Estragos del colapso

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Summary

En un país que colapsa tras una crisis política y social prolongada, una compañía termina de ahogar lo que queda del Estado mientras distintas personas intentan seguir con sus vidas. Isabela, enfrentada al colapso desde lo más cotidiano, cruza su camino con médicos, trabajadores y civiles que lidian con el mismo deterioro desde lugares distintos. A medida que las calles se militarizan, los hospitales se saturan y los grupos armados ocupan el vacío del poder, sus decisiones —pequeñas, humanas, urgentes— empiezan a entrelazarse. No se trata de héroes, sino de personas comunes enfrentando un mismo problema, cuyos caminos se cruzan cuando sobrevivir deja de ser una elección y se convierte en una necesidad.

Genre
Scifi
Author
jorge
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo

Empaca todo. Lo tuyo y lo de Lili. Ahora. Te veo en la estación de gasolina cerca de casa.

Raúl colgó sin esperar respuesta.

La oficina se convirtió en un campo de batalla en segundos. Cajones abiertos, carpetas arrancadas de los estantes, documentos cruzando el aire como aves heridas. La trituradora rugía sin descanso mientras él empujaba hojas enteras sin siquiera mirarlas, borrando años de trabajo con una violencia casi mecánica. El desorden no le importaba. El tiempo sí.

Empujó la silla con la pierna, se lanzó sobre el escritorio y arrancó el pendrive de la laptop. Era pequeño, casi insignificante. Lo observó apenas un segundo antes de introducirlo en una cápsula translúcida. Sin agua. Sin dudar. Tragó. Luego hizo click.

Formatear disco. Aceptar.

La pantalla quedó en negro.

Marcó otro número.

—Hola. Agente. La información está asegurada. Pueden contactar a mi esposa para la extracción.

Un silencio breve. Demasiado breve.

—Lo sentimos —respondió la voz al otro lado—. Ya no hay tiempo. Gracias por su cooperación.

La llamada se cortó.

Raúl quedó inmóvil, con el teléfono aún pegado al oído. Por un instante no entendió qué estaba escuchando: un pitido lejano, insistente, como si viniera de otra habitación. Tardó varios segundos en darse cuenta de que era su propio teléfono, sonando una y otra vez sobre el escritorio.

Contestó.

—Señor Mendoza… —la voz de su secretaria temblaba—. Perdón, pero no quisieron esperar. Ya están subiendo. ¿Está todo bien?

No respondió. Cortó.

El sudor le empapaba la frente, bajándole por el cuello, pegándole la camisa al cuerpo. Sintió el aire denso, pesado, como si la oficina se hubiera encogido. Corrió hacia la puerta y giró el seguro. Clic. Un gesto inútil, pero necesario.

Se acercó a la ventana.

Desde allí vio su ciudad.

Una ciudad enferma. Media zona a oscuras, edificios abandonados como dientes podridos en una boca que aún se negaba a cerrarse. Algunas torres seguían encendidas, resistiendo, como si la normalidad fuera todavía una opción. No lo era. Hacía tiempo que no lo era.

El reflejo blanco lo cegó de golpe.

Un helicóptero policial flotaba frente a la ventana, el reflector clavado directamente sobre él. Raúl alzó el brazo por instinto, inútilmente.

El estruendo llegó después.

La puerta cedió con un golpe seco. Madera astillada. Voces. Pasos rápidos. Armas levantadas.

—¡Señor Raúl Mendoza Pérez! —gritó uno de los agentes—. Queda detenido bajo cargos de traición a la patria, abuso de poder y filtración de información clasificada.

El hombre que acababan de esposar no parecía un traidor. Era, hasta esa mañana, el Jefe Nacional de Coordinación Estratégica del Gobierno, uno de los funcionarios más influyentes del país. Un rostro conocido. Un hombre respetado. Alguien en quien nadie hubiera apostado en contra.

Lo sacaron de la oficina, esposado, atravesando el pasillo rumbo al ascensor. Los empleados observaban en silencio, algunos con la mano en la boca, otros sin comprender. Nadie dijo una palabra.

En la planta baja, la escena era irreal.

Patrullas alineadas. Un camión blindado con el motor encendido. Dos helicópteros iluminando el edificio mientras el sol terminaba de ocultarse y la noche reclamaba lo que quedaba del día.

Raúl fue empujado dentro del vehículo.

La ciudad seguía viva. Pero acababan de capturar a uno de los hombres que la sostenía.