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The Butterfly 4 - Meanie/MinWon

Summary

La vida no ha sido fácil para Jeon Wonwoo ‘Won’. Condenado por matar a su padre abusivo, se encuentra cumpliendo una sentencia de nueve años en la prisión de Hollybrook, compartiendo celda con un prisionero mudo, Kim Mingyu. Mingyu tiene una reputación violenta en el ala; tanto los reclusos como los oficiales tiemblan ante sus gruñidos, sus rugidos y sus puños. Pero Wonwoo ve a un Mingyu diferente. Protector y gentil, Wonwoo no puede evitar acercarse a su compañero de celda. Hay razones por las que no debería hacerlo. Como el hecho de que Mingyu está allí por matar a cuatro personas y que la muerte de su anterior compañero de celda, Rin, sigue sin explicación. Pero la razón principal por la que Wonwoo no debería acercarse demasiado es el simple hecho de que, un día, Wonwoo saldrá libre de Hollybrook, pero Mingyu nunca lo hará. Ese día llega mucho más rápido de lo que cualquiera de los dos anticipa cuando Wonwoo tiene la oportunidad de apelar su condena. Al principio, Wonwoo se niega y Mingyu se siente aliviado, pero pasan los días y Mingyu cambia de parecer. Hacen un trato: Wonwoo apelará si Mingyu acepta permitirle que lo visite y le escriba, pero Wonwoo termina con el corazón roto cuando Mingyu lo borra de su vida. Él no quería que Mingyu lo dejara ir; quería lo opuesto: que Mingyu se aferrara a él, incluso si estaban a lados distintos de las rejas. ¿Explicará Mingyu sus razones? ¿Conseguirá Wonwoo su final feliz? ¿O acaso lo que pasa en prisión se queda en la prisión? Adaptación de la serie: MM Prison Romance, The Butterfly (behind bars, book 4)

Genre
Erotica
Author
Juju💤
Status
Complete
Chapters
23
Rating
5.0 (1 review)
Age Rating
18+

Capítulo 01

El estruendo de las risas, el chasquido de las bolas de billar, el chirrido de las patas de las sillas y el estridente golpeteo metálico de cada reja que se abría y cerraba en su largo y pesado trayecto de regreso al ala resonaban distorsionados en los oídos de Wonwoo.

Las voces murmuraban en su dirección, pero no les prestó atención. Su mirada estaba fija, con una visión de túnel, en la puerta de su celda.

La nariz se le arrugó cuando los olores del lugar lo golpearon: el humo, el hedor a sudor rancio que perduraba en el ambiente, la cocina preparando la siguiente comida insípida y la ráfaga abrumadora de desodorante cuando los hombres pasaban a su lado.

Este lugar, con su esqueleto de gris plomo, sus paredes blancas y sus puertas metálicas de color plateado, era el hogar de Wonwoo.

Durante más de ocho años, este sería su hogar.

Una prisión.

Lo había sabido desde la primera vez que cruzó la entrada nueve meses atrás, pero algo había cambiado.

Algo había hecho que su tiempo tras las rejas pareciera infinito.

Había hecho que el lugar se sintiera más pequeño y más claustrofóbico que nunca.

Los reclusos revoloteaban de un lado a otro, eufóricos por la emoción, relatando una pelea que había ocurrido unas horas antes.

Eunwoo y Iri habían llegado a los puños.

Wonwoo no había estado en el ala en ese momento, pero le ordenaron salir del gimnasio y regresar a su celda cuando la campana comenzó a sonar. La prisión había sido puesta en cierre de emergencia, pero solo duró una hora antes de que el ala volviera a la normalidad.

Fue entonces cuando un guardia lo apartó y lo escoltó a la oficina del director.

Fue entonces cuando todo cambió.

Con el corazón pesado y un tropiezo en su andar, Wonwoo empujó la puerta de su celda.

Mingyu, su compañero de celda, no estaba dentro. Sin duda había regresado al gimnasio durante sus sagrados momentos de asociación por la tarde. A Mingyu le gustaba mantenerse en forma. Era musculoso, bien definido y estaba preparado para pelear cada vez que sentía la necesidad de iniciar una.

A Wonwoo no le gustaban las peleas.

El sordo golpe de la piel contra la piel le recordaba a su padre, a sus puños y a su bota hundiéndose en las costillas de Wonwoo. El olor y el sabor de la sangre no se podían borrar de sus recuerdos, y la sensación de impotencia posterior aún perduraba a pesar de la medida que Wonwoo tomó contra su torturador.

Wonwoo no fue a buscar a Mingyu. En su lugar, se subió a la litera superior y se tumbó allí, intentando en vano procesar lo que acababa de suceder.

Sin embargo, no podía.

Lo ocurrido en la oficina del director le había dado un vuelco absoluto a toda su experiencia en prisión.

La celda se sentía más pequeña que esa mañana.

También se sentía más fría y más dura.

No tenían mucho en su celda: una litera donde Wonwoo dormía en la parte superior, una cajonera, un armario y un escritorio pequeño. Solo hacía falta pasar cerca de los muebles para que tambalearan y amenazaran con colapsar.

Había trozos de papel pegados a la pared y, debajo de Wonwoo, contra el muro, estaban sus dibujos de mariposas y campos que Mingyu se quedaba mirando durante horas.

El grifo goteaba, el inodoro borboteaba y una grieta debajo de la ventana aullaba en los días más ventosos.

Ocho años.

Cerró los ojos en un largo parpadeo, recordándose a sí mismo que le quedaban más de ocho años.

Ocho años y tres meses para ser exactos, y lo era, solo para deprimirse aún más. Se enterró las manos en el cabello rubio, arrastrando las uñas romas por el cuero cabelludo. Tenía que evitar entrar en una espiral. Ocho años parecían insuperables cuando empezaba a desmoronarse, y era demasiado fácil caer en un pozo de desesperación.

Cuando Mingyu entró en la celda un rato después, le echó una sola mirada a Wonwoo e inmediatamente corrió hacia la cama. El entrecejo se le tensó de preocupación mientras sus ojos grises lo examinaban. Wonwoo quiso decirle que estaba bien, que no pasaba nada, pero la mentira se le atascó en la garganta.

Lo asfixiaba.

Sus ojos cafés ardían por las lágrimas y los cerró con fuerza. Era demasiado tarde para ocultarle su dolor a Mingyu, quien emitió un sonido similar al de un animal herido como respuesta.

Mingyu sacudió a Wonwoo, mirándolo de arriba abajo, intentando localizar alguna lesión, pero el dolor que oprimía su corazón no era físico. Mingyu se subió a su cama y luego se impulsó a la litera superior, trepando sobre Wonwoo hasta quedar junto a la pared, empujando a Wonwoo hacia adelante para poder tumbarse detrás de él.

Wonwoo se sujetó del borde de la cama, haciendo una mueca cuando el marco de metal protestó. Era un espacio reducido, pero Mingyu hizo que funcionara, pasando el brazo sobre su costado para que no se cayera.

Debería haber sido claustrofóbico tener a Mingyu sujetándolo con tanta fuerza, pero era la primera vez que Wonwoo sentía que podía respirar desde que había salido de la oficina del director.

Mingyu lo tenía sujeto, y en los nueve meses que Wonwoo llevaba en prisión, había aprendido una cosa inquebrantable sobre Kim Mingyu: Mingyu cuidaba de él.

Wonwoo nunca preguntó por qué; no quería correr el riesgo de que Mingyu dejara de cuidarlo al cuestionarlo.

Wonwoo suspiró, aceptando lo que Mingyu le transmitía a través de ese abrazo con un solo brazo en la cama.

Pasara lo que pasara, todavía tenía a Mingyu.

Mingyu no se iba a ir a ninguna parte.

Y Mingyu lo tenía a él.

Y eso hizo que las lágrimas de Wonwoo se deslizaran a través de sus pestañas.

Wonwoo pegó su espalda al pecho de Mingyu, robándole su calor. Las celdas nunca estaban lo suficientemente cálidas en su opinión y, en más de una ocasión, se había despertado por la mañana para descubrir que el edredón de Mingyu estaba puesto sobre él además del suyo.

Wonwoo le había dicho a Mingyu que no tenía permitido hacer eso. Él también necesitaba estar abrigado, pero él solo sonreía de lado de la forma en que siempre lo hacía cuando Wonwoo intentaba regañarlo. Se le formaban arrugas en las comisuras de los ojos, su sonrisa le iluminaba el rostro entero y luego extendía la mano para despeinar a Wonwoo.

La almohada se hundió donde Mingyu apoyó la cabeza detrás de Wonwoo.

Se sentía mejor y peor, todo al mismo tiempo.

Mingyu sostuvo a Wonwoo mientras este lloraba en silencio.

Lloró por la sorpresa que se había llevado en la oficina del director, por la ternura inviolable de Mingyu, por la idea de ocho años más y por la pérdida de su hermano pequeño, quien todavía se negaba a escribirle.

La sobrecarga emocional ya tardaba en llegar, así que no luchó contra las lágrimas ni las reprimió. Dejó que cayeran; dejó que la nariz le goteara, que el labio le temblara y que el rostro se le desencajara.

Mingyu lo tenía sujeto.

Los ojos de Wonwoo se abrieron de golpe ante el suave toque en la puerta de su celda. No se había dado cuenta de que se había quedado dormido. Mingyu continuaba reconfortándolo mientras este levantaba la cabeza un par de centímetros de la almohada.

La puerta estaba entreabierta y el ruido del ala se filtraba, pero Wonwoo agradeció la educación de su visitante. Tenía una buena idea de quién estaba esperando para hablar con él.

—Adelante...

Su voz sonó rasposa y la cama se movió cuando Mingyu se incorporó para mirarlo. Quería reasegurarle a Mingyu que estaba bien, pero aún no podía, todavía no.

Era evidente que no lo estaba por sus mejillas rojas e hinchadas y sus ojos inyectados en sangre.

La puerta se abrió por completo para revelar a un Capitán con rostro sombrío. Llenaba el marco de la puerta, con los brazos cruzados, luciendo sus impresionantes bíceps. Wonwoo todavía no podía superar lo enorme que era el Capitán, fácilmente el recluso más musculoso de su ala. Tenía el cabello corto, la cara bien afeitada y más arrugas en la frente de las que deberían estar allí.

Wonwoo había ingresado a la prisión con él.

Conocía al Capitán.

Pero por un terrible momento, se preguntó si el Capitán estaba a punto de decirle que todo era una mentira también, que él tampoco era quien creía que era.

Wonwoo se puso rígido y Mingyu reaccionó.

Pasó la pierna sobre los muslos de Wonwoo, apretó el brazo alrededor de su cintura y emitió un sonido retumbante desde la garganta.

Era una advertencia y el Capitán lo entendió.

Se quedó en el umbral.

El Capitán miró de reojo sus brazos fuertemente cruzados, pareció reconocer que su postura habitual podía percibirse como amenazante y los dejó caer a los lados.

—Sé que estás molesto—

—Por supuesto que estoy molesto —soltó Wonwoo—. ¿Acaso tú no?

El Capitán dudó, abriendo y cerrando la boca por un momento, pero luego se recuperó.

—En cierto modo, sí, pero en otros... lo entiendo.

—Pues yo no.

—Él no intentaba hacerte daño.

—Pero lo hizo.

Mingyu reajustó su agarre sobre Wonwoo tanto con la pierna como con el brazo, pegándolo aún más a él de forma imposible. Wonwoo se giró para mirarlo, cortándosele la respiración ante la furia que Mingyu dirigía hacia el Capitán, como si él hubiera sido el responsable de alterar a Wonwoo.

Mingyu no sabía lo que había pasado, pero se había puesto del lado de Wonwoo, aferrándolo con fuerza mientras amenazaba con una muerte violenta al Capitán si se atrevía a invadir su espacio personal.

Pero no era culpa del Capitán.

—Es Haneul—murmuró Wonwoo.

Cuando Wonwoo había llegado hacía nueve meses, lo hizo junto a otras dos personas: el capitán Na Inwoo, el ex capitán del ejército cuyas pesadillas aterrorizaban a toda el ala; y Kang Haneul, un espíritu afín obsesionado con el ajedrez en quien Wonwoo había confiado en más de una ocasión.

La mirada dura de Mingyu se suavizó al encontrarse con la de Wonwoo.

—No era quien creíamos que era —continuó Wonwoo—. Es un oficial de policía. Estaba aquí para espiar a Jung Eunwoo. Nos usó a mí y al Capitán como su tapadera cuando vino aquí. Nos ha estado usando todo este tiempo. —Un nudo áspero le raspó la garganta a Wonwoo cuando intentó tragar—. Pensé que le importaba. Pensé que éramos amigos.

—Sí le importas —argumentó el Capitán—. Y sí son amigos.

—Me hizo creer que pasaríamos por esto juntos, sabiendo todo el tiempo que él saldría de aquí cuando liberaran a Eunwoo.

—Él tenía que—

—Él no tenía que hacer eso. Podría haber... Podría haberme alejado.

Wonwoo frunció el ceño, recordando las ocasiones en que Haneul había intentado empujarlo hacia otros reclusos, en particular hacia Geon y Jaehyun.

—Todavía me tienes a mí —dijo el Capitán.

—Lo sé, pero... solo estarás conmigo la mitad de mi condena.

Mingyu apretó a Wonwoo con fuerza, con los ojos desorbitados mientras buscaba algo en su rostro. Su expresión suplicaba; rogaba. Había una desesperación en ella por la forma en que le temblaban las cejas y se le contraía la frente.

—Te tengo a ti —susurró Wonwoo—. Sé que te tengo a ti.

Mingyu exhaló, relajando su agarre hasta que volvió a ser cómodo.

Sus asentimientos de cabeza eran exagerados, lentos, como si quisiera convencer a Wonwoo de que eso era cierto.

Sin embargo, Wonwoo no necesitaba convencerse.

—Sé que te tengo a ti. —Wonwoo le dedicó una pequeña sonrisa—. Y estoy muy agradecido de tenerte. No sé...

¿Por qué? No sé por qué...

Wonwoo se detuvo, sin querer preguntar por si acaso rompía cualquier hechizo bajo el que estuviera Mingyu.

Mingyu se preocupaba por él.

Desde el primer día en que Wonwoo había entrado a la prisión, aterrorizado hasta la médula, Mingyu había cuidado de él.

Wonwoo no tenía idea de cómo se había ganado su lealtad de esa manera.

Le asustaba que, en cualquier momento, pudiera hacer algo para perderla.

Mingyu lo miró fijamente, esperando a que terminara.

—No sé qué habría hecho sin ti —susurró Wonwoo.

Y eso también era verdad.

Haneul había sido su amigo más cercano, pero Mingyu era algo diferente.

Wonwoo no sabía muy bien cómo explicar su relación con Mingyu.

El Capitán tamborileó los dedos sobre la puerta con el volumen suficiente para recordarle a Wonwoo que todavía estaba allí.

—Sabes dónde encontrarme cuando estés listo para hablar —murmuró el Capitán, y luego cerró la puerta al marcharse.

Mingyu lo miró fijamente con rencor como si lo hubiera insultado.

Wonwoo soltó una risita suave.

—No lo dijo con esa intención.

Mingyu respondió expulsando aire con fuerza por la nariz.

—De verdad que no —repitió Wonwoo.

Le apretó la mano a Mingyu.

Por la expresión agria en el rostro de Mingyu, no creía que las palabras del Capitán fueran otra cosa que un insulto.

Mingyu no podía hablar como tal, pero sí expresaba sus opiniones a través de otros sonidos, como gruñidos, resoplidos, murmullos y rugidos.

Al principio, su comunicación se había limitado a preguntas de sí o no, respondiendo Mingyu al sacudir o asentir con la cabeza.

Luego Wonwoo se dio cuenta de que Mingyu, de hecho, podía leer pero no escribir, así que escribió y recortó una selección de palabras frecuentes como , yo, quiero, puedo, no puedo, por qué, cuándo, dónde, quién, cómo y las pegó en la pared de su celda, frente a la cama.

Funcionó para que Mingyu le hiciera preguntas a Wonwoo, pero tenían dificultades con las interacciones mutuas hasta que Wonwoo robó un diccionario de la biblioteca.

El diccionario lo cambió todo.

Mingyu metió la mano debajo de la almohada de Wonwoo y encontró el libro ya con las hojas muy gastadas.

Se sentó y Wonwoo se sentó a su lado hasta que ambos quedaron con la espalda contra la pared y las piernas colgando de la litera superior.

Wonwoo esperó pacientemente mientras Mingyu ojeaba las páginas, con sus dedos temblorosos ralentizando su avance.

Presionó su dedo índice doblado debajo de la palabra

Lo siento.

—No es tu culpa —respondió Wonwoo—. Tú no hiciste nada.

Mingyu lo miró durante un largo momento y luego volvió a presionar el dedo debajo de la palabra Lo siento. La expresión que puso decía que lo sentía de todos modos.

Wonwoo le dedicó una pequeña sonrisa.

—Yo también lamento mi... crisis nerviosa.

Se limpió la cara, haciendo una mueca por la humedad debajo de su nariz.

Mingyu negó con la cabeza, descartando la disculpa de Wonwoo.

—Es solo que... —Wonwoo parpadeó para contener el ardor en sus ojos—. No me lo esperaba para nada. Debería haber sospechado algo sobre él, ¿sabes?, pero... típico de mí, estúpido como siempre.

Agachó la cabeza ante la mirada severa de Mingyu.

—¿Qué?

Mingyu lo pellizcó.

—¡Oye! —chilló Wonwoo, sobándose el costado con un puchero en el rostro.

Mingyu pasó las páginas del diccionario y se detuvo en la palabra Genio.

Wonwoo soltó un bufido de incredulidad.

—¿Yo?

Mingyu asintió.

—No lo creo.

Mingyu levantó el diccionario y luego señaló las palabras más frecuentes que aún estaban pegadas a la pared de la celda con pasta de dientes. Había sido Wonwoo quien quería algo más que una comunicación de sí y no con Mingyu. Había sido Wonwoo quien recortó palabras y robó el diccionario de la biblioteca. Había sido Wonwoo quien aprendió a llenar los huecos, aprender las expresiones, gestos y movimientos de Mingyu y traducir las respuestas de Mingyu en oraciones completas.

Nueve de cada diez veces, lo hacía bien.

Quería conocer a Mingyu.

Y lo conocía, probablemente mejor que cualquier otra persona en la prisión.

Tenían su propio lenguaje.

—Eso no me convierte en un genio. —Wonwoo frunció el ceño, pensándolo—. Me convierte en... alguien necesitado.

Había necesitado algo más que un sí y un no, gruñidos y rugidos.

Había tomado meses, pero lo habían logrado y cada día mejoraban más y más en la comunicación.

Mingyu le dedicó la sonrisa de ojos arrugados y luego le despeinó el cabello rubio a Wonwoo. Le gustaba acariciar, dar tirones ligeros y alisar el cabello de Wonwoo.

Nunca había mostrado ni un ápice de agresividad hacia Wonwoo.

En los nueve meses que Wonwoo llevaba dentro, había pasado más tiempo con Mingyu que con cualquier otra persona.

Cada vez que la prisión estaba en cierre de emergencia, lo cual ocurría a menudo, solo estaban él y Mingyu, pero aun así, la pérdida de Haneul le dolía profundamente.

Haneul no lo confundía como a veces lo hacía Mingyu.

Mingyu suspiró y tomó la mejilla de Wonwoo con la mano. Su mirada se desvió hacia su boca y se quedó allí mientras se mojaba los labios.

Esa mirada confundía a Wonwoo.

Era prolongada y dejaba la piel de Wonwoo ardiendo y su estómago revuelto.

Si Wonwoo no supiera que era imposible, habría creído que esa mirada estaba cargada de tensión sexual, pero sabía que no era así. Mingyu lo había estado mirando de esa manera desde que había llegado y ni una sola vez se había inclinado para darle un beso.

Wonwoo no tenía idea de qué haría si lo hiciera.

Meses atrás, la idea le habría revuelto el estómago, pero el terror se había desvanecido y la curiosidad había crecido a su paso.

¿Qué se sentiría ser besado?

Nunca lo habían besado, ni tocado, ni... nada.

Con dieciocho (casi diecinueve) años y siendo virgen.

Pero había tenido otras prioridades, como interponerse en el camino de los puños de su padre.

Como preguntarse en qué estado estaría su padre cuando regresaran de la escuela.

Como estar aterrorizado de fallar, no en la escuela, sino en la única meta que se había propuesto: mantener a Leo a salvo.

¿Qué se sentiría ser besado por Mingyu?

Nunca le había dedicado mucho pensamiento a su sexualidad, pero encerrado con un montón de hombres, comenzaba a preguntarse si las mariposas en su pecho eran exclusivas de la masculinidad, de Mingyu o si eso era todo lo que estaba disponible para su libido.

Mingyu le soltó la mejilla a Wonwoo y apartó los ojos de su boca.

El corazón de Wonwoo continuó martilleando detrás de sus costillas.

Las miradas prolongadas tanto lo emocionaban como lo asustaban.

No eran lo único que hacía que Mingyu se sintiera más peligroso de lo que Haneul jamás había sido.

Wonwoo conocía a Mingyu. Tenían su propio lenguaje, hablaban, pero había algunos temas que no se atrevía a tocar.

Como las pesadillas que despertaban a Mingyu cubierto de un sudor frío a mitad de la noche, jadeando y apartando el edredón a manotazos.

Como la condena a cadena perpetua de Mingyu por no uno, sino cuatro asesinatos.

Como el trágico “suicidio” del anterior compañero de celda de Mingyu, Lee Rin.

Por mucho que a Wonwoo le gustara Mingyu, había una oscuridad en él y Wonwoo no quería arrojar luz sobre ella.

Lo cual lo convertía en un hipócrita.

Él tenía una veta similar de oscuridad corriendo por su interior.

Wonwoo se acercó mientras Mingyu le despeinaba el cabello una última vez antes de deslizarse fuera de la litera. Mingyu cortó un poco de papel higiénico y se lo tendió a Wonwoo.

—Gracias —susurró Wonwoo, tocándose las mejillas y debajo de la nariz.

Mingyu volvió a extender la mano.

—Qué asco —resopló Wonwoo, bajando de la cama—. No quieres sostener mi pañuelo lleno de mocos.

Mingyu levantó una ceja y luego se frotó la mano por el estómago.

—Guácala. —Wonwoo le dio un ligero empujón a Mingyu—. Eso es asqueroso.

Mingyu se rió, un sonido gorgoteante desde su garganta, y luego le permitió a Wonwoo pasar a su lado para tirar el pañuelo sucio al inodoro.

Wonwoo entrecerró los ojos hacia Mingyu en el espejo sobre el lavabo, y Mingyu le respondió con su sonrisa de ojos arrugados y su afectuosa sonrisa de lado.

Emanaba calidez de él y cualquier inquietud sobre Mingyu se evaporó.

Wonwoo solo había visto esa mirada dirigida a él.

Pensaba que era especial para Mingyu y le gustaba la idea.

Era mejor no saber sus secretos y que Mingyu tampoco supiera los suyos.

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