Capítulo 1: Humo, pañales y una crisis de identida
La mañana en la base de la Liga de Villanos nunca era precisamente "fresca" o "renovadora". El aire siempre olía a humedad, a los restos del alcohol barato de la noche anterior y al aroma metálico de las dagas de Toga. Dabi, cuyo cuerpo parecía protestar con cada crujido de su piel grapada, decidió que necesitaba su dosis matutina de nicotina antes de que Shigaraki empezara a rascarse el cuello y a quejarse de la sociedad.
Con un bostezo que amenazaba con soltar alguna de las grapas de su mandíbula, Dabi arrastró los pies hacia la puerta trasera. Sus dedos largos y quemados buscaron el encendedor en el bolsillo de su gabardina mientras empujaba la pesada puerta de metal.
—Solo un cigarrillo, un maldito momento de paz y luego volveré a planear el fin del mundo... —murmuró para sí mismo.
La puerta se abrió con un chirrido quejumbroso. Dabi dio un paso hacia el exterior, pero su bota no tocó el suelo de concreto, sino algo blando y... ¿chillón?
—¡Oye! ¡Cuidado con mi bota, señor de las grapas! —chilló una voz aguda.
Dabi se congeló. Bajó la mirada lentamente, con el cigarrillo aún apagado colgando de sus labios. Allí, sentado sobre un peldaño de la escalera de incendios, estaba un niño de unos cuatro años. Tenía una cabellera rebelde, dividida exactamente a la mitad: blanco de un lado, rojo del otro. El niño vestía una camiseta que le quedaba grande y sostenía un sobre arrugado entre sus manos pequeñas.
Lo más inquietante no era el parecido físico razonable con cierta familia de héroes que Dabi odiaba, sino la hilera de dientes afilados, como de tiburón, que mostró al sonreír con descaro.
—¿Qué demonios...? —Dabi parpadeó, pensando que el pegamento de sus grapas quizá estaba soltando vapores alucinógenos—. ¿De qué alcantarilla saliste, renacuajo?
El niño no se inmutó. Se puso de pie, sacudió sus pantalones y le extendió el sobre.
—Mi mami dijo que eres mi papá. Me dijo: "Tadashi, ve con ese hombre que parece que se está desarmando, él tiene que cuidarte porque yo me voy a París" —el niño hizo una pausa y frunció el ceño—. ¿París es donde vive Ratatouille?
Dabi, con manos temblorosas, tomó el sobre. Lo abrió y leyó la nota anónima. Sus ojos se abrieron de par en par. La nota detallaba una noche de borrachera épica de hace casi cinco años, mencionaba el nombre del bar (uno que Dabi recordaba vagamente por haber terminado en una pelea de bar) y terminaba con una frase lapidaria: "He buscado tu rastro dos años. Te encontré. Ahora te toca a ti. Me fui del país. Buena suerte, 'Héroe'".
Dabi terminó de leer. Miró al niño. Miró la nota. Miró al horizonte.
Sin decir una sola palabra, Dabi dio media vuelta con la velocidad de un rayo, entró a la base y cerró la puerta de metal con tres candados, apoyando la espalda contra ella mientras respiraba agitadamente.
—Es un sueño. Es un sueño inducido por la falta de sueño y el exceso de café —se dijo a sí mismo, cerrando los ojos con fuerza—. En tres, dos, uno... voy a abrir la puerta y solo habrá basura y ratas. Como siempre.
Abrió la puerta de golpe.
Tadashi estaba allí, exactamente en la misma posición, pero ahora con los brazos cruzados y una expresión de indignación que le recordaba a Dabi, de forma aterradora, a su propio reflejo en el espejo.
—¡Oye! ¡Cerrarme la puerta es de mala educación! —gritó el niño—. ¡Mami dice que los caballeros no cierran la puerta en la cara!
—¡Yo no soy un caballero, soy un villano! ¡Y tú no eres mi hijo! —exclamó Dabi, señalándolo con un dedo acusador—. Escucha, niño bicolor, no sé quién te envió, pero el chiste es de mal gusto. ¡Yo no tengo hijos! Los villanos no se reproducen, ¡nos multiplicamos por trauma!
—¡La nota dice que sí! ¡Y tengo tu misma cara de pocos amigos! —Tadashi se infló de orgullo, mostrando sus dientes de tiburón—. Además, mami dijo que si no me querías, te mordiera una pierna. ¡Y tengo dientes muy fuertes!
—¡No te atrevas, pequeño monstruo! —Dabi retrocedió un paso, pero el niño fue más rápido y se escabulló entre sus piernas, entrando oficialmente en la base de la Liga de Villanos—. ¡Hey! ¡Vuelve aquí! ¡Zona prohibida! ¡Peligro de muerte!
—¡Mira, una televisión vieja! ¿Tienen dibujos animados? —Tadashi ya estaba corriendo hacia el sofá destartalado.
—¡No! ¡Tenemos planes de dominación mundial y cadáveres! —Dabi corrió tras él, tratando de atraparlo sin usar su fuego para no incinerar la base (o al niño, todavía).
El escándalo de pisadas, gritos y muebles moviéndose despertó finalmente a los residentes del piso superior. El primero en aparecer fue Shigaraki Tomura, con el cabello más revuelto de lo normal y una expresión de querer desintegrar el universo entero.
—Dabi... —gruñó Shigaraki, bajando las escaleras mientras se rascaba el cuello violentamente—. Si no dejas de gritar, voy a convertir tus pulmones en ceniza. ¿Qué demonios estás...?
Shigaraki se detuvo en seco. Al pie de la escalera, un niño pequeño estaba saltando sobre un montón de cajas de pizza vacías. Detrás de él, un Dabi visiblemente sudoroso y en pánico intentaba atraparlo.
—¿Qué es... eso? —preguntó Shigaraki, señalando a Tadashi con el dedo meñique levantado para no destruir nada por accidente.
—¡Es un niño! ¡Un niño lindo! —gritó Toga, apareciendo de la nada con un salto acrobático, sus ojos brillando de emoción—. ¡Dabi-kun! ¿Lo robaste? ¿Podemos quedárnoslo? ¿Puedo ver si su sangre es tan roja como su cabello?
—¡No lo robé! —rugió Dabi, frustrado—. ¡Dice que es mío!
En ese momento, Twice asomó la cabeza por detrás de Shigaraki. —¿Tu hijo? ¡Wow, Dabi es papá! ¡QUÉ HORROR, POBRE NIÑO! —Twice bajó corriendo—. ¡Es igualito a ti, pero en versión miniatura y sin las cicatrices de Frankenstein! ¡Es horrible! ¡ES ADORABLE!
Tadashi se detuvo frente al grupo de villanos. Miró a Shigaraki (el hombre con manos en la cara), a Toga (la chica de los cuchillos) y a Twice (el hombre del traje ajustado). Lejos de asustarse, el niño sonrió ampliamente, mostrando sus dientes de tiburón.
—¡Hola! Soy Tadashi —dijo el niño con total confianza—. Mi papá dice que no es mi papá, pero mami dice que es un mentiroso. ¿Ustedes son sus amigos del trabajo?
Shigaraki miró a Dabi. Luego a Tadashi. Luego de nuevo a Dabi, fijándose específicamente en el cabello blanco y rojo del niño.
—Dabi... —dijo Shigaraki con una voz peligrosamente baja—. Tienes exactamente cinco minutos para explicarme por qué hay un mini-Encelado en nuestra base secreta antes de que los desintegre a los dos.
Dabi se desplomó en una silla vieja, cubriéndose la cara con las manos mientras Tadashi comenzaba a tirar del traje de Twice preguntándole si era un superhéroe de oferta.
—Créeme, Shigaraki... —suspiró Dabi desde el fondo de su alma—. Yo estoy tan confundido como tú.
La vida en la Liga de Villanos acababa de volverse mucho más complicada, y el fuego de Dabi no iba a ser suficiente para apagar este incendio.