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Doctor Jefe - Adaptación KookV (3)

Summary

Mi vida era muy tranquila hasta que llegó Jeon Jungkook, un millonario insultantemente sexy. Pensé que lo nuestro solo iba a ser una aventura de una noche y que jamás volvería a verlo, pero ha regresado para convertir la mansión inglesa en la que vivo y trabajo en un glamuroso hotel. Por encima de mi cadáver.

Genre
Romance
Author
Annie
Status
11d ago
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


Taehyung


Incluso después de todos estos años, todavía me hormiguea el estómago por la emoción al abrir la tetería en Crompton Estate, siempre ilusionado por empezar un nuevo día, y no creo que haya mucha gente que pueda decir lo mismo de su trabajo. Cruzo la puerta y pongo el cartel de «Abierto» en el escaparate. Hoy serviremos té, café, pasteles y bollos — por no hablar de la sopa del día de Sana— a cientos de visitantes felices, que harán una pequeña pausa antes de regresar a casa o continuar su recorrido por los magníficos jardines de Crompton.

El magnolio que hay fuera de la tetería acaba de florecer y sé que la gente entrará y se fijará en esas flores tan grandes como mi cabeza y en el dulce aroma de todos los años, que anuncia que estamos a mediados de mayo. Hoy todo el mundo va a estar de muy buen humor, seguro. ¿Cómo podría alguien no estar de buen humor cuando visita Crompton? Es imposible.

Me llegan los primeros compases de I Feel Pretty, de West Side Story, y, con una gran sonrisa, me vuelvo hacia Sana, que ha encendido los altavoces y se ha puesto a cantar. Me uno a ella cuando voy hacia el mostrador.

—«Y compadezco a los donceled que hoy no son yo» — canto.

No tengo una gran voz —no habría llegado al West End ni aunque hubiera querido —, pero puedo cantar lo bastante bien como para participar en la producción amateur de Crompton que hicimos el año pasado. Pusimos en escena Frozen: yo era Elsa, y Sana, aunque tiene treinta años más que yo, era Anna.

—¿Cómo está la abuelita? —pregunta Sana. Todo el mundo llama «abuelita» a mi abuela. Lleva treinta años viviendo y trabajando en esta finca y forma parte de ella tanto como la casa de campo en la que vive.

—Bien. Ya está recuperada por completo del resfriado. — Echo un vistazo a los comentarios de la página de Instagram de Crompton. Llevo la cuenta oficial y percibo un pequeño extra en la nómina por el trabajo adicional que me supone —. ¿Te gusta esta? — Giro el teléfono y se lo enseño a Sana para que mire las fotos del magnolio que he hecho al llegar.

—Todas son preciosas —dice.

—Y ese es el problema: hay tanta belleza a nuestro alrededor que no le prestamos atención. No nos damos cuenta de lo afortunados que somos.

—No corremos el riesgo de olvidarlo — dice Sana —. Nos lo recuerdas a todas horas.

Me río. Me entusiasma el lugar donde vivimos y trabajamos. No me pregunto si la hierba es más verde en el prado del vecino porque sé a ciencia cierta que no lo es.

—Voy a publicar una y a poner las otras en stories.

La campanilla de la puerta tintinea, me coloco detrás del mostrador y me vuelvo para recibir al primer cliente del día.

Imagino que voy a encontrarme con una pareja de jubilados que quieren entrar en calor con una taza de té antes de empezar su visita autoguiada por los jardines, o quizá con un grupo de turistas japoneses que precisan que los ayude con el mapa, y lo último que espero ver en la puerta es a un hombre tan alto que tiene que agacharse para no golpearse la cabeza con el dintel, un hombre que se ha remangado la camisa blanca hasta dejar al descubierto los antebrazos de una forma que casi resulta provocativa. Se detiene justo delante del mostrador y me mira como si fuera un trozo de la tarta Bakewell de Sana y quisiera devorarme.

Está claro que el hombre que tengo delante no es el típico cliente de Crompton.

Consigo mantener la sonrisa mientras saludo a nuestro nuevo cliente, a pesar de que estoy convencido de que me he ruborizado solo con mirarlo.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?

Una expresión divertida se dibuja en su rostro; no quiero saber lo que está pensando de ninguna de las maneras, porque, por el modo en que sonríe, tengo claro que es algo obsceno.

—¿Té? ¿Café? —sugiero, un poco desconcertado —. En la nevera que está en la parte de atrás hay zumo de naranja. — Hago un gesto hacia el mueble que conserva las bebidas frías.

Sana se acerca y por el rabillo del ojo veo que coloca la tarta de chocolate sobre la encimera. Luego apostaremos sobre a qué hora nos piden el primer trozo. Siempre es el último en salir, pero una vez que servimos la primera porción, es como el Black Friday: no dejan de pedirlo hasta que se acaba. Aparte de eso, lo que más vendemos por las mañanas son las barritas de cereales caseras y la tarta de zanahoria.

—Vaya, pues sí que eres un tiarrón guapo… — le dice Sana al perfecto desconocido que tengo delante y que ni siquiera me ha dicho todavía si quiere té o café. Sana pone los brazos en jarras y se acerca a mí y, por tanto, al desconocido, como si pretendiera inspeccionarlo y asegurarse de que está tan bueno como pensaba, aunque no hay duda alguna: el pelo castaño oscuro y brillante, los labios carnosos, esa mandíbula y hasta la arruguita que hay entre sus ojos, que hace incluso más atractivo su rostro.

El cliente esboza una media sonrisa.

—Gracias.

—¡Y estadounidense! —exclama como si acabara de ver un perro verde, aunque aquí paran americanos todos, o casi todos, los días. Sana me da un codazo —. Es americano.

No puedo reprimir una sonrisa. Sana es muy divertida sin siquiera proponérselo al menos el cuarenta por ciento del tiempo; el sesenta por ciento restante está cantando, lo que la convierte en la compañera perfecta. Además, no tiene filtros, es una repostera estupenda y la conozco desde que nací. Es como de la familia.

—¿Tarta de zanahoria? —Ofrezco, intentando ignorar a Sana y centrarme en el trabajo. Mi trabajo soñado desde que era pequeño y en el que llevo desde los dieciséis años.

—Un café solo —responde.

En lugar de preparar el café del cliente, Sana se apoya en el mostrador.

—¿Vives en Estados Unidos? — pregunta —. ¿Has venido de vacaciones?

—El café es una libra con cincuenta y responder a la encuesta de Sana es opcional.

Se ríe entre dientes y siento un cosquilleo entre los muslos. No hay muchos hombres guapos en Crompton y yo no salgo a menudo de la finca, salvo para acercarme al pueblo porque tenga que ir a la oficina de Correos o al supermercado. No me cruzo con muchos hombres de mi edad que se parezcan al que tengo enfrente, pero mi cuerpo está teniendo una reacción tan visceral hacia él que agradezco no tener que acercarme al pueblo, porque esto debe de ser un subidón hormonal, y podría darme un ataque al doblar una esquina y encontrarme frente a un grupo de hombres.

Aunque dudo que ni una docena de tíos juntos pudieran reunir la confianza en sí mismo que el que tengo delante rezuma por todos los poros.

Con tan solo unos segundos de interacción, me ha quedado claro que sabe lo que quiere; que consigue lo que quiere.

—No es una encuesta —protesta Sana —. Solo intento mantener una conversación. ¿Qué quieres? Me gusta la gente.

—Por ahora vivo en Estados Unidos — responde. Estoy a punto de preguntarle si quiere pagar en efectivo o con tarjeta cuando levanta el teléfono en respuesta a mi pregunta no formulada y asiente cuando le acerco el TPV —. Tengo familia aquí. He quedado con ellos esta mañana para visitar los jardines.

—Qué agradable —comento.

—Un hombre de familia. —Aprueba Sana —. ¿Estás casado?

El hombre se ríe, no sé si por la cantidad de preguntas o por lo personal que ha sido esta última.

—No. —Me mira un instante y se vuelve de nuevo hacia Sana.

—Si quiere sentarse, le llevo el café. Puede elegir la mesa que desee.— Me dan ganas de darme de tortas. Pues claro que puede elegir mesa: no hay nadie más y tampoco es que tengamos un reservado para clientes vip.

—Gracias —responde; da media vuelta y va hacia las mesas, se sienta, estira las largas piernas y se concentra en el móvil.

Sana y yo cruzamos una mirada.

—Es guapísimo —dice Sana.

Él levanta la vista de golpe y nos pilla contemplándolo. Sonrojado hasta la raíz del cabello, me concentro en la caja registradora como si fuera un portátil y estuviera haciendo un trabajo importantísimo.

¿Ha oído lo que ha dicho Sana?

—Nos vas a meter a los dos en un lío — susurro.

—Eso es justo lo que necesitas en tu vida: meterte en líos. Vivir una aventura, disfrutar de un poco de diversión…

—Me gusta mi vida tal como es — respondo. Crompton Estate me ofrece todas las aventuras que necesito. Soy feliz aquí, y eso es lo que importa.

—Hace veinte años habría trepado a ese hombre como si fuera un árbol — anuncia Sana.

—Estabas felizmente casada. — Le recuerdo.

Se encoge de hombros.

—Pero tú no lo estás.

—Yo estoy bien así. Soy feliz. — Sé lo que es la aventura y por eso me gusta estar aquí, en la cafetería, cantando temas de musicales y sirviendo tarta de zanahoria.

El desconocido levanta la vista de su teléfono y nuestras miradas se encuentran. Él no la aparta y yo tampoco.




Primeeeeer capítuloooo!!!!

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Strong Dialog

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