La anomalía
Él miró la pila de papeles. Los tantos rostros impresos en todos y cada uno de ellos. La serie de grandes textos, todas redactando lo mismo: “Se Busca”. Edgard sacó otro montón de carteles del portafolio negro. Los colocó en el suelo, analizándolos. Cerró los ojos y se concentró en el sonido de la lluvia chocando contra la inmensa ventana detrás suyo. Sintió el frío de las que escapaban por las grietas del vidrio en su espalda, y una idea llegó a su mente como la brisa que lo estremeció. La idea de que algo conectaba cada misteriosa desaparición entre sí alimentaba su intriga. Intriga por saber su paradero.
El eco de un chirrido obligó a Edgard a abrir los ojos. A la lejanía de la colosal construcción, se veía una silueta abrir la puerta. Una silueta que se quedó en el umbral, contemplando la ventana en el centro del techo que dejaba caer una amplia iluminación de luz pálida, como una cascada desteñida. El invitado dio unos, sintiéndose intimidado por el par de titánicos estantes de libros que iniciaban del suelo, y que tocaban el techo en su tope.
—¡Eddie! —llamó. Los estantes tenían un espacio, una brecha amplia entre la inmensidad de ambos estantes, un portal en el que cabía una plataforma. Una plataforma en la que estaba Edgard.
—¿Oliver? —vociferó el pelinegro, una pregunta que se repitió mil veces en la grandeza de la biblioteca hasta llegar a aquel que acababa de llegar.
—¡Hola!, ¡soy yo! —pronunció antes de caminar más confiado. Edgard suspiró livianamente, y volvió a agachar la cabeza hacia los carteles. Se dio el intermitente sonido de los pasos de Ollie en la escalera de mármol. Él miró con sus ojos miel a su amigo en el horizonte de la plataforma, sentado en forma de flor de loto con un alto ventanal detrás suyo, como un ángel a las puertas del cielo.
—¡Eddie! Te tengo noticias —dijo al pararse frente a él. Edgard subió la mirada, con ojos inexpresivos. Oliver sonrió con dulzura—. Es sobre los niños desaparecidos.
—¿Cuál es la noticia?
—Que… otro niño desapareció —Edgard bajó la cabeza con desinterés—. ¡Pero fue diferente esta vez!, fué frente al orfanato…
—¿Noel? —preguntó el pelinegro, quedándose completamente quieto.
—Sí… Fue el turno de Noel, sé que puedes estar triste, pero no podemos deprimirnos en esta época de…
—¡Noel desapareció! —exclamó Edgardo con una ligera sonrisa y ojos amplios.
—¿Qué?
—Digo, si Noel desapareció es porque mi hipótesis es correcta —explicó con la misma expresión.
Oliver miró su pierna y lo sacudió con gentileza, levantando una nube de polvo.
—No te acuerdas, ¿no? —preguntó al volver a su tono apático.
El rubio lo miró a él, las grietas que dividían la pared, y negó con la cabeza.
El dúo salió de la biblioteca. Miraron su fachada grande, maximalista pero cubierta por una pantalla de polvo y decadencia. Cruzaron la calle sin temor, bajo un cielo repleto de nubes blancas que desteñían todo color, como una fría mañana de invierno.
—¿Qué harás hoy? —preguntó Ollie. Miró de reojo a su compañía.
—Nada, solo lo usual.
El de mirada dulce se quedó inmóvil en la vereda tras cruzar.
—¿Qué es lo usual?
—Es que voy a seguir viendo cosas sobre los niños desaparecidos —respondió. Se paró frente a Oliver y lo miró a los ojos con una mirada vacía—. Voy a seguir buscando pistas de la persona que se lleva a los niños. ¿Dónde están?, ¿cómo no dejó rastro de nada?
Un papel revoloteó en la brisa hasta los zapatos de ambos. El pelinegro se inclinó para recogerlo.
— “Bruja” —leyó. Aquello se había despegado del cristal de la tienda. Una vitrina cubierta por dentro con periódicos viejos. Oliver no dijo nada. Solo miró con tristeza, decepción, un hilo de humo y los carteles insultantes. Carteles pegados en cada lugar posible de la decaída fachada. Tan decaída que un rastro en el aire de candela llevaba a los pies del vidrio, dónde había un pequeño fuego en una pila de carteles de desapariciones. Acusaban a la dueña del Museo de los Huesos de brujería.
—¿Qué ocurre?
—¿Por qué los adultos son así? —preguntó tembloroso—, crueles.
—Porque son tontos. Todo es culpa de las maquinarias, y todo eso. Tú no eres tonto. Ni lo serás… Ollie. —El de ojos avellana dió una ligera y dulce sonrisa. Edgard lo imitó. Se sonrieron mutuamente, con un entorno inundado de una tristeza asfixiante.
Todas compartieron una oleada de risas. Quizás la única demostración de alegría en una multitud hipnotizada.
—¡Qué hilarante! —dijo una de las chicas, intentando no caerse en plena plaza. Los colores estruendosos de los focos podían dejarte un poco más que ciego. Había mil tiendas, una tras otra, mil logos inmensos, con un marco brillante.
—Ya, ya. ¡Paren! —proclamó otra—, ¡Se me caen las bolsas!
Cada una de las cuatro llevaba una voraz bolsa que contenía todo tipo de productos. Productos inútiles, pero con una publicidad lo suficientemente llamativa.
Se volvieron a reír. Cada rincón al que mirabas tenía que tener un gran anuncio como promoción de cualquier cosa basura, que promete de alguna forma llenar un vacío. Aquel vacío.
Una de ellas intentaba reírse. Bonnet intentaba reírse. No le salía natural. Con las risas de las demás en el fondo, ella miró en un punto, y no pudo dejar de verlo. Todo se hizo lejano, superficial. Más de lo que ya. Incluyendo a las voces de sus acompañantes diciendo “¿Qué pasa?, ¿Estás bien?”. Bonnet se inclinó hacia delante. Y cayó.
—¡Bonnet!, ¿qué pasó? —preguntaban sus amigas, agachándose a su alrededor.
—Estoy bien —respondió con una mirada desorientada—Solo necesito mojarme la cara.
Ella se puso de pie, alejándose entre la multitud a un paso tambaleante. Los colores ruidosos le daba jaqueca, la muchedumbre unidireccional la mareaba.
Entró a los baños. Las luces eran fuertes, y los neones se colaban por los extremos de la puerta. Bonnet se acercó a un cubículo. Se apoyó en la puerta, se abrió. Sin embargo, cuando pudo ver el retrete frente a ella… un humo, una niebla se escabulló por sus pies. Bonnie se quedó paralizada, sintiendo un escalofrío que la recorría como mil agujas en su espalda. Giró el cuello con cautela. Miró atrás. Y se encontró con nada. Solo una niebla espesa, blanca y con un toque lavanda al acumularse. Bonnet volvió a mirar al frente. Se quedó paralizada al ver que el retrete, el cubículo, todo el baño había desaparecido. Consumidos por el humo.
Miró a todos lados, buscando un rastro de lo que solía haber. Pronto, se dio cuenta de que ya no había luces led ni un piso a cuadros. Solo un suelo de tierra con hojas secas y crocantes. Bonnet se echó a correr, con su larga falda celeste serpenteando detrás. Ella quería huir. Huir de aquello que acecha sin que te des cuenta.
Justo cuando su respiración era pesada y el furor era bajo, Bonnie se tropezó violentamente. Voló por el aire unos segundos, antes de ser arrastrada por la tierra a una velocidad gradual. Ella mantuvo los ojos cerrados, hasta que algo helado tocó su mejilla. Subió los párpados. El horror se apoderó de ella, de su cuerpo, de su alarido. Ella había caído a los pies de un árbol seco, de cuyas ramas colgaban pieles humanas. Pieles frescas. Pieles de los que aún goteaba sangre.
Bonnet gateó para atrás, alejándose del árbol. Miró el panorama. Ramas flacas con pieles huecas, vacías de un cuerpo. Una al lado de otra como una carnicería. Cada una con una boca amplia, y una expresión de horror que desvelaba una oscuridad rojiza en sus adentros.
Se tapó la boca con las manos. Sintió un golpe de náuseas al ver algo tan atroz. Pero luego, sintió terror. Terror a ser la próxima piel en el árbol. Pero para evitar ese destino, debía correr. Una silueta alta, delgada y sigilosa se acercaba entre la niebla. Una criatura que miraba a Bonnet con unos ojos que no existían.
La de vestido sucio se levantó. Forzó sus piernas a funcionar, pero una desesperación que le cortaba el aire la ahorcó. Sus pies dejaban de responder. Su cuerpo se empezaba a sentir pesado. Su garganta se raspó con cada grito que tiraba. Gritos que intentaban llamar a alguien. Un alguien que nunca llegó.