Sin querer jugar

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Summary

Jonathan nunca creyó demasiado en el amor. Para él, las historias románticas eran cosas pasajeras, típicas de la adolescencia. Pero cuando regresa a un antiguo colegio y se reencuentra con recuerdos del pasado, todo cambia. Entre amistades, diferencias sociales y una obra escolar que une más de lo que aparenta, Jonathan comienza a sentir algo que no sabe nombrar. Lo que empieza como un juego inocente se transforma en una decisión que pesa más de lo que imaginaba. Dividido entre lo que siente y lo que se espera de él, deberá enfrentarse a una pregunta silenciosa: ¿seguir el corazón… o obedecer lo que otros creen que es mejor? Sin Querer Jugar es una historia sobre el primer amor, las presiones familiares y esos momentos en los que crecer significa perder algo que parecía eterno.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Sin querer Jugar


Nunca creí estar destinado a alguien, nunca creí en eso del amor, quizás porque solo era un niño que vivía en su mundo. He tenido amores, los típicos de secundaria, y he terminado con el corazón roto en muchas ocasiones.

Tengo un recuerdo vago de cuando era niño: crucé miradas con una niña del mismo grado. Distintos turnos. Me llamó la atención cuando pasó al escenario a decir unas palabras, ya que fue la escogida para dar inicio a una nueva etapa en nuestras vidas: la secundaria.

Me fui de vacaciones con mi familia y, al comienzo del año, mis padres me cambiaron de colegio a uno privado. Tuve muchos amores, era otra vida. Costó adaptarme a los estudios, mucho, y eso hizo que en tercer año tuvieran que cambiarme nuevamente a uno público, ya que de lo contrario repetiría el año.

Mi amigo Hugo estaba en ese lugar; resultaba ser parte del mismo colegio primario al que solía ir. Él tenía dos amigas: una era la típica chica sexy del salón y la otra era, pues… la nerd. Aun así, todavía no las había visto en persona; solo me guiaba por lo que mi amigo me contaba, hasta que conocí a una.

No voy a mentir: crucé miradas con ella y sentí algo muy fuerte, algo familiar. Parecía que todo se había detenido alrededor.

—Hugo, ¿ella es la chica linda de la que me hablaste?

—Ella… es linda, sí… pero no. Ella es Sole, la “nerd”.

No estaba escuchando lo que estaba diciendo. Solo me quedé mirándola hasta que saludó a Hugo.

—Hola, Sole. Te presento a mi mejor amigo, él es Jonathan. Viene de un colegio privado, tenés competencia —rió.

—Hola, soy Soledad, es un gusto.

—Hola… sí, yo también. Digo, soy Jonathan, como dijo él.

Estuvimos conversando mucho ese día. Como era amiga de Hugo, prácticamente también mía. Pasó un día y llegó la chica sexy, como decía mi amigo, y no exageraba: era muy linda. No podía creerlo. Esa chica fue la niña que me gustaba en cuarto grado.

Comencé a pensar que era el destino volver a verla y poder decirle las cosas que no pude cuando era pequeño, como que su cabello colorado olía a champú de coco, o cosas así.

Con el tiempo, éramos los cuatro mejores amigos, siempre para todos lados juntos. Sole y yo siempre salvábamos a Hugo y a María en los exámenes; hacíamos buen equipo. Sentía una conexión con Sole, pero cada vez que estábamos solos estudiando llegaba María a interrumpir. A mí me gustaba un poco y tenía la sensación de que yo le gustaba también.

Una tarde estábamos los tres esperando el colectivo de María. Hugo ese día se sintió enfermo. Yo me columpiaba de un poste, molestando a Sole, jugando como adolescentes de catorce años, pero tropecé y fui directo hacia ella. Terminé besándola.

Ambos estábamos rojos, sin poder movernos. María estaba paralizada, analizando la situación, y yo no sabía si decir que fue un accidente o no.

—¿Te gusto? —le dije, poniendo cara de idiota.

—…

—¿Qué fue eso, Jonathan? —dijo María.

—Perdón, tengo que irme. Nos vemos mañana.

Las dejé solas sin saber qué decir y me fui a casa con el corazón en la mano. Cuando llegué, estaba mi madre esperándome.

—¿Cómo te fue, Jonathan?

—Hola, mamá… bien, muy bien.

—Escuchá, hijo, noté que tus notas están bien, pero podrían ser mejores. Estoy pensando en…

—No pienso cambiar de nuevo de colegio, mamá. No puedo hacer amigos así como así.

—Es que ese grupo tuyo no me convence, hijo. Te merecés algo mejor.

—¿Lo decís porque son de otra clase social?

—Yo no dije eso, pero también lo pienso, Jonathan. Te crié para que seas mejor.

Estaba enojado. Me fui a mi habitación y lo único que me tranquilizó fue pensar en ese beso, en sus labios, en sus ojos. Ese momento fue perfecto.

Al día siguiente fui el primero en llegar. Estaba muy nervioso. Me había recostado sobre el pupitre, maquinando en mi cabeza, cuando escuché cómo se movía la silla de al lado. Pensé que había sido Hugo.

—Amigo, tengo que contarte algo…

Me había olvidado de que seguía enfermo. Frente a mí tenía a Sole mirándome tiernamente. Me puse colorado sin saber qué decir.

—Jonathan… escuchá, si vas a…

La volví a besar. Mi cuerpo actuó solo, no me podía resistir a sus labios. Esa vez no fue un accidente, esa vez fue mi voluntad. Sentía algo por Sole, pero no sabía qué; solo sabía que mi corazón hacía mucho ruido.

—Ejem… perdón, interrumpo —cortó el momento María, que se notaba molesta.

Sole y yo nos debíamos una charla. No podíamos andar besándonos así porque sí. Estábamos finalizando el año y, en la clase de teatro, buscaban a dos jóvenes para interpretar a La Bella y la Bestia. Claramente no me ofrecí, pero Hugo, que ya estaba mejor, me empujó hacia el escenario y el profesor me seleccionó. Faltaba la Bella. María levantó la mano y el profesor la aceptó.

—Muy bien, tenemos a la Bella y a la Bestia. A sus lugares.

Estuvimos toda la tarde ensayando hasta que leí el guion final: cerraba con un beso. Estaba confundido. No éramos nada con Sole y tenía que besar a María, que me había gustado de niño, pero ya no sentía lo mismo. En los ensayos no hacíamos el beso. Hugo y Sole siempre asistían y nos reíamos juntos.

Hasta que llegó el gran día: el cierre de fin de año. Todo estaba listo: la escenografía, los familiares en las gradas, la música sonando, los vestuarios preparados. Y comenzó la función.

—Chicos, hay un problema. María está descompuesta en el baño, no quiere salir.

—¿Y ahora qué hacemos? Esto no se puede cancelar —dijo el profesor de teatro—. Encuentren otra Bella y que improvise.

—Tenés que ser vos, Sole. Estuviste en todos los ensayos.

—¿Y yo puedo ser la Bestia, Jonathan? —preguntó Hugo.

—Amigo, ese soy yo… y no estoy descompuesto.

—Es que no sé actuar, y si me pongo nerviosa, y si lo arruino…

—Confiá en mí. Estamos juntos.

Pasaron distintas obras. Ensayamos un poco y tocó nuestro momento. Aún no lo olvido. Fue como estar en el escenario solo ella y yo. Los diálogos no parecían actuados, las miradas no eran fingidas y, en un abrir y cerrar de ojos, llegó el beso.

Este fue diferente. Una cosa era un beso por accidente, otra sin pensarlo, y este… aunque duró solo unos segundos, parecía eterno. La gente se puso de pie a silbar y aplaudir. Fue mágico.

Esa misma tarde felicité a Sole por su actuación y le pregunté si quería ser mi novia.

—Estuviste increíble ahí arriba.

—Usted estuvo increíble también, señor Bestia.

—Estaba pensando si vos y…

—¿Si vos y yo qué?

—¿Querés ser mi novia, Soledad?

—Sí, Jo-Jonathan. Quiero ser tu novia.

Cuando estábamos por abrazarnos, mi madre llegó a arruinar el momento.

—Es hora de irnos a casa, Jonathan.

—Sí, mamá, ella es…

—Ahora —dijo, y se retiró.

—Mañana te hablo, nos vemos —alcancé a decirle.

Todo iba bien. Una vez en casa, mi madre frunció el ceño y me dijo que no quería verme con esa chica nunca más o me cambiaría de colegio el año siguiente, justo cuando comenzaban las vacaciones.

A la mañana siguiente, mi madre me vio triste y me dijo que me daría lo que yo quisiera si cambiaba la cara y me olvidaba de Soledad, pese a que ese año fue muy movido para mí, Sole estuvo desde el primer día.

Decidí salir de mi casa esa misma mañana y corrí hacia la casa de Soledad. La vi por la ventana, tan linda, y cuando quise acercarme la duda recorrió mi cuerpo.

Mi teléfono tenía varios mensajes de Sole que no podía responder.

¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Y si mi madre tiene razón?

Aún soy un niño, tengo un futuro por delante.

Miré su ventana y solo pude pensar en un perdón. No me atreví a entrar para contarle lo sucedido, así que me fui sabiendo que lastimé a alguien que me gustaba.

¿Lo hice por amor?, me pregunté.

¿Amor a qué?

Me siento roto, vacío. Jugaron con mi corazón tantas veces… y yo jugué con uno, sin querer jugar.