Sin Archivos Para El Corazón

Summary

Dos mundos, una mentira y un amor que desafío al tiempo. En 1942, el Sargento James "Bucky" Barnes cree haber encontrado a una dócil enfermera británica a quien conquistar. Lo que no sabe es que tras el uniforme blanco de Melanie Blackwood se oculta una letal agente de inteligencia experta en el arte de matar. Lo que comenzó como un juego de seducción termina en un romance real, truncado por una caída al abismo y una promesa rota en el frente de batalla. Sola en una época que intenta silenciarla, Melanie custodia un legado que corre por sus venas y lucha por fundar las bases de lo que el mundo conocerá como S.H.I.E.L.D. Pero el mundo es cruel: un accidente la sumerge en las sombras del océano, congelando su vida y la de su hijo durante décadas. 2015. El huelo finalmente se rompe. Melanie despierta en un siglo que no reconoce, fuera de tiempo y una verdad devastadora: el hombre que amó sigue vivo, pero su alma ha sido borrada. Ahora, convertida en un fantasma del pasado, Melanie deberá enfrentar al Soldado del Inviernon para recordarle que, antes de ser una máquina de matar, fue el hombre que le prometió una vida entera. —————— Esta historia no es mía ni tampoco me pertenece. La autora original la pueden encontrar en wattpad, bajo el usuario de soyrea22. Así que darle apoyo desde allí. La razón de subirla a esta plataforma es meramente para que puedan leerla los que no utilizan wattpad, como me pasó a mi. Aparte de que me encata la historia -que por cierto aún está en proceso- quería darle una oportunidad para que sea más reconocida y darle apoyo a la autora original.

Genre
Action
Author
Marisol
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

[01]

Londres en 1941 no era una ciudad para los débiles de corazón. El cielo siempre estaba teñido de un gris ceniza, y el aire traía consigo un olor metálico de la pólvora y al lluvia persistente que nunca terminaba de limpiar el hollín de las fábricas de tierra.

Sin embargo, tras los muros de piedra de la residencia Blackwood, el mundo se detenía. El aroma a té Earl Grey y el perfume de jazmín que siempre acompañaba a su madre creaban una burbuja de paz que Melanie sabía que estaba a punto de reventar.

Melanie cerró su maleta de cuero con un golpe seco. Sus dedos largos y fuertes, acariciaron la superficie desgastada del equipaje. No llevaba mucha ropa; la mayor parte del espacio estaba ocupada por instrumental médico y un compartimiento falso que escondía una Walther PPK y un juego de dagas de combate.

—Recuerda lo que te dije, Melanie —la voz de su madre, suave y cargada con ese acento español que nunca perdió, la sacó de sus pensamientos. La mujer le ajustó el cuello del abrigo azul marino con manos temblorosas pero firmes—. Un médico solo es útil si el paciente confía en él. Pero en una mujer..., una mujer solo es libre si nadie sabe lo que realmente está pensando.

Melanie sonrió, una curva pequeña y misteriosa. Su vida había sido un entrenamiento constante para el engaño. Por las mañanas, bajo la tutela de su madre, memorizaba diagramas anatómicos y latín. Por las tardes el sótano se convertía en un santuario de violencia disciplinada. Su padre, el Coronel Blackwood, no quería que su hija fuera una damisela en apuros; quería un arma.

—Los hombres en este país creen que el mundo les pertenece por derecho de nacimiento, Mel —solía decir él mientras la obligaba a levantarse del suelo tras un golpe—. Asegúrate de que, cuando se den cuenta que no es así, seas tu quien sostenga el arma y la última palabra.

Esa dualidad la llevó directo a las filas de la Inteligencia Británica. Melanie no destacaba por ser la más ruidosa, sino por ser la más eficiente. Podía infiltrarse en una cena de gala hablando un alemán perfecto y, antes de que sirvieran el postre, había conseguido los códigos de radio del enemigo. Pero fue en el barro de los campos de entrenamiento donde trealmente conoció a su alma gemela en el deber: Margaret "Peggy" Carter.—He visto como desarmaste al instructor hoy. Tu técnica no es británico, Melanie. —Observó Peggy una noche, mientras compartían una ración de café aguado en los barrancones.

—Mi padre es la disciplina inglesa, Peggy—. Respondió Melanie, relajando los hombros por primera vez en el día.— Pero mi madre es el fuego de las tierras latinas. Digamos que sé cuando ser un muro y cuando ser el incendio.

Peggy sonrió, sellando una alianza silenciosa. Ambas sabían lo que era ser subestimadas en un mundo de uniformes masculinos. Poco después, llegó la orden: viajaban a los Estados Unidos. Peggy sería el enlace del "Proyecto Renacimiento" , y Melanie sería su sombra. Bajo el disfraz de una enfermera de apoyo de la Cruz Roja, Melanie sería los ojos secretos de Londres en el corazón del ejército americano.

Campamento Lehigh, Nueva Jersey. El cambio de escenario fue un bofetón de sol pegajosos y arrogancia desenfrenada. Aquí, los soldados miraban a Melanie con una mezcla de condescendencia y deseo que hacia hervir la sangre latina bajo su compostura Británica.

—Agente Blackwood, mantenga la fachada— le susurró Peggy Carter, su única ancla de cordura—. Para ellos, usted es solo una cara bonita que sabe amarrar vendas. No les de razones para pensar lo contrario.

Un mediodía sofocante, Peggy señaló discretamente el campo de entrenamiento.

—El candidato de Erskine: Steve Rogers.

Melanie observó al joven delgado que se levantaba una y otra vez tras cada derribo. —Tiene corazón. Pero ese de allá...—su mirada se desvío hacia el centro del bullicio, donde un sargento se pavoneaba, esquivando golpes con una sonrisa de suficiencia que irradiaba cincuenta metros de distancia—...ese se va a romper el cuello por orgullo.

Era James "Bucky" Barnes. Y en un descuido momentáneo, mientras le gritaba una broma a Steve, la gravedad y un oponente aprovechador hicieron su trabajo. El sonido de su cuerpo al impactar contra la tierra seca fue hondo y satisfactoriamente sólido.

—¡Barnes muerde el polvo! —rugio el instructor.

Melanie, con un suspiro de fastidio, recogió su botiquín. —A un lado. Permiso—su voz, un bisturí de autoridad, abrió un pasillo entre los soldados.

Se arrodilló, Bucky estaba sacudiéndose el polvo, la cara encendida por la humillación y un corte sangrante sobre la ceja. Al levantar la vista, listo para soltar una grosería, el aire se le desvaneció en la garganta.

El tiempo, para James Buchanan Barnes, hizo algo que nunca había hecho: se detuvo. Vio una piel de porcelana, labios que no parecían reales y unos ojos castaños tan profundos que sintió una segunda caída, esta vez sin fin.

—Valla..—balbuceó ignorando la sangre—. Creo que el golpe fue más fuerte de lo que pensé. ¿He muerto y estoy en el cielo, enfermera?

Melanie ni parpadeó. El clic del frasco de antiséptico fue su única respuesta.

—No es una visión, sargento. Es una herida ade tres centímetros que necesitará puntos si no cierra la boca.

—¿Británica? —intentó sonreír, sisando cuando el alcohol tocó su piel—. Me gusta el acento. Soy James. Bucky para los amigos. Tu puedes llamarme...

—La enfermera Blackwood —lo interrumpió ella, que le clavó una mirada que parecía ver a través de su cráneo.— Y mi trabajo es curarlo, no ser el público de sus pésimas frases. Tiene suerte de que su amigo Rogers esté cerca. Su defensa personal deja mucho que desear.

Bucky arqueó una ceja, herido en lo más profundo de su orgullo soldado. —¿Mi defensa? Soy el mejor de mi unidad, preciosa.

—Se lo suficiente para ver como su peso estaba mal distribuido y se distrae con su propia sombra. —se levantó con una gracia que desentonaba con el polvo del campamento—. Vuelva a sus ejercicios. Y trate de no caerse de nuevo; el alcohol es caro.

Se alejó, su uniforme blanco brillando bajo el sol como una bandera de rendición que James no estaba dispuesto aceptar.

Steve corrió hacia él, tendiéndole una mano. —¿Estas bien, Buck?

Bucky se levantó, sin apartar los ojos de la figura que desaparecía. Una chica nueva, más intensa que cualquier otra atracción superficial, se encendió en su pecho: un desafío.

—Steve —susurró, con una seriedad que borró todo trazo de farsa —. No tenía ni idea de quién es esa mujer, pero voy hacer que se olvide de ese apellido. Ne va a costar la vida... pero Dios, valdrá la pena.