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La noche en Japón no era simplemente un fenómeno astronómico; para Nanase Mei, era una entidad viva que respiraba sobre su nuca.
En el rincón más sombrío de su ático -un mausoleo de mármol, cristal y un lujo que no lograba irradiar calor-, ella se desmoronaba.
El silencio era tan pesado que podía escuchar el roce de sus propias pestañas contra sus mejillas.
Entonces, la metanfetamina comenzó su ascenso.
Entró en su sistema como un ejército de agujas de hielo incandescente.
Era una agonía lenta, un veneno que corría por sus venas con una eficiencia aterradora.
Para Mei, el dolor no era un enemigo; era el único recordatorio de que su cuerpo aún no era una cáscara vacía.
Era una masoquista de la existencia. Mientras el químico maquillaba las cicatrices de su alma, su cordura se mantenía en un equilibrio precario, negándose a romperse del todo, como un cristal templado que aguanta el impacto de una bala.
-¿Mamá? Perdón... -susurró.
La alucinación se materializó en el aire viciado.
Juraba ver la silueta de su madre, el rostro severo de su padre suavizado por una aceptación que nunca existió, y un resplandor dorado: la vida que no pudo ser.
Pero el espejismo se retorció. La culpa, esa vieja amiga, le apretó la garganta.
-Fui una inmadura de mierda... regresa. ¡No me sonrías! ¡Réñame! ¡Gritame, carajo! -el grito murió en su garganta, convirtiéndose en un jadeo seco.
Buscó desesperadamente su "cóctel de olvido". Tequila mexicano, el amargor de la cerveza y la Doplorefina: la pequeña pastilla azul que prometía ocho horas de un vacío absoluto, sin sentir, sin soñar...
Al tragarla, la realidad se fragmentó.
El Paraíso de Mentira y el Infierno de Verdad. Una verdad que nadie merece conocer, mucho menos vivir.
Por unos instantes, Mei habitó una mentira hermosa. Se vio en una cocina cálida, el vapor de la cena empañando los cristales.
Un hombre de rostro borroso pero manos gentiles la rodeaba por la cintura. En sus brazos, una pequeña niña albina, de piel trigueña y ojos brillantes, estiraba sus dedos hacia ella. "Mamá", decía la pequeña. En ese sueño, Mei no era la líder de Rokuhara Tandai. No era una asesina con 1,139 muertes en su historial. Era humana, tenía vida, tenía metas.
Pero la Doplorefina es una amante traicionera. La fantasía se pudrió, transformándose en el recuerdo que ella había intentado enterrar bajo capas de sangre, poder y drogas.
Entonces, sucedió, una migraña fuerte...pero no dolor.
Flashback
Estaba una joven, junto con quién creía ser "el amor de su vida".
- Vamos Mei.
El joven, un chico albino y cubre bocas negro, estaba intentando convencerla de que demostrará su "amor".
- Nosé...- dijo ella insegura.-
- Mei...¿me amas?
- Si..pero -
- Entonces demuestralo. -
El joven, ya estaba perdiendo los estribos, era la primera vez que él consumía drogas y la primera vez que portaba así con ella.
- No quiero Haru...
Finalmente él terminó con todo, la tomo de la fuerza.
- Arrodillate. - dijo sin una pizca de remordimiento en sus ojos, ordenó como si la opinión de ella no importara. - Rápido carajo!
Ella, llorando obedeció.
- Reza, cariño. - Con una falsa suavidad le acarició su labio inferior mientras desabrochaba su pantalón.- Abre esa boca tuya.
Con miedo de lo que le pudiera pasar a ella al ver qué él estaba drogado, aceptó.
- P-padre nuestro que estás en los cielos...- su voz salió temblando, sus lágrimas corrían.
- Eso es cariño.
Sus pupilas estaban dilatadas, y entonces metió su miembro masculino en la boca de ella, embistiendola.
Ella si rezaba, en su mente, pidiendo a Dios que ya no más.
- Santificado...- no podría terminar de hablar, su garganta dolía, quemaba y él, él disfrutaba.
- Joder, Mei. - de la boca de él, salían gemidos guturales, de la boca de ella gemidos de dolor.
"Lo odio, lo odio" Encerio?
"Duele" Es amor?
"Nosé amar?" Es verdad?
"Tengo miedo mamá" Yo te lo dije.
Desde ese día, empezarían sus abusos constantes, uno peor que otro.
Fin del Flashback
De repente, tenía quince años de nuevo. Sentía el frío del cemento en sus rodillas y el sabor a bilis en la boca.
Recordó el peso de los hombres que la compraban por tres míseros yenes, el olor a tabaco barato y el horror de descubrir que su vientre albergaba una esperanza que el mundo no permitiría dejar florecer.
-¡Es una deshonra! -la voz de su padre retumbó en su cabeza como un trueno-. O abortas o te largas. Quítate el apellido, hija de puta. Ve a suplicarle a ese bastardo al que le abriste las piernas.
- Cariño, ella lo hizo por amor.- Su madre, como siempre intentando salvar lo que estaba roto.
- Si mucho amor, dile a ese bastardo que se haga cargo. - Sentenció como última palabra.
Ella lloraba afuera de su casa, recordaba como su madre le quería abrir la puerta y como su padre le puso llave y la oculto de su madre.
Ella veía todo en tercera persona, recordando el rostro de su madre, recordando sus murmullos de perdón.
El recuerdo del aborto espontáneo a los dos meses, sola, desangrándose en un callejón sin dinero ni para un entierro digno, la hizo convulsionar en el suelo de mármol, viendo a la luna, pidiendo perdón a quien ya no está.
El dolor físico de la droga no era nada comparado con el vacío de haber incinerado su única razón de vivir en una lata de metal.
Mei se puso en pie, tambaleándose hasta la azotea. El aire de Tokio la golpeó, pero sus ojos estaban fijos en la luna. La fragilidad había muerto. La muñeca rota se estaba reensamblando con piezas de acero, odio, sangre y varios litros de suero.
-Te encontraré -sentenció al vacío, su voz ahora era una hoja de afeitar-. Te mataré con mis propias manos. Las balas serían un regalo demasiado piadoso. Te haré implorar, y cuando exhales tu último aliento, todos creerán que tú mismo decidiste terminar con tu miserable vida.
Esa noche, Nanase Mei no solo despertó de un trance; desenterró una tumba que juraba haber enterrado. En el tablero de sombras de Japón, ella ya no era la presa.
Era un tigre con hambre voraz.
El Tablero se Mueve: Kanto y la Sombra de Bonten.
En Rokuhara Tandai, todo se sabía. Todo se cobraba. Y ella estaba a punto de pasar la factura más cara de la historia criminal de Japón.
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A la mañana siguiente, Mei era otra persona. La vulnerabilidad de la noche anterior estaba presente en sus pupilas dilatadas, sus ojeras y sobre todo su carácter.
Sus manos, las mismas que habían temblado de dolor, estaban ahora enfundadas en terciopelo negro.
-Terano -llamó con una frialdad que heló la habitación.
South Terano entró, su imponente figura llenando el marco de la puerta.
Su sonrisa era la de un hombre que disfrutaba del caos, pero incluso él sabía cuándo guardar las distancias con Mei, no por miedo..por respeto ante ella y ante su cruel vida.
-Necesito información sobre Bonten en Tokio -ordenó ella-. Y dile a Shuji que se mueva. Tenemos deudores que cobrar antes de la inauguración del Mommy's Best Club.
Terano soltó una carcajada ronca.
-¿Te levantaste de buenas, jefa? Vino un subordinado de Bonten buscando "negociar".
Al escuchar "Bonten", un relámpago de intuición cruzó su mente. Sabía que él estaría allí. Se vistió con la armadura de la seducción: un vestido negro de espalda descubierta y escote pronunciado. Cada movimiento era una declaración de guerra.
-Dile que si quiere mi tiempo, tendrá que esperar hasta mañana -respondió ella mientras encendía un cigarrillo-. Hoy tenemos una cita con el destino. Y si el enviado de Bonten se pone difícil, vuélale la cabeza. No estamos para cortesías ni para acoger a gente inmunda.
El Fantasma del Pasado: Sanzu y la Orden de Mikey.
Mientras tanto, en el corazón de Kanto, la atmósfera en la base de Bonten era de una calma violenta. Manjiro Sano, "Mikey", observaba la ciudad desde su trono de cristal.
-Sanzu, ven aquí -ordenó.
Haruchiyo Sanzu se adelantó, su sonrisa cicatrizada ocultando una locura latente.
-Dime, mi Rey.
-Esta noche inauguran el Mommy's Best Club. Es territorio de Rokuhara Tandai. Quiero que vayas con los Haitani. Identifica a las piezas clave, saca información y, si es necesario, elimina a Mirko Yushiro. Ese embajador está jugando para ambos bandos y las sanguijuelas no sobreviven en mi jardín.
Sanzu ladeó la cabeza, sus ojos brillando con una mezcla de anticipación y algo más profundo, un recuerdo punzante.
Sanzu lamió sus labios, sus ojos brillando con una mezcla de anticipación y locura.
-Entendido. Un poco de sangre y un buen polvo para acompañar los tragos.
Pero dentro de Sanzu, un engranaje oxidado comenzó a girar. El nombre de la dueña de Rokuhara, aunque envuelto en misterio, resonaba con un eco familiar.
Recordó a una chica de hace años. Recordó su fragilidad, su sumisión forzada, y cómo él mismo le había arrancado la inocencia bajo la excusa del "amor".
"Reza, Nanase, reza para mí, mientras te rompo", se escuchó a sí mismo decir en el teatro de su memoria.
Él no sabía que la niña que obligó a rezar ya no creía en Dios. Si ella estaba en ese club, si ella era la que creía... gastaría hasta el último yen de Bonten para volver a tenerla bajo su control.
Él no sabía que el "ratoncillo" que creía haber destruido ahora gobernaba el 68% del submundo criminal, manejando políticos y militares como marionetas, todo con hilos finos..invisibles.
-Y Sanzu... -añadió el líder-, si ves a la mujer que dirige eso, no te dejes engañar. Es un tigre, no una presa.
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La Tensión en el Aire en el Mommy's Best Club no era solo un burdel; era una declaración de guerra.
Mei sabía que él estaría allí.
Sabía que Bonten enviaría a sus perros de caza. El efecto de la Doplorefina aún le causaba punzadas en las sienes, trayendo ráfagas de aquel abuso: el dolor en la garganta, las lágrimas que se tragó, la humillación de ser tratada como una propiedad, como una puta más del montón.
Mei dio una última calada a su cigarrillo, observándose en el espejo.
La mujer que veía no tenía quince años. No tenía miedo, tenía poder y muy seguramente millones de dólares arriba de su cabeza.
-Traición a los traidores -susurró para sí misma mientras aún veía en sus ojos el rastro del llanto y el odio-. Ojo por ojo, diente por diente. Lo que se hace, se paga al doble.
El juego del gato y el ratón estaba por comenzar en el centro de Tokio. Pero Sanzu y Bonten estaban a punto de descubrir que, esta vez, el ratón había aprendido a saborear la carne de sus cazadores.
Ambos sabían lo que les esperaba, ambos habían Desenterrado una tumba que ellos mismos creían haber enterrado en lo más profundo de sus vidas.
El escenario estaba listo para abrir en la noche. La inauguración del club no sería una fiesta, sino el tablero donde el gato y el ratón cambiarían de roles. Nanase Mei no planeaba ser la víctima esta vez; ella era el verdugo que esperaba en la oscuridad, con el corazón blindado y las manos listas para apretar el cuello de su pasado.
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Aclaración!!
Habrán varios tipos de droga que la verdad me invento los nombres jajdja esq me aburro y eso, bueno..alguna otra duda?