CAPITULO 1
El olor a formol y a cálcico seco siempre le revolvía el estómago, pero ese martes de 2025 parecía particularmente insoportable. Andrew Bauer sostenía un fémur con una desgana que rozaba la falta de respeto. A sus veintidós años, se sentía como ese mismo hueso: algo que alguna vez tuvo una función, pero que ahora solo servía para ser analizado por otros bajo una luz blanca y fría. La facultad de medicina en Renania del Norte-Palatinado era el último lugar donde quería estar, pero el peso de las expectativas en Wershofen era más denso que la niebla que bajaba de las montañas Eifel.
—Es un fémur derecho, Andrew. No una varita mágica. Deja de mirarlo como si fuera a revelarte el sentido de la vida —susurró una voz a su lado.
Era Sarah. Ella era la antítesis de Andrew: brillante, animada y, por alguna razón que él no lograba procesar, amable con el chico que siempre se sentaba en la última fila con el cabello oscuro cayéndole sobre los ojos y una expresión de eterno cansancio. Andrew la miró de reojo. Su propio reflejo en el cristal de la vitrina le devolvió una imagen que detestaba: pálido, con ojeras marcadas y esa elegancia desgarbada que su madre siempre intentaba corregir con camisas planchadas que él terminaba arrugando en cinco minutos.
—A veces creo que el sentido de la vida es simplemente no estar aquí —respondió él con voz monocorde, dejando el hueso sobre la mesa de metal.
Sarah soltó una risita suave mientras anotaba algo en su cuaderno. —Bueno, si odias tanto las paredes de la universidad, deberías venir con nosotros este sábado. Un grupo de la clase vamos a ir al bosque, a las afueras, cerca de las entradas que llevan a la reserva. Es una especie de expedición informal para ver si encontramos algo de flora local… o simplemente para no ver libros un rato. Deberías venir, Andrew. En serio.
Él pensó en su casa. En el pequeño caos de Wershofen donde Lissa y Moli, sus hermanas pequeñas, seguramente estarían peleando por el control remoto mientras su madre intentaba hacer malabares con las cuentas de la casa. Pensó en Ares, su cachorro, que probablemente era el único que lo recibía sin preguntas. La soledad era su zona de confort, pero la mirada de Sarah tenía una calidez que lo hizo dudar.
—Lo pensaré —mintió, aunque en el fondo sabía que terminaría yendo solo para demostrarse que podía ser una persona normal por una vez.
El sábado llegó con un cielo gris plomizo, típico de Alemania. Andrew se ajustó la mochila, sintiendo el peso innecesario de un par de cargadores portátiles y su consola, hábitos de los que no podía desprenderse. El grupo de Sarah era ruidoso. Caminaban por los senderos de los bosques que rodeaban Wershofen, riendo y discutiendo sobre exámenes futuros. Andrew iba al final, observando cómo la vegetación se volvía más espesa y el aire más húmedo.
En algún momento, se detuvo a observar un afloramiento de piedra que le pareció extraño. Fue solo un minuto. Quizás dos. Cuando levantó la vista, las voces de Sarah y los demás se escuchaban distantes, amortiguadas por la densidad de los robles y pinos.
—¿Sarah? —llamó. Nada. Solo el crujido de las hojas bajo sus pies.
Caminó en la dirección que creía correcta, pero el bosque parecía haberse cerrado sobre sí mismo. La brújula de su teléfono comenzó a girar erráticamente. El pánico, esa vieja sombra que siempre lo acompañaba, empezó a subirle por la garganta. Aceleró el paso, tratando de buscar la carretera principal, pero en lugar del asfalto, se encontró con un claro que no figuraba en ningún mapa que hubiera visto.
En el centro del claro, el suelo cedía en una depresión antinatural. No parecía un hoyo excavado, sino una herida en la tierra. Andrew se acercó, impulsado por una curiosidad que su instinto gritaba por reprimir. El borde estaba cubierto de un musgo negro, casi carbonizado. Se asomó, y fue entonces cuando la tierra, traicionera y húmeda, se deslizó bajo sus botas de senderismo.
El grito se le quedó atrapado en los pulmones mientras caía.
No fue una caída eterna. Fue un impacto extraño, como si el aire se hubiera vuelto sólido por un segundo y luego lo hubiera escupido. Andrew cerró los ojos con fuerza, esperando el golpe contra las rocas, pero lo que sintió fue una superficie lisa y un calor súbito que le quemó las fosas nasales.
Abrió los ojos. No estaba en el fondo de un pozo. Estaba... de pie, o más bien recomponiéndose, en lo que parecía un callejón estrecho hecho de piedra volcánica pulida. Lo más perturbador no era el lugar, sino el hecho de que acababa de salir de una abertura en el suelo que ahora parecía una simple mancha de sombra en el pavimento.
Se puso en pie, tambaleándose. El calor era denso, seco, como el de un horno que acaba de abrirse. No era insoportable, pero después del frío de Alemania, se sentía como un golpe físico. Las paredes del callejón vibraban con reflejos amarillentos y anaranjados. Andrew caminó hacia la luz al final del pasillo, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Al salir del callejón, el mundo simplemente se rompió.
—No puede ser... —susurró, su voz perdiéndose en un rumor sordo y constante.
Frente a él se extendía una metrópolis que desafiaba cualquier lógica arquitectónica que Andrew conociera. La ciudad estaba tallada en piedra oscura, con edificios que se elevaban como agujas hacia un cielo que era de un negro absoluto. No había estrellas, ni luna, ni rastro del sol. Solo una negrura infinita que hacía que la iluminación de la ciudad fuera aún más hipnótica.
Y la iluminación era fuego.
No eran lámparas de gas, ni bombillas LED. En las orillas de las calles, en las cornisas de las estructuras y en fuentes monumentales, fluía un fuego líquido y vibrante. Era de un dorado casi blanco, una llama que parecía tener vida propia y que no emitía humo, solo una luz pura que bañaba todo en tonos cobrizos. Incluso las pantallas publicitarias, enormes rectángulos de cristal que flotaban sobre las plazas, parecían alimentadas por ese fulgor ígneo, mostrando símbolos y rostros que Andrew no reconocía.
La gente caminaba con normalidad. No vestían túnicas antiguas ni trajes espaciales; llevaban ropas de materiales sintéticos, cortes modernos, pero con una estética robusta, diseñada para el calor. Andrew se sentía como un error de software en medio de un programa perfecto. Caminó por la acera de piedra, mirando hacia arriba, con la boca ligeramente abierta, tropezando con sus propios pies mientras intentaba procesar que el suelo bajo él vibraba con el latido de algo inmenso. La “Llama Madre”, aunque él aún no conocía ese nombre, se sentía en el aire.
Iba tan absorto en una pantalla que mostraba lo que parecía un mapa térmico de la ciudad que no vio a la persona que venía en dirección contraria.
El impacto fue seco. Andrew, que nunca había sido muy fuerte, retrocedió un par de pasos, a punto de caer de nuevo.
—¡Fíjate por dónde vas, mierda! —exclamó una voz femenina, cargada de una irritación eléctrica.
Andrew sacudió la cabeza y enfocó la vista. Frente a él había una chica que parecía emanar el mismo calor que la ciudad. Era morena, con una melena de rizos rebeldes que parecían tener vida propia y una piel que brillaba bajo la luz anaranjada. Pero lo que lo dejó sin aliento fueron sus ojos. Eran marrones, pero de un tono rojizo profundo, y cuando la luz de las fuentes de fuego la alcanzaba, el iris negro se llenaba de destellos carmesí, como si tuviera brasas encendidas detrás de las pupilas.
—Yo... lo siento, yo no... —balbuceó Andrew, tratando de recuperar su compostura.
Ella se cruzó de brazos, fulminándolo con la mirada. Llevaba una chaqueta ligera de un material que parecía cuero pero brillaba como el metal. —¿Qué te pasa? ¿Estás ciego o es que el calor te fundió los sesos? Llevas diez metros caminando como un bobo. Si quieres suicidarte, hay formas más rápidas que chocar contra un ejecutor en su hora de almuerzo.
Andrew la miró, todavía atónito. La grima que le daba el sudor pegándose a su camisa se mezclaba con la confusión más absoluta. Ella lo observó con más detenimiento ahora. Su expresión pasó del enfado a una curiosidad extrañada. Lo recorrió de arriba abajo, deteniéndose en su ropa de senderismo de “marca terrestre” y en su piel, que para los estándares de Khawpui Kang, debía parecer la de un cadáver.
—Oye... —dijo ella, suavizando un poco el tono pero manteniendo la sospecha—. ¿Estás perdido?
Andrew asintió lentamente, incapaz de articular una mentira coherente. —No sé dónde estoy. Ni cómo he llegado.
La chica soltó un suspiro, como si estuviera lidiando con un niño o un borracho. Miró a ambos lados de la avenida principal, donde las llamas de las fuentes bailaban con una intensidad renovada.
—¿De qué fase eres? —preguntó ella de repente, arqueando una ceja.
Andrew parpadeó, confundido. —¿Fase? No entiendo... ¿Qué es eso?
Ella puso los ojos en blanco, y por un momento, los destellos rojos en su iris giraron como chispas en un incendio. —¿Hablas en serio? Las fases. Arriba, abajo, de lado a lado. ¿En qué nivel vives? Porque con esa cara de susto y esa ropa, parece que acabas de caer del Techo, y eso es imposible... a menos que seas un fantasma o algo peor.
Andrew Bauer, el universitario fracasado de Wershofen, miró hacia el cielo negro de Khawpui Kang y luego a la chica de ojos de fuego. Supo en ese instante que el fémur de la universidad y su vida en Alemania estaban a una distancia mucho mayor que la de un simple agujero en el suelo.