Dos amigos
I
—¿Crees en el amor a primera vista? —pregunta Eduardo, con la mirada perdida en el cielo alumbrado con estrellas.
—No —dice Amelia de inmediato.
—¿Nunca te has enamorado?
Ella guarda silencio. El tiempo se alarga entre ellos como un hilo tenso. Están acostados sobre el techo oxidado de una casa humilde, rodeados por el canto incesante de los grillos y el eco lejano de un par de autos cruzando la carretera desierta. Es domingo en el barrio. El único día en que las personas no trabajan, razón por la cual reina la paz absoluta. Todos están descansando y preparándose mentalmente para la nueva semana. Algunos esperando que un milagro ocurra y cambie sus vidas monótonas, otros esperando la comida del lunes. En el barrio Esperanza, la vida es minuciosamente controlada por el ejército. Es como si cada persona fuera una fotocopia de la otra, misma vestimenta, mismas comidas, mismo horario. Solo algunas excepciones como actividades libres el domingo en la noche o permitirles a las personas tener diferentes personalidades; como si alguien pudiera controlar eso.
—¿Debo interpretar tu silencio como un sí? —insiste Eduardo, con una media sonrisa.
—Eduardo, ¿cómo alguien se enamora en un lugar de estos? Eso se lo puedes dejar a las personas normales—dice ella, girándose hacia él.
Eduardo parece un poco decepcionado con su respuesta. Por un momento, en el fondo de su inocente corazón, esperaba escuchar su nombre. No es inusual escuchar historias de amor fugaces entre jovencitas del barrio, pero su edad siempre las termina delatando. Y es que las niñas menores de 18 años no siempre conocen el significado del amor. Lo único que conocen las jovencitas del barrio Esperanza es su destino al cumplir la mayoría de edad. Esto borra cualquier esperanza de amoríos y sueños.
—Entiendo, pero siempre hay espacio para el amor. Es algo inevitable que sucede aunque te resistas—sus ojos marrones se encuentran con los de ella.
—He sido un robot desde que tengo uso de conciencia —responde Amelia y enfoca su mirada en el cielo.
—Lo sé —Eduardo suspira—. Ser una mujer en este barrio es una pesadilla. No lo entiendo. Los hombres pueden quedarse aquí y seguir con sus vidas miserables y monótonas, pero las mujeres tienen que ser removidas y enviadas a un lugar escondido en el planeta. ¿Cuál es ese lugar? ¿Qué hacen con ellas allí? He conocido a tantas niñas que han sido enviadas y nunca más supe de ellas.
—Preguntas que son respondidas por medio de rumores absurdos. Nadie sabe la verdad absoluta.
Amelia despega su espalda del tejado y se desliza hacía abajo, saltando y colocando sus pies en el suelo. Eduardo hace lo mismo y se para justo detrás de ella.
—Tu cumpleaños es mañana, ¿cierto? —pregunta con tristeza.
—Sí, 18 años —susurra con tristeza.
Ambos se mantienen en silencio por algunos minutos, tratando de descifrar cuales son las siguientes palabras que deben salir de sus bocas, pero no hay nada que decir. Las despedidas y momentos incómodos son comunes en el barrio Esperanza. Las madres venden a sus hijos desde que son bebés y estos son colocados en casas con niñeras que los cuidan hasta los 12 años. Después de esto, los niños son visitados por guardias que proveen comida y todo los servicios básicos que necesitan para sobrevivir. Hasta que al alcanzar los 18 años, las mujeres son enviadas a un lugar secreto fuera del barrio y los hombres tienen algunas opciones que incluyen quedarse en el barrio y convertirse en guardias. Un sistema corrupto y casi inquebrable debido a la presión militar a la que están sometidos. Así, de esta manera, Eduardo y Amelia crecieron juntos, siendo vecinos y lanzándose miradas furtivas cada vez que jugaban en las calles vigilados por sus niñeras. Hasta que finalmente, en el cumpleaños número 12, cuando las niñeras se fueron de la casa y las vigilancias extremas acabaron, Eduardo y Amelia conversaron por primera vez. Y desde esa vez, nunca dejaron de conversar o de velar por el otro. Eduardo desarrolló un amor platónico por Amelia, soñando con despertar todos los días al lado de ella, en una casa lejos del barrio, alejados de toda la miseria. Mientras que Amelia desarrolló un amor más parecido al que tendrías con tu hermano. Un soporte, refugio, consolación para los días tristes, risas para los días no tan tristes.
—Debo regresar a casa —musita Amelia, rompiendo el silencio.
—¿Podemos vernos mañana en la mañana?
—Sí, quizás sea la última vez que te vea.
Amelia camina en dirección hacía su casa, sin esperar una respuesta de Eduardo. El único ruido que prevalece son las de sus pisadas en el piso lleno de piedras. Eduardo se queda congelado, sin reacción alguna. Después de unos minutos, ya no se escuchan los pasos de Amelia. Eduardo se sienta en el piso y lágrimas ruedan por su mejilla, como si un grifo imaginario se hubiese abierto.
—No puedo perderla —dice con determinación.