Ragweed

Summary

Andrómeda es novia de Perseo, no de la mitología griega sino el otro Perseo, Percy Jackson, hijo de Poseidón. Andrómeda aparenta ser una alumna extranjera de intercambio con una belleza exótica para la vida cotidiana de Nueva York. Lo que nadie sabía incluyendo Percy es que Andrómeda es hija del niño que sobrevivió, Harry Potter. Un día Andrómeda descubre que su novio es un semidiós y queda involucrada en el mundo de los dioses, poniendo en riesgo su verdadera identidad como bruja. Libro 1: Ragweed (Percy Jackson x Oc) Libro 2: Delighted (Harry Potter x Oc) No publicado. Basado en el universo de la serie de Percy Jackson y los dioses del Olimpo.

Genre
Other
Author
Rikki M.
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1


Andrómeda


El amor puede ser mágico y hermoso pero al mismo tiempo doloroso.

Yo sabía perfectamente cómo se sentía eso.

Pensé que yo iba a tener mi final feliz cómo mis padres lo tuvieron. Estando enamorados desde pequeños hasta la fecha pero parece que ese no sería mi caso.

Mi mayor error fue enamorarme de Percy Jackson.

Porque sino me hubiera enamorado de él, no estaría sufriendo en este mismo momento.

La fecha para regresar a Hogwarts estaba a la vuelta de la esquina y no he tenido el valor de romper mi relación con él. No quería. Me gusta muchísimo pero no tenía otra opción, así que, estaba escribiéndole una carta a mi novio donde expresaba todos mis sentimientos por él.

Ha terminar de escribir la carta, lo roció con mi perfume de rosas favoritas y la guardo en mi cartera donde tenía escondida mi varita. A pesar de estar en el mundo de los muggles nunca me despegaba de ella.

Salí corriendo de mi habitación, dirigiéndome al autobús escolar donde todos mis compañeros se encontraban subiendo al transporte amarillo. Yo era la última en llegar.

—¿Llegando tarde otra vez, señorita Potter? —me preguntó la señora Dodds, con esa sonrisa rígida que nunca alcanzaba sus ojos—. Suba.

Obedecí y avancé por el pasillo del autobús. El murmullo de mis compañeros llenaba el aire, pero yo apenas lo escuchaba. Me senté junto a la ventana, aferrándome a la cartera como si fuera un salvavidas.

El autobús arrancó.

—Hey.

Percy se dejó caer a mi lado, como si ese lugar siempre le hubiera pertenecido. Su presencia era cálida, familiar... peligrosa para alguien que estaba a punto de huir.

—Creí que no vendrías —dijo.

—Casi no lo hago.

Me miró con atención.

—¿Te pasa algo?

Las palabras estaban ahí. Todas. Hogwarts. La magia. El adiós.

Pero ninguna salió.

—No —mentí—. Solo estoy cansada.

El autobús avanzó entre el tráfico de Nueva York. Los edificios se reflejaban en el vidrio, distorsionados. Como mi propia vida.

La cartera pesaba. La carta seguía intacta. No había tenido el valor de entregarla. Tal vez esperaba que el tiempo se detuviera si la mantenía escondida.

—¿Nerviosa por el museo? —preguntó Percy—. El señor Brunner dice que esta vez será "educativo".

Sonreí apenas.

—Siempre dice eso.

—Y siempre miente.

Solté una pequeña risa que se apagó demasiado rápido.

—Percy... —dije en voz baja.

—¿Sí?

Lo miré. Sus ojos azules reflejaban la luz gris del día. Me observaba como si pudiera leer lo que yo no me atrevía a decir.

—Yo... —tragué saliva—. Nada. Olvídalo.

Frunció el ceño.

—Oye. No tienes que guardarte las cosas conmigo.

Lo sé.

Por eso dolía tanto.

Asentí sin responder. Percy no insistió, pero su mano buscó la mía con torpeza, como si quisiera anclarme al presente. Entrelazó nuestros dedos, cálido, real.

Cerré los ojos un instante.

Díselo, me ordené.

Ahora.

Pero no pude.

El autobús comenzó a disminuir la velocidad.

—Ya casi llegamos —dijo Percy.

—Sí.

Miré el museo a través del vidrio. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Algo antiguo se movía en el aire. Algo que no pertenecía ni a la magia que conocía ni al mundo muggle.

Percy soltó mi mano cuando el autobús se detuvo.

—Vamos —dijo—. Antes de que la señora Dodds nos mire raro.

Demasiado tarde.

La vi de pie afuera, observándonos con una atención inquietante.

Tomé mi cartera. La carta seguía ahí. Sin entregar. Sin despedida.

Bajé del autobús junto a Percy, caminando a su lado como si el mundo no estuviera a punto de quebrarse.

No le dije la verdad.

No porque no lo amara.

Sino porque hacerlo lo haría real.

Y mientras cruzábamos la entrada del museo, supe que el destino no me daría más tiempo.

Porque cuando los dioses deciden intervenir, no esperan a que los corazones estén listos.

— Lo que ven aquí no es ficción — el señor Brunner empezó a narrar cuando entramos a la sección de estatuas griegas. Yo caminaba junto a Percy, tomándose de la mano. Grover, el mejor amigo de Percy, iba detrás de nosotros como si fuera alguna clase de guardaespaldas. — No son fantasías. Lo que ven aquí son las partes más verdaderas y profundas partes de ustedes mismos. Amigos... los dioses... los monstruos... los héroes que ven en esta habitación son recordatorios de nuestras capacidades. Ahora. En sus hojas de ejercicios, elijan a uno de los personajes que están aquí y que lo describan además de sus apariencias... de cómo los hacen sentir. Ok. Vayan — el señor Brunner aplaudió y el salón se dispersó por todo el lugar.

Cierta estatua me llamó la atención.

Quedándome mirándola más de lo debido.

— Andrómeda — dijo Percy y yo volteé a verlo.

— ¿Sí, Percy?

— No. Sí. Digo, ese es el nombre de la estatua — dice señalando con el rostro la estatua que estaba mirando.

No sabía mucho de la mitología griega pero sé que ellos son más que cuentos de hadas. Ocultos de las miradas de los muggles como nosotros. La única diferencia entre nosotros es que los magos y las brujas son más conservadores con el mundo de la magia.

Andrómeda.

La pareja romántica de Perseo, quién se terminó convirtiéndose en una estrella a morir.

El nombre que mis padres decidieron ponerme a nacer en su honor.

Que vaya coincidencia que mi novio también se llame como la pareja de Andrómeda.

Pero nosotros no somos ellos. Nosotros no estamos destinados a estar juntos, ya que, ambos venimos de diferentes mundos.

— Sabes... — voltee a verlo. Percy estaba mirando a la estatua de Perseo que no estaba tan lejos de Andrómeda. Literal. Nosotros estábamos en medios de las dos grandes esculturas griegas — mi mamá me llamó Percy en honor a Perseo, quién fue el único en tener un final feliz. Y lo soy. Contigo. Como lo fue Perseo con su amada. La única diferencia es que tú eres mi Andrómeda — dice mirándome con cariño profundo haciendo crujir mi corazón de dolor y solté su mano de la mía.

— Yo iré... por allí... sí — dije señalando un sitio cualquiera y me fui corriendo a esa dirección, escapándome de Percy.

La estatua de Afrodita se posicionó enfrente de mí cuando me detuve a llegar.

— Genial — pensé sarcástica. De todos los dioses tuve que señalar a Afrodita, la diosa del amor cuando yo estaba sufriendo buscando la manera para romper mi relación con Percy Jackson. No puse tanta atención y escribí lo primero que se me vino a la mente de cómo me hacía sentir dicha diosa.

— ¿Mamá? — escuche la voz de Percy preguntar. Detuve lo que estaba escribiendo y alce la mirada a su dirección confusa y pronto comprendí cuando Nancy Bobofit empezó a burlarse de él junto a sus secuaces de hienas.

— Señor, Jackson. Debe de aprender a comportarse adecuadamente — le dice la señora Dodds y el salón se empezó a reír.

— Pero... ¿yo?...

— ¿Comprende?

— No es su culpa, señora Dodds. Percy es especial — dice con falsa amabilidad. Yo fruncí el ceño molesta.

— Suficiente — intervino el señor Brunner — No les prestes atención. Cuando estés listo para oír lo que los dioses te tienen preparado, ellos te lo dirán. Yo creo en ti y también creo que necesitarás esto — le entrega un bolígrafo a Percy — No lo pierdas. Es un poderoso instrumento — el señor Brunner empuja su silla de ruedas y se aleja del rubio. Miré a mi alrededor y a ver que nadie me veía fingí estornudar cubriéndome la mitad de mi rostro con mi mano susurrando — Glisseo — y se escuchó un fuerte estruendo junto el grito de Nancy a resbalarse y caer duramente al suelo, y todos se empezaron a burlarse de ella. Yo aún teniendo mi mano en mi rostro sonreí satisfecha por mi venganza tras haberse burlado de Percy y tallé mi nariz con la manga de mi sudadera de Yancy como si me escurriera la nariz.

Un pañuelo blanco apareció enfrente de mi.

Era Percy con Grover a su lado.

— Gracias — agradecí y me limpié la nariz.

— ¿Por qué no te trajiste otra sudadera más gruesa, Meda? Vienes liviana y el clima de hoy no está bonito como digamos.

— No es nada. Solo es alergia al cambio del clima — mentí.

— Aún así deberías de cuidarte más, Meda — me regañó suavemente como lo haría una madre a su hija.

— Percy tiene razón, Andrómeda. El clima está de locos estos últimos días - dice Grover y yo sonreí.

— Está bien. Tranquilos, chicos. Tendré más cuidado la próxima vez — Percy se quitó su chaqueta azul marino de Yancy y me la puso sobre los hombros. Su acto hizo que la culpa y el dolor me consumiera aún más.

Grover nos miró con ternura y dice:

— No quiero arruinar su momento romántico, chicos. Pero yo ya tengo hambre. Es hora del receso.

— Está bien. Vamos, Meda — Percy me tomó de la mano y los tres salimos del lugar buscando un sitio para comer.