba. Con una mezcla de nervios e insistencia, se la mostró a Bailin.

-Mira, esta es la marca que quiero. ¿La tienes? -preguntó, aguardando una respuesta.

Bailin parpadeó, regresando al presente y, sin vacilar, contestó con voz suave y firme:

-Sí, por supuesto. Está en el pasillo cuatro, donde está toda la comida empaquetada, es decir, el ramen -dijo, con una sonrisa apenas visible que Ling no logró notar.

- ¿Te gustaría que te acompañe a buscarlo? -sugirió Bailin, con un tono neutro, casi automático.

Ling se encontraba desorientada, sin saber en absoluto su ubicación ni cómo había llegado a ese lugar. Sin embargo, no tenía intención de revelarlo a Bailin, ni a nadie más.“Demonios, no tengo ni la más mínima idea de dónde se ubica el pasillo cuatro. Lo más sensato será aceptar su ayuda antes de hacer el ridículo.”

-No, iré sola, gracias -respondió, apretando el teléfono contra su pecho.

“¡NOOOOOOO! ¿Por qué hiciste algo así, Ling? Bueno qué más da, ¿Eres totalmente consciente de que no es relevante? no necesitas a esta chica que claramente trabaja aquí y sabe dónde está todo. . . es obvio. Sin embargo, aun así, ¿por qué rechazaste su ayuda?”

Bailin se encogió de hombros y regresó a sus ocupaciones, mientras pensaba:“Vaya chica obstinada. . . espero que lo encuentre. Esta semana olvidé ordenar las cajas de la señora Fa.”

Ling experimentaba una sensación extraña en su pecho, una confusión de nervios y atracción que no lograba comprender del todo. En el momento que encontró los ojos de Bailin, percibía en ellos una frialdad profunda, como un invierno atrapado en una esfera de cristal, helado y distante, pero al mismo tiempo frágil y reprimido. Era una belleza enigmática que la cautivaba inevitablemente, aunque no entendía el porqué.

Ling sentía que esa chica representaba un misterio. ¿Realmente le agradaba o simplemente la estaba evaluando? Despreciaba la forma en que Bailin la observaba: fría y decidida, como si la acorralara sin pronunciar una sola palabra. Sin embargo, curiosamente, esa misma mirada le resultaba atrayente.

¿Qué demonios? -se recriminó a sí misma-. Solo yo me meto en situaciones extrañas buscando algo para comer. Jamás le volveré a pedir consejo a Geert. Concéntrate, Ling.

El mercado, que era pequeño y sencillo, se convertía en un laberinto interminable cuando Bailin descuidaba su orden. Las cajas amontonadas de manera desorganizada y los productos caídos al suelo generaban pasillos que se multiplicaban en la mente de Ling, llevándola a perderse repetidamente.

Quizás debería haber aceptado su ayuda. . . -reflexionó, sintiendo una mezcla de duda y orgullo.

Mientras tanto, en la caja, la señora Fa observaba todo lo que ocurría a través de las cámaras de seguridad, con una sonrisa juguetona y cálida. Su risa suave llenaba ese pequeño y acogedor espacio.

-Bailin, ven aquí un momento, quiero enseñarte algo -llamó de forma juguetona. -Mira a la pobre chica, ¿qué le has dicho? Parece estar en el hipódromo nacional, ¡jaja! ¿Le hiciste algún comentario, o simplemente la dejaste perderse? Porque, querida, parece que el mercado se ha convertido en el circuito de carreras y apuestas. -Aumento la risa de la señora Fa.

Bailin sonrió por primera vez detrás de su mascarilla negra, sintiendo cómo una cálida alegría la tocaba en el pecho.

“Debiste aceptar mi ayuda.”pensó, divertida.

Despidiéndose con un gesto de la señora Fa, regresó al pasillo, donde halló a Ling examinando un paquete de carne seca, murmurando para sí misma:

-Si compro esto, tal vez no parezca tan estúpida.

El mercado continuaba siendo un laberinto, pero entre cajas y dudas, comenzaba a surgir un pequeño espacio de luz, donde la incertidumbre y la esperanza podían coexistir.

-Te debiste haber acercado a mí, parece que compites con Mercurio en quién da más vueltas alrededor del sol -comentó Bailin, acercándose con ese tono sarcástico que siempre la hacía parecer algo juguetona.

Ling, sorprendida, dio un golpe, que Bailin logró esquivar. Entrecerró los ojos debido a la amplia sonrisa que la situación le provocó.

Cubriendo su boca, Ling se disculpaba. - ¡Lo siento! Cuando me asustan tiendo a... -pero al darse cuenta de que era Bailin, la miró disgustada, cruzándose de brazos con fastidio.

Bailin, aunque tenía su rostro cubierto por una mascarilla negra, se sentía sonrojada y sonreía por dentro.“Parece un gatito asustado, adorable”, pensó.

-Para nada -respondió Ling, confusa, pero con decisión-. Creo que ya encontré exactamente lo que necesitaba -señaló con orgullo su paquete de carne seca.

Bailin levantó las cejas en un gesto de desafío y soltó una risa sofocada. Ling se sonrojó, desvió la mirada y comenzó a caminar lentamente hacia la caja, pagando por un producto que en realidad no deseaba.

¿Qué le sucede a esa imbécil?-se recriminaba Ling en su mente-.Me miraba como si fuera una idiota, que lo soy, porque realmente no quería esto, pero no me rendiré ante su mirada penetrante, su altura y esa fragancia. . . ¡Ling, concéntrate!

- ¿Estás segura de que quieres llevar eso? -interrogó la señora Fa, con una sonrisa, mientras recordaba la vuelta al sol que dio Ling en su mercado.

Ling asintió con firmeza y realizó el pago. Bailin movió la cabeza negando mientras se dirigía al pasillo cuatro para buscar el ramen.“Es increíblemente testaruda”,pensó Bailin, sin evitar sonreír.

Al salir del mercado, Ling se daba suaves golpes en la cabeza y murmuraba sobre lo torpe que había sido. Bailin, al tomar el ramen, reflexionaba:Espero que la encuentre, de lo contrario habrá sido una pérdida de tiempo y dinero.

Ling estaba sentada en el borde del estacionamiento, con la carne seca en las manos, sumida en sus pensamientos. La cálida brisa veraniega jugaba con su cabello, despeinándolo dulcemente, como si intentara llevarse consigo todas las incertidumbres que Ling acumulaba.

Bailin se acercó a su lado, aun recuperando el aliento tras la rápida caminata. El calor y la prisa la habían dejado casi sin aire, pero al ver a Ling vulnerable, le brindó una extraña tranquilidad, una sensación de protección que no anticipaba sentir.

Con un tono burlón y suave, Bailin preguntó: - ¿No temes que un coche no te vea y te atropelle?

Ling levantó la mirada, sorprendida de que Bailin la hubiera seguido. Por un momento, el mundo pareció parar. El ruido del tráfico a lo lejos, el murmullo de la ciudad, todo se desvaneció. Las gotas de sudor en sus frentes dejaron de ser recordatorios molestos del esfuerzo; se convirtieron en el aliento compartido entre ellas, un suspiro silencioso que las unía.

En ese momento, algo se transformó en el ambiente entre ellas, una sensación callada que no requería palabras ni compromisos. La brisa, suave y constante, parecía despejar todo el peso acumulado, dejando un lugar vacío y lleno de expectativa, como si el tiempo mismo estuviera conteniendo la respiración, permitiendo que algo nuevo, indefinido y delicado, comenzara a emerger.

- ¿Y no te preocupa que te vean como la delincuente más buscada con esa máscara? -replicó, con sarcasmo. - ¿Por qué la usas? ¿Sera tu arma secreta para intimidar a la gente?

Bailin se apoyó en el poste al lado de Ling, dejando que la brisa acariciara los mechones sueltos de su cabello. -Dos cosas -comentó, levantando un dedo de manera solemne-: primero, si fuese el criminal más buscado, créeme, no usaría mascarilla. Mis ojos todavía están ahí, ¿sabes? Segundo, la llevo puesta para que los clientes no me interpreten. Los rostros son traicioneros, y no quiero confundir a nadie con mi maravillosa sonrisa. -Le guiñó un ojo, exagerando el gesto.

Ling no pudo evitar sonreír. - ¿Y qué haces con esa carne seca? Pensé que buscabas esto. -Bailin le mostró el paquete de ramen.

Ling, sorprendida, se levantó de golpe, casi tirando la carne seca al suelo. -M-muchas gracias, perdón. No pensé que no lo lograría, porque... -Las palabras salían atropelladas, la cabeza bajaba y subía como si fuera un teléfono de tapa nervioso.

Bailin soltó una risa suave, sin poder ocultar lo simpática que le resultaba su torpeza. - ¿Cuánto te debo? Seguro gastaste algo en eso, y no puedo permitir que pierdas dinero por alguien que ni conoces -dijo Ling, ya más tranquila, aunque sus mejillas seguían sonrojadas.

-No te preocupes, el ramen corre por cuenta de la casa. -Bailin le extendió el paquete, sonriendo detrás de la mascarilla-. Aunque me encantaría saber el nombre de la clienta más orgullosa del país.

Ling aceptó el ramen, sintiéndose un poco más relajada. -Es lo menos que puedo hacer. Soy Ling. -Bailin asintió, pensando que era un nombre hermoso. - ¿Puedo saber el tuyo, mercader enigmática?

Bailin arqueó una ceja, divertida. - ¿Mercader? ¿Esto es una simulación mesopotámica? -Ambas rieron-. Me llamo Bailin, pero para ti, la chica mercader.

Hubo una pausa breve, cargada de una paz inesperada y una ansiedad dulce. Bailin, de pronto, se atrevió a quitarse la mascarilla.

-No tienes por qué temerme, no soy una asesina en serie. . . puedo demostrarlo.

Ling la miró, sorprendida por un instante. -Vaya, con esa apariencia deberías estar en miss universo, no aquí pelando vegetales. -Lo pensó, pero solo murmuró: - No te tengo miedo, entonces.

Bailin se ruborizó, y por primera vez se sintió expuesta, pero también ligera. -Creo que debo volver a trabajar, o mi jefa me va a regañar... -dijo, aunque sabía que era solo una excusa para huir del vértigo de ese momento.

Ling miró hacia abajo, decepcionada. -Oh. . . -dijo, pero antes de que Bailin pudiera irse, dio un paso hacia adelante-. Quiero volver a verte, mercader.

Bailin se detuvo, sorprendida, y la miró de reojo, con una sonrisa torcida. - ¿Cuándo?

-Mañana -respondió Ling, apretando el ramen como si fuera un trofeo. -De acuerdo. Espérame aquí a mediodía y seré toda tuya -dijo Bailin, sonrojándose hasta las orejas. -. Hasta mañana, chica del ramen.

-Hasta mañana, mercader -respondió Ling, agitando el ramen en el aire, mordiendo su labio para no sonreír demasiado.

El sol en su punto más alto brillaba con fuerza sobre ellas. Bailin, ya acostumbrada a las altas temperaturas, notó que la brisa tenía una cualidad diferente, un frescor que no esperaba. Por otro lado, Ling estaba sintiendo por primera vez el calor en su piel y el sabor agridulce de una despedida que no deseaba que concluyera.

Bailin se retiró, sonriendo al recordar la vitalidad de Ling. Las dos regresaron a sus vidas cotidianas, mundos que hasta ese momento no se cruzaban. Sin embargo, ambas eran conscientes, aunque no lo expresaran, de que algo había comenzado a transformarse. Y que, tarde o temprano, volverían a chocar, aunque solo fuera para ver quién se ruborizaba primero.