Prologo
Una silueta femenina se vislumbraba entre la espesa niebla que había entre las empinadas montañas. Se postraba en frente de una imponente fortaleza de basalto. La oscuridad del día tormentoso hacia apenas visible el edificio, pero la mujer no parecía tener problemas para verla, puesto que una estática sonrisa se dibujaba en sus labios —maquillados de un tono escarlata—, inmovible a pesar del atroz frio que hacía en aquella isla congelada. Su capa del mismo tono que sus labios ondeaba al viento, pero ni eso conseguía tumbar la capucha que cubría una espesa melena trenzada sobre su hombro.
Sus pasos se hicieron sonar en cuanto retomo su camino. Tacones filosos contra roca, paso tras paso, sin apartar su mirada —que ardía como reflejada por dos inmensas fogatas— de su objetivo.
La mujer alzó el brazo hacia la gigantesca puerta de madera vieja de ébano y proba a empujarla. Después de unos segundos de comprobar que no abría, y sin apartar su mano —de uñas puntiagudas— su brazo se prendió fuego, empezando por el codo y bajando por su ante brazo hasta su mano, que como yesca seca tardo apenas unos instantes en reducir la antes inmensa puerta en apenas unas cuantas cenizas.
Su rostro seguía exactamente con la misma expresión, inmóvil ante la destrucción de su acto. Y como si nada, la mujer se sujeto el vestido para no ensuciarlo con los restos de la puerta y paso al interior de la fortaleza. Caminando por el lugar como si este fuera de su propiedad.
Unos pasos que no eran suyos hicieron temblar el suelo, sus ojos se movieron buscando al culpable, pero antes de que siquiera pudiera pestañear, fue aplastada contra una helada pared por una bestia que poseía una cabeza de chacal y un cuerpo alto y humanoide, con garras que se clavaban en la pared a los costados de la mujer.
— ¿Cómo osas profanar el lugar de descanso de mi amo? — La grave voz de la bestia denotaba su profunda ira.
La mujer alzó una ceja ante su pregunta mientras era acompañada por un resoplido.
— Apártate de mi camino, Zerveth — respondió sin una mota de miedo en su voz, con sus oscuros ojos fijos en los resplandecientes de oro del demonio Zerveth, guardián de las puertas del inframundo.
El demonio la apretó aún más contra la pared, agrietando esta por la fuerte presión. La ira burbujeaba por sus venas ante tal insensatez venida de la humana.
— Mortal — pronuncio con desprecio, mostrando los colmillos. — ¿Quién te crees que eres para hablarme con tal tono?
La sonrisa estática cambio a una plena ante la pregunta y el fuego bailo en sus ojos negros antes de inclinarse ligeramente y responderle en un susurro, como si le fuese a contar un secreto.
— Tú reina.