Los Problemas De Guardar Secretos
Capítulo 1: El perfume del delito
Eran apenas las siete de la mañana. Federico se había levantado con la idea de empezar el día con todo, sin perder tiempo.
Fue entonces cuando su madre hizo su aparición dramática y sorpresiva en el comedor. Se detuvo en el umbral, inhaló con una fuerza que casi hizo volar el mantel y clavó su mirada en él como un inquisidor medieval.
El muchacho dio un leve respingo y apretó la taza entre las manos antes de dejarla nuevamente sobre el plato; un ligero escalofrío le recorrió la espalda.
—Federico —susurró ella, aunque en su diccionario eso equivalía a pregonarlo por todo el vecindario—, hoy pareces un misterio con patas. Dejas las frases a medias, los puntos suspensivos te cuelgan de la boca… o mejor dicho, de aquello que tu propia conciencia prefiere callar.
Federico permaneció inmóvil, con la mano sobre la tostada, mientras un rubor ascendía por su cuello. El cuchillo de mantequilla quedó suspendido en el aire antes de volver lentamente al plato.
—Yo creo que se trata de una damisela —continuó, acercándose como un sabueso—, porque andas pasado a colonia. ¡Por Dios! ¿Y ahora por qué te pones tan rojo? ¡Ya pareces una beterraga!
El calor lo invadió aún más y su cuerpo se tensó. Sus ojos buscaban un escape que no existía mientras la madre desplegaba todo su dramatismo.
—Ya estás en edad de merecer, lo entiendo. Es natural que las chicas te llamen la atención, pero mírate… ¡te has encendido como un tomate maduro a punto de estallar! No hay nada en lo que sientes que vaya contra natura, Federico, no es descabellado ni irreverente a los ojos de Dios que un muchacho apuesto como tú empiece a sentir… esas cosas. ¡Pero desembucha ya y dime quién es esa chica!
Él seguía inmóvil, con las mejillas enrojecidas y las manos rígidas sobre la mesa, mientras su madre elevaba el tono de su alegato:
—Federico, tu silencio no te llevará lejos; recuerda que la gente es muy habladora y los vecinos lo son aún más. Ya empezarán a chismorrear si esa chica es una simple ramera, o si al menos tiene un poco de buen abolengo. ¿Me entiendes? ¿O es que los vapores de esa loción te han nublado el juicio por completo?
Federico abrió la boca apenas, pero la cerró al instante cuando ella levantó la mano con autoridad teatral. Se limitó a esperar que la tensión se disipara, mientras sus dedos tamborileaban nerviosos sobre el borde del plato.
Afuera, el ruido lejano de un carruaje sobre la calle contrastaba con el silencio denso del comedor, donde cada gesto suyo parecía examinado como prueba en un juicio invisible.
Capítulo 2: Antes de doblar la esquina
La madre de Federico tomó asiento frente a él, pero no para desayunar. Cruzó las manos sobre la mesa como quien se prepara para un interrogatorio solemne; luego alisó con delicadeza una arruga invisible del mantel antes de devolver la mirada a su hijo.
Federico permaneció sentado, rígido, con la taza entre las manos y la tostada intacta frente a él.
—¿Cuántas veces visitas los altos de la Calle Monjitas, Federico? —soltó de pronto, con una voz que pretendía ser casual pero tenía filo de guillotina.
Federico se atragantó con la leche. El sorbo quedó suspendido en su boca mientras sus dedos se crispaban alrededor de la taza. Un calor súbito le subió por el cuello; la porcelana osciló apenas entre sus manos húmedas.
—Eso no me preocupa —continuó ella, agitando la mano como si espantara una mosca—. Si quieres desperdiciar tu energía de juventud en esos antros de reputación dudosa, allá tú. Pero en el momento en que le clavas los ojos a una damisela de buen nombre… ¡ah! ¡Eso ya es harina de otro costal!
Se puso de pie con solemnidad exagerada y comenzó a rodear la mesa como si presidiera un tribunal doméstico.
—Eso ya empieza a comprometernos a todos, Federico. ¡A todos! No me mires así como si fuera una intrusa. ¡Por amor a Dios, soy tu madre!
Federico permaneció inmóvil, con la mirada fija en la mermelada, mientras ella continuaba su perorata implacable:
—¡Imagínate! Las habladurías, los chismes en el club social, las cenas… todo podría venirse abajo con una sola mirada a una joven de buena familia.
—Sí, Federico, vienes de un linaje ilustre —nadie lo duda—, pero el instinto es el instinto. Tu cuerpo crece y cambia, y la pasión se inflama. Jugar con eso es jugar con fuego: podrías quemarnos a todos.
Apretó la cuchara como si las palabras fueran golpes invisibles. Su silencio, lejos de apaciguarla, parecía avivar la imaginación de su madre.
—¡Ay, Federico! —exclamó con una risa que llenó la sala—. ¡Mírate! Las manos te tiemblan, la cara te arde… estás más cerca del corazón de esa joven que de recordar cómo se respira. Y cuando eso pase, ningún santo en el cielo ni abogado en la tierra podrá protegernos del escándalo.
De pronto se detuvo frente a él. El dramatismo se apagó como una vela soplada con frialdad calculada. Le apoyó una mano en el hombro con firmeza territorial.
—Déjame decirte algo más —sentenció en un susurro—. Aunque tu espalda ya parezca la de un hombre y esa colonia intente disfrazar la verdad… no te engañes. Todavía tienes solo dieciséis años.
Federico levantó la vista por primera vez. Los ojos de su madre brillaban con una mezcla de triunfo y advertencia.
—Dieciséis años —repitió ella, dándole un golpecito en la mejilla—. Y todavía con bastante gusto a leche. No pretendas galopar antes de aprender a caminar.
Federico abrió la boca, dispuesto por fin a responder, pero en ese instante el sonido metálico de cascos sobre el empedrado irrumpió en el comedor como un respiro caído del cielo. El carruaje se detuvo frente al ventanal, proyectando una sombra alargada sobre la mesa.
La madre se enderezó como una reina que da por concluida una audiencia.
—Bueno, ya hemos hablado demasiado. El cochero espera. Anda, vete de una vez… antes de que esa fragancia tuya termine por asfixiar a los caballos.
Federico se levantó de un salto. Tomó su chaqueta y salió sin decir palabra, todavía con el calor en la cara. Subió al carruaje rígido, con el mismo gesto serio que había sostenido durante todo el desayuno. Se sentó erguido, las manos sobre las rodillas, mientras los caballos arrancaban sobre el empedrado.
Mantuvo la compostura hasta que doblaron la esquina. Solo cuando la casa desapareció de su vista estalló en carcajadas fuertes y ruidosas que había estado conteniendo a duras penas. Se dejó entonces caer contra el respaldo, aún riendo, mientras la ciudad, bulliciosa e indiferente a los dramas maternos, se abría ante él.