Prólogo
"El ser humano, en su afán de explorar, está condenado a destruirse... o a salvarlo todo. Lo que ocurra primero."
Hace tanto se conoce esa frase que nadie sabe quién lo dijo. Tal vez fue en alguna conferencia olvidada, o en los márgenes de un archivo histórico, la verdad no importa. Esa frase acompañó como un eco cada vez que la humanidad intentó abandonar su cuna.
Explorar siempre fue inevitable. Primero fue la Luna. Historia conocida. Después vino Marte, luego ampliaremos sobre esa colonia. Mas temprano que tarde llego la expansión tecnológica: plantas energéticas en Venus y Mercurio, avances que nos hicieron olvidar por un tiempo nuestras limitaciones.
El punto de quiebre fue Centauro 1: medio millón de personas rumbo a Alpha Centauri. Una promesa. Un salto al abismo. Nunca llegaron. Un fallo en la hipervelocidad los borró del mapa. Han pasado casi 250 años y no hubo señales. Solo silencio.
La guerra con Marte fue el siguiente desastre. Una colonia que ayudamos a levantar desde cero, nutrida con nuestras tecnologías, recursos y conocimiento, terminó devolviéndonos resentimiento. Lo que comenzó como tensiones económicas escaló a conflictos diplomáticos, sabotajes, y luego a ataques directos. Algunos decían que Marte se había convertido en un espejo oscuro de la Tierra: desigualdad, facciones, fanatismo tecnológico. Otros sostenían que simplemente querían independencia... a cualquier costo.
Se rompieron acuerdos. Hubo intervenciones fallidas. Genocidios encubiertos. Y lo peor: el uso de armamento experimental que afectó la estructura misma de nuestro sistema solar.
El golpe final: un ataque al Sol. Nunca entendimos del todo qué hicieron, pero lo dañaron. Irreversiblemente.
Con la Tierra en cuenta regresiva y los recursos agotados, la humanidad tomó una última decisión.
INTERTERRA no era una misión. Era el intento final de una especie al borde del colapso.
La nave estaba diseñada para transportar a tres mil pasajeros: dos mil civiles en criosueño, cuidadosamente seleccionados por sus aptitudes físicas, cognitivas y reproductivas; y mil operativos —médicos, ingenieros, científicos, pilotos— elegidos por su capacidad para construir una nueva civilización.
Entre ellos, dos figuras clave:
Ariel Edison, ingeniero mecánico y piloto de élite, nacido en Buenos Aires, criado entre motores y decisiones que no admiten errores. Graduado con honores en navegación interestelar y resolución de crisis. El mejor para liderar la misión... aunque no el más diplomático.
Evelyn Borges, segunda al mando. Psicóloga conductual, especialista en dinámicas sociales de colonias espaciales. Fue decisiva en la selección de los colonos y diseñó los protocolos de adaptación para los primeros cien años de vida en TERRA. También era pareja de Ariel. Un detalle omitido en los informes oficiales, pero conocido por todos.
Todo estaba preparado. No había vuelta atrás.
INTERTERRA representaba la última apuesta de una humanidad cansada de equivocarse, pero incapaz de rendirse.
Esta no es una historia de éxito. Es una historia de memoria, pérdida y redención.
Y comienza con Ariel Edison y Evelyn Borges, dos personas empujadas por la necesidad, arrastradas por un destino que no terminaron de elegir...
Y lo que encontraron más allá de las estrellas.