Oneshot
—¡Yoonnie, estoy en casa!
Lo sabe; es imposible no notarlo. Cada vez que él aparece, llena su mundo de una calidez inmensa; le recuerda a un precioso atardecer o al aroma de una taza de café recién hecho al despertar. O simplemente a él, a Taehyung. Su sola existencia marca la diferencia sin importar el lugar; él es así: brillante e inevitable.
Pero Min Yoongi no aprende; nunca lo hace.
Aunque no es tan idiota como aparenta, su trato con el mundo suele sugerir lo contrario. Sin embargo, con Taehyung —su Tae—, todo es distinto. No puede comportarse de la misma forma hostil si lo mira así, como en ese instante, aunque el sentimiento le dure apenas unos segundos.
—Hola, Tae.
—Vaya, pero qué alegres estamos hoy —se ríe Taehyung, mientras deja las bolsas sobre la pequeña barra de la cocina para acercarse a él—. ¿Qué tal un «te extrañé mucho, bebé»? ¿Un besito, tal vez?
Como ya es costumbre, la actitud de Yoongi cambia drásticamente: aprieta la mandíbula, tensa el cuerpo y desvía la mirada. Retrocede un par de pasos, evitando que las manos de Taehyung alcancen sus mejillas.
Esto está cada vez peor.
🎶 Debes creer que soy estúpido. Debes creer que soy tonto. 🎶
—Yoonnie… —suspira, luchando para que su voz salga entera—. ¿Qué pasa? ¿Qué nos pasa? Habla conmigo, Hyung, por favor.
Y se quiebra. Deja que sus ojos se empañen tras una fina película de agua, que sus labios formen un pequeño puchero y que sus propios brazos rodeen su torso a modo de autoprotección.
Necesita entender qué mierda ha sucedido para que todo llegue a este punto: a un Yoongi distante, frío, exasperado e irritable.
El aire en la cocina se siente pesado, saturado por el aroma de las compras olvidadas y el eco de una risa que se extingue demasiado rápido. Yoongi mantiene la mirada fija en un punto indefinido sobre el hombro de Taehyung, porque mirar esos ojos empañados es admitir que lo está rompiendo en pedazos. Taehyung no es tonto, y eso es precisamente lo que más le aterra: que su novio finalmente vea a través de la fachada y descubra el vacío que intenta llenar con su luz.
Sabe que es egoísta y que retenerlo en este limbo de frialdad es una forma de crueldad, pero el miedo a la soledad absoluta es un depredador mucho más feroz que su conciencia.
Taehyung espera. Sus manos, que antes buscaban afecto, ahora solo intentan sostener su propio peso. La pregunta «¿Qué nos pasa?» flota en el espacio, sin respuesta, porque la verdad es demasiado filosa para decirla en voz alta. Yoongi finalmente exhala un sonido áspero. Su mandíbula se relaja apenas un milímetro, pero sus ojos siguen siendo dos pozos oscuros e impenetrables.
—No es nada, Tae. Solo estoy cansado —miente.
Sabe que Taehyung ha visto este guión antes; que las señales de alejamiento son el prólogo de un final que se niega a escribir. Pero mientras Taehyung se quede, mientras siga intentando encender la luz en esa habitación helada, Yoongi se permitirá el pecado de no dejarlo ir.
Solo un poco más. Un poquito más.
🎶 Debes creer que soy nuevo en esto, pero ya he visto todo esto antes. 🎶
—Yoongi, no hagas esto. No nos hagas esto. Por favor… —suplica, porque quedarse callado durante meses no ha mejorado la situación.
Alguien tiene que empezar a poner las cosas en su lugar, hablar sobre el elefante en la habitación. Gritar si es necesario, pero decirlo, expresarlo, soltarlo y todos los verbos similares que sean necesarios para solucionar esto. Las cosas no pueden terminar así. No deben terminar.
—¿Qué es? Si me lo dices, podemos solucionarlo, solo habla.
Yoongi alza la comisura del labio. Le gustaría tener el valor suficiente para desahogarse. Pero liberar el fantasma que atormenta su mente significa dejar atrapado a Taehyung en su lugar. Y aún cuando este siendo un maldito egoísta, no pretende serlo de por vida.
El silencio que sigue a la súplica de Taehyung es tan denso que casi se puede tocar. Yoongi siente el peso de esas lágrimas no derramadas como si fueran plomo sobre su propio pecho, pero en lugar de ceder, se envuelve más fuerte en su armadura de indiferencia.
—No hay nada que solucionar, Tae —suelta Yoongi, su voz es un hilo monótono que contrasta con el caos emocional del otro—. Deja de buscarle una explicación profunda a todo. A veces, la gente simplemente se cansa. De la rutina, de los besos, de... de todo.
Taehyung retrocede, como si las palabras fueran golpes físicos. Sus manos, que aún rodeaban su propio torso, caen inertes a los costados.
—¿Te cansaste de mí? —la pregunta sale en un susurro roto, tan pequeña que parece que el aire se la va a tragar—. ¿Es eso? ¿Soy una carga, Yoongi? Porque si me lo dices, si me miras a los ojos y me dices que ya no me amas, juro que me mudo esta misma noche. Pero no me dejes aquí, muriendo de frío a tu lado.
🎶 Nunca dejaré que te acerques a mí, aunque signifiques todo para mí🎶
Yoongi finalmente lo mira. Es una mirada fugaz, una grieta en la verdad. Ve el labio de Taehyung temblar y la determinación en su postura a pesar del dolor. Por un segundo, el impulso de cruzar la distancia y besarlo hasta que el mundo desaparezca casi le gana la batalla. Pero el miedo es un ancla pesada; el miedo a no ser suficiente, a que su propia oscuridad termine por apagar el brillo de Taehyung para siempre, lo mantiene anclado al suelo de la cocina.
—No he dicho eso —responde Yoongi, desviando la vista hacia las bolsas de la compra que empiezan a humedecerse por el frío de los productos—. Solo... necesito espacio. No me presiones.
—¿Más espacio? —Taehyung suelta una risa amarga, una que no llega a sus ojos—. Ya hay un abismo entre nosotros dos, y estamos en la misma habitación.
Taehyung camina hacia la barra de la cocina, pero no para desempacar. Toma sus llaves con dedos temblorosos. La calidez que trajo consigo al entrar se ha evaporado por completo, dejando solo el aroma a café frío y promesas rotas.
—Voy a salir a caminar —anuncia Taehyung, su voz ahora extrañamente plana—. Cuando vuelva, espero que ese "cansancio" se te haya pasado lo suficiente como para recordarme quiénes somos. O quiénes se supone que éramos.
La puerta principal se cierra con un chasquido suave, pero para Yoongi suena como una explosión. Se queda solo en la cocina, rodeado de la luz amarillenta que Taehyung siempre amó, sintiéndose como el villano de una historia que nunca quiso escribir.
🎶Porque cada vez que me enamoro, duele.🎶
Sabe que Taehyung se marcha para no lastimarlo con la frustración y el enojo que sus propias palabras causaron. Probablemente el aire fresco y frío de esa noche lo consuele lo suficiente hasta su regreso; porque el frío posee una pureza que el calor no conoce; no exige nada, solo te obliga a sentir que sigues aquí.
Es tan distinto al que siente con Yoongi. Porque este, al menos, no duele de la misma forma.
Taehyung necesita ese aislamiento para volver a él; Yoongi lo sabe y le destruye comprender que ha permitido que sus demonios eclipsen esa luz. Aquellos demonios que intentó mantener ocultos y bajo llave desde el día en que se conocieron.
Enamorarse de él nunca fue el objetivo. Empezó como un escape, un descanso de su miseria interna. Taehyung tiene esa habilidad natural para transformar los momentos tristes en recuerdos nítidos de alegría y confort. Fue muy fácil caer; ni siquiera se dio cuenta cuándo empezó a ser dependiente de su presencia.
Simplemente sucedió, y no pudo —o no quiso—, detenerlo.
Su risa se convirtió en la melodía de sus creaciones; su ojos, en su debilidad más grande, dónde el “no”, ni siquiera era una opción. Sus manos, en el sostén perfecto para protegerlo del mundo. Le entrego el corazón con calma y cuidado. Sin oposiciones, sin reglas, sin condiciones. Era como caminar con una venda en los ojos, siendo un fiel creyente de cualquier palabra que Taehyung pronunciara.
Se recordó sobre su cuerpo, adorando cómo sus facciones se transformaban por el placer. Disfrutando de sus dulces gemidos en ese barítono tan característico.
Se enamoró. Y eso lo condena; a él y a Taehyung.
Cuando lo descubrió, empezó a ser su propio antagonista.
🎶Así que nunca me acercaré demasiado a ti, aunque lo signifique todo para ti.🎶
Comenzó a cuestionar cada segundo de su día a día con Taehyung, a sobre analizar cada acción, cada gesto, cada palabra, cada momento. Tratando de convencerse a sí mismo de que Taehyung no estaba enamorado de él, sino de una versión idealizada que Yoongi proyectaba. O peor aún: que Taehyung tenía un complejo de salvador y que él, Yoongi, era simplemente su proyecto más ambicioso.
Se equivocó. Taehyung —su Tae—, no era esa clase de persona, genuinamente se convirtió en todo lo que necesitaba sin tener que pedirlo.
Yoongi recordaba sus crisis creativas, rodeado de partituras arrugadas y el eco de una melodía que no lograba resolver. Sintiéndose pequeño, insuficiente, como una nota discordante en un mundo que exigía perfección. Entonces llegaba Taehyung con una manta y dos tazas; una de café y otra de chocolate caliente, recargaba la cabeza en su rodilla y tarareaba melodías infantiles, desentonando a propósito solo para sacarle una sonrisa.
Nunca le decía «Todo va a estar bien» —es demasiado inteligente para frases—, se lo demostraba con acciones y pequeños gestos, ofreciéndose como el sostén donde Yoongi podía dejarse caer.
Pero el miedo lo corrompió todo. Las mariposas en el estómago se convirtieron en pequeñas puñaladas en el corazón; los besos se volvieron asfixiantes y las caricias, en un calor abrasador que en lugar de darle calidez, le quemaba la piel. El pánico lo consumió, obligándolo a deshacerse de todos aquellos preciosos sentimientos que construyó a su lado para sustituirlos por vacíos imposibles de llenar y muros impenetrables.
Su monólogo interno se redujo a una pregunta punzante: «¿Cómo puede alguien tan lleno de vida querer quedarse en este cementerio de emociones?».
No podía concebir la idea de Taehyung amándolo por ser él, por ser Yoongi. No veía nada digno de amor cuando el espejo solo le devuelve la visión de un cuerpo lleno de errores y fracasos. Esa es la raíz de su crueldad. No es falta de amor, es exceso de pánico. Desde entonces, Yoongi está convencido de que tarde o temprano, Taehyung se dará cuenta de que ha estado desperdiciando su brillo en un pozo sin fondo. Por eso empuja. Por eso tensa la mandíbula y rechaza los besos.
Prefiere ser él quien dicte el ritmo del abandono a ser la víctima pasiva de un "ya no puedo más" por parte de Taehyung. Porque Yoongi no le pedirá que se vaya; lo orillará a hacerlo.
Desde entonces, Yoongi empezó a instalar “obstáculos" en su relación, como pequeñas pruebas de resistencia: un comentario mordaz ante un gesto cariñoso, un silencio prolongado cuando Taehyung buscaba validación; y la más importante: la retirada física justo cuando la intimidad se volvía demasiado real.
Cada vez que Taehyung sobrevivía a uno de estos desplantes con una sonrisa triste y un «está bien, Hyung, te entiendo», Yoongi se sentía más culpable y, por ende, más hostil. Transformó su amor en una cuenta regresiva. En su mente, cada desplante es un ladrillo más en el muro que, según él, protegerá a Taehyung del impacto final.
No entiende que el muro ya le está cayendo encima a la persona que más ama.
🎶Por si te vas y me dejas en el lodo.🎶
El ruido de la puerta al abrirse detiene abruptamente su espiral de autosabotaje y flagelación.
Taehyung regresa y encuentra todo tal como lo dejó una hora atrás. Excepto a Yoongi, que está sentado en un taburete frente a la barra de la cocina observando el helado que seguramente está derretido. Está encorvado, con los ojos fijos en sus manos pálidas, perdido en sus pensamientos, como siempre.
Entra despacio. La calidez con la que llegó se ha evaporado, es sustituida por el frío de la calle pegado a su abrigo y en las mejillas encendidas por el viento nocturno. Sus ojos ya no están empañados; ahora portan una mirada endurecida y firme, una que Yoongi teme descifrar.
—Estás aquí —su voz ya no es una súplica, es firme y carente de cualquier emoción.
Yoongi traga saliva, sintiendo el nudo en su garganta como un trozo de vidrio.
—Sí. Después de todo, también es mi casa.
Taehyung se acerca a la barra, pero no la rodea para buscar afecto. Se queda del otro lado, respetando el abismo que Yoongi trazó desde el inicio. Empieza a sacar las cosas de las bolsas, simplemente para ocupar el silencio con el sonido del plástico crujiendo.
—He pensado mucho mientras caminaba —dice Taehyung, sin detener su tarea—. Pensé en lo que dijiste. Que la gente se cansa, de la rutina, de los besos… de todo.
Yoongi cierra los ojos con fuerza. Escuchar sus propias mentiras en la voz de la persona que ama, es una nueva clase de tortura.
—Tae, yo…
—No, Hyung, ahora me toca a mi —lo interrumpe con una calma gélida—. Tienes razón, Yoongi. La gente se cansa. Pero no se cansa de amar. Se cansa de ser la única que sostiene la cuerda. Se cansa de pedir perdón por entrar en una habitación que se supone que es su hogar.
Taehyung exhala un suspiro pesado, deja las compras de lado y se sostiene en ese aliento para enfrentarse a la mirada de Yoongi.
—Pero no puedo adivinar qué es lo que sientes, si no hablas. He sido muy paciente porque se trata de ti y…
—¿Debería agradecerlo? —suelta Yoongi sin pensarlo. Su mecanismo de defensa actúa mucho antes de que su consciencia pueda procesarlo.
Taehyung esboza una sonrisa triste. Comprende que las palabras ya no reparan nada, que el tiempo no ha sido un aliado y que la distancia solo ha servido para ensanchar la grieta. No se siente preparado para aceptar lo que sucede, pero la realidad impone.
—No sé qué más quieres de mí, Hyung. He respetado todo lo que has pedido silenciosamente. Pero te extraño, extraño tocarte y- y… —Taehyung hace una pausa para reorganizar el caos en su mente. Hay tanto que decir ahora que Yoongi parece, al menos, estar presente físicamente.
—Convivimos la mayor parte del tiempo, Tae. No sé cómo puedes extrañarme —replica Yoongi con una frialdad ensayada.
—Hace meses no tenemos sexo.
—¿Es eso? ¿El sexo? —Yoongie suelta una risa sarcástica, disfrazando la angustia en su pecho con una capa de ironía hiriente—. Vamos, Tae, eres un adulto. Puedes arreglártelas solo.
El silencio que sigue a esa frase es distinto a los anteriores; es el silencio de algo que acaba de romperse de forma irreversible. Taehyung lo mira fijamente y, finalmente, todas las piezas encajan. Entiende que Yoongi no está siendo cruel por accidente, sino por diseño.
—Si este es tu plan para que me vaya, está funcionando —continúa Taehyung. Su labio tiembla apenas un milímetro antes de recuperar el control—. Pero no me voy a ir porque no te ame. Me voy a ir porque tú te odias tanto que ya no queda espacio en esta casa para que yo te quiera.
🎶Y cada vez que me lastimas, menos lloro.🎶
El silencio que sigue a las palabras de Taehyung no es el de una tregua, sino el de una demolición.
Taehyung no espera una respuesta. No busca el contraataque de Yoongi ni se queda para ver si sus palabras han logrado perforar la armadura de su Hyung. Simplemente se da la vuelta. Pero no camina hacia la habitación para sacar la maleta, se dirige directamente a la puerta principal.
Yoongi no se mueve. No se levanta del taburete, ni siquiera extiende una mano. Se queda ahí, estático, con la mirada perdida en algún punto de la barra, permitiendo que el espacio entre ellos se vuelva infinito. Su silencio es un muro que Taehyung ya no tiene fuerzas para escalar.
Taehyung se detiene con la mano en el pomo. Espera. Solo un segundo, un parpadeo, una señal de que Yoongi va a decir su nombre, de que va a gritarle que se quede, que va a insultarlo... lo que sea, menos este vacío. Pero no llega nada.
Esa indiferencia es el golpe final.
Taehyung suelta un sollozo roto que se le escapa entre los labios, un sonido pequeño y húmedo que desgarra la quietud de la cocina. Las lágrimas, que había intentado contener con dignidad, fluyen finalmente sin control, calientes y amargas contra el frío que emana de Yoongi. Llora porque entiende que ya no queda nada por lo que pelear; llora porque la persona que ama lo está dejando ir como si fuera un extraño que se equivoca de puerta.
—Ni siquiera vas a decir nada —logra articular Taehyung entre hipos, con la voz ahogada por el llanto—. Ni siquiera vas a intentar detenerme.
Yoongi parpadea, pero no lo mira. Sus dedos se aprietan apenas un milímetro sobre el borde de la madera, pero su rostro permanece como una máscara de piedra. En su interior, el pánico es un incendio, pero por fuera, solo ofrece cenizas.
—No —responde Yoongi, con una voz tan plana que parece inhumana—. Tú lo dijiste: estás cansado. Vete si es lo que necesitas
Taehyung suelta una risa ahogada, distorsionada por el llanto. Es una risa de pura desesperación.
—No, Min Yoongi, no me voy por estar “cansado”. Me voy porque si me quedo un segundo más en esta habitación, voy a empezar a creer que tienes razón —dice Taehyung, con una claridad que corta como el aire de la calle—. Voy a empezar a creer que soy una carga, que no soy suficiente, que el sexo es lo único que nos unía. Y no voy a dejar que me hagas eso.
Abre la puerta. El aire del pasillo se siente más limpio que el de su propia casa. Taehyung sale sin mirar atrás, con los hombros sacudidos por los sollozos que ya no intenta ocultar.
🎶Y cada vez que me dejas, más rápido se secan estás lágrimas.🎶
El sonido de la puerta al cerrarse es seco, definitivo.
Yoongi se queda solo. El aire, que antes sentía pesado y saturado, ahora se siente simplemente hueco. Ha logrado su objetivo. Ha permitido que Taehyung se vaya. Ha ganado la batalla, pero no hay satisfacción en la victoria. Sus inseguridades no se van con él, se quedan allí multiplicándose. Porque Taehyung jamás ha sido el causante de sus demonios; siempre han sido del propio Yoongi.
Pasan apenas unos segundos antes de que el silencio empiece a asfixiarlo. Observa a su alrededor y todo se vuelve insoportable. Cada rincón del departamento es un recordatorio latente. No está listo para el abandono real. En su mente, todavía cree que puede "arreglar" las cosas más tarde. Tiene que poder, aún tiene que asegurarse de algunos detalles y….
Un sonido sordo en las escaleras lo hacen reaccionar. El pánico rompe su máscara de piedra y corre hacia la puerta. Esto no es como lo ha planeado. Taehyung debe salir, sí, tiene que regresar mañana; no puede marcharse definitivamente.
«Todavía tiene cosas aquí», piensa con desesperación. «Tiene que volver por sus pertenencias».
Pero entonces lo golpea la realidad: él nunca ha dejado que Taehyung se mude por completo. Siempre lo ha mantenido a raya, con lo mínimo necesario.
Se da cuenta, ahora mismo, de que es un imbécil.
¿Cuántos golpes de realidad es capaz de soportar antes de caer en un abismo sin salida? No quiere conocer la respuesta. No todavía.
🎶Y cada vez que te alejas, menos te amo.🎶
Taehyung baja los escalones de dos en dos, no porque tenga prisa por llegar a algún lugar, sino porque necesita huir de la presión que lo ahoga y parece perseguirlo de ese departamento. Sus ojos están tan nublados por el llanto que los peldaños se vuelven una mancha gris y borrosa.
Apenas gira en el descanso del segundo piso, su cuerpo impacta de lleno contra algo sólido. El golpe es lo suficientemente fuerte como para hacerlo tambalear. La colisión provoca que la caja que el desconocido trae consigo se deslice de sus manos para poder sostenerlo a él del antebrazo.
—¡Lo siento! —exclama Taehyung automáticamente, con la voz rota y un sollozo que se le escapa justo antes de poder tragarlo.
—Ey, cuidado. ¿Estás bien? —La mano del extraño se siente firme; no es invasiva ni descuidada.
Taehyung levanta la vista, parpadeando para despejar las lágrimas. Frente a él hay un hombre que no reconoce, alguien que exhala un aura de calma que choca violentamente con su caos interno. El desconocido no lo suelta de inmediato; su mirada pasa del desconcierto a una preocupación genuina al notar el estado de Taehyung.
—Que lindo eres… ahm, perdón, no debí decir eso. ¿Estás bien, necesitas algo? —lo suelta con cuidado, tratando de recobrar las compostura tras quedar hipnotizado de esa belleza melancólica.
—Yo… sí, lo estoy, o eso intento. Lamento esto, pero tengo que irme. Necesito irme ya. Lo siento, en verdad.
Jungkook, no puede dejarlo ir así, en medio de lo que parece una crisis de ansiedad. Por ahora fue el tropiezo con él, pero al salir del edificio podría ser un auto que no alcance a ver por las lágrimas. Su buen corazón y su nobleza exigen ayudar a ese lindo chico.
—¿Tienes como irte? Puedo llevarte yo, aunque, pensándolo bien, no estás en condiciones de viajar en moto. ¿Tienes auto? Pero no puedes conducir con ese temblor y esas lagrimitas necias… y no deberías darle las llaves a un desconocido, aunque sea atractivo.
Jungkook se golpea mentalmente; no puede intentar “coquetear” con alguien que claramente está sufriendo. Ni siquiera es un coqueteo planeado; simplemente está demasiado nervioso ante la presencia del chico. Es demasiado guapo.
—Lo siento, estoy nervioso. Tú me pones nervioso y suelo decir muchas tonterías cuando me siento así. Llamaré un taxi, ¿sí? Esperaré contigo.
Taehyung esboza una pequeña sonrisa después de tanto dolor. El chico, que parece ser un par de años menor que él, es demasiado tierno para la apariencia tan ruda que proyecta. Acepta la ayuda; sabe que la necesita y no quiere más tragedias en su vida por esta noche.
Mientras tanto, un piso más arriba, la puerta del departamento se abre apenas unos centímetros.
Yoongi observa desde la rendija, oculto en las sombras. Sus dedos aprietan el pomo con una fuerza que le blanquea los nudillos. Desde su ángulo, solo ve la espalda de Taehyung y la mano de ese extraño sosteniéndolo. El pánico, que antes era una llama sorda, se convierte en un pinchazo de posesividad y culpa. Se supone que él debería ser quien lo sostenga, pero se ha inhabilitado a sí mismo para esa tarea.
Ver a Taehyung siendo auxiliado por alguien más es el primer golpe de realidad de una vida sin él.
Y Taehyung solo siente el peso de la mirada de Yoongi desde arriba, aunque no pueda verlo. Siente ese hilo invisible que todavía lo une a la puerta entreabierta, pero por primera vez, no tiene ganas de tirar de él para regresar.
🎶Cariño, no tenemos otra oportunidad. Es triste, pero es verdad🎶
El taxi arranca, rompiendo el hilo invisible que unía a Taehyung con el edificio.
Desde el asiento trasero, Taehyung apoya la frente contra el cristal frío. El movimiento de la ciudad, con sus luces de neón difuminadas por la lluvia reciente, empieza a arrullar su dolor. A su lado, no hay nadie y no le asusta.
Jungkook lo despide con un pequeño saludo de mano que Taehyung observa a través del cristal, difuminandose en la distancia. Posa su mirada en sus propias manos y se da cuenta de que el temblor está cesando. Por primera vez en meses, el aire que entra en sus pulmones no se siente como veneno; está solo, está roto, pero está fuera de la zona de guerra; ya no hay otra oportunidad porque ya no queda nada que salvar.
Mientras tanto, un piso arriba, el sonido del motor
alejándose llega a los oídos de Yoongi como una sentencia de muerte. Y solo lo acepta. Ese es el inicio del final, lo que faltaba para sellar lo único que queda pendiente y poder marcharse con la poca tranquilidad que ese encuentro le otorga.
Cierra la puerta por completo y apoya la espalda contra la madera, deslizándose hasta quedar sentado en el suelo del recibidor. La oscuridad del departamento lo devora. Ya no tiene que fingir ser fuerte, ni frío, ni indiferente. El silencio que tanto buscó para "protegerse" ahora es una bestia que le grita su propia estupidez. Se abraza las rodillas, enterrando el rostro en ellas, y por fin, el pánico se transforma en un llanto silencioso y seco que le sacude los hombros.
Ha ganado. Se ha quedado solo. Y la verdad es que nunca se había sentido tan derrotado.
🎶Soy muy bueno para las despedidas.🎶
Observa sus propias manos, las mismas que tantas veces empujaron a Taehyung por miedo a ser descubierto, por miedo a no ser suficiente. Ahora, al ver cómo ese chico de la caja lo sostuvo sin dudar, comprende la diferencia: ese desconocido no tiene sombras que ocultar. Posee una luz que encaja con la de Taehyung de una forma en la que él jamás podrá encajar.
Por primera vez en mucho tiempo, cree tener ante sus ojos una oportunidad; una que no duda en tomar con la única pizca de dignidad que le queda. Ha pasado toda su vida despidiéndose de cosas, de personas, de partes de sí mismo, para sobrevivir. Se ha vuelto un experto en el arte de soltar antes de que lo suelten a él. Pero esta vez, el orgullo de ser "bueno" en decir adiós se siente como una condena a muerte.
Y no le importa. No le importa clavarse una daga a si mismo si con eso logra salvar a Taehyung de si mismo.
🎶Soy muy bueno para las despedidas.🎶
Han pasado horas desde que Taehyung se marchó, el sol ya salido como cada día y él tiene que continuar. O, más bien, debe reunir el valor suficiente por sí Taehyung decide regresar por sus pocas pertenencia. Aunque le parezca estúpido, Yoongi mantiene la esperanza de verlo una vez más.
Se esmera en arreglar el departamento. Toma la bolsa de compras olvidada en la barra, que ahora es solo basura, y se dirige a la puerta. Sale y baja las escaleras con la mirada fija en suelo; todos sus movimientos son mecánicos. Al llegar al descanso del segundo piso, se detiene en seco.
Ahí está él.
El chico de la caja está inclinado, recogiendo algunos objetos que parecen haber quedado olvidados tras el choque de ayer. Jungkook levanta la vista y, al ver a Yoongi, le dedica una sonrisa pequeña, algo tímida pero cargada de esa amabilidad que a Yoongi le escuece en los ojos.
—Hola —dice Jungkook, enderezándose—. Tú, ¿vienes del piso de arriba? Creí que el chico de ayer vive ahí. Me gustaría saber cómo está; ayer se veía muy mal.
Yoongi aprieta la bolsa en su mano hasta que el plástico cruje. El pecho le arde, pero se obliga a mantener la máscara de indiferencia.
—Sí, yo vivo ahí. Él es un amigo, me ayudaba a empacar. Me iré en unas semanas.
Jungkook asiente. Le resulta curioso que, mientras él llega, ese chico se va.
—Oh, creí que seríamos vecinos. Y ni siquiera me he presentado; un gusto, soy Jungkook —le extiende la mano de manera cordial.
Yoongi fuerza a su cuerpo a responder. El chico no tiene la culpa de sus decisiones y sus miserias.
—Yoongi.
Jungkook aprieta su mano y la retira con suavidad, se despiden brevemente, mientras el menor ofrece su ayuda en caso de que su “amigo” continúe mal o si todavía quedan cajas por cargar.
—De hecho —interviene Yoongi, aprovechando el impulso—. Cómo viste ayer, a mí amigo no le van muy bien las despedidas y olvidó unas cosas. ¿Te importaría dárselas por mí cuando regrese?
—Claro —responde Jungkook. Ahora cree entender el motivo detrás del tormento que vio ayer en el rostro del desconocido.
—Bien. Más tarde te las llevaré.
Yoongi se marcha sin darle tiempo a replicar. Para Jungkook, su nuevo vecino es alguien extraño y distante; para Yoongi, acaba de entregarle el relevo de su propia tragedia.
Está borrando su propia historia de amor frente a un extraño para no contaminar el nuevo comienzo de Taehyung.
Apartir de ahora, es solo cosa del destino lo que suceda y espera con todo el corazón (o lo que le queda) que esto sea lo mejor para Taehyung.
🎶Se que piensas que soy insensible, sé que piensas que soy frío.🎶
Yoongi cierra la puerta y el peso de la realidad lo golpea como una marea física. Se arrodilla en el centro de la sala y abre una caja de cartón pequeña. Sus dedos, usualmente seguros y firmes, tiemblan ligeramente cuando empieza a recoger los fragmentos de la vida de Taehyung que quedaron atrapados en sus rincones.
Primero, encuentra un suéter de lana color crema, abandonado sobre el respaldo del sofá. Lo acerca a su rostro solo un segundo; todavía conserva ese aroma a vainilla y hogar que define a Taehyung. Es el olor de la calidez que él mismo se encargó de enfriar. Cierra los ojos y por un segundo puede ver a Taehyung envuelto en esa prenda, buscándolo para un abrazo que Yoongi siempre interrumpía antes de tiempo. Con un movimiento brusco, lo dobla y lo deposita en la caja, tratando de ignorar cómo ese simple acto le aprieta el pecho.
Después, recoge un par de libros de arte y una cámara de rollo que Taehyung olvidó en la estantería. Al moverla, encuentra una fotografía suelta que nunca llegaron a colgar. En ella, Taehyung sonríe hacia la cámara mientras Yoongi mira hacia otro lado, con el ceño fruncido, tratando de ocultar una sonrisa que ahora le parece un tesoro perdido.
Encuentra una pequeña nota adhesiva pegada bajo la mesa de centro: "No olvides comer hoy, te amo". La caligrafía de Taehyung es redondeada, llena de la luz que Yoongi intentó sofocar con su melancolía. Al tocar el papel, siente que se quema. Esa nota es de hace meses, un vestigio de cuando Taehyung todavía creía que podía salvar lo que tenían con pequeños detalles.
Yoongi arruga la nota en su puño, apretando tanto que los nudillos le blanquean. El dolor en su pecho ya no es un pinchazo; es arrancarlo sin anestesia. Se desgarra al comprender que su "protección" fue en realidad una tortura lenta.
Con manos temblorosas, termina de llenar la caja. Cada objeto que guarda es un pedazo de su propia piel que arranca para dejarlo ir. Sella la caja con la cinta; el sonido estridente del pegamento parece el grito que él no se atreve a dar.
Se queda sentado en el suelo, rodeado de la nada que él mismo construyó. Solo cuando el temblor de sus hombros cesa, se pone de pie. Su rostro vuelve a ser de piedra, pero sus ojos están rojos, marcados por la hoguera que acaba de encender con sus recuerdos.
Toma la caja. Es hora de entregársela al futuro.
🎶Solo estoy protegiendo mi inocencia, solo estoy protegiendo mi alma.🎶
Yoongi sale al pasillo cargando la caja. El peso es mínimo, pero siente que lleva el cadáver de sus últimos años sobre los brazos. Se detiene frente a la puerta de Jungkook y, antes de tocar, se toma un segundo para recomponerse. No puede permitir que el nuevo vecino vea las grietas; él debe permanecer impecable hasta el final.
Toca tres veces. La puerta se abre casi de inmediato y la calidez del departamento de Jungkook —lleno de cajas de mudanza, pero ya con un aire de vida nueva— lo golpea en el rostro.
—Aquí tienes —dice Yoongi, extendiendo la caja. Su voz es un muro de hielo, carente de cualquier matiz—. Dile que... dile que las olvidó y que yo ya no estaré aquí para guardarlas.
Jungkook toma la caja, sorprendido por la pesadez del silencio que emana de Yoongi. Nota el nombre de Taehyung escrito en la parte superior y luego mira a los ojos de su vecino. Ahora conoce el nombre del chico, y aún enmedio de toda la tristeza y caos que parece envolver a ambos, no puede evitar pensar que es un lindo nombre y que le encaja a la perfección.
—Se las daré —promete Jungkook en un susurro, sujetando la caja con un cuidado casi reverencial—. ¿Seguro que no quieres decirle nada más?
Yoongi retrocede un paso, poniendo distancia física y emocional.
—No hay nada más que decir. Las despedidas se me dan bien porque sé cuándo sobro.
Se da la vuelta sin esperar un "adiós", dejando a Jungkook un tanto confuso por esa última frase; un desliz de vulnerabilidad en alguien que pretendía ocultarlo todo. Regresa a su departamento vacío y cierra la puerta con llave, el sonido del cerrojo resuena como una sentencia. Se apoya contra la madera y cierra los ojos. Sabe que Taehyung lo odiará por esto, sabe que lo llamará cobarde, insensible y frío. Y lo acepta. Prefiere que Taehyung lo odie por ser un villano a que lo destruya por ser un hombre roto.
En la penumbra de su sala desierta, Yoongi exhala por fin. Se ha quedado sin nada, pero en su lógica retorcida, ha salvado lo único que importaba.
Ahora es turno del destino hacer que su último movimiento valga la pena.
🎶 Nunca dejaré que te acerques a mí, aunque signifiques todo para mí🎶
Taehyung camina por el pasillo del segundo piso con el corazón latiendo contra sus costillas. Ha vuelto porque el orgullo no es suficiente para llenar el vacío de las cosas que dejó atrás: su suéter favorito, su cámara, los libros que son su refugio. Se detiene frente a la puerta de Yoongi, pero no es capaz de tocar. El miedo a ser rechazado de nuevo, o peor, a ser recibido con esa indiferencia gélida, lo paraliza.
Justo cuando está por dar media vuelta y huir otra vez, la puerta de enfrente se abre.
—¡Oh! Eres tú —la voz es alegre, un contraste violento con el silencio sepulcral del pasillo.
Taehyung se sobresalta y limpia rápidamente un rastro de humedad en su mejilla. Jungkook está ahí, apoyado en el marco de su puerta, mirándolo con una mezcla de sorpresa y alivio.
—Hola... —balbucea Taehyung, confundido—. Yo... solo venía por unas cosas del departamento de al lado, pero creo que me equivoqué de momento.
Jungkook endereza la espalda y entra un segundo a su departamento, regresando de inmediato con una caja de cartón entre las manos.
—No tienes que llamar de nuevo a la puerta —dice Jungkook con suavidad, extendiendo la caja—. Tu amigo, Yoongi, me pidió que te entregara esto. Dijo que las habías olvidado.
Taehyung se queda estático. Al escuchar el nombre de Yoongi en labios de un extraño, siente un pinchazo de traición y alivio a partes iguales.
Toma la caja y, al ver su propio nombre escrito con esa caligrafía apresurada que tanto conoce, sus manos comienzan a temblar. El peso de la caja no es nada comparado con el significado de que Yoongi haya usado a un intermediario para deshacerse de él y que en menos de 24 horas haya dado por finalizada su historia al llamarlo “amigo”.
—Dijo que ya no estaría aquí para guardarlas —añade Jungkook, observando cómo la luz en los ojos de Taehyung se empaña de nuevo—. No llores, sé que las despedidas son duras pero si se muda es por un cambio a algo mejor.
Taehyung levanta la vista, encontrándose con la mirada de Jungkook. No hay rastro de la melancolía asfixiante de Yoongi; solo hay una curiosidad honesta y una calidez que lo invita a soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo. Ya ni siquiera se toma la molestia en pensar o preguntar de que mudanza habla. Sus cosas están ahí, nada importa ya, aunque siga doliendo.
—Soy Jungkook, por cierto. Creí que sería tu nuevo vecino, parece que es la última vez que te veré y no me parece bien que nuestros únicos encuentros sean contigo llorando.
Taehyung mira la caja —sus pedazos de sol rescatados de la sombra— y luego mira a Jungkook. Por primera vez en años, el hilo invisible no tira hacia la puerta de arriba.
—Soy Taehyung —logra decir, esbozando una sonrisa rota que, aun así, deslumbra a Jungkook—. Y creo que… creo que tienes razón, no da una buena impresión eso. En agradecimiento por el favor, ¿quieres ir a tomar un café o algo?
—Sí no le decías tú, definitivamente te invitaba yo. Vamos.
Yoongi escucha todo con la frente apoyada en la puerta. Ese piso siempre fue tan silencioso que aprendió a diferenciar cada sonido y reconoce ese caminar vacilante, ligero, que se detiene justo frente a su umbral. Yoongi cierra los ojos con fuerza y aprieta los puños; puede sentir la presencia de Taehyung al otro lado, tan cerca que casi puede imaginar el calor que emana de su cuerpo. Su instinto le grita que abra la puerta, que lo tome de los hombros y le ruegue que no se vaya, pero el recuerdo de la luz de Jungkook lo detiene.
No lo hice antes; no lo hará ahora.
El sonido de la puerta de Jungkook cerrándose resuena en el pasillo y, acto seguido, el silencio vuelve a reinar, pero esta vez es un silencio absoluto. Yoongi se desliza por la madera hasta quedar sentado en el suelo del recibidor, con las piernas recogidas contra el pecho.Se abraza a sí mismo, enterrando el rostro en sus rodillas.
Ahora, en la oscuridad de su departamento, Yoongi comprende el precio real de su inocencia: para salvar el alma de Taehyung, ha tenido que aniquilar la suya.
🎶Porque cada vez que me enamoro, duele.🎶
Entonces comienza la mudanza, mientras imagina a Taehyung disfrutando, Yoongi llora durante todo el tiempo que le toma guardar su ropa. Cada prenda doblada es un peso más en su conciencia. En un arranque de desesperación, busca si puede adelantar el boleto que tiene para Suecia; el viaje que estaba planeado para dentro de un par de meses se siente ahora como su única balsa de salvamento. Necesita que sea esta misma semana. Necesita que sea ya.
Sin embargo, el destino tiene otros planes.
Fracasa después de la llamada. La fecha acordada no puede ser modificada y se ve obligado a permanecer en ese departamento. No tiene amigos a los que acudir, ni refugios donde esconderse; ese lugar, ahora vacío y silencioso, es lo único que le queda. Su condena es habitar el eco de lo que él mismo terminó de romper.y buscar si puede adelantar su boleto que tiene para Suecia de un par de meses para esta semana.
Las semanas transcurren con una lentitud cruel. Yoongi se convierte en un fantasma dentro de su propio departamento; las cajas siguen selladas, acumulando polvo como monumentos a un viaje que no llega. Su vida se reduce a los sonidos que se filtran por la puerta y a lo que alcanza a ver por la mirilla en los momentos de mayor debilidad.
Siempre ha odiado esas paredes. Las odia con un fervor casi físico porque son demasiado delgadas; no hay nada que dejen de oír. Las detesta porque le permiten escuchar con una claridad aterradora lo que sucede en el departamento de al lado. A través de ellas, el sonido de la risa de Taehyung se filtra sin piedad, recordándole cada segundo lo que perdió. Son su excusa preferida para seguir castigándose, comparando la calidez que ahora vibra del otro lado con el silencio gélido que su propia habitación le brinda.
Se vuelve un experto en los horarios de Taehyung y aprovecha los momentos en que sabe que no están para salir por comida para no morir de inanición.
Escucha el eco de sus pasos en el pasillo, ya no vacilantes ni pesados, sino ligeros, casi rítmicos. Taehyung visita a Jungkook constantemente. Al principio son tardes de café que terminan temprano, pero pronto se convierten en cenas que se alargan hasta la madrugada.
Yoongi observa desde la rendija, oculto en la oscuridad de su recibidor. Ve a Taehyung llegar con una sonrisa que ya no le pertenece, una luz que parece haberse intensificado ahora que no tiene que luchar contra el frío que él emanaba. Ve cómo Jungkook lo recibe siempre con el mismo entusiasmo, cómo su mano roza la espalda de Taehyung de manera protectora al entrar al departamento.
Lo ve enamorarse. Es un proceso lento y hermoso que Yoongi presencia con el pecho desgarrado.
Cada vez que la puerta de Jungkook se cierra tras ellos, Yoongi se queda solo en el pasillo oscuro, respirando el aire que ellos dejan atrás. Es el arquitecto de su propia ruina: ha logrado que Taehyung sea feliz, pero el precio ha sido ver, desde las sombras, cómo otro hombre ocupa el lugar que su miedo dejó vacío. Es su redención y su condena, todo al mismo tiempo.
🎶Así que nunca me acercaré demasiado a ti, aunque lo signifique todo para ti.🎶
Yoongi no culpa a Taehyung de nada. No le reprocha el olvido, ni le guarda rencor por haber seguido adelante con una velocidad que lo deja sin aliento. Pero, en el fondo de su alma marchita, sí lo envidia.
A su lado, Taehyung parecía ser feliz a medias; ahora lo comprende con una claridad que lo daña. Ver cómo se entrega a alguien más destroza los pequeños fragmentos que Yoongi ha intentado reconstruir con esfuerzo para sobrevivir hasta que llegue el día de su partida. Taehyung no era ni una cuarta parte de lo que es ahora —tan lleno de vida, tan desbordante— y, aun así, a Yoongi le parecía el sol más brillante de su universo.
Hizo bien en dejarlo. Lo soltó a tiempo. Se repite esa frase como un mantra para no desmoronarse, pero nada lo prepara lo suficiente para lo que escucha a través de esos muros delgados que tanto detesta.
Porque, aunque ya se había acostumbrado al sonido de los besos furtivos y de las caricias que parecían detenerse siempre antes de llegar a más, esta noche es diferente. El ritmo del otro lado de la pared ha cambiado. Ya no hay vacilación, ni ese respeto tímido de los primeros encuentros. Ahora el sonido es profundo, urgente y definitivo.
La puerta del departamento de Jungkook está entreabierta. Una tenue luz cálida se filtra al pasillo, bañando el suelo en un resplandor acogedor. Dentro, se oye la suave melodía de una canción y la risa cristalina de Taehyung. Está sentado en el sofá, con la cabeza apoyada en el hombro de Jungkook, mientras este le susurra algo al oído que lo hace sonrojar. Las manos de Jungkook acarician su cabello con una dulzura que Yoongi nunca se permitió mostrar en público.
Taehyung levanta la mirada, sus ojos brillan con una intensidad que no tenían hace semanas, una chispa que Yoongi creía haber extinguido para siempre.
🎶Por si te vas y me dejas en el lodo.🎶
—Eres demasiado lindo —dice Jungkook, con la voz grave llena de adoración—. Me dan ganas de besarte hasta quedarnos sin aliento.
Taehyung se ríe, un sonido pleno y feliz, y se inclina para besar a Jungkook con una pasión que Yoongi no recuerda haber provocado nunca.
—Hazlo entonces, bésame y hazme sentir bien.
La luz que emana de ellos es casi cegadora.
Yoongi se presiona contra el suelo frío, cubriéndose los oídos con las manos, pero el eco de la entrega de Taehyung —una entrega que él mismo saboteó durante años— se filtra por las grietas de la pared y de su propio corazón. Comprende que Taehyung ha encontrado finalmente el fuego que él, en su melancolía, nunca se atrevió a encender.
🎶Y cada vez que me lastimas, menos lloro.🎶
Después de aquel primer encuentro, la llama que encendieron —tras acumular momentos de ternura, confianza y un amor naciente— se repitió con la frecuencia que el deseo les dictaba.
Para Yoongi, las noches se volvieron un campo de minas sonoro. En ocasiones, los ruidos resultaban obscenos y asfixiantes; sonidos sin inhibición, cargados de palabras llenas de lujuria y un deseo que él nunca se atrevió a explorar con tal libertad. Otras veces, la atmósfera era más calmada, pero no menos dolorosa: una tensión que traspasaba las paredes, hilada con frases de adoración mutua que hacían que el corazón de Yoongi explotara de una ternura amarga.
Escuchaba cómo Taehyung era amado en todas sus facetas, desde la más salvaje hasta la más vulnerable.
🎶Y cada vez que me dejas, más rápido se secan estás lágrimas.🎶
Pero, finalmente, llega el día de marcharse.
El sol de la mañana se filtra por la ventana sin cortinas del departamento ahora vacío.
Durante todo ese tiempo y cuando ellos no estaban fue sacando los muebles dejando el departamento como un esqueleto de algo que alguna vez tuvo vida. Las paredes blancas, ahora desnudas de fotos y cuadros, parecen juzgarlo.
Apaga el interruptor. La oscuridad lo envuelve por completo, una vieja amiga que lo recibe sin hacer preguntas. Sale al pasillo, cierra la puerta con un giro de llave definitivo y deja la copia sobre el mostrador de la administración.
No hay notas, no hay despedidas, no hay rastro de que alguna vez habitó ese espacio. Se marcha mientras el eco de la felicidad de Taehyung sigue vibrando al otro lado de la pared, sabiendo que su ausencia es el último y más grande regalo que podrá darle.
🎶Y cada vez que te alejas, menos te amo.🎶
La llegada al aeropuerto, así como el trayecto en el avión, son apenas recuerdos borrosos en su memoria. Llega a su destino sin saber realmente cómo ha logrado sobrevivir al peso de sus propios pasos.
El aire de Estocolmo es una cuchilla de hielo que le corta la cara al salir del aeropuerto, pero Yoongi no se inmuta; es un frío que reconoce, uno que se siente, finalmente como su hogar. Se instala en un estudio pequeño, un espacio funcional de paredes grises donde el eco de la risa de Taehyung no tiene grietas por donde filtrarse. No hay muebles que heredar, ni recuerdos que guardar bajo la cama. Solo él y el silencio absoluto del norte.
Se sienta frente a la ventana y observa la nieve caer sobre los tejados. Saca su teléfono por última vez antes de cambiar la tarjeta SIM. No hay mensajes nuevos de Taehyung, y eso es exactamente lo que quería. El silencio de Taehyung significa que el olvido está haciendo su trabajo, que Jungkook está llenando cada espacio vacío con una luz que Yoongi nunca pudo ofrecer.
🎶Cariño, no tenemos otra oportunidad, s triste, pero es verdad🎶
Apaga el dispositivo. Ya no hay rastro de humedad en sus ojos. Se ha convertido en lo que siempre temió y, a la vez, en lo que siempre necesitó ser: un hombre solo, con demasiado sufrimiento que está a punto de encontrar paz.
A miles de kilómetros, Taehyung probablemente esté sonriendo, ajeno al hombre que se congela voluntariamente para que él pueda seguir ardiendo. Yoongi exhala un vaho blanco que se disipa rápidamente en el aire gélido. Está más que listo para su final.
🎶Soy muy bueno para las despedidas.🎶
Ha pasado un año desde la partida de Yoongi. La vida en el edificio es irreconocible para Taehyung; el aire ya no pesa y los pasillos no guardan fantasmas. El encuentro con Jungkook le dio un giro de ciento ochenta grados a su existencia, y cada día se siente sumamente agradecido por ello.
A su lado tiene a alguien que lo ama con una intensidad desbordante y sin miedos. Jungkook lo adora de todas las maneras imaginables; lo protege, lo acompaña y le entrega tanto que, a veces, Taehyung siente que recibe mucho más de lo que es capaz de dar. Se ha convertido en su refugio y en su luz.
Al pasar por la entrada del edificio, el administrador lo detiene con una expresión curiosa.
—Joven Taehyung, esto llegó hace unos días. No tiene remitente, pero lleva su nombre.
Taehyung toma el sobre sin darle demasiada importancia. Llega a su hogar, aquel que ahora comparte plenamente con Jungkook, quien le abre la puerta apenas escucha sus pasos subiendo la escalera. Se distraen entre besos y risas, hablando de banalidades, hasta que Jungkook nota el sobre olvidado sobre la mesa baja de la sala.
—¿Y esto, bebé? —pregunta Jungkook con curiosidad natural.
—Oh, me lo entregaron al llegar. No sé qué pueda ser —responde Taehyung con ligereza. Sin pensarlo demasiado, rompe el sello y extrae la hoja.
Sus ojos recorren la caligrafía que una vez conoció mejor que la suya propia:
«Hola, mi Tae:
Si estás viendo esto, es porque ha pasado un año desde que me fui. Elegí este tiempo pensando en que mi sombra ya no nubla tu camino. En los próximos días, algunos abogados se comunicarán contigo para hacerte llegar algo que siempre fue tuyo y que yo no supe cómo demostrar.
Por primera vez en nuestra historia, me voy a permitir ser vulnerable. Las lágrimas que jamás me viste derramar hoy empañan mis ojos; no escribo esto para que me tengas compasión o lástima, solo quiero ser brutalmente honesto contigo.
Perdóname.
Perdón por herirte y por ser el perpetrador de tu sufrimiento. Perdón por convertir tus días felices en noches tristes y llenas de llanto contenido. Perdón por alejarte, por ser tan distante, por ser tan frío... por ser un idiota. El tiempo fue mi aliado y me permitió lograr mi cometido: que te fueras con el corazón lo menos herido posible. Lo suficiente para que tus lágrimas secaran rápido, para que dejaras de amarme con prontitud.
Aunque suene egoísta, no lamento haberme cruzado en tu camino. Me torturé mucho tiempo por ello, pero fui muy feliz al inicio; después, el miedo me ganó todas y cada una de las batallas. Corresponderte era una tarea sumamente difícil para alguien como yo.
Mi Tae, nosotros nunca tuvimos una oportunidad, y sé cuán triste puede sonar eso, pero era nuestra realidad. Quiero que sepas que todo aquello que me atormentaba y me impedía existir, hoy finalmente terminó. Me siento profundamente agradecido por haberte conocido.
Todo el dinero que recibirás ahora, y el que llegará en los próximos años, son las regalías de mi música; aquella que tú siempre inspiraste. Por favor, no lo rechaces. Sé que no puedo pedirte nada, que no tengo ningún derecho, pero esta es mi forma de compensar el tiempo que estuvimos juntos.
Te amaré en la eternidad.
Atentamente: Tu gatito.»
Taehyung lee la carta una vez más, dejando que cada palabra se asiente. Jungkook permanece a su lado, observándolo en silencio; no interrumpe, permitiendo que Taehyung habite su propio espacio y tiempo. Sabe que hay rincones en el alma de su pareja que aún pertenecen al pasado, y los respeta.
—¿Y qué era? —pregunta Jungkook finalmente, con suavidad.
—Es para informarme sobre las regalías que voy a recibir de... de Yoongi.
—¿Tu amigo? —Jungkook sonríe con honestidad—. Finalmente te contacta; eso es muy bueno, bebé.
Taehyung le devuelve la sonrisa, una llena de una tristeza dulce y privada. Jungkook no sabe que Yoongi fue el amor que casi lo consume, y es mejor así. Para Jungkook, Yoongi es solo aquel vecino sumamente reservado y distante; Taehyung no tiene intención de manchar el recuerdo de Yoongi en la vida de nadie, ni de explicar una guerra que solo ellos dos libraron.
No va a cuestionar las decisiones de Yoongi; nunca lo hizo. Acepta la despedida y, finalmente, cierra su ciclo con él.
Lo acepta de la misma forma en que Yoongi lo hizo meses atrás, cuando llegó a aquella clínica en Estocolmo. Allí, le repitieron las mismas indicaciones que le dieron cuando expuso su caso y le concedieron la petición de muerte asistida. Escuchó las instrucciones específicas, firmó por última vez con pulso firme y caminó hacia la habitación correspondiente.
—¿Está listo, señor Yoongi? —preguntó la enfermera con voz neutra.
Yoongi solo asintió. Se recostó y, con la mirada puesta en el calmado y soleado paisaje que se extendía tras el ventanal, cerró los ojos. Sintió cómo el medicamento que detendría su corazón y le daría el descanso eterno comenzaba a hacer efecto. Jamás lo habló con nadie, pero años de terapia, múltiples psiquiatras y demasiados medicamentos no habían logrado sanar su alma. No pudo ganar esa batalla, ni siquiera con Taehyung a su lado. Su último acto de amor fue morir solo para que Taehyung no muriera con él.
—Sí, es bueno, Jungkookie —susurra Taehyung en el presente, doblando la carta por última vez—. Yoongi siempre fue muy bueno para las despedidas.