Capítulo 1: El manicomio
Buenas querido lector, yo soy aquel que llaman el guía, permitidme situaros en el inicio de esta nuestra historia, pues desde este punto en lo más alto del cosmos, miremos aquel planeta que ambos conocemos como la tierra. Ah pues no debes imaginar aquello que antaño conociste, pues en nuestro mundo amigo mío, aquella esfera pintada por el verde y azul es diferente, pues cuatro continentes se alzaban, hacia los cuatro puntos cardinales y en medio una pequeña isla circular. Pues dejadme que os oriente en esta nueva tierra.
El Norte: conocido por sus enormes tierras heladas y sus lagos gélidos, era habitado por los norteños, ciudadanos que vivían en aquellas enormes montañas, donde las estructuras nacían dentro de la roca y donde el vapor de las máquinas calentaba su interior.
El Este: era un enorme archipiélago, compuesto por cientos de miles de islas, donde sus tribus vivían de forma austera pero feliz. Sus habitantes, conocidos como esterianos, eran gente amable, aunque vivían terriblemente en alerta, pues fuera de las islas mandaba la ley creada por aquellos piratas que recorrían los vastos mares con sus barcos impulsados por velas y un enorme cañón de vapor que dormía bajo la popa.
El Sur: estaba compuesto por dunas y un río que partía el continente en dos mitades. Sus habitantes, llamados sureños, vivían alrededor de aquel río, al cual se veneraba como su dios absoluto; estos, aunque con dificultades, pues vivían bajo un calor casi insoportable. Ambos lados del río tenían sus diferencias, pues su odio fue creciendo con el tiempo, y los sureños se habían enzarzado en una guerra civil que estaba durando eones. Estos vivían en aquellas enormes arañas mecánicas, dándoles así la capacidad de moverse por aquellas dunas ardientes plagadas de peligros.
El Oeste: una enorme y vasta llanura de prados y montañas cargadas de vida, donde sus habitantes vivían de lo que daban sus tierras. Los poblados se contaban por millares, aunque esta región cargaba con más peligros de los que uno puede contar, pues aquella supuesta magia, mal llamada brujería, había arrasado sus ciénagas, provocando un pavor irracional que se había extendido como la pólvora por el continente desde su nacimiento.
Pero amigo mío, aún se nos escapa algo... ah, ya recuerdo: aquella isla que descansa en medio de los continentes, lugar donde nuestro héroe ahora mismo se encuentra. Pues antes de que os lo presente, permitidme contaros qué se encuentra allí.
En aquella tierra conocida como la isla de Argos se asentaba; esta isla redonda era conocida por sus ciudades enormes, cargadas de edificios de varias plantas de piedra oscura y con aquellos techos puntiagudos de tejas negras. Las calles se dividían de forma exacta, pues las calles anchas que daban a los primeros pisos albergaban los negocios, y las callejuelas daban pie a las viviendas superiores.
Las calles, iluminadas siempre por aquellas lámparas de aceite, y donde elementos como gárgolas y otros seres místicos predominaban en la decoración de sus arquitecturas. Aquella ciudad, oculta bajo una bruma que prácticamente no dejaba entrar el sol y que traía una lluvia constante, era conocida por sus innumerables tecnologías.
Sus habitantes vivían bajo tres clases sociales: aquellos que habitaban las ciudades eran pudientes o directamente pobres. Pues las residencias estaban habitadas por esas clases medias, donde los abrigos eran decentes y el calor era agradable.
Mientras que los pobres vivían en las callejuelas al amparo de las lluvias y las ratas, bajo el frío de las noches, vestidos con harapos, muchos decidieron vivir bajo las alcantarillas. Allí, con el paso del tiempo, se habían creado otras viviendas, conocidas como las alcantarillas. Estos habitantes eran la clase más pobre, los que se llevaban los peores jornales, y cuya máxima aspiración era vivir un día más sin contraer la peste que repartían los animales que habitaban con ellos allí abajo, junto a aquellos nefastos olores.
Pero aún falta una clase: la clase alta, compuesta por el rey, sus nobles, aristócratas y caballeros. Estos vivían a las afueras de las ciudades, en mansiones lujosas, cargadas de comodidades y con cientos de sirvientes. Sin embargo, los caballeros vivían de una forma más peculiar: estaban recluidos en tres gigantescos castillos que formaban un triángulo perfecto a lo largo de la isla.
Pero no desesperes en intentar comprender todo desde las alturas del cosmos; dame la mano y viaja junto a mí hacia la isla, desde donde un convoy de carruajes, tirados por caballos, aguarda nuestra llegada. Situémonos en el del medio, en el que está en medio de todo esto.
Miremos juntos a aquel hombre rudo que miraba por la ventana mientras fumaba un cigarrillo, con aquel tupe corto y oscuro y esa barba que dejaba crecer el bigote bajo sus ojos verdes intensos. Vestido con aquella larga túnica cara, que llevaba componentes de las viejas armaduras de caballero perfectamente integradas, permitía una seguridad perfecta, equilibrando protección precisa y movilidad absoluta. Estaba recubierto en los antebrazos, la zona baja de las piernas, hombros, cuello y una pequeña parte del pecho.
Bajo aquella gabardina azul oscura, realzada por sus pequeños toques metálicos, bajo aquellos guantes y botas de cuero negro, se encontraba uno de los hombres más respetados de Argos y el protagonista de nuestra historia, amado lector. Déjame presentarte al caballero conocido como Sir Thomas Kaylock, caballero de primera y antiguo escudero de Sir Percival Malory.
Pero ahora, amigo mío, debo soltarte de mi mano; déjame asentarte en la mente y que puedas ver a través de su vista, pues yo puedo narrarte el mundo, pero mejor es vivirlo desde dentro. Por lo cual, damas y caballeros, bienvenidos al mundo de Sir Thomas.
Como siempre, la lluvia goteaba con fuerza; estando en este convoy, como de costumbre, me doy cuenta de lo amarga que es la vida. Yo, quien anhelo la muerte desde hace siglos, no paro de ver cómo estos jóvenes mortales ansían el ascenso a caballeros. Puedo entenderles, puesto que un día yo también anduve en su pellejo, pero viéndolos de cerca sé que no hay más que carne de cañón frente a mí.
Mientras en mi juventud callábamos para escuchar a nuestros superiores, mientras comprobábamos mil veces el estado de nuestro equipo, estos chicos discutían estrategias como si dependiesen de ellos mismos, pero se podía ver cómo sus dagas lumbares estaban mal agarradas, sus pistolas de plata estaban mal mantenidas, y sus fusiles y escopetas de iones recogían todo el peso de su supervivencia.
Estábamos allí rumbo hacia la locura, nos habían avisado de que en el manicomio de la ciudad se había avistado aquello que hoy se le conoce como licántropo; este había causado graves daños a los internos, así que me habían mandado a mí, junto a once jóvenes más, para que agarrasen experiencia.
Llegamos frente a aquel enorme espacio que, desde fuera, gritaba la locura que guardaban sus internos. Los chicos se desplegaron; yo me levanté con tranquilidad, mientras uno de ellos me ofreció una escopeta de iones. La rechacé, pues no confiaba aún en estas nuevas tecnologías: —Lo siento, amigo mío, prefiero usar mi daga, pistola y escopeta recortada de plata; estas nunca me han fallado.
Pedí que el primer carruaje asegurase el patio principal; los ineptos hasta se llegaron a tropezar con el barro. Los del segundo, que vinieron conmigo, serían mi escolta, mientras que el tercero se dividiría entre vanguardia y retaguardia, colocando dos en cada lado.
Desde afuera podía sentir el olor a sangre fresca proveniente del interior de aquella prisión; agudizaba el oído y me permitía oír cómo, a cada poco, los gritos de los civiles acechaban en los rincones. Aquel monstruo se estaba alimentando; aquello era como un banquete y este se estaba poniendo las botas.
Puse rumbo al salón de baile para bailar con la muerte una vez más. Al abrir las puertas de aquel infierno, la sangre salió como el desborde de un río; dentro solo había cadáveres y vísceras a cada paso. Los novatos no aguantaban el olor ni lo que veían, algunos incluso vomitaban, pero no había tiempo para sus tonterías y tuve que poner fin a sus cursilerías: —¿Queréis dejaros ya de tanta tontería? Hemos venido a cazar; si queréis hacer hueco para los pasteles, esperad a volver a casa.
Podía ver sus ojos; sé que era duro, no se me había olvidado, pero debíamos cumplir una misión, y permitirles ser débiles era sentenciar al grupo entero. Yo no estaba allí solo para matar a la bestia, más bien para intentar traer de vuelta a todos los posibles.
Caminábamos en formación; de momento la cosa estaba tranquila, y eso sabía que era malo. Nos topamos con un guardia en el suelo; este sujetaba sus tripas con sus manos, mientras se apoyaba en la pared intentando respirar. Intenté pedirle indicaciones de dónde estaba el monstruo, pero no era capaz de formular palabras. Simplemente saqué mi revólver y le reventé el rostro. Cierto es que dejé a mis guardias en shock, pero más importante era darle el descanso que se merecía aquel hombre.
Uno de los guardias miraba al suelo con mala cara, preguntándome: —Sir Thomas, ¿por qué le mató? ¿Acaso no venimos a ayudar? Me paré en seco y miré al muchacho a los ojos: —¿Acaso sabes el sufrimiento que es sujetar tus propias tripas, joven? Pues si no, lo mejor que puedes hacer es callar y seguir buscando a esta bestia antes de que acabemos como él.
Mientras miraba a aquel joven, vi cómo de reojo caían motas de polvo que provenían de las vigas; me giré directamente hacia la vanguardia, con la esperanza de que estos siguiesen cumpliendo con su trabajo de estar atentos al entorno. Antes de decir nada, de lo alto, como si fuese un misil, cayó sobre ellos aquella sombra repleta de pelos.
Sobre el que cayó fue destrozado al instante, pues se podía ver cómo los huesos y la sangre salían por varios orificios creados por el impacto, estando bajo aquellas patas afiladas que ahora agarraban el color de la sangre.
Todos vimos cómo aquella sombra enorme emergió, dando así paso a aquel hombre lobo. Mis hombres estaban pavorizados, pues aquel ser mediría más de dos metros veinte y pesaría casi doscientos cincuenta kilos de músculo.
Aquel ser clavó sus ojos rojizos en mis hombres. No dudé y, con mi escopeta, comencé a disparar a aquel ser: dos balas, dos oportunidades. El lobo puso frente a mí el cuerpo del hombre que sujetaba con su garra, pero me dio igual.
Aquel soldado ya estaba más que muerto, pues a plena vista se podía ver cómo su cadera no era más que polvo de hueso y que, por dentro, se desangraba poco a poco.
El licántropo gritó de dolor, pero no era suficiente; mis chicos estaban paralizados con las armas en la mano. El monstruo nos lanzó el cuerpo sin vida del soldado, me agaché rápido y aquel cuerpo golpeó el de uno de mis hombres, sacándolo por la ventana y dictando su más que segura muerte.
El monstruo se iba a avalanzar; salté hacia una de las jaulas que había a mi lado. Vi cómo aquella bestia saltaba hacia mis hombres; antes de ponerme en pie, gritos y disparos de desesperación se hicieron hueco en mis oídos. Al ponerme en pie, el hormigón a mi lado fue destrozado, pues aquel monstruo lo atravesó con el cráneo de uno de los chicos, el cual se quedó allí en la pared, abierto en dos mitades, dejando ver cómo se escurría su cerebro.
Maldita sea, esos imbéciles ni siquiera intentaron ponerse a salvo. Salí de allí, vi cómo uno de mis hombres estaba vivo en el suelo, con las manos quemadas, rodeado por las vísceras de sus compañeros. Lo levanté y le dije: —Vamos, arriba, no hay tiempo para descansar, ahora empieza lo difícil, chico.
Le pedí al muchacho que su misión ahora era ir fuera con el grupo que quedaba; su misión estaba en ponerse a salvo, mientras yo cazaba a aquel monstruo. El chico, que apenas podía con el dolor de sus manos, se fue mirándome con cara de pánico. Vi el arma de iones que había portado; como de costumbre, al sobrecalentarse, esta había explotado, destrozando las manos del chico.
Agudizando mis sentidos, pude sentir el olor de la bestia, cómo comía en el desván. Agarré una de esas malditas escopetas de iones y me dirigí con calma; no había prisa. Mientras caminaba, no podía creer cómo los jóvenes confiaban en esta basura. Según ellos, son muy útiles, pues no es necesario recargar, pero la parte que se les olvida siempre es la mala: ¿qué pasa cuando se sobrecalienta? Pues te deja vendido durante un largo tiempo, o bien muchas veces explota por el calor. Por lo menos, esta vez la explosión fue pequeña.
Subí hacia arriba de aquel desván destartalado, lleno de telarañas y pudredumbre. La bestia me daba la espalda, despreocupada; él sabía que estaba allí, pero para él yo no era más que un simple insecto más.
Sin mucho pensar, disparé el arma directamente a su espalda. Este gritó como un perro herido. Su pelo se había achicharrado con el disparo, y la piel que dejaba ver sus músculos estaba en carne viva.
Lancé aquella escopeta al rostro de la bestia; esta se giró para mirarme a los ojos, pero se topó con el arma. Yo, sin pensarlo, disparé con mi revólver a aquella escopeta de iones inútil, la cual sirvió más como explosivo que como arma. Esta destruyó parte del rostro de la criatura en la explosión y la lanzó al piso de abajo, el cual, por su mismo peso, cayó a lo más profundo del manicomio, directo a la sala de calderas.
Sabía que no estaba, dentro de lo que cabe, ante una bestia peligrosa; sabía que era joven, inexperta y arrogante, un iniciado hace poco. El portador rondaría seguro entre los dieciséis y veinte años.
Bajé tranquilo; el monstruo estaba herido y seguro que asustado. Abrí las puertas que daban a las calderas; el vapor y el calor irrumpieron en mi cuerpo. Podía ver a la bestia allí tirada, indefensa, como un niño al que han golpeado en el patio del recreo.
Este me miró con su medio rostro destruido; furioso, se abalanzó hacia mí, pero antes de poder llegar a tocarme, fue tan sencillo como disparar a su pecho herido con mi escopeta recortada. La bestia cayó, dirigiéndose hacia una de esas calderas, mientras se destransformaba.
Me encendí un cigarrillo y caminé hacia él, enfundando mi escopeta en mi muslo derecho; este suplicaba clemencia desde la suela de mis botas, mientras intentaba respirar. Lo levanté entre mis brazos, su cuerpo estaba desnudo, y su cara dejaba ver el rostro de un muchacho de diecinueve años; este me echó una mirada de terror con la poca luz que le quedaba en su mirada, pero sin mucho pensarlo, lo lancé directamente a la caldera, viendo, mientras fumaba, cómo el chico moría quemado entre sufrimiento y lamentos.
Volví junto a los muchachos, el grupo que se quedó a vigilar el jardín seguía vivo, y con ese heroísmo con el que llegaron todos no me extraña, pues no llegaron a entrar allí. Al lado izquierdo del edificio se podía ver el cuerpo muerto, empalado, de aquel que cayó por la ventana, mientras en el carruaje esperaba aquel superviviente traumado.
Miré al líder de escuadrón: —Esperad al equipo de limpieza y después volved a casa—. Subí al carro con el herido, quien me miraba con el terror en los ojos, y me preguntó: —Pensaba que la vida sería lujo, honor y galas con bellas damas. Como el suertudo de mi hermano. ¿Por qué se me castiga así a mí, Sir Thomas?
No pude evitar responderle al joven: —A veces la vida nos da golpes a favor, pero en su mayoría suelen ser golpes en contra, chico. No lo olvides.