Prólogo
Las matemáticas nunca fueron el fuerte de Eric; para él, los números siempre fueron un idioma extraño que se negaba a aprender. Su mundo no estaba hecho de números, sino de los rincones cálidos de su hogar: una vivienda humilde, pero llena de esa paz que solo se encuentra donde sobra el amor aunque falte el dinero. Allí creció, protegido por el cariño de sus padres y la compañía silenciosa de Leche, su fiel gato, que parecía entender sus estados de ánimo mejor que cualquier humano. Sus primeros años fueron un álbum de recuerdos dulces: tardes de juegos en el jardín, el olor a comida casera y la seguridad de que sus padres serían siempre su red de contención y apoyo. Eric fue un niño feliz, hasta que se rompió sin avisar.
Todo cambió a cuando tenia trece años. Una noche, como cualquier otra, Eric fue despertado por un ruido metálico y seco que provenía del baño. Al levantarse para averiguar qué pasaba, se topó con su padre bajo la luz fría y parpadeante del pasillo. Con una mezcla de confusión y miedo, su padre le confesó a él y a su madre que había orinado sangre. En ese momento, sin saber la gravedad de lo que vendría, el miedo no se instaló de inmediato. Incluso bromearon con él, tratando de quitarle peso al asunto con risas nerviosas, recomendándole que visitara a un médico solo si el problema persistía. Pero el destino no acepta bromas. Al día siguiente, el rastro rojo volvió a aparecer y la risa se extinguió para siempre.
Su padre fue al doctor y regresó con la peor noticia posible: cáncer en etapa 3. Eric recibió la noticia mientras estaba en casa de su abuela, y en su cabeza, ese fue el quiebre definitivo de su “familia perfecta”. A partir de ahí, la vida se volvió una carrera cuesta arriba. Eric miraba a sus padres y sentía un nudo en la garganta al ver cómo envejecían a pasos agigantados por el peso de la enfermedad. El cáncer no solo consumía el cuerpo de su padre; también devoraba la juventud de su madre, grabando una angustia que no se borraba con nada.
Sus padres, atrapados en una batalla desesperada por la supervivencia, dejaron de prestarle atención. No fue porque no lo quisieran, sino porque en esa crisis había que priorizar lo urgente: las quimioterapias, las deudas y el simple hecho de llegar al día siguiente. Eric, sintiéndose invisible, empezó a construir una fortaleza en su habitación. Dejó de sentir hambre, el agua de la ducha le parecía un esfuerzo innecesario y las horas frente al computador se volvieron su consuelo. Sus únicas conexiones con el exterior eran los pasillos del hospital y las aulas del colegio, donde sus notas se desplomaron. Los maestros lo notaban y le preguntaban qué ocurría, pero ¿Cómo responderles si él mismo no lo entendía?
En medio de ese aislamiento, encontró su único consuelo en la música; al ponerse los audífonos, el dolor desaparecía. Pero mientras el volumen subía, Eric se iba apagando por dentro, volviéndose un extraño frío y encerrado en sí mismo. Ver que los tratamientos no hacían efecto y tener que seguir tocando puertas solo para ser rechazados, lo llenó de una ira hirviente. Entendió que eran solo ellos tres en un mundo cruel; que no había héroes ni nadie que fuera a rescatarlos. Alimentando un rencor amargo contra la vida por lo que le había tocado, Eric dejó de ser aquel niño dulce. No sabía que ese era solo el inicio de una tormenta que, años después, se mezclaría con las secuelas de una relación abusiva y una mente que no dejaría de cruzar sus propios límites.